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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 26-08-2019

Estado espaol
Neoliberalismo y guerra contra los pobres, la construccin social del doblegamiento y la derrota

Mara Jos Rodrguez Rejas
Viento Sur


Nos han engaado tantas veces que, al final, nos dimos cuenta (Coordinadora Estatal por la Defensa
del Sistema Pblico de Pensiones, Len)

1. Una guerra invisibilizada 1/

La violencia econmica, social e ideolgica de las polticas neoliberales en Espaa condena a miles no slo a la exclusin social y a la negacin de su condicin de ciudadanos sino tambin a la muerte y al dao fsico y psicolgico. La magnitud de los impactos es tal que trminos como violencia estructural, exclusin o precarizacin se quedan cortos. Los datos cuantitativos y las experiencias narradas por las y los afectados dan cuenta no slo de un alto nivel de violencia en todas sus formas sino de la crueldad ejercida hacia la poblacin, lo que se asemeja a una situacin de guerra que permea la vida cotidiana 2/ . Si bien no es guerra explcita, en su sentido militar-armado, s est ms all de la lucha de clases tal cual se concibi tradicionalmente.

El proceso de despojo que concentra riqueza y poder en unos pocos mientras muchos son excluidos va acompaado no slo de un cambio en la legislacin y en las instituciones. Se aspira a mantener el control social y, sobre todo, el control con aceptacin de la poblacin para lo cual se construye una nueva subjetividad. La refundacin del sujeto social en el neoliberalismo se erige sobre la demolicin del sentir, pensar y hacer previo. Los excluidos en general y, sobre todo, quienes se resisten a la destruccin de las instituciones de distribucin e igualacin que garantizan una vida digna, son percibidos y tratados como (potencial) amenaza. Esto se expresa incluso en las polticas de defensa y seguridad del Estado, que deja de ser un Estado social para transformarse en un Estado de seguridad garante de las ventajosas condiciones del capital.

Como en una guerra de asedio, la poblacin trabajadora ser cercada, disciplinada y doblegada, a nivel fsico y psicolgico. Se rompi el sueo de la clase media. El no merecimiento de los (potenciales) excluidos se va convirtiendo en opinin pblica. La cultura neoliberal responde as a estrategias de guerra cultural cuyo objetivo ltimo es la derrota psicolgica e ideolgica. ste es el campo donde se define el triunfo en las nuevas formas de la guerra (Lind, 2004; Creveld, 2009; Kilcullen, 2006). Una guerra invisible en la que no se cuentan los daos ni las bajas. A ocho aos de la gran movilizacin del 15-M, son muchas las expresiones de fortaleza y resistencia pero tambin hay un reflujo participativo y una poblacin mucho ms pauperizada que enfrenta cada da, desde hace aos, estas estrategias; no veo cmo vamos a salir de esto, siempre ganan o esto es lo que hay, son muestra de ese estado emocional ante la impunidad y la destruccin del bienestar social.

Asistimos a la banalizacin de la crueldad que normaliza el despojo y el dolor. De ah que sea urgente llamar a las cosas por lo que son.

2. No es crisis, es capitalismo de guerra

Sabemos hace mucho que el neoliberalismo no es una respuesta a la crisis ni un conjunto de polticas econmicas, como tampoco lo fue, hace ms de cuarenta aos en otras latitudes donde se ech a caminar. Es un proyecto de reestructuracin del capitalismo cuyo objetivo fue desde un inicio la concentracin de la riqueza y el poder sin precedentes (Vega, 2010) que va acompaado de un proceso de refundacin social conservador. Los datos no dejan lugar a duda: en Espaa los beneficios empresariales crecieron en 2016 un 200,7% manteniendo una tendencia alcista desde el 2013. El 1% ms rico concentra el 40% de la riqueza mientras el 50% ms pobre apenas el 7% y entre 2013-16, con la relativa recuperacin econmica, los ms ricos se beneficiaron 4 veces ms que lo ms pobres. Es el tercer pas ms desigual de la Unin Europea, slo detrs de Rumana y Bulgaria, y cuenta ya con 25 multimillonarios en la lista Forbes 2017 (Oxfam, 2018).

El neoliberalismo funciona como una gran maquinaria de saqueo y despojo, de acomulacin por desposesin (Harvey, 2007). Los grandes negocios se financian con los recursos de las trabajadoras y los trabajadores a travs de la superexplotacin del trabajo y el pago de sus impuestos, que, tenemos que recordar, es la base del capital pblico que se transfiere a manos privadas (rescates bancarios, deuda externa, externalizacin de servicios, obra pblica, corrupcin). De hecho, el trabajo y las familias aportan 83% de los recursos pblicos a travs de impuestos. Mientras, la evasin fiscal de grandes empresas y fortunas fue 140.000 millones de euros en 2018, lo que represent el 80% del total defraudado -en 2011 la cifra fue de 42.700 M-. stos sern considerados inversores mientras se acusa a la clase trabajadora de pedir demasiado. Es el discurso del poder basado en una estrategia de no merecimiento (undeserving) de quienes van siendo excluidos. La estrategia es rentable econmicamente y polticamente. El endeudamiento se presenta como una opcin para los trabajadores y las trabajadoras. La hipoteca, el crdito para el coche, la lavadora o el pequeo negocio cuando ests desempleado no es sino otra forma de despojo de los ms vulnerables basado en las teoras individualistas; t slo tienes que hacerte cargo de todo.

Las polticas de ajuste, que asociamos con recorte del gasto social, privatizacin, pago obligado de la deuda externa o flexibilizacin laboral, operan cotidianamente el saqueo. La transferencia de riqueza y poder slo poda lograrse excluyendo a gran parte de la poblacin y desplazndola de sus territorios. El neoliberalismo fue violento desde un inicio, no es que se fue poniendo violento. El despojo opera en dos niveles: sobre el territorio-espacio y sobre el territorio-cuerpo. La gentrificacin, por un lado, y el modelo laboral que concentra a la poblacin en las grandes ciudades y zonas tursticas, mientras vaca pueblos y provincias pequeas, por otro, genera un desplazamiento forzado que pauperiza a quienes tienen que abandonar sus lugares de vida. Mientras, el cuerpo, el nico territorio propio, sin el cual no es posible la vida, es sometido a un ritmo frentico, con jornadas cada vez ms largas, menor remuneracin y menos tiempo de vida, eso que llamamos tiempo libre. La persona, entendida como una unidad de cuerpo-mente-emociones, es prescindible. En la lgica neoliberal, el cuerpo es cosificado y reducido a herramienta de trabajo; es un recurso humano. El disciplinamiento va acompaado del cerco y el aislamiento a medida que las organizaciones son fracturadas y deslegitimadas. As, las polticas neoliberales actan como una estrategia de asedio que concluye en la derrota y apropiacin del territorio y de las personas.

Este proceso se lleva a cabo desde los propios aparatos institucionales del Estado neoliberal, que lejos de ser dbil, como se han empeado en difundir sus tericos cercanos, se convierte en un Estado gestor y de seguridad, cada vez ms punitivo a nivel interno (Ley de seguridad ciudadana, conocida como Ley Mordaza, la reforma ms punitiva del Cdigo penal, etc.) y con un creciente nmero de efectivos y de recursos de control del espacio pblico (cmaras de seguridad, drones de supervisin, etc.). Lo que desaparece es la dimensin social y distribuidora del Estado, que pasa a estar controlado por un bloque de poder tecno-empresarial. Su desmantelamiento se legaliza a travs de las diversas reformas (laboral, salud, etc.). Hay por tanto una responsabilidad por parte de la clase poltica que ha respaldado tales medidas; tras cuarenta aos de experiencias neoliberales en otras partes del mundo, nadie podr decir que no saba cules seran las consecuencias en este caso.

La crueldad se convertir as en una prctica legalizada, institucionalizada, sistemtica y permanente; es decir, en poltica de Estado. No slo es un insulto, es un acto de crueldad decirle a una poblacin que no hay recursos para educacin, salud, pensiones, etc. mientras las arcas del Estado son saqueadas por polticos y empresarios. La corrupcin asciende a ms de 123.500 millones de euros (Casos aislados de una corrupcin sistmica, s/f). El rescate con dinero pblico, a los bancos causantes de la denominada crisis, supuso 60.000 millones de euros que nunca se recuperarn. La discrecionalidad y el maltrato se imponen cuando adems la justicia se decanta del lado del poder. La condena del Tribunal de Cuentas a Ana Botella por menoscabo del patrimonio pblico, en la venta de vivienda social a un fondo de inversin cuando era alcaldesa de Madrid, fue revocada por dicho Tribunal con los votos de dos consejeros propuestos por el PP, una de ellas, Margarita Mariscal, Ministra de Justicia del gobierno de Aznar. El exceso de un poder sin contrapesos y la violencia consciente son una caracterstica de una cultura de guerra, as sta no sea explcita.

Warren Buffet, un multimillonario estadounidense, dijo claramente hace unos aos: Hay una guerra de clases, de acuerdo, pero es la ma, la de los ricos, la que est haciendo la guerra y la estamos ganando (Stein, 2006). En 2011, volvi a expresar claramente la necesidad de aumentar los impuestos a los ms ricos, en el artculo Dejen de mimar a los super-ricos, posicin que comparten un grupo de millonarios.

3. Espaa es diferente? La construccin social del sufrimiento y la contundencia de las cifras

Caminar por las calles de este pas en los ltimos aos nos confronta con imgenes que hubiramos pensado imposibles hace no tanto. Un hombre pide ayuda en la calle. Un breve cartel cuenta su vida y drama, algo ms de cincuenta aos, sentado en la acera, la mirada al suelo y las manos entrecruzadas bajo el mentn: soy espaol tengo una nia de 7 aos, necesito trabajo. No tenemos luz, ni agua caliente. Ayuden por favor. Humanidad. Te puede pasar a ti, te juro que es verdad.

Ciudades inundadas por miles de turistas de todas partes del mundo, las sonrisas dispuestas para la selfie capturando la estancia en Sevilla, Barcelona, Madrid, etc. Las mismas tiendas de moda, bares y restaurantes, el mismo estilo, el men en ingls, terrazas llenas de gente. Experiencias simuladas para el turista. Una muestra de la transformacin del espacio pblico, reflejo del cambio en las condiciones de vida. En el negativo de la foto, poblaciones desplazadas por la especulacin inmobiliaria que oferta pisos tursticos, redes humanas fracturadas, trabajo precario. Algn vestigio del pequeo comercio local invita a evocar lo que fueron esas calles alguna vez.

En otro lugar, filas. Filas de personas a la puerta de un banco de alimentos gestionado por una fundacin. Una fila en la oficina de empleo, esperando que esta vez algo salga. Por la noche, una larga fila en la Plaza Mayor, en Madrid, para recibir un bocadillo que ser su cena. Soportales, cajeros automticos y esas tiendas de provincia que cerraron con la crisis y hasta hoy no han vuelto a abrir, dan cobijo a quienes pasaron a vivir en situacin de calle. Mientras, florecen las tiendas de segunda mano, las casas de empeo, los negocios de apuestas (Diario de campo, 2019).

A las imgenes podramos agregar relatos. Luisa, una mujer que ronda los cuarenta y tiene una hija de siete aos cuenta cmo fue condicionada a vivir en la otra punta del pas para mantener su trabajo. Un caso de deslocalizacin de la banca que les llev a mudarse, sin opcin. Su marido tuvo que renunciar a su trabajo. Ahora, se sienten desplazados y ajenos al nuevo lugar. Fui a la universidad, saqu buenas notas, hice lo que se esperaba que deba hacer. Busqu un trabajo, form una familia, tuve una hija... qu es lo que hice mal? (Relato de Luisa, 2019).

Los trabajos precarios han sido normalizados; contratos en los que figuran menos horas de las que realmente se trabaja. Horas extras que no se pagan. Contratos por das, semanas o pocos meses. Salarios de 650 y 850 euros -al menos antes de la reciente subida del salario mnimo-. Si te contratan en el campo te toca llevar tu propia herramienta (Relato de Victoriano, Jos Manuel, Antonia, David, Carmen y Miguel, 2019). Jubilados que tienen que priorizar qu medicinas comprar porque no alcanza para todas con una pensin mnima de 620 o una no contributiva de 400 (Relato de Irene y Paula, 2019).

Los datos corroboran las historias. Espaa es el segundo pas de la UE con la mayor tasa de pobreza severa, 6.9%. La poblacin en riesgo de pobreza (At Risk of Poverty and/or Exclusion, AROPE, indicador creado desde la UE) es el 26.6%, 12 millones de personas; un eufemismo ya que se refiere a personas con una renta 60% por debajo de la mediana considerando las transferencias sociales, con carencia material severa de bienes y hogares que tienen una muy baja intensidad laboral (menos de 20% de su potencial). La poltica institucional banaliza (y con ello normaliza) la pobreza al evitar nombrar y reconocer una realidad que afecta a muchas personas. Quien la padece guarda silencio, se avergenza y recluye a su mundo privado, como si fuera responsable y no vctima del saqueo. El 32% de los nios y nias son pobres. Los estudios sobre desigualdad y pobreza dejan claro que tal situacin no es superable sin un cambio en las condiciones estructurales y sin polticas de distribucin social. En el caso de los jvenes la cifra alcanza el 37% (INE).

En 2018, cuando se anuncia que por fin se han reducido los desahucios, 60.000 familias fueron despojadas de su vivienda, la mayor parte por impago de alquiler. La casa es un espacio fsico, social y simblico esencial para la vida humana. Es un espacio de seguridad, de intimidad y afectividad; sin ella estamos a la deriva. Qu pasar cuando ya no estn los ancianos que ahora son el soporte de los hijos que perdieron su casa o su trabajo?

La precariedad, que se superpone al problema del desempleo, va acompaada de incertidumbre, temporalidad y bajos salarios. Se requieren 43 contratos en promedio para crear un puesto de trabajo. Ahora sabemos que puedes tener trabajo y ser pobre. La situacin es ms difcil para los jvenes; el 50% cree que tendr que migrar. Lena lvarez es una joven maestra que no ha conseguido trabajar en su mbito: Para cualquier cosa te piden un mnimo de aos de experiencia, certificarlo, una carta de recomendacin Es imposible tener la experiencia que demandan y esos estudios con veintipocos aos. Despus de un ao, slo encontr empleo en un supermercado. No es el trabajo de mi vida, es en un pueblo y me tiene que llevar mi pareja, muchas veces es lo comido por lo servido Mi pareja con ingeniera electrnica y un mster, tambin est en paro. Estamos en plan de pillar lo que salga, olvidar lo que queras. Cuando recib la llamada del supermercado me ilusion pero luego me dio el bajn porque no he conseguido meterme en nada de lo que yo estudi. Lo cojo porque las facturas hay que pagarlas y me da algo ms de tranquilidad, aunque son slo dos meses y a media jornada (Pblico, 2 oct. 2018). Su relato est atravesado por la impotencia y la desesperanza. Se asume que el trabajo no da para vivir, que hay que renunciar al proyecto de vida propio y que, adems, hay que hacer el esfuerzo de sobreponerse anmicamente. Asociar estabilidad a un contrato de dos meses y a media jornada es demoledor. El doblegamiento es un proceso doloroso y cruel que conduce a la destruccin de la subjetividad.

Si adems no se tiene trabajo la situacin es an peor. La cifra de paro es una de las ms altas de Europa (17.3% en 2018 y 14% para mayo de 2019). En el caso de los jvenes alcanza el 32.5%. De acuerdo con el economista Antonio Sanabria, las cifras reales son an mayores ya que: Las estimaciones del desempleo no cuentan a quienes han dejado de buscar activamente al no encontrar trabajo, as como a quienes s trabajan pero hacen menos horas en contratos por horas o a jornada parcial Si incluimos a estas personas desanimadas y subempleadas, la tasa de paro actual se aproximara al 24,5%. Es decir, que una de cada cuatro personas en edad de trabajar no encuentra empleo, ha dejado de buscarlo o est subempleada (Pblico, 2 oct. 2018). Y, por si esto fuera poco, la tasa de cobertura del sistema de proteccin por desempleo en enero de este ao fue de slo el 61,87% (La Moncloa, 2019). Cmo vive el 38.13% restante?

La maquinaria neoliberal avanza como bulldozer destruyendo posibilidades de vida. Vicen Navarro plantea que la esperanza de vida se ha modificado en Catalua en funcin del nivel socioeconmico, entre ciudades y entre barrios, a partir de la recesin de 2007 y que la situacin es semejante en el pas: En Catalunya, la diferencia de esperanza de vida de ciudades de elevada renta como Sant Cugat del Valls era de ocho aos ms que en ciudades obreras del cinturn de Barcelona como El Prat de Llobregat o Sant Adri de Bess. Y dentro de Barcelona, los barrios con rentas superiores como Pedralbes registraron durante el periodo 2009-2013 una esperanza de vida de 11 aos ms que el barrio obrero de Torre Bar, que tiene la esperanza de vida ms baja de Barcelona (Navarro, 2017). En este contexto de guerra contra los pobres crece el nmero de personas que mueren por infartos y derrames cerebrales en el lugar de trabajo (208 slo en 2017), las muertes por accidente laboral continan creciendo (un 5.5% en 2018) y slo desde inicios de 2019 comenzaron a contabilizarse como tales algunos accidentes de automvil que tenan lugar en la jornada de trabajo. La concentracin laboral en las grandes ciudades obliga a los trabajadores y a las trabajadoras a recorrer cada vez mayores distancias que se suman a su jornada de trabajo y que aumentan los riesgos de accidentes.

El neoliberalismo mata, literalmente, de diversas formas. Los suicidios se dispararon en los ltimos aos. En 2016 la cifra lleg a 3.569 suicidios, 10 por da. La tendencia se repiti en 2017. Es la segunda causa de muerte entre los jvenes. Adems, 2 millones de personas sufren ansiedad y 2,4 millones depresin. Desde las teoras individualistas son silenciados al considerarlos problemas personales y no psicosociales. Muchos trabajadores de diversos mbitos (campo, call center, comerciales, hostelera, salud, etc.) son tratados con ansiolticos y antidepresivos. Orfidal y Trankimacin aparecen con frecuencia en sus relatos. Pazital ser el analgsico estrella recetado por los mdicos para tratar un cuerpo que se rebela a travs del dolor. Asistimos a la medicalizacin y psiquiatralizacin de los problemas sociales (Moreno y Casani, 2011; Guinsberg, 2002).

Detrs de cada nmero en las estadsticas hay un ser humano asediado y doblegado que trata de resistir. El caso de Rosa, una trabajadora de un call center que sufri acoso laboral es revelador. Tras el cambio de directrices en la empresa comenz a sufrir acoso laboral al discrepar sobre la exigencia de vender ADSL a personas ancianas, lo que consider poco tico. Al coaching empresarial de grupo sigui el personalizado. El malestar y la angustia fueron tratados por su mdico con un ansioltico, adems de recomendarle hacer como los dems y adaptarse. Lleg un momento en que senta que mi boca y mis odos ya no me pertenecan, cuenta, conectada durante horas a la diadema donde no dejaban de entrar automticamente llamadas. Despus sobrevino el tratamiento psiquitrico y la prdida del trabajo. Tras mucho esfuerzo est reconstruyendo su vida (Relato de Rosa, 2019).

La experiencia espaola no es diferente. Los impactos del neoliberalismo son similares a los de otras partes del mundo y de esas experiencias hay que aprender.

4. Doblegamiento y disciplinamiento: la dimensin cultural de la guerra

El gran xito del neoliberalismo ha tenido lugar en el plano sociocultural e ideolgico. La disputa es por una visin del mundo y un sentido de vida que trata de imponerse no slo como el mejor sino como el nico posible (Ramos, 2003). Se requiere una refundacin de la subjetividad y de las prcticas sociales. Por un lado, somos socializados en los valores neoliberales (consumismo, satisfaccin material, individualismo) que tratan de crear la ilusin de libertad (individual) y ascenso social para-s-mismo. Las reformas educativas tendrn un peso clave en la construccin de este nuevo sujeto neoliberal (Dez, 2018). Al poner en el centro el yo se despliegan varias armas de destruccin social masiva: la competitividad, la soledad, la frustracin. Se atomiza el tejido social a la par que se socava la empata, la solidaridad, la organizacin y la participacin poltica. Por otro lado, somos socializados en la aceptacin de las limitaciones y el abuso a travs del disciplinamiento y doblegamiento. Se busca el control social con aceptacin. El objetivo es la derrota: un sujeto roto fsica, emocional y mentalmente. El embate ideolgico y cultural ser profundamente violento y proporcional a las expectativas de saqueo.

El murmullo de las amenazas y el miedo

Cada da somos sobre-expuestos a experiencias violentas: la prdida del trabajo, de la jubilacin, de la vivienda, etc. Si se piensa en el futuro, se percibe an peor. La sensacin de vulnerabilidad se convierte en miedo y ste es uno de los mecanismos ms eficientes de regulacin social. Se habla casi en susurro tratando de no invocar la adversidad con la palabra, as, como se cuentan las desgracias: despidieron a dos en el trabajo, el da menos pensado me toca a m, acabo de encontrarme al vecino, est en el paro y con 50!, ah van los hijos de Conchi, que vinieron a buscar los tupper para la semana. Discursos impregnados de preocupacin y angustia. Incertidumbre en el futuro y, sobre todo, un gran miedo a traspasar la lnea de la exclusin, a ser pobres en definitiva. Y lo que se teme se convierte en amenaza. La percepcin de inseguridad se traslada desde la inseguridad social a la inseguridad pblica. Se teme al otro porque es pobre y a eso se van sumando los dems componentes del estereotipo (color de piel, migrante, gitano, es barrio). Si adems se es joven la percepcin de amenaza aumenta. Los medios de comunicacin conservadores alimentarn los fantasmas al igual que las empresas de seguridad, encantadas de vender alarmas y rejas. Una parte de la poblacin demandar mayor presencia de los cuerpos de seguridad del Estado y estar ms dispuesta a ceder su autonoma a cambio de sentirse seguros. Como resultado, la criminalizacin de la pobreza y la criminalizacin de la protesta crecen y comparten un referente de clase. El excluido-migrante-mena-barrio-gitano-joven es un potencial delincuente al igual que el excluido en general es un potencial activista y/o manifestante.

La narracin desde el miedo, especialmente si la persona est despolitizada y no tiene un marco de referencia crtico, es una narracin descontextualizada; as, la realidad aparece ms como producto del infortunio -la crisis- que de la decisin e intereses de quienes ejercen el poder. Sin contexto, no se puede construir el sentido y significado de lo que sucede; lo particular se generaliza y entonces, nos convertimos en reproductores y amplificadores del miedo que (nos) paraliza.

Impotencia ante el abuso y la corrupcin

Primero se legaliz el saqueo. Mucho antes de la crisis de 2008 las reformas legales ya haban desmantelado una parte del Estado social. A partir de entonces, se acelera intensamente el proceso. El ciudadano se siente rebasado, no slo por la velocidad e intensidad de la destruccin sino por el avasallamiento de la corrupcin que aparece da con da y que es parte del saqueo. Un sinnmero de tramas y casos (Lazo, Brcenas, Grtel, Enredadera, etc) acompaado de cifras escandalosas. Muchos implicados y pocos condenados, lo que genera un sentimiento de impotencia. Al mismo tiempo que se desahucian familias y muchas calles aparecen desoladas tras la quiebra de pequeos negocios, el mundo del glamour y el derroche se exhiben como referentes de xito. Todo es un gran exceso convertido en espectculo que el ciudadano tiene que procesar: la descomposicin de la clase poltica, el sistema judicial en entredicho, el desamparo y la burla cruel ante el abuso. Los medios de comunicacin acrticos actuarn como cajas de resonancia del disciplinamiento. Al enojo le sigue la frustracin que paraliza y desmoviliza. Cuando el poder se parapeta tras la Unin Europea proyecta una imagen de fortaleza inexpugnable, como con la reforma del art. 135 constitucional que prioriza el pago de la deuda externa. Adems se judicializa el conflicto y se legaliza la represin; las multas y sanciones por atentado contra la autoridad en las movilizaciones son parte del disciplinamiento.

El desnimo y la desesperanza sern sntomas del doblegamiento. Sin darnos cuenta, nos convertimos en difusores de la negacin del cambio; nuestras conversaciones empiezan a contener sus expresiones, no hay nada que hacer, estamos vendidos. El siguiente paso es la desmovilizacin, ceder el espacio pblico para recluirse en la vida privada.

El disciplinamiento del cuerpo

La refundacin social se aprehende e interioriza a travs del cuerpo. En l se experimentan los sentimientos y emociones de lo que hacemos, de lo que omos, de lo que vemos. El cansancio y estrs del exceso de trabajo aparece en todos los relatos recabados (en el campo, en la fbrica, en el hospital, etc.). Rpido, cada vez ms. Sin tiempo de vida. La flexibilizacin, la productividad, la multifuncionalidad se corporeizan. El mvil es la extensin que hace presente el trabajo ms all de la oficina; un mensaje automtico se activa cada noche: Sra. Rodrguez, son las 22:30, es tiempo de descansar (Relato de Martina, 2019). Tambin hablan del dolor (cuello, citica, codos, cabeza, etc.), del insomnio y la ansiedad, de la agresin fsica y verbal de muchos jefes, del acoso laboral (Relato de Marta, 2019). La medicalizacin asegura un da ms de trabajo para el capital. Saliendo del trabajo contina la agresin: en lo que vemos al recorrer las calles, en lo que escuchamos en las noticias, en los mensajes de vulnerabilidad, de frustracin, etc. La agresin es corporal y emocional. Imgenes y lenguaje asociados. As, el disciplinamiento del cuerpo y de las emociones se retroalimenta. En el cuerpo-mente tiene lugar la batalla que cada persona enfrenta todos los das entre el doblegamiento y la resistencia. El asedio psicolgico permea las prcticas socioculturales y la vida cotidiana buscando un sujeto dcil, por eso se asemeja a una cultura de guerra donde el objetivo es la poblacin civil.

El lenguaje como arma de guerra

Frases construidas desde el poder, como Han vivido por encima de sus posibilidades, se repitieron una y otra vez desde la clase poltica conservadora y los medios de comunicacin. En la afirmacin estaba contenido el juicio y condena que responsabilizaba a los ciudadanos de a pie de todos los males de la economa; eran irresponsables, derrochadores y deban pagar por ello. As se justificaban los recortes. Quienes estaban siendo saqueados eran adems despreciados pblicamente. El exceso y la burla son propios de la crueldad. La ofensa es an mayor si consideramos que en Espaa, la distribucin social fue relativa y dur apenas unos aos, logrando cosas muy bsicas: tener un trabajo (y no todas), endeudarse para adquirir una vivienda y un coche, e irse unos das de vacaciones. El lenguaje, que es un constructor de realidad, oper como instrumento de maltrato para legitimar la exclusin.

El ejercicio de crueldad no tuvo contencin. Recordemos aquel famoso que se jodan!, dicho a micrfono abierto por la diputada del PP Andrea Fabra, durante el periodo ms duro de las polticas de ajuste, o el Qu ganas de hacerles un corte de mangas de cojones y os jodis! de la Secretaria de Comunicacin del gobierno de Rajoy. En ambas expresiones no slo hay desprecio sino disfrute. Los ciudadanos fueron as maltratados y victimizados una y otra vez por los mismos que encabezaban la corrupcin. Las tertulias televisivas se encargaran de convertir en espectculo la agresin verbal, con participantes gritando e insultando al que piensa diferente. Desde hace aos, han jugado un importante papel en la banalizacin de la crueldad, contribuyendo a normalizar esas prcticas entre los espectadores.

El lenguaje de la crueldad coloniza tambin a los de abajo, que reproducen, a veces sin darse cuenta, el discurso y las prcticas dominantes, en sus entornos y con sus iguales. As es el comentario despreciativo, racista o clasista, en la barra del bar, lanzado con fuerza para provocar y hacerse or. Otras veces, ya no es necesario el papel del maltratador externo (tertuliano virulento, poltico conservador, jefe explotador, cuado), uno mismo realiza esa funcin a travs de expresiones cotidianas que refuerzan el doblegamiento: Aqu slo pagamos los pringaos, Esto es lo que hay, Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. La autodescalificacin est impregnada del lenguaje de la derrota que nos expropia de la palabra para nombrar y comunicar el mundo futuro que queremos construir.

Silenciamiento forzado o cuando tu cuado es un paramilitar cultural

La agresin permanente tambin busca doblegar al disidente hasta condenarle al silencio; se apropia de su palabra y neutraliza su accin en el medio social. Es censura y acta en los espacios de vida cotidiana (la familia, los amigos, el trabajo). El proceso es doloroso para quien lo experimenta. Sin palabra no podemos nombrar y ser en el mundo. Sin narracin propia la persona es anulada. As opera la agresin del cuado conservador que convierte cualquier reunin familiar en ocasin de acoso y derribo. Provoca, insulta y degrada recurriendo a etiquetas descalificadoras -radical, extremista, podemita-. La vctima ser recriminada por el resto del grupo que acta como espectador, como sucede en toda cultura de guerra -siempre ests igual, para qu sigues con eso si no te hace bien (Relato de Teresa, 2019)-. La vctima ser identificada como fuente del problema, quien arruina la fiesta -siempre hablando de poltica- siendo revictimizada. Peor an si es mujer. Por la va de fuerza queda regulado de qu se puede hablar, cmo y cundo. Resistir no es fcil. El cuado (o el jefe, amigo, vecino), disfruta de la agresin y, lo sepa o no, es un operador del frente neoconservador en esta guerra cultural.

Mecanismos de adaptacin: (auto)destruccin emocional para la supervivencia

En la sociedad neoliberal la transformacin de la subjetividad nos impone dejar de ser, para ser otro. Ante lo doloroso del proceso, la persona activa mecanismos de adaptacin que disminuyan el dolor y le permitan sobrevivir. Una anciana buscando comida en un contenedor de basura. La imagen es impactante. Un hombre duerme en el cajero todas las noches, coloca su cartn y se cubre con una manta. Escenas que ahora son recurrentes. Unos no quieren mirar, porque produce dolor, otros porque no les interesa; otros guardan silencio. A medida que las situaciones se mantienen en el tiempo e incluso se intensifican, se sienten impotentes. Los espectadores generan estrategias para aceptar los hechos, evitar el dolor y as sobrevivir; sern los principales destinatarios de los mensajes y acciones difundidos por los victimarios (Blair, 2001). La violenta exclusin se va normalizando. El precio ser la destruccin previa del sujeto doliente, de su mirada del mundo emptica, de su sentir solidario y de su palabra crtica. Es parte del proceso de disciplinamiento y doblegamiento. Parafraseando a Lind, creador del concepto guerra de cuarta generacin, es en el campo mental y emocional donde se define el triunfo de esta guerra cultural. Una guerra invisible e invisibilizada que tiene como objetivo el control social con aceptacin (Kilcullen, 2006).

5. La guerra contra los pobres: no merecimiento y segregacin territorial

A medida que las polticas neoliberales se extienden en el tiempo, el empobrecimiento afecta a ms personas. La crueldad escala varios niveles cuando desde los sectores conservadores se construye una corriente de opinin que responsabiliza a los excluidos de todos los problemas sociales (previos y por venir) y del mal funcionamiento de la economa a partir de una supuesta inferioridad moral. Se les culpabiliza y exhibe pblicamente como nicos responsables. Las etiquetas denigrantes brotan en cascada y se repiten incesantemente en medios de comunicacin y desde las voces conservadoras: irresponsables, derrochadores, fracasados, incapaces, personas que no valoran, que no aprovechan, que abandonan. Se construye una corriente de opinin que les considera no merecedores (undeserving) e indignos de una vida mejor, de recibir ayuda social del Estado y de habitar los espacios de la ciudad donde viven los afortunados. La narrativa del poder no tiene contexto, ni historia, ni estructura econmica. Una vez trasladada la responsabilidad de su situacin a las propias vctimas, la crueldad se habr banalizado penetrando las prcticas sociales e instalndose en la vida cotidiana: el duque de Alba declara que envidia ser un jornalero del PER, un grupo viola colectivamente a una mujer para divertirse porque estn de fiesta, un nio maltrata sistemticamente a su compaero en el colegio, etc. El exceso y la banalizacin de la crueldad son caractersticas de una cultura de guerra.

A los excluidos se les exige superarse a s mismos al mismo tiempo que el maltrato y la degradacin pblica promueven el desnimo; una exigencia imposible -y por ello cruel- considerando los candados estructurales del neoliberalismo que cancelaron la movilidad social ascendente. La presin social y psicolgica refuerza la autoculpabilidad y el sentimiento de inutilidad social de los excluidos. Trabajo hay pero no quieren trabajar, quieren chupar del Estado; son tratados como parsitos, como un costo y un lastre. Los mensajes violentos se incorporan al discurso pblico y se difunden entre los sectores medios e incluso entre los afectados. La gente derrocha y pide medicinas que no necesita, como se argument para impulsar el co-pago, aunque ninguno de sus voceros aclar que el trmino proceda del viejo lenguaje neoliberal, usado haca cuarenta aos en Amrica Latina. Adems, se considera que no se esfuerzan lo suficiente para salir de su situacin, por lo que hay que presionarles, administrativa y jurdicamente. As se endurece y reduce el acceso a las ayudas sociales, casi todas externalizadas, que revictimizan al solicitante, teniendo que exponer y justificar moralmente su situacin. Lo ms difcil no fue tomar la decisin de ir a pedir la ayuda alimentaria sino tener que contar una y otra vez por lo que estbamos pasando a personas que no conoca de nada (Relato de Regina, 2019).

A medida que el trabajo disminuya o que los trabajos bien pagados escaseen, el rechazo a los pobres ser mayor y nutrir las bases sociales y electorales conservadoras y de extrema derecha. La toxicidad de la mentira es parte del desmerecimiento y la guerra cultural: los inmigrantes y la poblacin gitana acaparan las ayudas sociales, A este pas ha venido mucha gente a hacer turismo sanitario. No importa que varios funcionarios de servicios sociales, Mdicos del Mundo (2012), Amnista Internacional y otras organizaciones lo hayan desmentido (Reder, 2017). No importa que lo que existe como negocio sanitario sea de carcter privado y est orientado a tratamientos estticos para el turismo europeo. Los pobres sern la amenaza y el enemigo a combatir. La cultura conservadora previa ser el caldo de cultivo ideal, con todos sus imaginarios histricos, cdigos y smbolos del (in)consciente colectivo.

El no merecimiento es la fase ms cruenta de la guerra sociocultural contra los pobres, es una guerra librada con una variedad de armas como la retencin de oportunidades de trabajo decentes, escuelas, viviendas y las necesidades requeridas A veces es tambin una guerra asesina, pero ms a menudo, la guerra mata el espritu y la moral de la gente pobre y adems se suma a las miserias que resultan de la carencia de dinero (Gans, 1995). En el frenes de la crueldad, adems, se les exige que tengan suficiente fortaleza para salir adelante por s mismos, que crean en s mismos, que se sobrepongan a sus circunstancias, que no se dejen arrastrar. El coaching y mindfulness sern la nueva ideologa orientada a los pobres y convertida en negocio; inunda el campo laboral y terapetico, alimentando la egolatra, el presentismo (aqu y ahora) y la despolitizacin del sujeto. La solucin est en uno mismo y en la irrestricta libertad de mercado, dira Hayek, slo hay que ser emprendedor -lo que se conoci como microempresario en Amrica Latina hace treinta aos- As, el capital accede a los escasos ahorros familiares y generar nuevo endeudamiento. Nada escapa al saqueo.

Pero la crueldad no es intil para el productor de violencia (Blair, 2001). La guerra cultural contra los pobres es una estrategia altamente provechosa que permite: construir una explicacin sobre la crisis con responsables definidos sobre los que focalizar la rabia; justificar las medidas polticas adoptadas; y legitimar y legalizar el desmantelamiento de las instituciones de distribucin social, as como la cancelacin de futuros recursos para los excluidos. Los nicos pobres aceptados socialmente son los pobres dciles, los que no protestan o los que se suicidan; contra todos los dems, se reforzar la legislacin de seguridad que criminaliza la disidencia. Es una guerra de espectro completo (econmica, social, cultural, psicolgica, poltica, jurdica) en la que se disputa el control de la poblacin. Es guerra de cuarta generacin.

Territorios segregados, la frontera del barrio y la frontera de clase

A la segregacin fsica, ideolgica y cultural de los pobres se sumar la territorial. El desplazamiento hacia la periferia de las ciudades es parte del despojo a la vez que refuerza su invisibilidad -desaparecen del espacio pblico por donde transitan los favorecidos, donde su presencia incomoda-. Los territorios con valor de negocio para la especulacin inmobiliaria, viviendas, calles, barrios enteros, se disputan como en un frente de guerra (Relato de Santiago, 2019; Relato de Alba, 2019; Relato de Ma. Antonia y Salvador, 2019). El precio del suelo crece de forma imparable al igual que los alquileres que el Estado, apelando a la propiedad individual y al mercado, no est dispuesto a regular Cmo van a vivir esas gentes a escasos metros de una de las zonas tursticas ms codiciadas de Barcelona, como El Raval? O Lavapis? En el centro de Sevilla varios carteles pegados en las paredes denuncian Conoces a Javier Lorenzo? Javier no es un vecino del barrio. Javier no es el vecino que alquila una habitacin para llegar a fin de mes. Javier tiene 77 apartamentos en AirBnb. El lenguaje de la especulacin es cruel y clasista: se vende con bichos es una expresin usada en el sector inmobiliario en referencia a las personas que habitan un edificio en disputa. El acoso inmobiliario sucede en grandes y pequeas ciudades, como Len, y no respeta edades. Mara tena 80 aos y su esposo 88, haban vivido cerca de 60 aos en una casa de alquiler. La presin del propietario para que abandonara el piso fue creciendo hasta que un da dos hombres entraron en su casa y le dijeron venimos a medir el piso. Inmediatamente preguntaron si tena joyas, reloj y dinero mientras abran cajones y puertas para intimidarles y lograr que se fueran (Relato de Mara, 2019).

La dinmica de los desplazamientos en las ciudades es un espejo de la desigualdad en ascenso. A gran escala, hay un efecto de expulsin hacia la periferia que tiene un efecto domin. Quienes estaban en el centro se trasladan a un barrio contiguo -si pueden-, a su vez la presin encarecer el suelo en ese lugar y desplazar a una parte de esos vecinos y as sucesivamente. Por otro lado, el modelo laboral de concentracin urbana genera una dinmica del desplazamiento desde los pueblos ms pequeos a las ciudades prximas y, en general de stas a las ciudades ms dinmicas. Trabajadores concentrados, compitiendo por los escasos puestos de trabajo, viviendo en caros y escasos metros cuadrados. Es una dinmica de empobrecimiento masivo. El resultado, sumado al envejecimiento demogrfico, son extensas zonas del pas despobladas y un mundo rural en agona (50%de los municipios est en riesgo de desaparicin) (FEMP, 2016).

En una escala micro, los antiguos barrios obreros se convierten en los lugares donde se concentra la poblacin con menos recursos, originaria y/o migrante. Estos barrios se van degradando con la indolencia si no es que con la complicidad de las autoridades (Polgono Sur y Pajaritos en Sevilla, El Crucero y Armunia en Len, Entrevas, San Blas o Vallecas en Madrid, etc.). Se habla de barrios y escuelas gueto, algo inaudito, en alusin a los guetos en Estados Unidos y las banlieue en Francia (Wacquant, 2007). Una etiqueta degradante ms de la guerra cultural que penetra el lenguaje cotidiano. El discurso de la diversidad convive hoy con el de la segregacin, que invisibiliza a los actores de estos espacios, su diversidad mestiza, su historicidad poltica y su organizacin.

La desconfianza y el miedo construyen una frontera simblica y cultural que los medios de comunicacin y el pensar acrtico cultivan sin cesar (Roitman, 2016). En algunos casos, la frontera es fsica y literal, como el muro que separa el Polgono Sur en Sevilla. Se habla desde los prejuicios y de lo que no se conoce. La frontera es, sobre todo, ideolgica; una frontera de clase que marca lo incluido y excluido, el adentro y afuera, el ser respetado o visto como amenaza, el temer o tener miedo de ser temido. Los muros de la frontera crecen con la destruccin de polticas sociales, con el carcter punitivo de la cultura neoliberal y con el aejo eco del clasismo y racismo de una derecha revivificada. Cada da hay que desmontar el estigma y enfrentar la agresin para ser reconocido como interlocutor. La negritud, el acento extranjero o cal, el rostro gitano, el aspecto de barrio, pesan. Y, por si esto fuera poco, hay que sobreponerse al peso que impone la degradacin del entorno (el deterioro de los espacios pblicos, o la basura en la calle, o la venta de droga, etc.). Se tendra la impresin de que son territorios cercados y gestionados desde el poder, con menos presencia de los servicios sociales y de seguridad en relacin a los espacios donde vive poblacin ms favorecida, cuando debera ser al contrario. As son Las Vegas, en Sevilla, un conocido punto de distribucin de droga. La patrulla pasa y mira mientras la solicitud de la gente del barrio para poner una comisara nunca ha sido atendida. Esto mismo sucede en otros lugares del pas.

6. Polticas de seguridad y guerras de cuarta generacin

Las polticas de seguridad y defensa en el Estado neoliberal son un reflejo de la conservadurizacin del poder. Los cuerpos de seguridad cumplen un papel cada vez ms relevante como garantes del orden social. En un contexto en el que se castiga la inversin en poltica social, el presupuesto de defensa creci un 10,6%, tan slo en 2018, alcanzando los 8.500 millones de euros (M); el incremento en 2017 fue de 32%. Pero si se considera el gasto de defensa oculto e integrado en otras partidas, el gasto real ascendera a 19.926 M (Ortega y Bohigas, 2018). Por otra parte, est el gasto en seguridad ciudadana y penitenciarias que en 2018, fue de 8.400 M.

A medida que se fortalece el Estado de seguridad, la definicin (y percepcin) de las amenazas se ampla. Al terrorismo se suman las amenazas y conflictos hbridos. La generalidad de su definicin corresponde a la guerra de amplio espectro o guerra total (econmica, social, poltica, ideolgica), permanente y preventiva, con implicaciones en seguridad interior. La Estrategia de Seguridad Nacional 2017, desde la que se definen las acciones de los cuerpos de seguridad y cuyo contenido se refleja en materia jurdica, identifica amenazas y desafos que fcilmente caen en el campo social y poltico. Ms all del terrorismo, crimen organizado o ciberseguridad, entre las amenazas se incluye seguridad informativa y desinformacin, infraestructuras crticas (relativas al funcionamiento de las funciones sociales bsicas de salud, seguridad, bienestar social y econmico, sector pblico, agua, alimentacin, administracin, energa, espacio, industria qumica y nuclear, transportes, sistema financiero y tributario); desestabilizacin; catstrofes; estados fallidos; inestabilidad econmica y financiera; migracin irregular; y cambio climtico. El texto reconoce la naturaleza no slo geopoltica, tecnolgica y econmica sino tambin social de las amenazas y conflictos hbridos. La finalidad de stos es la desestabilizacin, el fomento de movimientos subversivos y la polarizacin de la opinin pblica. La subversin, la presin econmica y financiera forman tambin parte de ellos, con la elasticidad e implicaciones que conllevan. Muchos de los conflictos y acciones de protesta social y poltica podran caber en tal definicin, abriendo el camino a la criminalizacin de la protesta.

En la multidimensionalidad, ambigedad y mutabilidad de las amenazas descansa el carcter permanente y preventivo de la respuesta, lo que signific un cambio drstico en la poltica de seguridad y defensa a nivel nacional e internacional, con profundas implicaciones en la obtencin de informacin y en las acciones de los cuerpos de seguridad. A partir de la idea del enemigo interno y difuso, que puede ser cualquiera y estar en cualquier parte, se desdibuj la frontera entre seguridad nacional y seguridad pblica. Aunado a los atentados de los ltimos aos, el uso poltico del miedo, al convertir a cualquier ciudadano en una posible amenaza, dispar la percepcin de inseguridad y promovi la securitizacin de la sociedad.

De estas concepciones y lineamientos de seguridad derivan la Ley de Seguridad Nacional, la reforma del Cdigo Penal y la Ley de Seguridad Ciudadana, que es una gran camisa de fuerza destinada al control social y poltico. Amnista Internacional sealaba: las leyes antiterroristas restringen la libertad de expresin en Espaa... decenas de personas usuarias corrientes de las redes sociales, as como artistas musicales, periodistas e incluso titiriteros, han sido procesadas por motivos de seguridad nacional. Esto ha tenido un profundo efecto paralizante al crear un entorno en el que la ciudadana teme de forma creciente expresar opiniones alternativas o hacer chistes controvertidos (Amnista, 2018). La lista es larga. Los msicos Pablo Hasl y Csar Strawberry, el cineasta Alex Garca, condenado a dos aos de prisin, 4.800 euros de multa y 9 aos de inhabilitacin para empleos o cargos pblicos por su documental Represin: un arma de doble filo, en el que entrevistaba a personas procesadas por enaltecimiento del terrorismo y por el que sera l mismo acusado de acuerdo al art. 578 del Cdigo Penal. Entre 2016-17, 66 personas fueron detenidas a raz del dicho artculo. 300 sindicalistas fueron acusados por participar en piquetes como resultado del art. 315.3 del Cdigo Penal. Desde que entr en vigor la Ley de Seguridad Ciudadana, las multas ascienden a 270 M. Todas estas situaciones de criminalizacin de la disidencia y la resistencia son acciones ejemplarizantes propias de un Estado de seguridad que usa el miedo como mecanismo de desmovilizacin y silenciamiento. Es la otra vertiente del doblegamiento y la derrota. El delito de rebelin y desobediencia imputado a los polticos catalanes, ms all de la posicin poltica que cada quien tenga sobre el independentismo, es otra muestra. La situacin ha llegado a tal punto que el propio Tribunal Europeo de Derechos Humanos ha sancionado a Espaa por violar la libertad de expresin, como en el caso de la condena de crcel impuesta a E.Stern y J. Roura por quemar una foto de los Reyes en una manifestacin.

La securitizacin de la sociedad crece con el aumento de efectivos en las calles y con la penetracin de la cultura de seguridad en la educacin pblica, con programas conjuntos del Ministerio de Interior y de Educacin para introducir el enaltecimiento y acercamiento a las Fuerzas Armadas y Guardia Civil, ideolgicamente y como fuente de empleo (Dez, 2019). La promocin de una cultura de la seguridad aparece explcitamente como una de las lneas de accin de la Estrategia de Seguridad Nacional que hace descansar en la participacin ciudadana la efectividad de la poltica de seguridad: nadie es hoy ya sujeto pasivo de la seguridad, seala. As, todos, en cierta medida, podemos ser simblicamente soldados del sistema. El Ministerio del Interior prepara un carnet de "polica honorario" para reconocer a quien acte a favor de la Polica (Agueda, 2019). La securitizacin tambin se expresa en las formas de actuacin de los cuerpos de seguridad. El maltrato y la tortura han sido documentados por Amnista Internacional, Naciones Unidas, por el Comit para la Prevencin de la Tortura del Consejo de Europa, en 2007, y por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos que, desde 2010, ha condenado a Espaa hasta en ocho ocasiones por no investigar con eficacia las denuncias de tortura. Entre 2005 y 2015 se haban denunciado 6.621 casos de maltrato y tortura policial, segn la Coordinadora para la Prevencin de la Tortura. El experto Pau Prez-Sales (2015), precisa: de los casos producidos en ambientes ajenos a una detencin en comisara, el 50% de los mismos se ha producido contra activistas de los movimientos sociales, cerca del 40% contra inmigrantes y slo un 10% est relacionado con el conflicto en Euskadi.

Todos estos procesos alimentan la cultura de guerra en la que descansa la refundacin conservadora del sujeto. Trminos como extremista violento, radical y terrorista aparecen en los documentos de seguridad y sern usados tambin para insultar y denigrar pblicamente a quienes tienen posturas polticas crticas. La amenaza de desestabilizacin corresponder coloquialmente con la etiqueta de antisistema. La concepcin de seguridad y la definicin de amenazas no slo responden a la Estrategia de Seguridad Europea sino al modelo de norteamericanizacin de la seguridad difundido en la OTAN. La guerra hbrida es un concepto de reciente aparicin (2014) que tiene sus antecedentes en la guerra de cuarta generacin, una guerra no convencional, que no requiere de actores estatales -como seala la Estrategia Nacional de Seguridad para referirse a los conflictos hbridos, [acciones] perpetradas tanto por actores estatales como no estatales-, y ni siquiera armados porque el carcter central de los conflictos ser cultural: Es en la estrategia y en los niveles mental y moral donde se define la guerra (Lind, 2004). Una guerra de amplio espectro en la que se disputa el control de la poblacin; el xito requiere informacin y conocimiento de la poblacin y su contexto sociocultural. No es casual que el trmino fuera acuado en 1989, en una primera versin, en pleno ascenso del neoconservadurismo en Europa y Estados Unidos, cuando la concepcin de las amenazas se traslada del comunismo al terrorismo. De aqu se irn ampliando hasta abarcar un amplio espectro y sern recogidas en el Documento Santa Fe IV (2000): amenazas no convencionales (econmicas, culturales, ideolgicas), demografa (asociada con migracin y pobreza), desindustrializacin (asociada con desempleo), deforestacin (asociada con el actual cambio climtico), deuda (amenaza financiera), drogas y terrorismo, desestabilizacin y democracia populista. Son equivalentes a las que encontramos en la Estrategia de Seguridad Nacional.

Es decir, desde hace ms de tres dcadas, la concepcin de la guerra se modific y poco tiene que ver con la guerra militar explcita, aunque sta siga presente. De hecho, la fase armada es la ltima de todas las fases, a la que antecedieron la guerra econmica, jurdica, meditica, etc. Creveld, en su conocida obra La transformacin de la guerra (2007), destaca que la propaganda y la generacin de terror son definitorias para el xito. Hoy sabemos que cuanto mayor miedo y vulnerabilidad, mayor es la demanda de seguridad y disposicin de la poblacin a aceptar medidas de control. Estas nuevas formas de guerra tambin son consideradas conflictos de baja intensidad en los que la insurgencia puede operar a nivel internacional (grupos pequeos o articulados que pueden estar asociados o no a un poder estatal). Entre las nuevas formas de insurgencia estn catalogados no slo el narcotrfico y el terrorismo, como seala el Manual de contrainsurgencia 3-24, usado por la OTAN (2014). Kilcullen, un pensador de referencia, ex militar, diplomtico y asesor poltico que fund una compaa de consultora de estrategia, define la insurgencia como una lucha por el control de un espacio poltico disputado entre un Estado, un grupo de Estados o poderes y uno o ms rivales no estables de base popular. Las insurgencias son levantamientos populares que crecen y se conducen a travs de redes sociales preexistentes: aldeas, tribus, familias, vecindarios, partidos polticos o religiosos. Y existen en un entorno social, informativo y fsico complejo (Kilcullen, 2006). El triunfo ante estos actores no convencionales, dir, reside en el control con aceptacin de la poblacin. De ah que la guerra ideolgica, cultural y psicolgica sea vital. Kilcullen, adems, incorpora explcitamente en su anlisis el conflicto de clases sociales.

En definitiva, la refundacin conservadora de la sociedad en el neoliberalismo no puede entenderse al margen de la poltica de seguridad y defensa que est centrada en guerra ideolgico-cultural.

7. Un eplogo que es slo el inicio

Son muchos quienes tejen proyectos y construyen organizacin, quienes mantienen la palabra crtica y resguardan la memoria. Las muchas resistencias y fortalezas que enfrentan cada da el doblegamiento necesitan (volver a) encontrarse. Es urgente detener este capitalismo de guerra. No estamos defendiendo solamente nuestros derechos, sino la vida y nuestras posibilidades de vida. Nadie nos va a dar otra. Como dicen sabiamente los yayos, Si luchas puedes perder. Pero, si no luchas, ests perdida (Asamblea en Defensa de las Pensiones Len, 2019). Ya no tenemos opcin, ni tiempo para alimentar la derrota, lo que nos queda es seguir manos a la obra y sumar muchas otras.

 Mara Jos Rodrguez Rejas es sociloga. Es autora de La norteamericanizacin de la seguridad en Amrica Latina (Akal, 2017).

Referencias:

Agueda, P. (2019). Interior prepara un carnet de "polica honorario" para quien apoye al Cuerpo, enEl Diario. Disponible en: https://www.eldiario.es/politica/Interior-prepara-policia-honorario-Cuerpo_0_926007655.html

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Blair, E. (2001).El espectculo del dolor, el sufrimiento y la crueldad, en Controversia (178), mayo. Disponible en: http://bibliotecavirtual.clacso.org.ar/Colombia/cinep/20100922030137/ elespectaculo.pdf

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Kilcullen, D.J. (2006). Three Pillars of Counterinsurgency, US Government Counterinsurgency Conference, Washington DC

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Red de Denuncia y Resistencia al Real Decreto de reforma sanitaria, Reder (2017). Informe Cinco mitos para cinco aos de exclusin sanitaria. Disponible en: https://www.semfyc.es/wp-content/uploads/2017/04/REDER-Informe-Cinco-mitos-para-cinco-a%C3%B1os-de-exclusi%C3%B3n-sanitaria.pdf

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Vega, R. (2010). Economa y poltica en el Mxico neoliberal. Patrn de acumulacin y bloque de poder, Tesis de Licenciatura en Ciencias Sociales, UACM, Mxico.

Otras fuentes:

Relato de Irene Terrn y de Paula(nombre ficticio) sobre pensiones mnimas (2019), Len

Relato de Luisa (nombre ficticio) sobre deslocalizacin (2019), Len

Relato de Mara Casado sobre acoso inmobiliario (2019), Len

Relato de Regina Fernndez sobre endeudamiento y emprendimiento (2019), Logroo

Relato de Rosa (nombre ficticio) sobre acoso laboral (2019). Zaragoza

Relato de Teresa (nombre ficticio) sobre silenciamiento (2019), Len

Relato de Martina (nombre ficticio) sobre invasin del trabajo en la vida (2019), Barcelona

Relato de Mara Antonia de la Hoz y Salvador Garca (2019), Sevilla.

Relato de Santiago Gonzlez (2019), Barcelona.

Relato de Alba (nombre ficticio) sobre gentrificacin (2019), Barcelona

Relato de Victoriano Vela, Jos Manuel Amaya, Antonia Carrasco, David Amaya, Carmen Tascn y Miguel Garca sobre condiciones de trabajo en el campo (2019), Sevilla

Relato de Iris (nombre ficticio) sobre condiciones laborales de los jvenes (2019), Len

Rodrguez, M.J. (2019). Diario de campo Impactos sociales y psicosociales del neoliberalismo en Espaa, diciembre 2018-junio 2019

Notas:

1/ Este trabajo es resultado de una reflexin tejida a travs de largas conversaciones con diversas personas que tuvieron la amabilidad y paciencia de compartir sus experiencias y su mundo de vida durante siete meses. Fue la mejor ctedra sobre experiencias e impactos del neoliberalismo que podra haber imaginado. Por todo ello les estoy infinitamente agradecida. Tambin por permitirme vivir desde la cotidianidad el pas del que emigr hace 24 aos y al que regreso siempre. Los registros se plasmaron en un diario de campo y en la grabacin de 75 relatos de personas de Sevilla, Barcelona, Logroo, Zaragoza, Madrid y Len que conforman una radiografa del pas y que sern trabajados a futuro desde temticas especficas: condiciones laborales (falsos autnomos, jornaleros, obreros, trabajadores de la banca, de la salud, artesanos, desempleados, acoso laboral, emprendedores endeudados), desplazados (deslocalizados, emigrados, desplazados urbanos por la gentrificacin), desahuciados, migrantes, retornados, jubilados, jvenes, territorios estigmatizados (barrio popular, escuela gueto), represin de activistas, salud en riesgo, silenciamiento, negritud y racismo, despoblamiento, caridad y externalizacin de la asistencia social, personas en situacin de calle.

2/ Para revisar la distincin entre situacin de guerra y estado de guerra, vase La caracterizacin de una situacin de guerra, el problema ms all de la violencia, en Rodrguez Rejas (2017).

Fuente: https://www.vientosur.info/spip.php?article15069



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