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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 27-01-2006

El mito de la transicin espaola (I)
La recuperacin de la identidad nacional perdida

Mara Toledano/Manuel Fernndez-Cuesta
Rebelin


Si se aplica bien la ley de sucesin el pasado no volver, y la futura monarqua contribuir a la grandeza de Espaa y ser una garanta de que no se podr retroceder a las situaciones que superamos y rechazamos en nuestra guerra. La nueva constitucin monrquica, basada en la ley de sucesin y en los principios fundamentales del Movimiento, tendr fuerza suficiente para que sea respetada, y la flexibilidad necesaria para irse amoldando a las necesidades futuras de la nacin.

Francisco Franco, 4 de febrero de 1965

Mis conversaciones privadas con Franco Francisco Franco Salgado-Araujo (1976)

 

La dictadura franquista destruy la organizacin de la sociedad republicana y desarticul su incipiente ser social. Esta descomposicin total de lo colectivo, de lo comn, trajo como consecuencia, entre otros factores, la ausencia de tensin poltica durante el rgimen -salvo la actuacin del PCE- y el control absoluto de la poblacin por parte del aparato represor. La aniquilacin del tejido socio-asociativo, que tanto favoreci la implantacin transversal del franquismo como sistema autoritario, con el corporativismo nacional-catlico como base ideolgica, produjo, desde el Plan de estabilizacin de 1959, una anmala situacin ya que el ambicioso proyecto interclasista de la tecnocracia emergente -Franco cedi pronto el poder econmico quedndose con la representacin poltica y el orden policial- careca de referente social. El poder institucional, nico, se apoyaba en el terror ejercido por una amplia red policial -desde los serenos con chuzo a la Brigada Poltico-Social- y en la omnipresencia de cancerberos militares y religiosos. Las funciones estratgicas de estas fuerzas de choque eran claras. Mientras los militares, vencedores en el campo de batalla, aseguraban la verdad histrica revelada y la cohesin nacional, la vanguardia religiosa garantizaba el orden moral y la educacin. Con la cartografa en la mano, a la tecnocracia -necesitada de articular una estrategia econmica capaz de vencer el aislacionismo- le faltaba una pieza: una sociedad protoconsumista que impulsase la demanda interna y que fuera capaz de adaptar la estructura productiva, casi autrquica, al novedoso sistema econmico. Impulsada por el INI, un pluriempleo, en muchos casos, de la casta militar, y las grandes corporaciones bancarias; ayudada por las inversiones extranjeras, el crecimiento del turismo, el dinero procedente de la emigracin europea y las congelaciones salariales, la tecnocracia dirigi la renovacin con mano de hierro como nica forma de asegurar la pervivencia econmica de su clase. Si la izquierda antifranquista se refugiaba en la idea de pueblo derrotado -los vencidos de 1939- siguiendo la estela de una continuidad frentepopulista, los aperturistas de la dictadura, adalides de la renovada identidad, buscaban anclajes slidos en las pujantes capas medias catlicas. Sabido es que la importante migracin campo-ciudad de esos aos favoreci esta dinmica industrial. Para potenciar esta nueva estratificacin social acorde con el modelo propuesto era imprescindible recuperar una parte de la leyenda: reinventar el cuerpo social y reinventar eso que, bajo palio y espada, llamaban Espaa.

La construccin de un universo simblico y referencial, entendido como el conjunto de elementos necesarios para imponer, de forma permanente, un punto de vista interesado sobre el mundo, requiere el concurso de mltiples elementos. En primer lugar se necesita un corpus terico formado por conceptos intuitivos y trascendentes (sustrato material de la ideologa dominante, un lenguaje) cuya comprensin no requiera informacin previa: patria, Espaa, ejrcito, religin, bandera, educacin, matrimonio, familia, etc. Una vez concebido el aparato conceptual con sus respectivas ramificaciones y procesos, es decir, definidos los fundamentos de verdad y verosimilitud del sistema general de valores, es preciso establecer un procedimiento eficaz de difusin: la propaganda. Al principio era el verbo, hecho logos o carne, y hablaba por la radio Queipo de Llano. Despus, coincidiendo con el desarrollismo, vino la excepcin espaola, los paradores nacionales y las invocaciones a la diferencia: la constitucin real de la idea de pueblo soberano que la tecnocracia requera. En la actualidad, superada esa etapa de barbarie inferior e inmersos ya en la civilizacin lquida y democrtica emanada del acuerdo constitucional de 1978 -una etapa donde el discurso dominante fluctu sin consolidacin- habla el EPS con sus reportajes, entrevistas y opinin, ms los centros comerciales -luminosos campos de concentracin de masas- como lugares de esparcimiento, relacin social y ocio. La sofisticacin o la aparente sofisticacin de les temps modernes -en puridad, una versin tecnolgica de la cosmovisin liberal-conservadora del siglo XIX con las modificaciones impuestas por los acuerdos de Bretton Woods (1944)- es la clave argumental de nuestros das, el paradigma cerrado y bloqueado de la modernidad. Desde mediados de los aos setenta, a medida que la sociedad adquira niveles cada vez ms elevados de interiorizacin mercantil y el consumo se eriga en rbitro y semforo de las clases sociales marcando fronteras insalvables, el mensaje emitido por los propietarios de la razn, y de los medios de produccin de objetos e ideas, se tornaba clido, ntimo y prximo, adaptando su apariencia a la sinuosa sensibilidad, a la novedosa manera de mirar y sentir el mundo de la socialdemocracia capitalista: ser se hizo sentir, un sentir de formas evanescentes (sic). Para reforzar este razonamiento y comprender la evolucin social, bastara repasar la historia de la publicidad y sus ideologemas fundamentales o el concepto mismo de imagen. Una vez atado y bien atado, segn la conocida frmula, el mecanismo de reproduccin -incluso las ideas, en sentido platnico, se han transformado en logotipos, marcas o seas de identidad grupal en este estadio avanzado del capitalismo tardo- y sembrada la duda sobre la pervivencia y validez de los principios de la izquierda, la sociedad fue cayendo en una apata, una ausencia de s, viviendo a merced de las necesidades (fisiolgicas) de los mercados. A esta permanente provisionalidad -la irrupcin de lo precario en las relaciones sociales, polticas, sentimentales, econmicas y culturales; un ser/no ser, un estar/no estar, un sentir/no sentir- se aadi, desde la muerte de Franco, el pacto del olvido. La explosiva mezcla de irresponsabilidad social, impulsada por las fuerzas polticas y sindicales, y diversin continua, fomentada por los poderes pblicos y privados, es a lo que algunos han llamado, sin irona, el espritu de la transicin.

Entre nosotros y centrando los ejemplos en la proliferacin y multiplicidad de mensajes partidistas, es fcil rastrear las huellas de esta gran transformacin. De Una, Grande y Libre o los rojos no llevan sombrero -locuciones-fuerza que tuvieron su efecto en los aos de la posguerra- se ha pasado a expresiones de honda -y falsa- significacin colectiva, Juntos podemos o Para que Espaa funcione, llegando a la tautologa, Cambio del cambio, o al minimalista y exquisito Zapatero presidente (ZP). En estos casos, la identificacin del mensaje propuesto -repetido hasta la saciedad por todos los canales de divulgacin- con los pilares ticos del libremercado global, a diferencia del capitalismo de corte familiar, proteccionista, del sistema anterior, ha impedido a los individuos abandonar este imaginario crculo de tiza resultando muy difcil, en la prctica, concebir un modo terico y prctico -radical- de acercarse a las contradicciones estructurales del Estado neoliberal. Sin necesidad de detenernos en la cronologa conocida, al ser designado por el caudillo sucesor a ttulo de rey, el aleccionado monarca sell con siete catlicas y militares llaves -recurdese su medida aparicin la noche del 23 de febrero de 1981 con los galones de capitn general- la posibilidad de un cambio de la forma-estado anterior. Un sistema poltico como el actual que silencia el pasado de donde procede, se afirma como realidad presente en la misma medida que se niega como virtualidad futura, escriba Garca Trevijano en junio de 1985. El trnsito, por tanto, del rgimen nacional-catlico al sistema actual de partidos diseado por los estrategas del franquismo -Fernndez-Miranda, Adolfo Surez, Gutirrez Mellado, Tarancn y otros- con la aportacin imprescindible de las estrellas neodemocrticas -Carrillo, Gonzlez, Guerra, etctera- condujo a la calma poltico-social requerida por el sistema-mundo capitalista para prosperar en armona. El asunto de la modernizacin estaba lanzado -no es fcil bajarse de un tren en marcha- y llevaba varios lustros fermentndose. En realidad, como se ha apuntado, desde que los jvenes tecncratas del Opus Dei pasaron a controlar la economa nacional. Pese a la apariencia, pese a la omnipresencia de Franco, el desembarco de los integristas -cuyas relaciones siempre fueron complejas con el intocable Carrero Blanco- fue la primera piedra de la Transicin: una manera diferente, acorde con el mercado, de afrontar el futuro. Con la llegada del lobby, y salvo algunas apariciones estelares, el caudillo se dedic a la pesca y la caza dejando el Estado en manos del empresariado. Eran los nuevos mandarines y condujeron la nave del franquismo, con destreza de consejo de administracin, hasta la primera victoria electoral de UCD.

Despus de la experiencia revolucionaria portuguesa de abril de 1974, con la alarma que produjo en EE.UU. y en muchos sectores de la oligarqua espaola, y teniendo en cuenta la avanzada enfermedad del dictador, las cabezas rectoras del entramado catlico-empresarial fijaron -odas algunas sugerencias del Departamento de Estado de EE.UU.- el marco de la futura transicin. Era preferible estar preparados, conocer los deseos de las formaciones opositoras y contener los posibles excesos reivindicativos. Como es sabido, el debate entre reforma y ruptura, que tantas discusiones y documentos produjo, no dej de ser un juego semntico. La llamada Transicin se desarroll dentro del seno del franquismo con el acuerdo cupular entre los epgonos del rgimen (hacedores de la reforma) y la oposicin (diques de contencin). Cada cual asumi su cuota de responsabilidad en la desactivacin social cumpliendo conforme a lo esperado -luego recibieron medallas y reconocimientos- su misin. Al tiempo que los dirigentes del franquismo apaciguaban la inquietud de las fuerzas reaccionarias de Estado -una parte de la iglesia, banca y ejrcito- sobre el giro democrtico y la continuidad que se avecinaba, la oposicin, concentrada en plataformas y platajuntas con la hegemona del PCE y la irrupcin del recapitalizado PSOE de Suresnes (financiado por el SPD alemn con el acuerdo de la CEE), ms algunas personalidades independientes, rebajaba (desarticulaba) la intensidad de las exigencias del pueblo soberano, una poblacin sometida a 25 aos de paz: aletargada por la furia de la represin y el miedo. En este sentido, merece la pena recordar dos textos diversos pero complementarios: Soberanos e intervenidos de Joan Garcs y El miedo en la posguerra de Enrique Gonzlez Duro. Pese a la apariencia, en ningn caso la ruptura (imaginaria) planteada por algunos partidos, en escritos internos y ponencias de escasa repercusin, fue otra cosa que un intento de conquistar una mayor representatividad (mercado electoral) o una posicin preponderante en el espacio de lo pblico (visibilidad). Las fuerzas del futuro arco parlamentario ya haban optado, tiempo atrs, por un proceso constituyente sin participacin -como si eso no fuera un quebranto del principio jurdico bsico que conforma la idea de poder constituyente- que garantizara el desarrollo en libertad y sin ira. Convertir la aspiracin de las lites polticas y econmicas del Estado -el franquismo ya era una rmora en su estrategia- en el deseo comn de la ciudadana y convencer, de forma simultnea, a la izquierda antifranquista de la necesidad del consenso, haciendo pasar los intereses de la burguesa urbana y de las altas capas de la clase media por los anhelos de la colectividad, fue una sutil operacin de mercadotecnia poltica. Un modelo que luego hara las delicias de dictadores y cpulas neoliberales de Latinoamrica: la expiacin de la culpa colectiva e individual sin culpables.

Explicar cmo las corrientes polticas dominantes (oposicin y rgimen) lograron caer de pie tras este salto desde el acantilado del odio (el franquismo asesinaba -garrote vil- en marzo de 1974 al militante anarquista Puig Antich y fusilaba en septiembre de 1975, aplicando la pena capital, y nadie -salvo los pequeos crculos politizados- pidi explicaciones a posteriori), es una cuestin que merecera una detenida mirada sobre el olvido y la prdida de la condicin humana de los espaoles sometidos a la dictadura gris, y sobre la desvergenza de algunos dirigentes polticos de la izquierda. Sera preciso un anlisis cualitativo que incluyera desde la idea de orfandad colectiva -se descorch bastante menos champn del comentado- hasta la indiferencia con la que la ciudadana acept -trgala- el giro del aparato franquista -sin bajarse del coche oficial- y su cambi sustancial de discurso para analizar con detalle esta evolucin. En esta lnea argumental, sera injusto olvidar la labor moderadora ejercida, con sumo cuidado y equilibrio, por el diario El Pas, autntico vertebrador -sine die- del pensamiento progresista nacional. Durante aos El Pas lo fue todo: unidad de medida, medio de cambio, medio de pago. Pero detrs de un peridico hay deseos e intereses. El Pas no lo reconoce: si los reconociera, la verdad que produce sera provisional y relativa. Para producir una verdad definitiva y absoluta hay que ser totalmente independiente (neutral, ni con el uno ni con el otro). El Pas ha sido el espejo de la transicin hacia la democracia escribi Jess Ibez en Por una sociologa de la vida cotidiana (1994).

Bajo estas maniobras cupulares lata el problema central de la legitimacin popular de la democracia heredera del franquismo. El objetivo perseguido era, entre otros, que la izquierda antifranquista, es decir, los elementos situados a la izquierda del PSOE, no buscara -en el caso de que lo pretendiera- su fundamento histrico y testimonial en la II Repblica, en la legalidad rota tras el golpe de estado de los africanistas. La ley electoral y la maquinaria del poder simplificaron despus la confusin producida por la aparicin de docenas de partidos, creando una especie de bipartidismo imperfecto alterado, tan slo, por la significativa presencia de las burguesas nacionalistas y los restos del naufragio del PCE-IU. Se trataba, por tanto y de forma imperiosa, de crear una joven sociedad civil que actuara como motor e impulso -tutelada siempre por el rey vestido, al principio, de uniforme- del progreso institucional, una sociedad civil que careciera de historia poltica reconocible: una sociedad sin memoria. Para eso se aplic la innovadora frmula del consenso (ver J. M. Buchanan y G. Tullock,. El clculo del consenso: fundamentos lgicos de la democracia constitucional) consiguiendo que la democracia representativa fuera una especie de creacin ex-nihilo (no constituyente) e inmaculada, una sensacin de vivir ms que una forma concreta de gobierno cotidiano. Esta democracia de mercado deba tener suficientes elementos comunes, tanto en lo referido a la eleccin de las reglas ptimas de eficiencia econmica como a los criterios en la toma de decisiones, para aglutinar, previo acuerdo y sin friccin, las diferentes clases sociales y sus intereses naturales, teniendo en cuenta que la Espaa de 1975 estaba destrozada tras la violencia fsica y psquica ejercida por el franquismo. Era fcil. Juan Carlos I, sabedor de la importancia de la imagen en el mundo espectacular, volvi a la carretera -aos antes, por orden de Franco, siendo prncipe, ya haba recorrido la geografa dndose a conocer- para hablar de consenso, concordia y reconciliacin. Eran tres conceptos clave, intangibles fundamentos del poder pblico, que escondan, en realidad, los tres ejes del nuevo orden poltico: negociaciones con los grupos de poder hegemnicos (iglesia, banca, ejrcito) y con las burguesas nacionalistas; paz social (tarea encargada a los sindicatos) y olvido (empresa de la que se encarg la cultura subvencionada). Resulta curioso constatar como hoy -en el ao 2006- frente al empuje de las burguesas nacionalistas, el rey sigue cabalgando a lomos de estos tres conceptos esenciales. Nada cambia.

Para inventar esta sociedad civil haba que resolver el obstculo que supona la ausencia de identidad nacional. Tanto para los tericos del derecho franquista como para los pensadores de la condicin democrtica se trataba de ajustar el principio de soberana -de cara a lo que denominaban proceso constituyente y teniendo en cuenta la crisis econmica: inflacin ms desempleo- a la realidad socio-poltica. Lejos de estos consultores orgnicos recuperar una de las tesis centrales de Carl Schmitt: soberano es aquel que decide sobre el estado de emergencia. Para que las esencias del rgimen no chocaran con las aspiraciones de cambio de una parte de la colectividad, era urgente recuperar una cierta idea de identidad nacional (unidad de destino transformada en accin comn) hasta convertir al antiguo cautivo y derrotado pueblo en ejemplo de concordia, protagonista directo o trascendental, sujeto activo de la historia del renovador proceso. El reconocimiento de los derechos histricos, consagrado ms adelante en el Ttulo VIII de la Constitucin, podra verse como una prueba fehaciente, jurdica, de la necesidad de crear pueblo soberano, sujeto de derecho -al tiempo que se reconocan aspiraciones histricas de autogobierno- all donde existiera un vestigio, un caldo de cultivo social. La redaccin final del texto constitucional, con la formulacin conocida del Ttulo VIII, no garantiz la igualdad -las consecuencias llegan hasta la actualidad- pero remend, hasta que han terminado por explotar, dos desgarros. En primer lugar, la ausencia de identidad nacional -una o varias, el caso era recuperar este sentimiento, inventando tradiciones o costumbres si era preciso, tras la destruccin sistemtica de la posguerra- y, en segundo, la cuestin del autogobierno o la redefinicin de Espaa impulsada por las burguesas financieras nacionalistas.

La cuestin de la identificacin de la sociedad, de los individuos organizados, con la democracia de partidos es un problema sin resolver en el sistema democrtico nacional. Los cimientos parecen slidos pero esconden fisuras importantes. La democracia de mercado capitalista sigue regulada por las grandes corporaciones. Hasta la sucesin de Juan Carlos I plantea infinidad de problemas. Se pretendi, tras la muerte de Franco, en noviembre de 1975, construir -sin recomponer las heridas de la guerra, sin el reconocimiento de los derechos de los vencidos, sin organizar el cuerpo social- la red que mantiene viva, por definicin, a la democracia. Democracia es, al margen de otras consideraciones tericas, el refrendo popular de las decisiones del gobierno o por decirlo de otra forma, un gobierno acorde con los intereses bsicos de la mayora. El sistema de partidos espaol, que instaur -no se poda dejar las grandes cuestiones del Estado en las manos del pueblo, contrario a la burguesa financiera- un organigrama de castas y fracciones polticas enfrentadas, ha conseguido alejar a la ciudadana de la res publica. Ese fue uno de los principios fundadores del franquismo poltico resumido en la expresin, haga usted como yo, no se meta en poltica, atribuida al propio caudillo. Partidos y sindicatos aplicaron la mxima. Por esta razn, la democracia espaola, al igual que otras muchas herederas directas de regmenes autoritarios, se alimenta de los intereses de las fuerzas econmicas y polticas y no de las decisiones colectivas. Y sin el concurso activo de la sociedad, sin la plasmacin de los deseos de la mayora, este tipo de democracias resultan inestables. Slo el consumo desenfrenado -potenciado por los agentes que operan en el mercado- est frenando esta descomposicin poltica. La democracia espaola, o lo que se edific con esa denominacin desde 1959 hasta nuestros das y ms concretamente desde 1975, es un sistema poltico de consumo. Resulta curioso comprobar cmo las clases medias consumistas, hijas del desarrollismo franquista, siguen alimentando el sistema de partidos (sin ideologa) al igual que sostuvieron, desde el Plan de Estabilizacin de 1959, la dictadura militar.



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