Portada :: Opinin
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 03-09-2019

Qu est pasando?

Augusto Klappenbach
Rebelin


Son demasiadas seales en poco tiempo como para no prestarles atencin. En los ltimos aos han proliferados en el mundo occidental partidos y gobiernos haciendo ostentacin de ideologas que hace apenas unas dcadas los polticos que las apoyan se hubieran cuidado de manifestarlas pblicamente. Siempre han existido posturas xenfobas, racistas y nacionalismos excluyentes, pero nunca como hasta ahora han adquirido carta de ciudadana y han conseguido llegar a los parlamentos y en algunos casos a gobernar. En nuestra democrtica Europa gobiernan ya en Hungra, Polonia, Austria, mientras en Italia, Francia, Alemania, Reino Unido, Suecia y Dinamarca, por ejemplo, constituyen sectores en ascenso que condicionan la vida parlamentaria. El grupo de Visegrado se cierra a la inmigracin que Europa necesita. Hasta en Espaa, que haba mantenido a esos sectores relativamente domesticados, ha irrumpido con fuerza un partido de ultraderecha. Tambin ha brotado un nacionalismo militante en una regin que haba defendido durante mucho tiempo las reivindicaciones independentistas sin mayores conflictos con el Estado espaol. En la nacin ms poderosa de la tierra su presidente es capaz de compaginar su ostentacin de la ignorancia con el desprecio a elementales derechos humanos. Y esta marea est llegando a Amrica Latina de la mano de Brasil. Aunque los pasados tumultos en Francia protagonizados por los chalecos amarillos son todava una incgnita sobre su alcance y orientacin, resulta significativo el apoyo que reciben de una poblacin tradicionalmente alejada de excesos violentos. Por no hablar de la situacin de la Unin Europea, incapaz de asumir una postura comn ante el problema de los refugiados, hasta el punto de obstaculizar los rescates en el Mediterrneo prefiriendo permitir miles de muertes antes que provocar un efecto llamada que no saben cmo afrontar.

No se trata de un mero avance de la derecha poltica, como aquellos a los que habamos asistido en ocasiones anteriores, sino de una negacin de los valores que, al menos verbalmente, se haban considerado como patrimonio de la llamada civilizacin occidental, como el rechazo a la xenofobia y el racismo, a la homofobia, al machismo, al autoritarismo y a las formas civilizadas de democracia. Joaqun Estefana (El Pas 2/12/18) recuerda que Viktor Orban, primer ministro de Hungra, ha declarado el fin de la democracia liberal, lo que ha dado lugar a las democracias diabticas, que van perdiendo calidad poco a poco. Y una de las razones de este declive hay que buscarlo en la creciente disociacin entre el sistema econmico (el capitalismo) y el mundo poltico (la democracia).

Creo que esa es la raz de estos movimientos. Porque si algo ha demostrado la reciente crisis ha sido la incompatibilidad de la democracia con el protagonismo del capital financiero en la toma de decisiones polticas. El origen de la crisis estuvo en la gestin de las hipotecas sub prime de la banca privada en Estados Unidos y el posterior contagio al mercado financiero global. Y la respuesta del poder poltico consisti en el rescate de esa misma banca mediante inyecciones de dinero pblico. Lo cual trajo consigo una poltica generalizada de austeridad y recortes que oblig a rescatar a algunos pases de la quiebra, como Grecia, Irlanda y Portugal y exigi a todos una merma importante en los servicios pblicos.

No se trata de discutir el acierto o desacierto de la poltica que gestion la crisis. Pero parece evidente que los costes sociales que provoc, muchos de los cuales siguen vigentes, no tuvieron su origen en decisiones democrticas tomadas por los parlamentos sino en operaciones financieras realizadas por la banca privada y fondos annimos de inversin que obligaron a los poderes pblicos a tomar las medidas que tomaron. Resulta extrao en este contexto que los ciudadanos concluyan que el poder de decisin de los gobiernos que han votado est determinado por poderes ajenos a todo control democrtico y que por lo tanto no se puede esperar nada de l? Y que aprovechando ese vaco los sectores de opinin que desde siempre haban recelado de las formas democrticas consiguieran atraer a sectores de poblacin que hasta el momento haban apoyado otras opciones? La vctima ms importante de la reciente crisis es la democracia misma: el tpico de que todos los polticos son iguales ya no se refiere solo a su honestidad personal sino a su misma profesin. Y el vaco ideolgico que han dejado estos polticos lo ocupan personajes que traen mensajes cuyo nico mrito consiste en alzar la voz para proclamar propuestas que rompen con la normalidad y la correccin poltica vigente. Ya no est mal visto culpar a los inmigrantes de todos los males, abominar de la gestin pblica de los servicios a los ciudadanos, exaltar un patriotismo beligerante, establecer una rgida normativa sexual, reivindicar tradiciones perimidas y hasta cultivar un machismo que otorga prestigio al candidato. Mensajes todos ellos que tienen el atractivo que proporciona la transgresin, la ruptura con el lenguaje de la poltica tradicional, el enfrentamiento con las aburridas formas de una gestin pblica que se percibe como inoperante. La eleccin de Trump constituye el paradigma de este proceso.

La explicacin de este abandono de la democracia por parte de sectores cada vez ms amplios es clara: la lgica interna del capitalismo financiero y la lgica de la democracia son incompatibles. Y los sistemas tienden a imponer su propia lgica. Si por democracia se entiende confiar la gestin pblica a los ciudadanos, representados por polticos elegidos por sufragio universal, y se entiende por capitalismo, especialmente el financiero, confiar la conduccin de la macro economa a annimos gestores que no tienen que rendir cuenta ms a los intereses de los pequeos grupos que representan, la incompatibilidad est asegurada. Y si en las etapas anteriores del capitalismo se conservaba cierto control pblico de las decisiones de sus gestores, ese control ha ido desapareciendo al tiempo que avanzaba la globalizacin y se independizaban los parasos fiscales. Suponer hoy que los intereses de los sectores financieros pueden ser compatibles con las necesidades de las mayoras sera caer en una ingenuidad an mayor que suponer que es posible regular democrticamente esos mercados. No es casual que las teoras ultraliberales de la escuela de Chicago se hayan practicado preferentemente en las dictaduras latinoamericanas, como Chile y Argentina y se apliquen probablemente en el Brasil de Bolsonaro.

Ante esta situacin, una buena parte de la tarea de la izquierda se ha dispersado en reivindicaciones muy importantes que no pueden dejarse de lado, pero sin ofrecer alternativas al sistema econmico que representa el capitalismo financiero. La actual socialdemocracia ha dedicado sus fuerzas a problemas como el feminismo, la ecologa, los derechos de los LGTBI, la xenofobia y el racismo y a cultivar cierta sensibilidad social dirigida a paliar las consecuencias del declive de la democracia antes que a postular sistemas alternativos. No se trata, por supuesto, de descuidar la defensa de los derechos de la diversidad, pero se echa de menos en la izquierda la capacidad de proponer alternativas razonables a la arbitrariedad del sistema financiero. Es lo que Daniel Bernab denunciaba en su libro La trampa de la diversidad como la lgica cultural del capitalismo tardo, una etapa donde lo financiero ha sustituido a lo productivo, el sector servicios al sector industrial y los flujos de dinero se alzan por encima de las fronteras nacionales. No se le puede pedir a la izquierda que construya un nuevo sistema productivo ni que lidere una revolucin mundial, pero hay derecho a esperar de ella un mensaje que no se limite a denunciar las consecuencias sino que proponga medidas alternativas a esta dictadura del mercado financiero. Quizs se podran concentrar esfuerzos, por ejemplo, en construir una potente banca pblica, en luchar contra los parasos fiscales, en asegurar el control pblico de los sectores esenciales, en lograr que las transacciones financieras paguen impuestos como lo hacemos los ciudadanos por operaciones mucho menores. Conviene recordar la propuesta de James Tobin hace casi cincuenta aos de gravar con un pequeo impuesto esas operaciones (la tasa Tobin). Aunque la propuesta tena otros objetivos, fue adoptada hace tiempo por sectores progresistas y algunas ONG que propusieron su implantacin universal, dedicando su producto a polticas sociales. Desde entonces, el tema ha cado en el olvido, y en unos pocos casos se ha aplicado de modo muy selectivo.

En cualquier caso, parece claro que esta irrupcin de un tipo de pensamiento poltico que muchos creamos ya superado mayoritariamente en el mundo occidental tiene causas que van mucho ms all de modas pasajeras y lderes carismticos. Si el sistema democrtico quiere subsistir no puede convivir con centros de decisin inmunes al control de los Estados que defienden intereses ajenos a la mayora de los ciudadanos. Y por lejana que parezca una poltica comn que vuelva a dotar de protagonismo a la vida democrtica, no hay que poner en peligro lo que nos queda de ella.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter