Portada :: Cuba
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 03-08-2019

De muchos

Laidi Fernndez de Juan
La Jiribilla


Hace ocho das muri, y an no han transcurrido veinticuatro horas desde que deposit sus cenizas en el mar, el 27 de julio, justo el da en que mis padres se comprometieron para toda la vida, hace casi setenta aos, coincidiendo con la fecha de cumpleaos de mi madre. Luego del impacto de ver cmo besaba mi mano, y acto seguido dejaba de respirar despus de acompaarlo como mejor se poda durante sus ltimos meses, (me haba advertido: tendrs el privilegio de verme morir), y de dejarme un sinfn de instrucciones para su ltimo libro, trabajando hasta el instante final con el rigor y la meticulosidad que lo caracterizaron, comenzaron a llegar por diferentes vas incontables muestras de condolencias. Con el egosmo de una madre (todava era mi padre, pero ya se estaba convirtiendo en mi hijo), me atribu el dolor para m sola.

Fue con el lento pasar del tiempo que empec a sospechar que el hombre que nos abandonaba de este lado de la luna, no era mo, ni de sus tres nietos, ni de su yerno, ni del hermano que queda vivo, sino de muchsimos ms. Antes de explicar este sentimiento de compartir dolores, debo hacer pblica mi gratitud a todas las personas que de una forma u otra, con apoyo sentimental o cosas prcticas, con palabras de aliento o satisfaciendo hasta el mnimo detalle que se precisaba, ayudaron a que el trnsito hacia el destino final de mi padre fuera menos difcil. Mencionar sus nombres sera indelicado: ellos y ellas saben, y quizs no les sea grato que yo haga notoria la constancia de sus participaciones. No obstante, siento el deber moral de decir que no estuve sola, que mi padre fue mimado por amistades tan antiguas como l mismo, atendido por mdicos que acudieron a mi llamado sin importar horarios ni dificultades, por mis hermanas y hermanos de afecto, que me soportaron hasta el minuto final, cuando las fuerzas amenazaban con flaquear. Hubo quien vino con potes de helado, una colega se encargaba de hacerle flanes deliciosos, otros se aparecan de pronto con barras de chocolate, llegaron licores lejanos, medicamentos cubanos y provenientes de ultramar, regalaron jugos envasados, ungentos, parches, esencias revitalizadoras, un libro suyo editado en Espaa, los ms recientes nmeros de la revista Casa (ambos trados directamente del aeropuerto a su lecho): muchos amigos cooperaron con asombrosa celeridad, para darle el ltimo gusto al poeta, para que se fuera sabindose querido, respetado. Amado hasta la empuadura, sinti que nos dejaba, exigindonos cumplir la que fuera premisa fundamental de su existencia: trabajar. Me dict cartas, me hizo prometerle que no descuidara ningn detalle de su libro que saba pstumo, cuyo ttulo le repet muchas veces, para que estuviera seguro de mi entendimiento. Alternativas de Ariel saldr como quieres, pap, qudate tranquilo, le dije cada vez que me interrogaba, con solo mirarme. Sus ntimos colaboradores se acercaban a su lecho, y si su aliento lo permita, sostenan intensas charlas, que luego lo dejaban exhausto, pero feliz. No hubo nunca una excusa, nadie intent eludir un pedido suyo: muy al contrario, todos sus queridos colegas de siempre anhelaban venir a nuestra casa, acompaarlo, abrazarlo. Nadie quera dejarlo ir. No podamos aceptar que el hombre principesco y sabio, el jefe justsimo, el profesor, el poeta, el ensayista inmenso, estuviera extinguindose de a poco. A todos los fieles que creyeron el milagro de la eternidad, pero que en el plano terrenal aportaron su amor concreto desprendindose de tiempo y de materialidades innombrables. Muchas Gracias.

El dolor compartido en su mxima expresin lo comprob cuando fuimos a echar al mar un polvo oscuro llamado ceniza, que sigo creyendo imposible. No era eso mi padre, pero tampoco es exclusivamente mo el amor suyo, ni el privilegio de haberlo tenido por un tiempo que querra eterno. Cuando vi junto a las olas de Malecn y G a sus exalumnos, a sus amigos cantores, escritores, poetas, periodistas, dramaturgos, actores, ensayistas e historiadores, y sobre todo a sus compaeros de Casa de las Amricas, jvenes, veteranos, recin incorporados, fundadores, colegas todos tan desconsolados como yo, abrumados, tristsimos, supe que la congoja era cmo decirlo? compartida, multiplicada. Esos rostros reflejaban la intensidad de una prdida tan irreparable como la que senta yo, y solo entonces descubr que ellos y ellas haban perdido al mismo padre que dejaba de ser mo para ser de muchos. Sentir los sollozos ajenos, la ira contenida, la hondura del navajazo que significa no poder acudir a su siempre sabio consejo, ni volver a sentir la risa estruendosa, ni ver el lento caminar de un rey que se empea en seguir yendo a sus salones a pesar del peso excesivo de su corona, me fortaleci. De repente, empec a ofrecer yo las condolencias. Esa multitud estaba tan lastimada como yo, tan sin consuelo como yo, tan profundamente herida como yo, por lo cual mi condicin privilegiada de hija biolgica me compuls a apaciguarla. Ya no sabamos quin consolaba a quin, entre tantos besos, abrazos, palmadas: ah tambin radica la gran obra de un gran hombre. Todos somos sus hijos, todas sus hermanas, todos colegas de trabajo, y de jugar, y de echar al aire lo que ms nos ense: Salvas de porvenir. Lo recordaremos como pidi: con alegra, aunque violemos la otra parte de ese verso (alguna vez), porque, bien lo sabemos, ser siempre, siempre, siempre.

Fuente: http://www.lajiribilla.cu/articulo/de-muchos



Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter