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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 29-08-2019

Ser vecinos del sarn

Walaa Saleh
Al-Jumhuriya

El Colectivo Al-Jumhuriya ha publicado un nmero especial sobre 2013, un ao clave en los intentos de acabar con la revolucin siria, por varias vas, y el ao en que se produjo la matanza con armas qumicas que acab con la vida de ms de 1.000 personas, cosan los observadores de la ONU en Damasco, a una veintena de kilmetros como mximo. Este texto es el testimonio de una de sus testigos, que lo comparte para evitar el silencio y el olvido asesinos.


Tercer ao de la revolucin. Estoy en Saqba, tengo miedo estando en casa, cerca de la estacin. Hemos intentado marcharnos de aqu, pero hemos fracasado en repetidas ocasiones. Ahora mismo, estoy escondida bajo la cama. Cada vez que reno la valenta para salir de debajo de ella, me acerco a mi madre y la beso. Tengo miedo de que alguno de nosotros muera de repente. Tengo miedo de que a alguno de mis hermanos le pase algo. Mi amiga Muna ha muerto. No puedo creerlo. Quera ser profesora, le encantaban los nios Dios mo.

El fragmento anterior pertenece al pequeo cuaderno en el que comenc a escribir tras la tragedia de las armas qumicas, que acab con la vida de miles de personas.

Llevo seis aos intentando borrar su imagen de mi memoria, pero el rostro de mi amiga Muna sigue vinindome a la mente cada poco para recordarme lo que le sucedi. Intento decirle: No te he olvidado, y no os olvidar nunca. Su imagen se agolpa junto a las de otras personas conocidas que murieron asfixiadas el 21 de agosto de 2013 en la matanza de las armas qumicas de Al-Ghuta oriental. Me siento muy pesada, como si llevara una gran losa sobre mi pecho, cada vez que intento recordar lo que vi y escuch.

Como testigo de aquella matanza, no tengo ms que mi testimonio para contar. Fui parte de esa historia y cuando me di cuenta de que el silencio es otra herramienta para asesinar y seguir asesinando, intent romper el muro del silencio y el miedo a un tiempo, para que creciera en m la voluntad de contar la historia, por mucho miedo que tuviera.

En Saqba

Nos mudamos a vivir en Al-Ghuta oriental en 2009, aunque no s muy bien qu nos trajo desde los confines del mundo a vivir all, en concreto a Saqba, que se convertira en el corazn y latido del mundo revolucionario en Al-Ghuta. Apenas contaba con treinta y seis mil habitantes antes de la revolucin, por lo que era un municipio pequeo; sin embargo, era una de las ms grandes ciudades dedicadas a la produccin de muebles de todo tipo en Siria, un trabajo que supona la fuente de ingresos principal para muchos de sus habitantes, adems del cultivo de sus frtiles terrenos.

Al principio, no sent que perteneciese a ese lugar. Lo senta como un lugar angosto y a su gente extraa y muy distinta de las personas que vivan donde haba nacido. No obstante, esas ideas y sentimientos se desvanecieron unos pocos meses despus del inicio de la revolucin. Saqba fue una de las primeras zonas de las que salieron las manifestaciones contrarias al rgimen, y all vivimos momentos muy bellos soando con la libertad, la justicia y la venganza contra el opresor. Sentimos esa libertad durante das e incluso meses, y agradec el golpe del destino que me haba hecho parte de esa ciudad, una de sus hijas, testigo de la ms maravillosa de las revoluciones, y del ms atroz de los crmenes.

A los oriundos de Saqba, en concreto a las alumnas y profesores y profesoras del instituto de educacin secundaria de Saqba, me uni un vnculo revolucionario que hizo que los sentimientos de nostalgia y de estar fuera de lugar se desvanecieran rpidamente. Tena diecisiete aos cuando salimos en las manifestaciones que organizbamos colectiva y clandestinamente. En aquel momento, no se trataba de simples concentraciones o gritos por el mero hecho de salir, sino que todos tenamos nuestra propia causa por la que manifestarnos: desde Nur, cuyo padre haba sido detenido por el rgimen, hasta Manal, que haba tenido que pagar parte de la responsabilidad de sus dos hermanos, que se haban unido al Ejrcito Sirio Libre prcticamente desde sus inicios, a finales de 2011.

Recuerdo cmo naci en nuestras mentes la idea en la clase de Educacin Nacional, a la que dejamos de asistir y que nos negamos a estudiar, adems de no escuchar a la profesora, que sabamos que apoyaba al rgimen. Algunas de las jvenes comenzaron a dibujar caricaturas y pegarlas en las paredes de las aulas, pero nuestras actividades no recibieron apoyo de la directora de la escuela, que incluso nos castig a muchas e intent prohibirnos que saliramos en las manifestaciones. No s si su postura era producto del miedo que senta por nosotras o de su rechazo a la idea misma de revolucin. No puedo saberlo, pero lo que recuerdo es que salimos en manifestaciones en que se elevaron las voces de las alumnas de secundaria y que cog la mano de mi amiga Muna y salimos de la escuela en una manifestacin que lleg hasta la plaza de la Asamblea. Despus nos separamos, temerosas por nuestras familias, o por miedo a que nos sorprendiera un misil o nos asaltaran los servicios de seguridad del rgimen que, al no poder ya moverse con libertad por el municipio revolucionario, recurran a asaltos sorpresa con apoyo del ejrcito. Finalmente, tras el amplio despliegue del Ejrcito Sirio Libre en Saqba y sus alrededores, dejaron de poder ejecutar este tipo de asaltos.

La vida se volvi mucho ms dura despus de eso debido a los continuos bombardeos de los aviones y los Scud. Tambin cabe sealar la matanza que cometi el avin MiG del rgimen el 18 de noviembre de 2012, que se sald con la vida de decenas de habitantes de Saqba y el derrumbe de ocho edificios sobre las cabezas de sus habitantes. Esa imagen es una de las ms violentas que se mantienen ms firmes en mi memoria. Fueron das repletos de horror, miseria y prdida de vidas, y de esos momentos en que el ser humano siente que va a marcharse de este mundo: Me va a volar la cabeza, me va a estallar el corazn, van a volar todos mis restos y me voy a disolver; quedarn solo mis huesos. Esa fue la visin ms atroz que me persigui durante los ltimos meses de mi estancia en Saqba, que abandon, como abandon toda Al-Ghuta oriental, gracias a un milagro del cielo en noviembre de 2013; es decir, dos meses despus de la matanza qumica. All dej nuestra casa, a nuestra familia y a nuestros seres queridos, que haba reunido la tierra, y otros que moriran vctimas de los bombardeos, el hambre o el asedio. Dej tras de m un mundo que seguira luchando hasta el ltimo suspiro.

La matanza con el avin MiG era, en mi opinin, la ms violenta y salvaje que haba cometido el rgimen, pues hay algo ms salvaje que la cada repentina de un edificio sobre las cabezas de sus habitantes? Eso me deca, hasta que lleg la matanza qumica, que me hizo entender que poda producirse un salvajismo mucho mayor del que la mente poda imaginar.

El jueves fatdico

Durante los das previos a la matanza, se produjo un aumento de los bombardeos sobre Al-Ghuta oriental, especialmente en Zamalke, Jobar, Saqba y Ain Turma. Las facciones opositoras dijeron que estaban haciendo frente a los intentos de avance del rgimen, que pretenda desmembrar Al-Ghuta. Los frentes ardan y la situacin humanitaria en Saqba se deterioraba poco a poco, debido a los cortes de electricidad y las comunicaciones, la extrema falta de alimentos y medicinas y el aumento de los precios, especialmente despus de que el rgimen bombardeara intencionadamente los hornos de pan de Al-Ghuta oriental, convirtiendo las bolsas de pan en un sueo casi inalcanzable para muchas familias.

Nos acostumbramos a cosas a las que pensbamos que el ser humano no poda acostumbrarse. A quien se esconda en los refugios de Al-Ghuta oriental y haba probado el sabor de la amargura y el hambre no le pareca raro que cualquier da llegara un misil lleno de materias qumicas.

No eran ni las cinco de la maana y estbamos intentando dormir. Saqba estaba envuelta en el ruido de los misiles y los aviones que la sobrevolaban, en el ruido de los disparos cuyo eco atravesaba las paredes de nuestra casa. Escuchamos la voz de mi padre, gritando bien alto, nos apresuramos al exterior y lo encontramos con un aspecto agitado y con la respiracin entrecortada. Ni su retrica lingstica ni sus frases habitualmente bien construidas le sirvieron para explicar lo que suceda. Solo era capaz de decir: Han muerto asfixiados, vamos a morir todos, ese criminal Finalmente, complet la frase: Estn aniquilando Zamalke.

An no tenamos una imagen completa de la situacin. Solo escuchbamos cosas sobre personas que moran de forma extraa y escuchbamos los movimientos habituales que se producan durante los bombardeos, para retirar los cuerpos de los mrtires y salvar a quien se pudiera. Unas pocas horas despus supimos que el rgimen haba lanzado misiles cuyas cabezas llevaban carga qumica sobre algunas zonas de Al-Ghuta oriental, especialmente en Zamalke y algunos puntos de Ain Turma.

No podamos determinar qu haba que hacer en una situacin as: esperbamos a la muerte, que pareca segura e inevitable, gritbamos o corramos a ayudar? Escuch a un hombre mayor decir: Saqba es la siguiente, nos vamos a asfixiar como animales, quin va a preguntar por nosotros? Ni EEUU, ni

Sus palabras siguieron resonando en mis odos. Mi madre me dice que abandon la vida durante unos instantes cuando mi semblante y mis labios se volvieron azulados y se me hel la sangre; sin embargo, volv a ella despus. A da de hoy, sigo sin saber qu me hizo aferrarme con tanta fuerza a la vida, a pesar de lo miserable que era. No haba electricidad, ni televisin: estbamos totalmente aislados del mundo, hasta que algunos amigos de mi padre nos vinieron a contar lo que haba sucedido. Uno de ellos nos dijo, con los ojos inundados en lgrimas: Vestos, queridos Vestos. Estbamos vestidos, claro, pero se refera a que nos pusiramos la ropa con la que bamos a presentarnos ante nuestro seor.

Hicimos nuestras abluciones, nos vestimos y por encima nos pusimos la ropa para rezar.

Me sent con mi familia, algunos parientes cercanos y los vecinos en un ambiente de absoluto aturdimiento e impotencia. Podamos escuchar los ruidos que venan de fuera: las sirenas de las ambulancias, las voces de los hombres reunidos en cada esquina, las distintas historias que cada uno contaba a su paso.

Recuerdo bien la cara de nuestra vecina del bajo, cuando cogi a su hija de la mano, junto con la comida que pudieran necesitar, y subi a la azotea para vigilar el cielo desde lejos. Era como si el peso y el salvajismo del mundo entero estuvieran en su rostro, como si hubiera perdido toda esperanza. Nos dijo: No podr soportar ver a mi hija luchando por vivir y temblando. Si sucede, nos lanzar a ella y a m misma desde esta azotea.

No ramos conscientes de la tragedia a pesar de todo lo que estbamos escuchando, hasta que la vimos en la pantalla del mvil. Grabar era una dura misin en ese momento, en el que no haba redes de comunicaciones ni suficiente electricidad para cargar los aparatos continuamente. Enviar los vdeos por medio del Bluetooth era muy lento.

El to Abu Fadi, que trabajaba en un hospital de campaa en Hammuriya, fue uno de esos amigos que vinieron a nuestra casa. No haba ido a Zamalke, pero nos cont que haba recibido cientos de casos de asfixia que procedan de las zonas que haban sido bombardeadas. Las zonas de Al-Ghuta haban quedado unidas por un vnculo de sufrimiento, injusticia, hambre, prdida de seres queridos y el haberse acostumbrado a la muerte. Nos despedamos cada da con el miedo a que fuera el ltimo. Los centros mdicos de Arbin, Hammuriya, Duma y Saqba acogan a miles de afectados por el gas sarn, que haban sido trasladados en coches desde Zamalke y Ain Turma.

Muchos de ellos no lograron sobrevivir y los que lo hicieron, deban mantenerse en observacin para reducir los efectos de la inhalacin del sarn asesino. Sin embargo, la espantosa situacin no permita mantenerlos en observacin pues el volumen de la tragedia superaba las capacidades de los centros mdicos de Al-Ghuta. Abu FAdi deca: Os juro por Dios que parecen mataderos: los coches se llenan de personas en Zamalke, nos los lanzan y se marchan para traer a ms.

Los centros mdicos de Al-Ghuta no estaban equipados para ese tipo de casos. Haba escasez y, en ocasiones, directamente no haba ninguna inyeccin de atropina ni los ventiladores necesarios para los afectados por el sarn. Lo mximo que poda hacerse en muchos casos era practicar primeros auxilios para intentar reducir el efecto del gas inhalado, como echar agua sobre los afectados y ponerles cebolla en la nariz. Esas medidas sirvieron para salvar muchas vidas, para las que la muerte, tal vez, habra sido ms misericordiosa, como el anciano cuya familia entera, incluidos sus seis nietos, haban muerto, quedando l solo vivo despus de quedarse ciego.

Escuchamos el testimonio de uno de los que haban sobrevivido de milagro, cuando iba con un equipo mdico conformado por un conductor y cuatro tcnicos de emergencias a uno de los puntos atacados justo despus del ataque. Tres de ellos murieron por inhalacin del gas venenoso y solo quedaron dos: l y otro. Nos habl de cientos de nios que no se haban despertado esa noche de su profundo sueo, de ancianos cuyos cadveres haban sido retirados y que haban muerto de rodillas sobre sus alfombras de rezo, de madres que intentaron llevar a sus hijos corriendo a los pisos ms altos para respirar aire, pero a quienes la muerte haba sorprendido y les haba secuestrado la vida. Nos habl de un da que pareca el Juicio Final en el que la gente corra hacia los caminos oscuros y caan de golpe como hojas de rboles sobre las aceras y las calles y de rescatadores que no lograban ni salvarse a s mismos.

Los cementerios de Saqba no eran lo suficientemente amplios para todos los mrtires que fueron trasladados para intentar auxiliarlos y que acabaron muriendo. Los nios de identidad desconocida eran muchos ms que los que fueron enterrados junto a sus familias. Muchos fueron enterrados sin nombre ni identidad porque nadie los conoca. Por eso, les pusieron nmeros en vez de nombres: la nia nmero 1, el nio nmero 3.

Las ventanas de las casas de casi todos los barrios de Saqba se mantuvieron cerradas durante muchas noches y los das vinieron cargados de nervios que nos hacan odiarlo todo: a nosotros mismos, al aire que respirbamos y al agua que bebamos. Todo nos recordaba a los detalles de aquella horrible matanza; pero, a pesar de todo ello, la solidaridad que traspasaba las fronteras de la destruccin, el asesinato y la impotencia se mantena presente, y las gargantas volvieron a gritar a los pocos das en las manifestaciones que salieron en Saqba condenando la matanza.

El miedo lo domin todo durante los das siguientes a la matanza. No tenamos miedo de la muerte, sino que tenamos ms bien miedo de convertirnos en cadveres desconocidos. Todo el mundo pensaba en voz alta: dnde me enterrarn? A qu centro me trasladarn? Quedar alguien para las tareas de salvamento en cualquier caso? Muchos pensaron en abandonar la zona, pero era extremadamente difcil y cercano al suicidio, debido a los bombardeos y las batallas que se libraban en los frentes de Al-Ghuta.

Nuestros corazones quedaron ensombrecidos por el miedo a lo desconocido y los das los dedicbamos a aprender a resistir ante la muerte y ante el gas salvaje que esperbamos, aunque temamos que nos sorprendiera. Haba rumores sobre indicios que apuntaban a que iban a acabar con lo que quedaba de Al-Ghuta oriental debido a la alegra y celebraciones de los miembros del ejrcito de Asad y sus partidarios cuando supieron que haban logrado matar a miles de personas. Ese tipo de noticias nos hicieron convencernos ms de que se estaba preparando un nuevo bombardeo qumico contra las zonas restantes, especialmente cuando supimos que nadie iba a castigar al rgimen por haber traspasado las lneas rojas que haba trazado Obama. Todos los llamamientos y las esperanzas que habamos construido en nuestro interior se desvanecieron y comenzamos a entrenarnos sobre cmo recibir el castigo que pudiera infligirnos el rgimen salvaje.

Muchas de las casas en los pisos ms altos abrieron sus puertas a los habitantes de los stanos y los bajos, despus de todo lo que habamos escuchado, y nuestras casas se llenaron de mascarillas protectoras, cebolla, vinagre y una frmula cuyos ingredientes no recuerdo bien, pero que era una mezcla de vinagre y otras sustancias que hay en todas las casas. Los encargados de las tareas de rescate nos ensearon cmo frenar los efectos del gas venenoso y cmo atender a una persona que estuviera sufriendo un ataque con algunos primeros auxilios que pudieran resultar tiles.

Por otro lado, nos unimos mucho ms al enfrentarnos al fantasma de la muerte, tras el fatdico suceso. Las mujeres dejaron de dormir con camisn y comenzaron a hacerlo con la cabeza cubierta, preparadas para ver a Dios en cualquier momento. Recuerdo bien las plegarias de la gente, pidiendo a Dios que fuera una muerte clemente: sangre y no asfixia, sangre y no ver a los nios con nuestros propios ojos temblando y estremecindose. Rogaban a Dios morir a causa de un proyectil o un misil que no dejara a nadie con vida. Quiz no sea creble, pero ese era el tipo de plegarias que se repetan con frecuencia.

Hoy escribo sobre una herida que sigue sangrando en el alma y la memoria, que emite estertores que se parecen a mis suspiros de aquellos das, mientras pienso en todos los que murieron asfixiados cerca de m. Escribo a Muna, mi compaera de la escuela y los bancos de madera, escribo cada letra en honor a ella, su alma y sus sueos, que se enterraron junto a ella. Escribo a la valenta que aprend de ella y a todas las vctimas de la horrible matanza. Escribo para que el olvido no se cuele en mi memoria, cargada de desgracias, para que no olvidemos al criminal ni los crmenes que ha cometido.


Fuente original: Traducciones de la revolucin siria


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