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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 07-09-2019

Reflexiones sobre la problemtica relacin entre poltica y trabajo
La izquierda retoma el inters por la cuestin laboral

ngel Martn
Revista Rosa


A la izquierda le queda la enorme tarea de generar condiciones para la proyeccin poltica de las luchas laborales actuales, pero para eso se necesita de creatividad y de mayor apertura a establecer dilogo con expresiones de resistencia muy distintas de las de antao. Problematizar y redefinir los trminos en los que comprendemos polticamente la cuestin laboral es condicin necesaria para proponer soluciones novedosas.

Hacia el ao 1995, el entonces investigador de CIEPLAN y ex Ministro del Trabajo de Aylwin, Ren Cortzar, publicaba un balance sobre la poltica laboral del primer gobierno de la Concertacin y destacaba dos avances sustanciales. Por un lado, la instalacin de una nocin de autonoma que bregaba por la no intervencin del Estado en la determinacin de la relacin entre empleadores y trabajadores, en tanto ambos actores tenan -a su entender- capacidad propia y suficiente para definir los trminos de su relacin. Por otro -y probablemente reforzando el punto anterior-, destacaba los inditos Acuerdos Nacionales firmados por la CUT, la CPC y el gobierno entre 1991 y 1994, en el espritu de transitar hacia un nuevo escenario de colaboracin entre capital y trabajo que favoreciera la productividad y el crecimiento econmico[1]. Fueron muchos los nuevos cuadros polticos de la transicin quienes adoptaron esta vocacin refundacional que dejaba atrs una larga tradicin de vnculo orgnico entre el movimiento obrero y los partidos de la izquierda. En su lugar adoptaban una postura aparentemente neutral y pasiva que en realidad se ajustaba adecuadamente a la reestructuracin neoliberal de la produccin. En definitiva, el trabajo perda centralidad para la poltica subsidiaria, a la vez que se delegaba en los empresarios la responsabilidad de consolidar una nueva poltica de clase.

Las razones que facilitaron el desarme del mundo del trabajo son diversas y no todas se explican como herencia directa del Plan Laboral de 1979. El modo de acumulacin del capital se redireccion hacia los commodities y la expansin de servicios de baja productividad (y bajos salarios), lo que desmantel por completo la industria. Los partidos y los intelectuales de izquierda perdieron inters por la cuestin obrera y desestimaron su potencialidad poltica en el fragmentado campo social de la postdictadura. El sindicalismo, por su parte, brutalmente reprimido en el perodo anterior, y atomizado en el nuevo marco legal, encontr severas limitaciones para interpretar la cuestin laboral en un contexto donde la estructura ocupacional haba cambiado radicalmente. Se expandieron nuevos empleos asociados a sectores de baja o nula tradicin organizativa, que adems tenan mayor capacidad que en dcadas pasadas de resolver sus problemas materiales por la va del crdito, lo que sin duda operaba como un mecanismo de procesamiento individual del malestar. Incluso la idea misma de trabajo pareca disiparse en medio de los nuevos discursos de management empresarial y movilidad social, que apelan a nuevos modos de subjetivacin usualmente contrarios a toda posibilidad de constitucin identidades colectivas. La drasticidad del cambio fue tal, que el mismo Cortzar ya figuraba en 2002 como Presidente del Crculo Personas y Organizacin de ICARE[2]. No hubo cabida para las y los trabajadores en el bloque histrico del progresismo neoliberal.

Pero la calma que rein por ms de una dcada comienza a trastocarse hacia el segundo lustro de los 2000, cuando trabajadores subcontratados de sectores emblemticos primario-exportadores (principal pilar del milagro chileno) reanudaron la actividad huelguista. Ya en 2003 los estibadores portuarios se alzaban en Talcahuano contra la incertidumbre de la eventualidad, en 2005-2006 los subcontratistas de CODELCO paralizaban todas las divisiones de la empresa exigiendo igualacin de condiciones salariales e internalizacin, y en 2007 los trabajadores del sector forestal enfrentaban a Celulosa Arauco (grupo Angelini), con un petitorio de mejoras sustantivas sobre sus condiciones laborales ante el cual la empresa se negaba a responder, amparada bajo la ley que restringa las relaciones laborales a nivel de empresa[3], y que desde luego dejaba fuera a todos los subcontratistas. Del lado del capital el escenario se pintaba completamente diferente: desde 2006 a la fecha, la Inversin Extranjera Directa de los grupos empresariales nacionales aument de forma significativa, proyectndose as a escala regional y consolidando una posicin de fuerza similar a las de sus pares mexicanos y brasileros en la regin latinoamericana. Estos capitales provenan del mundo primario exportador pero tambin del retail minorista[4]. Gigantes comerciales como CENCOSUD (grupo Paulmann) y Falabella (grupo Solari) copaban el mercado con una estrategia monopsnica, que castigaba los salarios pero que de a poco tornaba ilegtimas las desigualdades experimentadas en el trabajo.

Registros del Observatorio de Huelgas Laborales indican que justamente en 2006 se revierte la tendencia a la baja en la huelga laboral, inicindose un perodo ascendente de movilizaciones que se extiende hasta la actualidad, y que se compone sobre todo por paralizaciones que se encuentran fuera de la estrecha legalidad impuesta[5]. La composicin de esta actividad huelguista es interesante porque no slo se expresa a travs del tradicional sindicalismo estratgico -ahora volcado, en parte, a una lucha contra la subcontratacin y la precarizacin de sus condiciones de vida-, sino que tambin muestra un importante dinamismo en sectores nuevos de los servicios, y recompone fuerzas en el tambin vapuleado sector pblico. La reactivacin huelguista en reas como transporte y comunicaciones, enseanza, comercio, y servicios sociales y de salud ha sido poderosa, mientras que en el sector pblico se ha fraguado un proceso muy interesante de respuesta contra la neoliberalizacin del Estado. De hecho, la supuesta no intervencin del aparato estatal sobre las relaciones laborales se ha presentado, muy a menudo, como la expresin ms clara de la colonizacin empresarial de la poltica. Los trabajadores del Estado se han visto enfrentados a nuevas lgicas de competitividad interna, a una degradacin de su estatuto, al tiempo que disminuye la franja de empleados contratados y crece aceleradamente la dotacin a honorarios[6]. Por cierto, la conformacin de sindicatos en defensa de estos trabajadores ha sido uno de los pasos ms relevantes para organizar una respuesta poltica colectiva a este problema[7].

Resulta extremadamente relevante destacar el hecho de que tal crisis del mundo del trabajo ha vuelto a despertar la atencin de los crculos empresariales, y sin duda ha reaccionado ms rpido que la izquierda. En las empresas se introducen nuevas tecnologas sociales de control laboral comnmente promovidas desde los departamentos de personal, pero tambin se conforman gerencias completamente nuevas de Responsabilidad Organizacional y de Sustentabilidad. Estas ltimas no se entienden sino como como respuesta a los conflictos con comunidades por la usurpacin territorial y el dao medioambiental que provoca la actividad industrial desregulada, aspecto particularmente delicado y de suma urgencia en las llamadas zonas de sacrificio en el pas. Sin duda, tambin avanzan con extrema voracidad aquellas empresas de plataforma que estn prcticamente exentas de fiscalizacin y que emplean a cantidades considerables de trabajadores: Uber, Rappi, Cornershop y tantas otras. Estos modelos flexibles amenazan con socavar toda base de comprensin del significado del trabajo tradicional, sin jefes, sin horario, sin colegas, pero a la vez sin seguridad social ni certezas de ningn tipo. Alternativas como estas tambin se alimentan de altas tasas de desempleo y rotatividad laboral, o de los flujos migratorios que facilitan la bsqueda por demanda de trabajo barata.

Este extenso y heterogneo campo social del trabajo torna muy difcil la articulacin de una iniciativa poltica con grados relativamente altos de unidad. Una de las grandes oportunidades que se han abierto en el ltimo ciclo es la lucha por un sistema de pensiones digno. Nuestras generaciones son, adems, aquellas que ms enfrentan la incertidumbre laboral y se emplean bajo relaciones contractuales menos formalizadas que otrora, para as adecuarse a los requerimientos que impone el rgimen de flexibilidad. La desproteccin generalizada a la que se expone el trabajo contemporneo da lugar a una preocupacin compartida por las y los nuevos asalariados con respecto a su futuro y sus posibilidades de desarrollo, instancia conducida en gran medida por el movimiento No+AFP, pero que en el ltimo rato ha encontrado dificultades de proyeccin hacia la poltica justamente como consecuencia del divorcio entre partidos y movimiento sociales. Otra chance para reconstruir una tctica de intervencin en el campo del trabajo la ha ofrecido el movimiento feminista, que torna visibles problemas estructurales como el trabajo domstico no remunerado y la subordinacin de las mujeres en el mercado del trabajo. Entra, adems, en una disputa especfica sobre el sentido poltico del problema contra las agendas del feminismo liberal, proclive a diferenciar los problemas de los derechos polticos de aquellos asociados a la reproduccin material de la vida. Esto ltimo nos debe alertar de que la potencialidad de estos movimientos puede ser procesada bajo los trminos de la pequea poltica, la misma que ha mantenido a raya las conflictividades del trabajo que resurgen con fuerza hace poco ms de una dcada.

A la izquierda le queda la enorme tarea de generar condiciones para la proyeccin poltica de las luchas laborales actuales, pero para eso se necesita de creatividad y de mayor apertura a establecer dilogo con expresiones de resistencia muy distintas de las de antao. Problematizar y redefinir los trminos en los que comprendemos polticamente la cuestin laboral es condicin necesaria para proponer soluciones novedosas. La falta de esta imaginacin en el progresismo queda en evidencia con La ltima reforma laboral de 2017, cuyo alcance es reducido precisamente porque se propone reorganizar el rgimen laboral mirando con las anteojeras del siglo XX. Por eso, sobre todo, es necesario que se reflexione profundamente sobre la utilidad de la poltica para transformar el orden laboral. De momento, esta relacin no es para nada obvia, lo que explica, adems, que, aun cuando a una gran mayora de los trabajadores su trabajo los est liquidando personal y socialmente, tal padecimiento no logre revertir la persistente desafeccin poltica en Chile. Ser necesario repensar los sindicatos, las tcticas huelguistas, la incorporacin igualitaria de las mujeres al empleo, la salud mental, los sistemas de seguridad social, el uso de las tecnologas, entre muchos otros dilemas. Algo de todo esto ya est en marcha, pero se hace urgente una apropiacin rebelde y con capacidad de superar los cerrojos impuestos por aquellos que han administrado, durante tanto tiempo, una poltica sin sociedad.

Notas:

[1] Ver: http://www.cieplan.org/media/publicaciones/archivos/15/Capitulo_6.pdf

[2] Ver: https://www.icare.cl/sobre-icare/circulo-personas-organizacion/

[3] Ver: https://www.emeraldinsight.com/doi/abs/10.1108/01425450910946451

[4] Ver: http://www.nodoxxi.cl/wp-content/uploads/CC1-Editado-a3.pdf

[5] Ver: http://fen.uahurtado.cl/wp-content/uploads/2017/07/Informe-de-Huelgas-Laborales-2016.pdf

[6] Ver: http://www.nodoxxi.cl/wp-content/uploads/CC9_02.pdf

[7] Ver: http://sindical.cl/union-de-honorarios-del-estado-inicia-proceso-para-ser-una-federacion-nacional/

ngel Martn es licenciado en Sociologa UCh, estudiante del Magster en Sociologa UCh y militante de Comunes

Fuente: http://www.revistarosa.cl/2019/03/31/la-izquierda-retomando-el-interes-por-la-cuestion-laboral-reflexiones-sobre-la-problematica-relacion-entre-politica-y-trabajo-en-el-chile-de-hoy/



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