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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 01-08-2019

4T: la espada y la cruz

Ricardo Orozco
Rebelin


Religin y Estado. En las sociedades que durante tres siglos fueron objeto de la colonizacin occidental, ambos temas constituyen problemticas importantes no slo en trminos de sus propias singularidades, sino, adems, en las relaciones que se establecen entre una dimensin y la otra en el espacio pblico y las dinmicas de configuracin de la subjetividad de las naciones en las cuales actan.

Ambas, en su especificidad, implican un serio cuestionamiento si bien no a la totalidad de las personas que habitan un pas, si a grandes sectores de su poblacin por una razn fundamental: religin y Estado, en sus configuraciones ideolgicas e histricas hegemnicas, han significado en las periferias globales procesos muy extensos, intensos y profundos de explotacin, de aniquilamiento de la diversidad social y de disciplinamiento de las formas de reproducir la prctica poltica. Pero ello, hay que insistir, no porque una y otro sean, en s mismos (como por naturaleza), esas grandes estructuras destinadas a operar estas dinmicas como una suerte de destino manifiesto o proyecto de realizacin de sus fundamentos.

Y es que, si de algo da cuenta la Historia de la humanidad es que, en su curso, ha existido una multiplicidad de configuraciones de ambos en los que la explotacin, la aniquilacin y el disciplinamiento fueron las dinmicas sociales a las que se opusieron y en gran medida combatieron. La primera Compaa de Jess, impulsada por la orden mendicante de los Jesuitas, a lo largo de los siglos XVI y XVII, en Amrica (y principalmente en Mxico), es un ejemplo de ello. Y uno, como bien lo seal durante toda su trayectoria el filsofo mexicano Bolvar Echeverra, que lleg a ser de tal radicalidad que inclusive busc oponerse y desmontar la lgica de funcionamiento del capitalismo moderno; en vas de su consolidacin global en aquellas centurias.

El problema, claro est, es que esas experiencias de constitucin de formas teolgicas y estatales articuladas alrededor de principios slidos de liberacin individual (sin sacrificar por ello el ordenamiento y la concrecin socializante de lo comunitario, es decir, de la colectividad); por supuesto, se desarrollaron en escalas espaciales y temporales muy pequeas y con potencialidades muy escasas debido a que su surgimiento e implementacin se dio dentro del marco contextual de un modo de produccin (el capitalista) que ya para ese entonces contaba con legitimaciones ideolgicas, dispositivos de poder y ejercicios de violencia lo suficientemente slidos como para contenerlas, destruirlas o someterlas y refuncionalizarlas a las necesidades de su reproduccin orgnica.

Es, en este sentido, esa configuracin estricta y decididamente capitalista de la teologa y de la experiencia colectiva y comunitaria la que histricamente se ha posicionado como la versin hegemnica de ambas; traicionando, en uno y otro caso, sus promesas liberadoras por su claudicacin en favor del capital global. De ah provienen, tambin, los conflictos que sociedades como la mexicana experimentaron a lo largo de siglo y medio de separacin entre la iglesia y el Estado-nacin modernos. Y es que, si bien es cierto que los dos operan para favorecer las dinmicas de reproduccin y concentracin del capital, tambin lo es que, pese a converger en esa gran empresa mercantilizante, en cada caso se defienden intereses propios en los que aquello que se encontraba en juego (y an lo est) redundaba en la posibilidad de controlar y determinar la trayectoria mundial de la totalidad del sistema.

En Mxico, las guerras que las fracciones liberales (burguesas) de la cultura, la poltica y la economa emplearon en contra del clero (principalmente catlico) entre la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX son la expresin ms clara de esa disputa intracapitalista. Y el resultado, hoy conocido y festejado en la vida pblica nacional lo mismo en tanto fiesta patria que como segunda gran transformacin (de las cuatro que hoy se proclaman a los cuatro vientos por la plataforma de Gobierno de Andrs Manuel Lpez Obrador), por eso, y en contra de la visin histrica dominante formulada por los intereses gubernamentales que se enquistaron en la estructura estatal durante toda una centuria, desde el final de la Guerra Civil de 1910-1921, para legitimar sus instituciones no es el de una supuesta victoria del iluminismo moderno en contra del oscurantismo decimonnico, sino, antes bien, la redefinicin, primero, de los espacios de accin de la iglesia y del Estado; y en seguida, de la jerarqua que debe prevalecer para asegurar la continuidad del capitalismo; y en donde la iglesia slo pasa a ocupar el rol de un dispositivo ms dentro de los aparatos represores del Estado.

Ahora bien, aunque tras el triunfo liberal sobre el clero ste acept su condicin de subordinacin y de dispositivo funcional a las lgicas del Estado-nacin y del capital, en el da a da, desde ese momento, no ha dejado de pugnar por la recuperacin de espacios de influencia en el espacio pblico y privado que hoy se encuentran por completo colonizados por la mercantilizacin capitalista. Y el punto aqu es que, siempre que el clero ha buscado transgredir y redefinir los lmites trazados en ese pasado no tan distante, los andamiajes gubernamentales del Estado y la sociedad han reaccionado prcticamente de la misma manera, aunque por dos vas distintas.

Por un lado, los distintos gobiernos que se han sucedido en la historia de Mxico han optado o bien por realizar concesiones que no pongan en peligro sus propios intereses y su condicin privilegiada (si bien no hegemnica, pues este estatuto lo detenta el capital) en el ordenamiento de la vida comunitaria o bien por incorporar a algunos de los actores ms destacados del funcionamiento clerical a los procesos de toma de decisiones polticas. Los mltiples casos de sacerdotes, obispos, arzobispos y cardenales al servicio de administraciones locales y federales, como operadores polticos o influencers de la opinin pblica, son el mejor ejemplo de ello (sobre todo cuando se conforman simbiosis como las del Estado de Mxico, para el prismo; Guanajuato, para el panismo; o la Ciudad de Mxico, para el perredismo). Y esto, hay que recalcarlo, con independencia de que en el discurso se mantenga una posicin laica e, inclusive, hasta anticlerical.

Para el caso de la sociedad civil, por otra parte, las respuestas ante el acercamiento entre Estado (es ms preciso decir: gobierno) e iglesia suelen ser ms ambiguas y hasta cierto punto eclcticas porque las fronteras entre lo pblico y lo privado (divisin por antonomasia entre individuo y comunidad, inaugurada por la modernidad capitalista) se ve atravesada por los valores familiares (de fuerte tradicin catlica) y el papel que estos deben jugar en el desarrollo de la sociedad en general. En este pas, sin ir ms lejos, el sentido comn de que todo problema social comienza por los valores y la educacin que se inculcan en la casa y la familia (y en donde la metfora del espacio pblico como una versin ampliada del hogar es dominante e intransigente) suele ser la explicacin que se ofrece para dar razn de los porqus de la violencia, la ausencia de respeto por lo ajeno, la agresin, el vocabulario y los modales inapropiados, etctera.

El problema viene, no obstante lo anterior, cuando esa respuesta termina por estar condicionada, en algn punto, por el recuerdo de una iglesia que ha cometido abusos a lo largo de la historia. Abusos que van desde el empleo de recursos de sus feligreses o del erario para constituir fortunas personales hasta los ms persistentes y sistemticos de casos de pederastia y otros abusos sexuales de miembros del clero en contra (principalmente) de nios y nias. El punto aqu es que, llegada la discusin a este punto, la polarizacin es tal que, ante el anticlericalismo de quienes acusan esos atropellos, la defensa se escuda en el reduccionismo tanto de la particularizacin de casos (suponiendo que son slo individuos aislados quienes cometen tales actos, lo cual omite que existen, al interior de la iglesia, estructuras que premian, favorecen, permiten condonan y ocultan esas prcticas) como de la experiencia religiosa del creyente en cuestin: argumentando que, a pesar de los abusos, la fe en las doctrinas clericales ha brindado un sentido de vida a millones de personas.

Este debate comienza hoy a tener ms visibilidad que en otros momentos de la historia reciente del pas debido a que la plataforma de gobierno del Movimiento de Regeneracin Nacional (Morena) ha optado por incluir a la iglesia catlica (aun dominante entre los mexicanos y las mexicanas) y a otras ordenes religiosas en el Plan Nacional de Desarrollo para el actual sexenio. El otorgamiento de una licitacin a La Visin de Dios A.C. para usar y aprovechar bandas de frecuencias del espectro radioelctrico, tanto en radio y televisin; y las reuniones del presidente con las religiones que tienen presencia dominante en Mxico para integrarlas como parte activa de la operacin del objetivo gubernamental de conseguir paz, estabilidad, felicidad y gobernabilidad en el territorio nacional, son los dos eventos que empiezan a desbordar la discusin sobre las relaciones conflictivas entre iglesia y Estado.

Teniendo en consideracin el contexto aqu delineado en sus rasgos ms generales, es cierto que esta aproximacin de la administracin de Lpez Obrador con las jerarquas religiosas contiene en s todo el potencial para reactivar dinmicas sociales, polticas, econmicas y culturales que en otros tiempos desembocaron en disputas sumamente cruentas. Un punto importante a recuperar aqu es, sin embargo, que no hay que descartar por el puro recurso ideolgico en defensa del ms intransigente liberalismo burgus el enfoque que, por lo menos en las apariencias (y hasta donde es posible conocer con la informacin ventilada al pblico), busca darle el gobierno en turno a ese acercamiento. Y es que, en los fundamentos ofrecidos por ste para justificar el dilogo sostenido con las iglesias en Mxico, algo que resalta a primera vista es que el objetivo final que se quiere es conseguir, en alguna medida, la reconstruccin del tejido social que los ltimos tres sexenios de muerte y desapariciones destruyeron en la manera de socializar de las personas que lo habitan.

En trminos de las propuestas ofrecidas por Lpez Obrador para conseguir este propsito, la Cartilla Moral y la colaboracin estrecha y directa de las iglesias forman parte de una misma estrategia de actuacin frente a los grados de violencia tan avasallantes a los que ha llegado la sociedad. Y es que, en la lgica del presidente, si hay algo que explica la degradacin social en la que se encuentran sus gobernados y gobernadas, eso es la renuncia sostenida y prolongada al respeto por algunas directrices ticas bsicas para la convivencia entre individuos y entre colectividades.

La idea de recuperar eso que se perdi, ese algo que se rompi en la socialidad de las personas, no es por s misma deleznable (con todo lo criticable que es el buscar obtenerlo recurriendo a esos dispositivos de represin del Estado y de reproduccin del capital que son hoy las iglesias y sus dogmas). Los puntos crticos a debatir son, no obstante, tan grandes que rebasan las intenciones del presidente porque implican dos cosas.

De un lado, sera un absurdo creer que la pura cooperacin con ellas es capaz de subsanar todo lo que se pretende sanar en el dolor de la sociedad sin tomar en cuenta que stas necesitan transitar por un proceso propio de reforma de sus fundamentos y sus prcticas; es decir, sin tomar en cuenta que stas deben regresar a esa radicalidad con la que, en algn momento, se posicionaron como proyectos polticos de liberacin individual y concrecin colectiva opuestos a la lgica del valor del capitalismo. Esto, por supuesto, no est en manos de la administracin federal mexicana, pues implica el atacar a las ms grandes y profundas estructuras globales de poder de las que se sirven esas instituciones para hacer valer sus intereses.

Del otro, es necesario no perder de vista que si bien la violencia en el pas es letal y generalizada, ella misma encuentra su fundamento en una lgica an ms profunda y destructiva que tiene sus cimientos en la necesidad del capital de configurar y sostener personas individualizadas, renuentes a establecer lazos de socialidad con el prjimo; compromisos y reciprocidades de cuidado y sanacin. Y es que no es para nada un secreto que si el capital ha sobrevivido hasta ahora a sus crisis ms profundas ello se debe a la incapacidad que han tenido los sujetos sociales, por lo menos desde mediados del siglo XX (luego de la subsuncin a la que someti el capitalismo a las revoluciones del 68), de articular proyectos polticos colectivos y de configurar sentidos histricos compartidos.

Retornar a ese grado de comunitarizacin, de colectivizacin de la vida pblica y privada no es sencillo, pues no nicamente requiere dar marcha atrs al nivel tan hondo de fragmentacin, individualizacin y atomizacin al que sta ha llevado a la poblacin, sino que, adems, implica combatir la radicalidad con la que el modo de produccin reproduce y sostiene sistemticamente esas dinmicas. Es decir, de nuevo nos encontramos ante la eterna falacia de este gobierno: creer que es posible gobernar al capitalismo por la va de correcciones sociales (programas de salud, alimentacin, educacin, vivienda, salario digno, etc.) sin llegar al fondo de su lgica valorizante y mercantilizante de la vida, de la cultura, de la poltica, de la economa, de la subjetividad.

Ricardo Orozco, Consejero Ejecutivo del Centro Mexicano de Anlisis de la Poltica Internacional

https://cemapinternacional.com

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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