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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 14-08-2019

La cultura de las armas de fuego ha sido siempre la esencia de la supremaca blanca

Ryu Spaeth
The New Republic / Viento Sur


La matanza masiva en El Paso revela las oscuras corrientes que subyacen bajo el debate sobre el control de las armas de fuego. La muerte del juez John Paul Stevens (Juez del Tribunal Supremo de 1975 a 2010, considerado uno de los ms progresistas), ocurrida el16 de julio de este ao, permiti volver sobre lo que l mismo consideraba su derrota ms cruel durante los 35 aos que llev actuando en la Corte Suprema: la sentencia District of Columbia versus Heller, dictada en 2008, que afirmaba, por primera vez en la historia de la Corte, el derecho a portar un arma 1/. Ms an: La sentencia supona, como lo seal Stevens en su desacuerdo, que los redactores de la Constitucin queran limitar, para siempre, la capacidad de los funcionarios electos para regular el uso civil de armas mortales -con capacidad de mutilar y de asesinar, lo que sera totalmente inadmisible para los redactores de la Constitucin.

Los testimonios ms recientes del poder devastador de ese tipo de armas, nos vienen de El Paso, en Texas, donde un hombre armado mat a 20 personas (22, despus del deceso de dos heridos graves) en un supermercado Walmart en lo que parece ser una masacre racista (ahora confirmada como tal, NdT), y tambin de Dayton, en el estado de Ohio, donde un hombre armado y equipado con chaleco antibalas mat a nueve personas e hiri a varias decenas con un fusil de asalto.

Despus del caso Heller, el paisaje est lleno de cuerpos acribillados. Desde la masacre de Sandy Hook en 2012, se han producido ms de 2.000 tiroteos de masa en los Estados Unidos y la violencia armada ha aumentado. Es totalmente absurdo pensar que los jueces, con toda su sabidura, queran privar al gobierno de un medio para poner fin a esta devastacin generalizada. Este fenmeno obsceno, que afecta a vctimas de todas las edades, de todos los colores y en todos los lugares, tal vez se entienda mejor como una autodestruccin. La sociedad sigue sangrando y sangrando, mientras que nuestra fe en la democracia se debilita o, incluso, se la rechaza por completo.

Tampoco es procedente remontarse al siglo XVII, a la common law inglesa como hizo el juez Antonin Scalia (juez de 1986 a 2016 que defenda que la Constitucin deba interpretarse segn el sentido que se le dio en el momento de su adopcin) una opinin mayoritaria triunfante- para justificar el desmantelamiento de la repblica que se est produciendo en este mismo momento. Y por ltimo, tambin sera absurdo, a propsito del caso Heller, pensar que este tipo de jurisprudencia conservadora ha sido tomada en serio, sino que debe ser considerada como la culminacin de dcadas de esfuerzos de la NRA (National Rifle Association) y de otras instituciones de derecha, para transformar el poder judicial en un baluarte antidemocrtico que sirva solamente a los intereses de los ricos y de los poderosos.

El presidente Donald Trump, como siempre, ha aclarado las verdaderas motivaciones de los Estados Unidos conservadores, que ya no pretenden preocuparse por las sutilezas de las opiniones de los autores de la Declaracin de Derechos inglesa (Bill of Rights, 1689. NdT). La razn por la que hay millones de armas de fuego en este pas, la razn por la que miles de personas son sacrificadas cada ao en el altar de las armas de fuego, es porque una minora de blancos descontentos, de regiones rurales (empobrecidos), poco instruidos, hizo de las armas el ttem tribal ms poderoso del pas. El hecho de ver al presidente expresar todos sus horribles sentimientos no puede sino reconfortarlos. La superposicin entre la poltica racista y la cultura de las armas de fuego se ilustra en Technicolor con el tiroteo masivo de El Paso, que parece haber sido inspirado por el miedo y la repugnancia del agresor ante una invasin hispana de Texas, segn un manifiesto en lnea que, como se pudo confirmar, es de su autora y que recoge ndices claros de la retrica de Trump.

La razn que se perfila es que los partidarios de la supremaca blanca, as apoyados y fortalecidos, han utilizado, finalmente, nuestra cultura nihilista de las armas de fuego para provocar una ola de masacres racistas: en Charleston (disparos contra la Iglesia episcopal metodista africana, en junio de 2015), en Poway (abril de 2019, disparos contra una sinagoga de San Diego) pasando por El Paso. Como escribi David Atkins en el Washington Monthly: Tenemos un problema con las armas de fuego. Tenemos un problema con la supremaca blanca. Cada vez estn ms entrelazados. De hecho, son, y siempre han sido, lo mismo.

Las masacres masivas han sido, por supuesto, cometidas por todo tipo de personas, misginos violentos, yihadistas, enfermos mentales. Pero no son stos los que se mantienen firmes, con las armas prontas, para impedir que el Congreso y los Estados aprueben una reforma del control de las armas de fuego; los que llevan a cabo una campaa poltica formidable y financiada abundantemente a travs de la NRA, los que castigan a los parlamentarios que se atreven a salirse de la lnea preestablecida; los que tienen un control mortal sobre el alma ya condenada del Partido Republicano. No, la cultura de las armas de fuego prospera gracias a los conservadores blancos que han invertido la mayor parte de su identidad poltica y cultural en el derecho a portar armas letales. Son los blancos conservadores a quienes el gobernador (desde 2015) de Texas, Greg Abbott (republicano), intentaba provocar (humor) cuando tuite, hace unos aos, que estaba avergonzado porque su Estado se situaba detrs de California con respecto a la compra de nuevas armas. Son los blancos conservadores que el senador de Texas John Cornyn apacigua dicindoles que simplemente no tenemos todas las respuestas cuando se trata de resolver problemas absolutamente evitables, como las matanzas masivas. Fueron los blancos conservadores quienes tomaron el poder sobre uno de los dos grandes partidos del pas y lo sometieron a sus caprichos retrgrados.

Para ellos, las armas de fuego no son una cuestin de caza o de autodefensa, ni de espritu de frontera ni de otras banderas que se vuelven visibles cada vez que su verdadero programa comienza a manifestarse. Se trata de afirmar el primado de la identidad de un grupo, de protegerlo de las amenazas a la vez reales (cambio demogrfico inexorable) e imaginarias (invasiones de violadores y asesinos hispanos). Lo sabemos porque la NRA transmite de manera incesante esos temores a sus propios miembros y aclitos. En 2017, aproximadamente seis meses despus del inicio de la presidencia de Trump, la NRA public un anuncio en el que Dana Loesch (periodista, presentadora de programas hper conservadores), portavoz de la NRA en aquel momento, enumera todos los crmenes que ellos annimos haban cometido contra nuestro estilo de vida: comparar a Trump con Hitler, hacer pblica su narracin a travs de las lites de Hollywood, reclutar a su ex presidente (Obama) para lanzar el hashtag #resistencia. La nica manera de terminar con esto, la nica manera de salvar nuestro pas y nuestra libertad, dice Loesch, es combatir esta violencia de la mentira con el puo cerrado de la verdad. El nosotros ante los dems (alterizacin), la paranoia, el llamado poco sutil a las armas, son las seales de la propaganda supremacista blanca.

La NRA se mova ya en los medios racistas mucho antes de la era Trump y alcanz una especie de pico delirante bajo la presidencia de Barack Obama (su ex presidente). En un anuncio de 2015, el jefe de la NRA, Wayne Lapierre, conden a Obama por no haber reprimido la criminalidad en su ciudad natal de Chicago, donde gnsteres y delincuentes provocaban una carnicera propia del tercer mundo con sus actos violentos. Lo que implica que el presidente negro retiraba con gusto las armas a los campesinos blancos cada vez que ocurran matanzas en masa, pero guardaba silencio sobre el verdadero problema de las armas utilizadas por criminales negros. Espera que haya un crimen que corresponda a sus intenciones, deca por entonces Lapierre, y culpa a la NRA. Lapierre agregaba: Los buenos y honestos estadounidenses que viven en zonas rurales, en Nebraska o en Oklahoma, o que tienen dos trabajos en el centro de Chicago o de Baltimore lo ven todo bien claro. (La gente del centro de la ciudad que slo tiene un trabajo, son probablemente tan malos como los holgazanes que forman parte de esas bandas.)

Es cierto que las masacres de masa slo representan una pequea fraccin de las 33.000 muertes (por ao) causadas por armas de fuego en ese pas. Una tercera parte de todas las muertes por armas de fuego pueden atribuirse a homicidios; la mitad de las vctimas son hombres jvenes y dos tercios de esa cohorte son afroamericanos. Pero, una vez ms, no son los militantes afroamericanos los que protestan contra el control de las armas de fuego con el pretexto de tener razones legales para armarse hasta los dientes y llevando pancartas con el eslogan noli me tangere (No me toques). Son los conservadores blancos los que lo hacen, con el fin de consolidar su dominacin en baja.

Los tiradores de El Paso y de Poway representan una tendencia tan nueva como horrorosa, pues sus actos abominables sellan un vnculo inequvoco con los cantos de Charlottesville 1/No nos remplazarn- y con un presidente que incita de manera recurrente al odio racial y a la violencia. Pero esas masacres no habran sido posibles sin un fenmeno ya anterior, anterior incluso a la fundacin de este pas. El gran regalo que Donald Trump nos ha hecho es el de dejar de lado todas las falsas apariencias que encubrieron durante mucho tiempo el debate sobre el control de las armas de fuego, en particular, y sobre el choque cultural (una especie de Kulturkampf a la estadounidense), de manera ms general.

El argumento del origen de la Constitucin apela a la larga y gloriosa tradicin revolucionaria de la cultura de las armas, el "fuerte individualismo" del ethos conservador, al que incluso Obama y otros liberales han rendido homenaje, forman parte de una superestructura que ha sido concebida bajo un principio que sirve para perpetuar el poder de una raza a expensas de otras. Tratar de resolver nuestro problema de las armas de fuego, as como tantos otros, de la atencin de la salud a la desigualdad es, pues, tratar de oponerse a este otro problema ms amplio y ms antiguo de la supremaca blanca que, si algo nos ha enseado la presidencia de Trump, sigue siendo el hecho esencial de la vida estadounidense.

* Artculo publicado en The New Republic, 5-8-2019: http://newrepublic.com/

A lencontre, 6-8-2019 http://alencontre.org/ Traduccin de Ruben Navarro Correspondencia de Prensa

Notas

1/ El denunciante, Dick Anthony Heller, de 66 aos, guardia de seguridad, armado en su trabajo, reivindicaba el derecho a mantener el arma en su casa, lista para ser utilizada en legtima defensa. Desde 1976, la ley del distrito de Columbia, sede de la Capital Federal, prohbe de facto la posesin de armas de fuego l impedir su registro: los fusiles de caza deben desmontarse tanto en casa como en los medios de transporte, y las armas de mano compradas antes de 1976 deben ser neutralizadas mediante un gatillo de seguridad. (Le Figaro, 26-6-2008)

2/ Un supremacista blanco mat a una mujer al lanzar su coche contra manifestantes que se enfrentaban a neonazis y a supremacistas blancos en Charlottesville, Virginia, el 12 de agosto de 2017. Trump dijo que haba gente muy buena en ambos lados y que los errores eran compartidos. (Redaccin de A lencontre).

Fuente: http://vientosur.info/spip.php?article15034




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