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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 26-08-2019

Hasta el cuello (I)
Cazatormentas

lvaro Guzmn Bastida
Ctxt

En el corazn del trumpismo, un huracn dej tiritando a una ciudad costera. Los trabajadores llegaron en masa para reconstruirla. Slo haba un problema: eran inmigrantes.


Destrozos en Panama City, Florida, tras el huracn Michael

Los primeros rayos de sol se cuelan, voraces, por el parabrisas. Tras l, Melvin Mercado se despereza. Amaga un bostezo al tiempo que estira las piernas, que rozan con el cristal del copiloto y se acomodan sobre la guantera. Faltan unos minutos para las cinco de la maana. Le espera una jornada larga e incierta, otro da en el alambre. Melvin sale del coche a pecho descubierto. El sol de abril, que ser abrasador en un par de horas, no aprieta todava. Chancletas mediante, pisa el suelo de un pas que no le quiere, pero le necesita. Se pone un polo blanco y rebusca entre los asientos traseros, en los que encuentra una botella de agua, un cepillo de dientes y un tubo de dentfrico. Frente al espejo retrovisor, se cepilla la boca concienzudamente y hace abluciones. Se detiene a compartir con el espejo una mirada fatua. Su mentn macizo, de media sonrisa invertida, su entrecejo perpetuamente fruncido y sus ojos entornados acentan un rictus casi siempre premonitorio, como cobijado en las musaraas ante la que se avecina. La primera parada es en la gasolinera contigua al aparcamiento donde descansa todas las noches.

Melvin no perdona el caf. Desde que sali de Honduras en 2004 para completar una odisea de 4.000 kilmetros y cruzar la frontera Sur de Estados Unidos sin permiso, casi todos sus das han empezado igual: despertar entre las cuatro puertas de un coche maltrecho, comprado por una miseria en el mercado de segunda mano y que mimar hasta que diga basta, carne de desguace; beber un caf de estacin de servicio gringa, bien chamuscado; y asearse siempre asearse antes de salir a pelear para ganar el pan de cuatro bocas, tres de ellas en Honduras, esforzndose por no llamar la atencin de las autoridades. Es lo nico predecible en la rutina de este jornalero de los desastres naturales, proletario cazatormentas cuyos huesos han dado a parar en Panama City, una ciudad del noroeste de Florida que desde el otoo de 2018 agoniza despus de que la arrasara el huracn Michael.

Ahora luce un Hyundai Access de 2007 que algn da fue blanco. El automvil, una achacosa pulguita rodeada de fornidos mastodontes en las carreteras vastas y onduladas que delinean el Golfo de Mxico, es para Melvin hogar, oficina y almacn antes que medio de transporte. En l se guarnece cuando arrecia la lluvia, que escasea pero cuando asoma acostumbra a ser feroz. En su maletero guarda las herramientas de trabajo. Desde l habla a diario con su familia, y lee el mercado para saber hacia dnde perseguir la demanda de mano de obra. Y a bordo de l se traslada en busca del empleo. Consumado automovilista, vive sobre ruedas en una tierra diseada para conductores, que le niega el carn y el derecho a conducir por su estatus migratorio irregular. Irregulable.

Circula prudente, acaso demasiado lento, sorteado por monovolmenes y pickups por derecha o izquierda; las manos bien pegadas al volante y el cuello tenso al avistar un coche de polica. El tono tostado de piel, la mandbula ancha y el Hyundai cascado y moribundo delatan al padre de familia hondureo. Ha logrado sortear a la polica durante todos estos aos, pero sabe que una parada un giro sin intermitente, un exceso de velocidad podra llevarle a un centro de detencin, que es como las llaman al norte del ro Grande a las crceles sin abogados de oficio ni fecha de cumplimento de sentencia en las que se castiga a los inmigrantes antes de deportarlos. An poco exigido, el motor eructa una y otra vez. Los 16 kilmetros de trayecto se le hacen eternos. El olor a sal que se cuela por la ventana entreabierta va doblegando la terca chamusquina de la gasolina en combustin. De los mrgenes de la va van desapareciendo los barrios fantasma, surcados de robles cados, que arrancaron de raz los endiablados vientos hace ya seis meses. Aparecen en su lugar la arena de la playa y los ominosos hoteles para estudiantes de vacaciones y veraneantes empobrecidos, nica fuente de riqueza de la ciudad, adems de la titnica base area Tyndall, al otro lado de la baha. Poco ms haba antes del huracn en una ciudad tan de segunda como su nombre. (En el aeropuerto de Atlanta, principal urbe que conecta con Panama City, hay que advertir a las azafatas de que uno tiene por destino Panama City, Florida, y no la Ciudad de Panam. Las maletas de ms de uno han terminado en la capital del paraso fiscal que el fundador de la ciudad estadounidense soaba con conectar por mar con su ciudad, convirtiendo a esta en un baluarte comercial que nunca fue). De aquel poco no queda casi nada.

Quedan decenas de miles de rboles por levantar. Muchos de ellos surcando los salones de lo que hasta octubre eran casas de jubilados y familias otrora atradas por el sol del norte de Florida, y hoy refugiadas por el viento que puso en solfa sus vidas y la delicada economa de la zona. Las espaldas de Melvin ya han levantado unas cuantas decenas de robles milenarios. Tambin ha retirado cientos de kilos de escombros, y se ha subido a los tejados de las casas devastadas por el huracn, a sudar para volver a convertirlas en hogares. A eso vino a Panama City, a jugarse la vida a cambio de unos cuartos para evitar que la ciudad muera. Antes, hace ya ms de 15 aos, haba estado en Nueva Orleans, rescatando de la UVI a la ciudad despus del cataclismo del Katrina, que palidece en comparacin con la hecatombe que vivi Panama City con el huracn Michael. Y a Florida lleg de Houston, donde le llevaron los vientos del huracn Harvey. Entre medias prob suerte volviendo a Honduras, pero el descenso a los infiernos de pobreza y violencia de su pas, unido a su paternidad por partida doble y las consiguientes obligaciones de proveer, volvieron a escupirlo hacia el Norte hace ya dos aos, habiendo superado ya los 45.

Melvin aparca junto a la playa desrtica. Rebusca en el asiento trasero y saca una bolsita de plstico verde con enseres, una camisa limpia y muda de ropa interior. Levanta la vista y saborea la brisa hmeda, no tan diferente de la de su Puerto de Tela natal, al otro lado del Caribe. Superados los arbustos que separan su coche de la playa, se detiene a observar un prolongado arenal color perla, flanqueado como un sndwich, de un lado el mar agitado y sin brillo y de otro una hilera de grisceas torres macizas de ms de sesenta pisos. Junto a la playa apenas se sinti el huracn, selectivo en sus estragos, que pas de largo del litoral y se ceb con el interior en el que convivan antes del cicln suburbios de pequeos propietarios de clase media-baja con colonias de arrendatarios sirvientes del turismo y la industria militar y guetos de olvidados negros, prole en su mayora de esclavos sureos. Melvin se mete bien al fondo del agua, hasta que ya no puede hacer pie. Tras zambullirse, se refrota los sobacos y debajo del baador. Sale del mar y se dirige a los baos pblicos contiguos a la playa, previo paso por las duchas de agua dulce a la intemperie. Es mi secreto mejor guardado, masculla antes de entrar en el bao a cambiarse la ropa. Si viene mucha gente, lo van a prohibir. Pero nadie sabe que me bao aqu cada da. Antes de salir, se esmera en enjuagar la ropa del da anterior en el lavamanos. Se salpica la cara y vuelve al coche, donde extiende las prendas para que se sequen. Es hora de emprender el camino de vuelta, desde el que llamar a sus hijos, de diez y siete aos, con el telfono en altavoz. Anden con cuidado y estudien bien, les dice antes de que se corte la comunicacin. Yo me encargo de trabajar.

Melvin no est slo. El difano aparcamiento adyacente a donde duerme, franqueado por una sucursal de la macroferretera Home Depot, es cada maana el lugar de encuentro de decenas de contratistas que buscan mano de obra barata y centenares de trabajadores migrantes condenados a ofrecerla. Casi todos latinos y abrumadoramente simpapeles, forman un contingente de obreros transentes, que se trasladan de desastre natural en desastre natural. Muchos, como Melvin, empezaron su peregrinacin en Nueva Orleans tras el Katrina, y un buen nmero ech races en la ciudad del jazz. Tantas como se le permite echar a los ciudadanos de segunda, carentes de los derechos que reportan los papeles de los que carecen once millones de personas en Estados Unidos. Desde all o desde ninguna parte circulan por la geografa estadounidense guiados por el sino en forma de hecatombe.

La suya es una industria que opera con mecanismos propios del siglo XIX, y goza de gran futuro en el XXI: en 2018, un estudio publicado en la revista Nature apunt que los niveles de destruccin provocados por huracanes han aumentado un 10% en lo que va de siglo. Los cientficos a sueldo del gobierno estadounidense, cuya postura oficial coquetea con el negacionismo del cambio climtico, predicen que el calentamiento global dispare la virulencia de desastres como el que asol Florida en octubre, que seguirn aumentando en frecuencia e intensidad. En los 90 das posteriores a la llegada del huracn se recogieron, slo en Panama City, ms escombros que en los veinte aos anteriores. El viento se llev por delante 500 millones de rboles y malogr un milln de hectreas de bosques. Ms de 100.000 hogares y decenas de miles de pequeos negocios resultaron daados, sus tejados volando por los aires, sus paredes hechas aicos por los robles abatidos.

Toca levantar una ciudad de las cenizas; pinge empresa. Entre lo que van a pagar las aseguradoras privadas, las ayudas de Washington y lo aportado por el ayuntamiento y el condado, la industria de la reconstruccin de Panama City, una de tantas despus de cada temporada de huracanes en el sur estadounidense, asciende a varias decenas de miles de millones de dlares. All han desembarcado conglomerados empresariales de todo el pas, gigantes de la construccin, de la logstica y el transporte. Van a hacer el agosto especialistas en tejados de California, fabricantes e instaladores de vigas de Texas, y expertos en recogida de escombros venidos de Chicago. Han llegado, tambin con los bolsillos llenos de dlares, colosos estatales como FEMA (la agencia federal que gestiona la recuperacin despus de desastres naturales) o el Cuerpo de Ingenieros del Ejrcito. Algunos los menos trajeron consigo un buen puado de obreros a los que ofrecen alojamiento en hoteluchos con literas y baos a compartir entre cientos de trabajadores. La mayora tiene el don de la invisibilidad. Se hacen de oro sin que se sepa que estn, parapetados tras enmaraadas cadenas de subcontratas, cuyo ltimo eslabn desemboca en el aparcamiento donde ha ido a parar una vez ms Melvin.

Melvin se apea de nuevo del coche y se acerca a la esquina de un almacn cercano, que ofrece un respiro del sol. Saluda a un par de compatriotas hondureos y a un fornido cubano de hablar cantarn y abrumador. Poco a poco, se van acercando, entre bostezos, otros trabajadores que reponen techos da s y da tambin y no tienen uno bajo el que dormir. Se respira una tensa calma. Hace apenas dos semanas de la ltima redada. Circula un pitillo de tabaco de liar, que Melvin deja pasar sin dar una calada. Hace tiempo que ya no fuma. Un salvadoreo comenta algo de los cuartos de final de la Liga de Campeones, que se acaban de sortear. Poco interesado, Melvin se aleja del crculo. No es que no sea futbolero. Es un romntico sin paciencia para el ftbol moderno. Si alguien se lo hubiera preguntado, se habra declarado no tanto hincha del Real Madrid, sino fan de Fernando Redondo. Y tiene su carisma sin aspavientos algo del exquisito mediocentro argentino, al que quienes vimos jugar en los noventa sentimos una especie de nostalgia preventiva que trascenda escudos.

De pronto, aventajado unos metros por su desmarque de la conversacin futbolstica, se le presenta la oportunidad. Atrada su atencin por un chasquido, levanta la vista y se encuentra frente a una camioneta azul con la ventanilla del conductor a medio bajar. En susurros, un treintaero rubio con gafas de sol le ofrece trabajo reponiendo tejados. How many hours?, le espeta el hondureo en un ingls trabado. How much? How often you pay? Ocho horas diarias. Ciento veinte dlares por tres das de trabajo. A cobrar al tercer da. Melvin se detiene un segundo, como haciendo clculos en la cabeza. En un arranque de dignidad, responde que no, gracias.

Casi sin haber terminado de rechazar la oferta, lo adelantan por izquierda y derecha en tromba los obreros con los que charlaba unos segundos antes y otra docena de vidos emprendedores. Melvin les dobla en edad a casi todos. Tiene tanta necesidad como el que ms, pero sus rodillas tiemblan un poco ms que antes al subirse a los tejados, presa del paso de los aos y el recuerdo de una mujer y dos hijos a los que lleva demasiado tiempo sin ver. Se desata un alboroto indescifrable. Unos cuantos salen despavoridos entre aspavientos. Otros pocos se quedan, peones vulnerables ante el mastodonte de ruedas anchas y cristales tintados. En apenas treinta segundos, un par de guatemaltecos se suben al vehculo, que emprende la marcha.

La escena se repite cada rato frente al Home Depot de Panama City, y se multiplica a diario en cientos de esquinas de todo el pas, en las que aflora el estraperlo del trabajo inmigrante, tan esencial como desechable, tan omnipresente como invisibilizado: cuando una camioneta arquea su rumbo y aminora la velocidad de su marcha, una turba de trabajadores se apresura, gesticulando, para ofrecer sus servicios. A veces ni esperan a escuchar la oferta. Roofing! grita uno, indicando que sabe poner techos. Sheetrock! vocifera otro, empeado en brindarse como instalador de cartn piedra. Los que hasta hace un instante eran camaradas de esquina, compaeros de cigarrillo y colegas de sombrajo pasan a ser la competencia; el que podra hacerlo ms rpido y ms barato; rivales en las cloacas de la explotacin del capitalismo estadounidense. No es extrao ver al mismo contratista circular tres y hasta cuatro veces por el mismo aparcamiento, enfrentando en una puja a la baja a los obreros, antes de decantarse por el puado de afortunados a los que se llevar a trabajar. Es la ley del mercado, pero bien podra ser la ley de la jungla.

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Desde hace dos aos, formo parte del equipo de produccin de una serie documental sobre inmigracin en Estados Unidos. La serie, que financia y distribuir Netflix, sigue sobre el terreno en todos los rincones de la geografa estadounidense y a lo largo de un prolongado periodo de tiempo a personajes que interactan con un sistema migratorio que se nutre de sueos, anhelos, sacrificio e instinto de superacin, y que sin embargo deshumaniza a unos y corrompe a otros. Est prevista su emisin a partir del verano de 2020.

Parte de mi trabajo durante este tiempo ha consistido en identificar qu historias, en qu lugares concretos y con qu personas como protagonistas sirven para ilustrar mejor un sistema tan complejo como avasallador. Habr espacio para oficiales de la polica migratoria, a menudo latinos que se ganan la vida limpiando el pas de gente como ellos. Aparecern activistas perseguidos por dejar agua en el desierto de Arizona para que los migrantes, empujados all por polticas que durante dcadas han criminalizado la frontera, no se mueran de sed en su travesa. Habr hombres hondureos a los que el Estado separ de sus hijos por el delito de buscar asilo, y mujeres ugandesas que no pueden traer a sus hijos porque el Gobierno estadounidense ha cerrado, de facto, el programa de refugiados cuando se encontraban el pleno proceso de reunificacin. Se vern redadas, vistas judiciales, manifestaciones y funerales. Habr padres deportados; madres deportadas; hijos deportados; abuelas deportadas; veteranos de guerra deportados. Habr otros muchsimos, casi todos deportables, pavorosos ante la alerta perpetua de una redada que lo vuelva todo patas arriba, o de una gestin rutinaria que desate la implacable burocracia estatal que, en la frialdad de un despacho, haga trizas sus vidas, que en su mayora han discurrido casi enteras en Estados Unidos, y los condene a volver a un pas que ya no es el suyo. Aparecern rejas de lucrativos centros de detencin privados. Se vern cargarse las pilas de grilletes electrnicos que rodean los tobillos de los afortunados que no estn entre rejas, sino que esperan cita con un juez migratorio. Y habr, ante todo, trabajadores parias en un pas adicto a su mano de obra, que no sabra cmo alimentarse, cuidar a sus mayores, combatir en sus guerras, asfaltar sus carreteras, criar a sus hijos, abrir sus colegios ni construir sus casas sin ellos y que, quiz por eso mismo, los condena a vivir en las sombras, amedrentados y explotables, hroes annimos que en el mejor de los casos aspiran a pasar desapercibidos.

A eso vine a Panama City. Y a eso he vuelto media docena de veces en los ltimos seis meses, acompaado casi siempre por un cmara, a veces por dos. Buscbamos retratar una ciudad atravesada por la contradiccin que cruza al pas entero; metfora tallada por los vientos diablicos de aquel octubre. La de una sociedad que necesita a su chivo expiatorio para sobrevivir. La de unos obreros que, conscientes de que slo ellos estn dispuestos a desempear el trabajo ms necesario sin el cual no podra trabajar, ni prosperar, ni enriquecerse nadie ms, ven su mera existencia criminalizada. La de unas autoridades que, si dan rienda suelta a todos sus instintos y aprietan de ms las tuercas a los Melvin de turno, se quedarn sin polis sobre la que gobernar. La de unos oportunistas sin escrpulos, que se sirven de esa desesperada precariedad para extraer beneficios estratosfricos del esfuerzo de otros sin valorar no ya su trabajo, sino sus vidas. Y la de unos locos decididos a voltear toda esa estructura de poder.

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Continuar.

Fuente: http://ctxt.es/es/20190731/Politica/27369/Alvara-Guzman-Bastida-huracan-Michael-Panama-City-Florida-simpapeles.htm


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