Portada :: Cultura
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 16-08-2019

Al borde de la vereda: Lisboa

Antonio Cuevas Garca
La soga


Corra el ao 1580. Felipe II invada el trono de Portugal. Err Felipe I de Portugal no estableciendo la capital del primer Imperio global en la fadista ciudad? Quin sabe cul hubiera sido el devenir de la Unin Ibrica. Se hizo tarde, en 1640 cuando ni los Tercios Viejos hallaron forma de aminorar el alzamiento de restauracin de independencia portuguesa. Tras sesenta aos de dominio peninsular, hoy la ocupacin es de ida y vuelta.

A 2019 de almanaque, no hay espaol de dene que no haya arribado a la capital portuguesa. No hallarn peridico nacional, provincial, local u octavilla de urbanizacin; revista de viajes, gastronoma, decoracin o de bisutera que no rellene unas pocas de lneas pomposas, siempre definitivas y recnditas, de la burbujeante Lisboa.

Por donde llegaban en tiempos de Vasco da Gama naos casi vacas de esqueletos amarillentos, en harapos tras meses sin avistar costa, hoy unos predios flotantes derraman el sustento en forma de clientela.

La ciudad vive abonada al oxmoron: la moda de lo antiguo como experiencia irrepetible, la orografa de cuestas inagotables, su cementerio de los placeres o la ajetreada calma que a diario juega en los peldaos de su calzada. De un tiempo a esta parte, las perfrasis discurren en el eco de las cavernas. Por eso, no pretendo atracar ni verter ms tinta al lugar donde el Tajo pirdese en Atlntico. Tan solo resear un breve apunte con subrayado que ocupa mi pequea libreta.

Seguramente hayan contemplado, digamos visto, visitado, al tipo con bronceado gastado, con sombrero y de piernas cruzadas que ocupa la silla contigua a la que cualquier entidad fornea (seora, seor, nio, anciano o vocfero autobs completo de andaluces) tiene ocasin de retratarse en el Caf La Brasilea en la calle Garrett, que es como en espaol se llama a la rua . (disculpen la perogrullada). No hay mayor creador de identidad cultural que el turismo, suspiraba Martn Caparrs a los estratos de Bogot en sus Crnicas sudacas .

All, en A Brasileira, las sillas de la decorativa mesa estn apartadas del resto de la terraza que pertenece al caf. Tanto que no es necesario consumir para sentarte junto a Fernandito, como hipocorsticamente insiste en llamarle un fulano, en su ensima foto con flash a su soleado hijo con gorra.

Resulta una contradiccin en cada libre: inmortalizarte en una instantnea con una efigie que finge como poeta ser diferentes individuos y, para ms inri, apellidado Pessoa . Pero un lingista, o cualquiera que se detenga en el saber etimolgico, podr reparar en los recovecos del encadenamiento.

Sin abundar en petulancias, es destacable la ubicacin del monumento al poeta portugus en el exterior, siendo el lugar menos frecuente para superar la tarde junto a su rutinaria y recproca actividad: escribir, beber y fumar. A no ser que saliese de su interioridad para recordar sus tiempos sudafricanos donde las sombrillas coloniales tapizaban su visin adolescente, soy del tamao de lo que veo, no del tamao de mi estatura.

Pessoa era un misntropo al que han intentado ligar a la eternidad en productos de nico uso final de venta. Quin bebe caf en su morada en una taza con forma de sombrero? La desdicha le acompaa en su estatua. Ya hubiese querido Pessoa cambiar tanta muchedumbre por petrificarse en el tiempo con el prematuro suicida Mrio de S-Carneiro . Sentndose para caminar, como Csar Vallejo confesaba haber hecho en Trilce .

En Buenos Aires, dcese escuchar el eco del murmullo entre Bioy Casares y Borges en el Caf La Biela, tan acompasada como la pausa sonora compartida a la orilla de un par de gisquis entre Onetti y Rulfo en vida. Elogio de la brevedad, escribo entre parntesis.

Aqu, al borde de la vereda, apenas alcanzo a concluir las puntuaciones que completan estas anotaciones, cuando mi caligrafa es objeto de miradas extraas, entre curiosas y recelosas, de algunos movilizados transentes a la velocidad de tres fotos por adoqun.