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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 26-08-2019

Cuando naci El viejo topo, un recuerdo personal

Francisco Fernndez Buey
TopoExpress


Hoy [25 de agosto] hace siete aos falleca Paco Fernndez Buey. Luchador incansable contra el cansancio y la catstrofe, comunista libertario, marxista singular, siempre comprometido con los ms desfavorecidos. Sigue presente en nuestra memoria y nuestras luchas.

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Cuando en 1976 apareci en Barcelona el primer nmero de El viejo topo sus colaboradores y sus lectores, identificados con la izquierda antifranquista que haba protagonizado la mayora de las movilizaciones socio-polticas de la dcada, tenan el alma dividida. Por una parte, deseaban y propiciaban una ruptura radical con todo aquello que haba representado el rgimen de Franco, tanto en el plano poltico como en el cultural. Por otra parte, teman la reaccin inmediata de lo que entonces se llam el bunker, o sea, de los sectores de ultraderecha directamente vinculados a lo que haban sido el Movimiento Nacional y la Falange. Estos sectores estaban todava muy presentes en los principales aparatos del Estado, en el ejrcito, en la polica y en la Administracin y, al amparo de ellos, haban protagonizado numerosos actos de violencia contra libreras, publicaciones, personas y organizaciones de la izquierda poltica y sindical. De manera que el deseo de una ruptura radical se vea obstaculizado por la presencia activa de una reaccin que aduca, una y otra vez, el espectro de la guerra civil.

Qu era entonces la izquierda antifranquista surgida de las luchas obreras, estudiantiles y ciudadanas de las dcadas anteriores? En lo sustancial, un conjunto de fuerzas organizadas en torno al ideal comunista. La gran mayora de las organizaciones que haban estado protagonizando las movilizaciones en las fbricas, en las universidades e institutos y en los barrios de las ciudades de la Espaa de aquellos aos llevaban en sus siglas la palabra comunismo o tenan el comunismo como horizonte. Es el caso del PCE y del PSUC, durante aos la fuerza socio-poltica ms organizada con mucho. Y es el caso tambin de toda una serie de organizaciones que haban surgido a su izquierda: el Partido del Trabajo (PTE), la Liga Comunista Revolucionaria (LCR), la Organizacin de Izquierda Comunista (OIC), la Organizacin Revolucionaria de Trabajadores (ORT) y la Organizacin Comunista de Espaa-Bandera Roja (OCE-BR).

Ms diluida, pero en fase de reorganizacin, estaba entonces la tradicin anarquista. De hecho, la aparicin de los primeros nmeros de El viejo topo coincidi con una cierta resurreccin del anarquismo en Espaa, potenciada tanto por la CNT como por la pujante implantacin de toda una serie de grupos y organizaciones libertarias que, desde 1968, se venan manifestando activamente en las principales universidades, en algunas fbricas importantes y, sobre todo, a travs de publicaciones, clandestinas o semi-legales, que haban alcanzado ya cierta difusin en ambientes intelectuales. Hacia 1976 este mbito difuso estaba en eclosin. Inclua desde la reaparicin del viejo sindicalismo de raz anarquista hasta la formacin de agrupaciones anarco-comunistas de nuevo tipo, pasando por varias manifestaciones de la contracultura en campos como el de la msica popular, el cmic y la stira. Adems de la crtica tradicional del Estado y del Poder (de todo Estado y de todo Poder) y de la consiguiente crtica a toda forma de reformismo, el anarquismo libertario de aquel momento priorizaba asuntos pre-polticos, culturales o poltico-sociales escasamente atendidos u olvidados por la tradicin comunista en sus distintas variantes. Por ejemplo: el tipo de control social dominante no slo en el rgimen franquista sino, ms en general, en las llamadas democracias; la situacin en las crceles; los horizontes que estaba abriendo el desarrollo de la antipsiquiatra; el papel de las drogas en la cultura juvenil. El hilo rojo que vino a unir todo eso seguramente fue la reivindicacin de la autonoma obrera.

Haba tambin otras fuerzas antifranquistas no-comunistas: socialistas, nacionalistas, democrticas sin adjetivar, cristianas, etc. Pero en 1976 estas otras fuerzas antifranquistas eran minoritarias y estaban mucho menos organizadas. O al menos as lo pareca viendo lo que ocurra en las calles, fbricas, instituciones universitarias y publicaciones diversas que en la poca eran todava semiclandestinas. El PSOE apenas contaba todava, aunque quienes conocan los intrngulis de la poltica internacional, puestos en marcha por la muerte del general Franco, presentan que iba a contar. La derecha reformista estaba en el Estado pero no tena an partido propio. Los grupos nacionalistas ms activos en Euskadi, Catalua, Galicia, Canarias y Valencia juntaban, por lo general, en sus siglas o en sus programas la reivindicacin del derecho a la autodeterminacin con una definicin marxista o explcitamente socialista. Y los grupos nacionalistas que no juntaban esas cosas en sus siglas o en sus programas y que se declaraban social-demcratas o culturalistas, aunque podan tener presencia en plataformas anti-franquistas unitarias, como en Catalua, haban jugado hasta entonces un papel muy secundario. Venan haciendo declaraciones patriticas o culturales, en defensa de la lengua, costumbres o tradiciones propias, pero en lo poltico preferan esperar. Esperaban su momento. Y las organizaciones cristianas de base, no vinculadas a la Iglesia oficial, haban estado tan cerca (y tan dentro) de los principales movimientos socio-polticos de resistencia al franquismo, encabezados por los comunistas, que, aun conociendo su peculiaridad, costaba trabajo verlas como una fuerza independiente, con programa y objetivos propios.

Y qu se esperaba cuando en aquellos medios antifranquistas, declaradamente comunistas, se hablaba de ruptura o de ruptura radical? No es posible, desde luego, contestar por todos a esta pregunta porque no todos esperaban lo mismo ni aspiraban a lo mismo. Por debajo de las siglas y de los programas, en los que casi siempre apareca la aspiracin a una sociedad sin clases, haba muchas diferencias y una polmica abierta, constante y a veces agria. Esta polmica versaba sobre tres aspectos: a) qu comunismo (o, cuando se hablaba de transicin, qu socialismo); b) por qu medios se poda llegar a eso; y c) con quin o quines aproximarse al menos a aquello que se propugnaba.

En la discusin sobre estas tres cosas influy mucho la definicin ideolgica de partida. En aquellas organizaciones se lea a Marx, a Engels, a Lenin, a Trotsky, a Pannekoek, a Gramsci, a Mao, a Guevara o a Castro, no tanto como clsicos antiguos o contemporneos de una tradicin, sino ms bien como fuentes directas de inspiracin para postular otro mundo en aquel presente. De ah que el abanico del rea comunista fuera tan amplio. Haba entre nosotros comunistas leninistas, comunistas trotskistas, comunistas consejistas y comunistas maostas. Y, por lo general, haba tambin ms discusin acerca de las diferencias histricas entre estas formas de ser comunista que sobre el tipo de Estado y sociedad al que se aspiraba. La controversia sobre esas diferencias pareca entonces tan apremiante que en aquellos medios apenas se dedicaba tiempo a discutir con las otras ideologas que estaban a la derecha del partido comunista y a las que, en general, se sola calificar de burguesas o pequeo-burguesas, sin ms matices.

Pero, ms all de estas diferencias, que entonces estaban en primer plano, leyendo lo que se escriba en los papeles y habiendo escuchado lo que se deca en asambleas y reuniones de aquel momento, an se puede concluir, sin embargo, que haba en 1976 una ilusin o una esperanza compartida, a saber: que lo que vendra despus de Franco, gracias a la presin de las fuerzas populares, iba a ser tena que ser algo parecido al socialismo. Todava se puede precisar un poco sobre esta ilusin: para despus de Franco y del franquismo se aspiraba a algo ms que una democracia formal, indirecta o representativa.

Todos los documentos redactados por las organizaciones mencionadas, que insisto constituan en aquel momento la vanguardia anti-franquista organizada, apuntaban hacia ese algo ms. Se hablaba de una democracia avanzada en lo social y en lo econmico (ms avanzada, por tanto, que las democracias entonces realmente existentes en el mundo occidental). Se postulaba, segn los casos, un socialismo autogestionado, una democracia socialista basada en los consejos (obreros, de fbrica, populares, etc.), una repblica federal y popular de signo socialista, un tipo de socialismo parecido al que entonces exista en la China de Mao, o en la Cuba de Castro, o semejante al que haba existido en los inicios de la revolucin rusa. En sus propuestas econmico-sociales todos aquellos partidos y organizaciones venan a decir (o decan explcitamente) que el llamado Estado de bienestar era slo una prolongacin del capitalismo denominado tardo (nada que tuviera que ver, por tanto, con la propuesta socialista); y lo que se estaba haciendo en Suecia, paradigma de la socialdemocracia de entonces, se calificaba significativamente de modelo sueco de la explotacin (nada que tuviera que ver, por tanto, con la aspiracin a acabar con la explotacin clasista).

Cuando naci El viejo topo nadie, en esos ambientes, deca querer una monarqua para Espaa. Por una razn muy sencilla: la monarqua era una imposicin de Franco para perpetuar lo que haba representado el franquismo. Y eso estaba por detrs incluso de lo que se criticaba como algo insuficiente para suceder al franquismo: las democracias representativas realmente existentes. Hubo, ciertamente, diferencias de acento. Algunas organizaciones pensaban entonces que la disyuntiva entre monarqua y repblica, en tanto que formas de Estado, tena que ser la clave de toda discusin poltica, como lo fue en la Italia de 1945. Otras, en cambio, pensaron que, siendo importante la definicin sobre la forma del Estado, era an ms importante la clarificacin del signo social y econmico del Estado del futuro. Dicho con otras palabras: la opcin socialista (en cualquiera de sus variantes) se consideraba ms importante que la definicin republicana, la cual se deca poda darse por supuesta en gentes que se consideraban comunistas o socialistas revolucionarios. Que yo recuerde slo haba entonces un grupo, entre los que se definan como comunistas, que hizo bandera de la lucha por la Repblica en aquella hora: lo que qued de la Organizacin Comunista-Bandera Roja despus de que una parte importante de sus dirigentes se fusionaran con el PSUC y el PCE. Los dems daban por supuesta la adscripcin republicana o tendan a poner el acento en otras cosas.

Estas otras cosas venan a ser: la preparacin de una huelga general o de una accin cvica de las masas que acabara con los restos del rgimen de Franco y abriera el camino a una democracia socialista; la exigencia de una amnista general que sacara de las crceles a todas las personas que durante dcadas haban luchado contra la dictadura; la reivindicacin de la descentralizacin del Estado, entonces concretada en la peticin de autonoma y/o la restauracin de las instituciones propias de las nacionalidades que existieron durante la II Repblica; la disolucin de todos los cuerpos represivos creados por la dictadura, y en particular de la polica poltica y de los tribunales de orden pblico, que haban tenido un papel central en la represin de los opositores; y en algunos casos (FRAP, GRAPO, ETA), la creacin de frentes, brazos o grupos armados para oponerse a las fuerzas armadas del franquismo. En las manifestaciones de aquellos aos en que se crey posible la ruptura, junto a la consigna el pueblo unido jams ser vencido (heredada de las manifestaciones chilenas), muchas veces se escuchaba esta otra: el pueblo armado jams ser derrotado. Por supuesto, este ltimo grito era minoritario incluso en las manifestaciones. Pero tambin estaba ah. Y en no pocas reuniones de los grupos de vanguardia se segua discutiendo seriamente acerca de si lo correcto, para pasar al socialismo que se postulaba, era la va armada o la va pacfica y parlamentaria.

As ramos en 1976. Y conviene recordarlo. Puede ser que, al leer esto treinta aos despus de los hechos, quienes no los vivieron y slo tienen noticia de la poca por otras cosas que hayan ledo, piensen que cuando escribo la palabra ilusin la estoy empleando en su acepcin ms negativa, como mera expresin de una ensoacin o desvaro y que, a partir de ah, lleguen a la conclusin de que la mayora de aquella gente que milit en las organizaciones comunistas de la poca y escribi o ley los primeros nmeros de El viejo topo haba perdido el sentido de la realidad. Pues es verdad que en pocos aos, entre 1976 y 1982, todo aquello, todas aquellas ilusiones, se haban ido al traste. El triunfo de la reforma poltica o la ruptura pactada, como se llam a la transicin desde el franquismo a lo que ahora conocemos, parece invitar a pensar no que aquellas gentes tenan ilusiones, sino que eran unos ilusos.

No descarto que algunos de los que escribamos hace treinta aos en los primeros nmeros de El viejo topo y algunos de los lectores de la revista, que fueron muchos, hubiramos perdido momentneamente el sentido de la realidad a la muerte del Dictador. Algunas de las personas que vivieron aquellos aos con uso de razn poltica han tenido el coraje de reconocerlo as. Por ejemplo, Flix Novales, en El tazn de hierro (Crtica, 1985), que es un testimonio tremendo y conmovedor de eso que digo: por la veracidad de su relato y por su rectificacin tambin. Y he empleado aqu el plural, en el que me incluyo, para que nadie piense que pretendo volver a emplear la palabra autocrtica en el sentido perverso que casi siempre ha tenido en los ambientes en que me mov y acusar as de insania a otros y librarme yo. Para que no quede duda al respecto: creo que cuando empezamos El viejo topo quienes compartimos aquel proyecto estbamos mal informados en algunas cosas importantes, pero que, en general, se puede mantener frente a lo que viene diciendo la historiografa oficial y se suele repetir un da tras otro en los medios de comunicacin actuales que lo que escribimos e hicimos no responde a un caso de obnubilacin colectiva de la conciencia o de prdida absoluta del sentido de la realidad. Dicho de otro modo: haba entonces, hacia 1976, ilusiones fundadas.

De dnde nos venan aquellas ilusiones? Cuando apareci la primera entrega de El viejo topo todos los que all escribimos tenamos en la cabeza algunos hechos transcendentes que luego han quedado minimizados por otros que ocurrieron desde el inicio de la dcada de los ochenta. Esos hechos eran, entre otros, los siguientes. En primer lugar, el final de la guerra de Vietnam con la victoria de un pequeo pueblo resistente sobre el Gran Poder de la segunda mitad del siglo XX; cosa que slo se pudo lograr por la combinacin de varias fuerzas e ilusiones: no slo de las existentes en Vietnam sino en el mundo entero. En segundo lugar, observbamos las vacilaciones y dificultades del gobierno norteamericano, en la poca del Presidente Carter, y no slo de aquel gobierno, para recomponer la hegemona del gran capital. Pareca como si el Imperio hubiera salido noqueado de la guerra en Vietnam. Y esto se perciba, no sin razn, como indicio de una crisis del sistema capitalista que estaba afectando tambin a sus manifestaciones culturales.

La revolucin de los claveles en Portugal y la emancipacin de las colonias portuguesas en frica, particularmente lo que estaba ocurriendo en Mozambique, ampliaba las esperanzas de todas las personas que tenan convicciones internacionalistas. Independientemente de las preferencias maostas, trotskistas, consejistas, libertarias o eurocomunistas, la forma en que se haban producido los cambios en Vietnam, Portugal y Mozambique invitaba a pensar, sin haber perdido la cabeza, en el viejo asunto de las armas y en cmo hacerlas frente. La palabra revolucin no era un flatus vocis entonces. Tena sentido. Y los ms, en aquellos ambientes, lo captaban. Lo ocurrido en Chile y luego en Argentina, donde los militares se hicieron con el poder sacando a la calle a los ejrcitos y liquidando a todos los partidos polticos de oposicin era entonces objeto de interpretaciones diversas, pero, para los ms, incluso eso operaba en la misma direccin a la hora de pensar en la liberacin tambin aqu. Y ah entra la otra gran atraccin del momento: Italia. Las expectativas que en 1976 suscitaba la evolucin italiana, con un partido comunista distinto de los otros, a punto de entrar en el gobierno, eran enormes.

No es casual que, con independencia de lo que unos y otros pensramos de la orientacin del partido comunista italiano, la discusin acerca de lo que estaba a punto de pasar en Italia permeara la reflexin de casi todos los grupos del momento, desde la izquierda socialista hasta los partidarios de la autonoma obrera y desde aquellos que, en el interior de los partidos comunistas, se llamaban a s mismo eurocomunistas hasta trotskistas, maostas y consejistas de varia condicin. Todos, o casi todos, habamos ledo el clebre informe, propiciado por la Trilateral (una especie de consejo de administracin ideolgico del gran capital) sobre la ingobernabilidad de las democracias. Y aquel informe adverta con toda claridad de lo que el gran capital consideraba peligro principal en el mundo del momento, a saber: que el partido comunista italiano llegara a gobernar; y que por extensin y contagio, algo as llegara a ocurrir en otros pases del sur de Europa (Grecia, Portugal y Espaa).

Lo que veamos y suframos entonces en Espaa, en Montejurra y en Vitoria primero, y en Madrid, con la terrible matanza de Atocha, poco despus de que apareciera el primer nmero de El viejo topo, eran tambin acontecimientos que obligaban a poner en relacin las armas de crtica y la crtica de las armas. Personas tan sensatas como los militares disidentes organizados en la UMD, que conocan bien, y desde dentro, lo que era el ejrcito espaol de entonces y que tenan noticia directa de cmo se haba producido la revolucin de los claveles en Portugal, nos invitaban a pensar en un asunto cmo hacerlo? cmo acabar de verdad con una dictadura? que en aquellas circunstancias no tena nada de ilusorio ni de truculento. La orientacin misma de la revolucin portuguesa en curso y las declaraciones inequvocamente socialistas de varios de sus protagonistas (Vasco Gonzalves y Otelo Saraiva de Carvalho) dejaba en el aire esta pregunta: Acaso se va a poder acabar con los aparatos represivos de un estado fascista por la va de los acuerdos y los pactos por arriba, entre fuerzas que an eran ilegales y los antiguos dirigentes del Movimiento Nacional? Y ah estaba, por ltimo, el potente viento del este que llegaba de China, inspirador de tantos y tantos ditirambos en la intelectualidad europea del momento.

La discusin sobre todos esos temas fue cosa frecuente en la plyade de revistas comunistas, social-revolucionarias y anarquistas que florecieron en Espaa entre 1976 y 1980. La lista de estas revistas es larga y no voy a reproducirla aqu. Jordi Mir, que se ha encargado de la presente antologa, est haciendo un anlisis de lo que fueron y representaron y cuando ese anlisis est terminado podremos juzgar sobre su papel. Pero s se puede adelantar aqu que El viejo topo de la primera poca tuvo algunas particularidades que la distinguen de estas otras revistas y que seguramente explican por qu lleg a tirar cincuenta mil ejemplares, por qu dur ms que las otras y por qu existe todava.

La primera peculiaridad, y lo que llam ms la atencin desde el momento mismo en que apareci el primer nmero, fue su esttica. Y en eso el mrito no es slo de sus fundadores (Claudi Monta, Josep Sarret y Miguel Riera) sino principalmente de su diseador: Julio Vivas. El diseo de la revista apenas tena nada que ver con lo que entonces era habitual en los ambientes que he mencionado, en los cuales la letra o, a lo sumo, la preocupacin por la tipografa, lo dominaba todo. La eleccin de autores y artculos para los primeros nmeros tuvo sin duda su importancia, pero sin Julio Vivas El viejo topo no hubiera sido lo que fue. Recuerdo que hubo mucha discusin entre nosotros sobre esta particularidad. Y divisin de opiniones. Algunos pensaban que la incorporacin del color y la combinacin de texto e imagen contrastaba demasiado con la esttica queridamente pobre, que era lo acostumbrado cuando se trataba en la poca de temas polticos o poltico-sociales. Y desconfiaban de las intenciones de la revista. La esttica de El viejo topo no era precisamente del gusto de muchas personas formadas en la tradicin comunista. Aquello les sonaba a burguesa radical o, lo que es peor, a frivolidad pequeo-burguesa. Los ms benevolentes de ese lugar poltico solan decir: Lee lo que dicen y sltate los cromos. Muchos empezaron a leer El viejo topo as.

La segunda peculiaridad de El viejo topo, tan sorprendente para la poca como la otra, es que la revista pagaba los artculos que solicitaba. Y, adems, pagaba bien. Esto era realmente una novedad. Quienes all escribamos estbamos acostumbrados a otra regla: cobrar por trabajo hecho cuando el encargo era acadmico, o de alguna editorial o medio de comunicacin con posibles, y trabajar gratis et amore cuando haba que escribir para revistas de los nuestros (casi siempre clandestinamente, por cierto). De manera que aquello era otro trato. Y ese trato hizo posible una tercera peculiaridad: El viejo topo poda permitirse el lujo de prescindir de un comit de redaccin propiamente dicho, con una lnea programtica definida, y encargar artculos sobre temas muy diversos a personas de un espectro ideolgico muy amplio. Tambin eso era nuevo en el panorama de las revistas de entonces, casi todas ellas vinculadas a alguna de las organizaciones polticas antes mencionadas y con una definicin meridiana de la lnea de la redaccin o, a lo sumo, en la interseccin crtica de un par de organizaciones. Recuerdo que en los primeros tiempos hubo algn intento de constituir un consejo de redaccin permanente, del que haban de formar parte los primeros colaboradores, y que, viendo el problema que eso iba a significar para la continuidad de El viejo topo, los fundadores, con buen acuerdo, renunciaron. Como se vio despus, fue un acierto.

Pero tal vez la peculiaridad ms relevante de El viejo topo, junto a la novedad del diseo, fue que enseguida iba a convertirse, no s si en este caso por voluntad de los fundadores o por la fuerza de las cosas, en lugar de encuentro de opiniones diversas y divergentes. Cuando se hace repaso de las personas que colaboraron en los nmeros de El viejo topo publicados entre 1976 y 1980 hay algo que llama inmediatamente la atencin: todos o casi todos escribamos en otras revistas en cuyos consejos de redaccin estbamos (Materiales, Zona Abierta, Argumentos, El crabo, Negaciones, Saida, Revista Mensual, Ajoblanco, Taula de canvi, Teora y prctica y otras), pero slo coincidamos aqu, en las pginas de El viejo topo, para dialogar, discutir o polemizar. No fue aquello mera superposicin de opiniones, sino dilogo o controversia, debate propiamente dicho. Y en aquellas circunstancias tambin eso tuvo su mrito, pues eran tiempos en que los partidos de la extrema izquierda empezaban a salir a la luz pblica y pugnaban, por tanto, por afirmar sus propios programas. En ese lugar de encuentro se pudo discutir sobre el socialismo del futuro, sobre eurocomunismo, sobre el Estado, sobre anarquismo y libertarismo, sobre la situacin italiana y sobre la situacin en China, sobre feminismo y ecologismo, sobre las crceles, sobre antipsiquiatra y, naturalmente, sobre posfranquismo. Y se pudo discutir y polemizar, por lo general, en igualdad de condiciones.

Este encabalgamiento de opiniones y autores de diverso pelaje, en una publicacin que se quera plural y proliferante, fue interpretado a veces como una ratificacin de la sospecha sobre el carcter eclctico de la revista. En tiempos de definiciones y aclaraciones a veces demasiado puntillosas, el eclecticismo no estaba precisamente bien visto. Los fundadores de El viejo topo supieron tomarse eso con buen humor, una muestra del cual es el Aviso con que se abra la segunda entrega, en el cual se ironizaba sobre las posibles querencias de la publicacin, a propsito del maosmo, el trostkismo, el anarquismo o las tendencias contraculturales, para acabar pidiendo tiempo al lector interesado. Desde el punto de vista de las ideas polticas, lo ms relevante para m es que, como lugar de encuentro, El viejo topo de la primera poca propici algo que estaba en el ambiente y que no lleg a cuajar en ninguna otra publicacin de la poca, que yo sepa: un interesante dilogo entre marxismo y libertarismo, del cual quien quiso aprender pudo aprender para el futuro. No era nada fcil ese dilogo en aquellas condiciones y parece que sigue sin serlo todava hoy. Pero si algn da alguien quiere tomarse en serio aquello, tantas veces repetido, de que hay que volver a empezar, har bien repasando las pginas de El viejo topo (y algunas de Materiales y de mientras tanto).

De ese dilogo hay una parte que fue tema explcito de varios artculos incluidos en esta antologa, artculos que recogan y reelaboraban algunas ideas que aparecieron, por cierto, en dos de los eventos ms interesantes de aquellos meses: las Primeras Jornadas Libertarias y el I Encuentro convocado por la propia revista en el Pueblo Espaol de Barcelona. En su momento aquellos dos encuentros parecan representar dos lneas paralelas que, a tenor de lo dicho por la mayora de los participantes en un lugar y en otro, slo iban a encontrarse, si es que se encontraban, salindose por la tangente. Pues bien: El viejo topo, que significativamente acogi en sus pginas a algunas personas que estuvieron en los dos sitios, pudo haber sido esa tangente si unos y otros hubiramos estado ms por la labor. Me baso, al decir esto, en lo que les o decir por entonces a Claudi Monta, a Josep Sarret y a Miguel Riera. Pero tambin me baso en otra cosa: no tan explcita, en lo que haba de ser otra dimensin interesantsima de El viejo topo, que diferencia a la revista de la mayora de las que, con intencin slo poltica o preferentemente poltica, se publicaban entonces. Me refiero a la atencin que El viejo topo prest a las manifestaciones culturales y artsticas en curso.

Es posible que esta atencin a las manifestaciones culturales y artsticas nuevas haya dado a El viejo topo de la primera poca ms lectores que lo que fue su dimensin socio-poltica. No lo s con seguridad, pero lo sospecho por algunas conversaciones que al cabo del tiempo he mantenido con antiguos suscriptores que recordaban sus preferencias. En este apartado estuvo muy presente la tradicin libertaria. A la tradicin libertaria hay que vincular la denuncia en aquellos momentos no slo de la situacin de las crceles espaolas sino, ms en general, de lo que significa la crcel en s misma, as como el espacio dedicado a la antipsiquiatra y al debate sobre el papel de las drogas. Y a un mbito que se podra considerar intermedio, entre la revisin del marxismo clsico (que no aceptaba la proclamacin de la crisis por Althusser y Colleti) y la revisin del anarquismo (que no aceptaba la vieja limitacin a la accin directa), hay que vincular la atencin que se empez a prestar en las pginas de la revista a los problemas ecolgicos, al ecologismo y al feminismo.

Por aquel entonces la izquierda comunista organizada apenas prestaba atencin al comic, a pesar de que era evidente la existencia de un pblico amplio que estaba ya siguiendo con mucho inters lo que en ese campo se haca en Europa, en los Estados Unidos y en Espaa, sobre todo en lo referente al comic underground. El viejo topo rompi en esto con aquella herencia politicista, y en cierto modo elitista, imperante en la mayora de las organizaciones comunistas de la poca. Y, tambin en este caso, me parece que se puede decir que una parte sustancial de las personas que impulsaron o colaboraron en la revista estaban ms cerca de la tradicin libertaria que de la tradicin marxista. Por ltimo, como se ver en la antologa, El viejo topo dio cabida en sus pginas a artculos de autores y autoras que hablaban de poetas, dramaturgos y cineastas que eran por entonces santos de la devocin de muchos de nosotros, ms all, insisto, de las preferencias polticas: desde Erich Fried al Living Theater y desde Alfonso Sastre y Tbano a Dario Fo, desde el Bertolucci de Novecento al Pasolini de Sal y desde Saura a R.M. Fassbinder.

Recojo, para terminar, un hilo que dej colgando unos prrafos ms arriba: el de nuestras ignorancias y nuestras sospechas en lo que llam las ilusiones fundadas. Ignorbamos muchas cosas que luego, muchos aos ms tarde, han salido a la luz, la ms importante de las cuales, en mi opinin, fue la intervencin internacional en los primeros momentos de la llamada transicin. Lo que ha escrito sobre eso Joan Garcs, en su libro Soberanos e intervenidos, a partir de la documentacin desclasificada de aquellos aos, arroja mucha luz sobre nuestras ignorancias y va, desde luego, mucho ms all de lo que podamos llegar a sospechar en 1976. Tampoco supimos, obviamente, qu pudo haber dado de s el compromiso histrico, que en aquel entonces estaba proponiendo Berlinguer para Italia. El secuestro y asesinato de Aldo Moro desbarat aquella expectativa.

Algunos sospechbamos entonces que detrs de todo lo que estaba ocurriendo en Italia durante aquellos meses tena que haber fuerzas ocultas, interesadas en desestabilizar una situacin indita, cargada de futuro. Despus de la derrota, nuevos filsofos ha habido que hicieron de la crtica de la sospecha una filosofa, como diciendo: los ilusos lo atribuyen todo a conspiraciones. Pero, como suele ocurrir, justo cuando una parte de los intelectuales que haban tenido ilusiones en 1976 llegaban a la conclusin de que, efectivamente, como decan los filsofos del pensamiento dbil, haban sido unos ilusos al sospechar de la Gran Mano Negra, empezaron a llegar las revelaciones. Se desclasificaron documentos de aquel momento histrico y se empez a conocer otra verdad, la que liga el informe sobre la ingobernabilidad de aquellos pases en los cuales el comunismo, el otro comunismo, tena alguna posibilidad con la intervencin de los servicios secretos norteamericanos e italianos.

Por desgracia, la verdad a destiempo es siempre una verdad inservible para los que tuvieron ilusiones. Utilsima, en cambio, para los que mandan en el mundo. Pues, al decir la verdad a destiempo, adems de haber logrado el objetivo que importaba en el pasado (que todo siga igual) se hace una contribucin impagable a la desmoralizacin definitiva de quienes no queran que todo siguiera igual. Psicolgicamente, eso es siempre un choque. El que desde abajo tuvo ilusiones tiende a pensar primero que sus sospechas fueron patolgicas y luego, en el momento de las revelaciones, que fue un tonto incapaz de sospechar todo lo que haba que haber sospechado, o sea, que se haba quedado corto en la formulacin de sus sospechas. As es como se descubre que hay algo peor que sospechar de la Gran Mano Negra que mueve el mundo de la poltica internacional: sospechar que, en ese mbito, no vale la pena ni sospechar, que nada es verdad ni es mentira, etc. De ah, y de otras cosas, claro, ha salido el cinismo conservador de las ltimas dcadas, el que todava hoy ciega cualquier mirada independiente y libre sobre las ilusiones fundadas de aquellos primeros aos de la primera poca de El viejo topo. Varios de los fundadores y colaboradores de la revista han muerto ya. No eran ilusos, tenan ilusiones: queran un pas y un mundo muy distintos de los que hoy conocemos. Sirvan estas pginas tambin para honrar su memoria. Se lo merecen.

Prlogo de Francisco Fernndez Buey de EL VIEJO TOPO, TREINTA AOS DESPUS, 2006. Antologa facsmil a cargo de Jordi Mir Garca de textos publicados entre 1976 y 1982.

Fuente: https://www.elviejotopo.com/topoexpress/cuando-nacio-el-viejo-topo-un-recuerdo-personal/



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