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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 27-01-2006

Turismo: la mirada canbal

Santiago Alba Rico
Archipilago


El 2 de agosto de 1999, Yaguine Koita y Fod Tounkara, dos nios africanos de 14 y 15 aos respectivamente, fueron encontrados muertos en el tren de aterrizaje de un avin belga que cubra el trayecto entre Conakry, capital de Guinea, y Bruselas. Escondidos en el estrecho habitculo, polizones de su propio atad, haban muerto congelados sin ver cumplidos sus sueos de vivir despreciados, marginados y explotados en la opulenta Europa. En el cuerpo de uno de los nios se encontr una carta que conmovi un instante a los europeos -golosina o bombn humanitario- y luego se disolvi sin dejar rastro en la conciencia, indiscernible de la emocin de un gol o de la satisfaccin de unos zapatos nuevos. "Seores miembros y responsables de Europa", haban escrito los adolescentes en francs, "es a su solidaridad y a su bondad a la que gritamos por el socorro de Africa" y enumeraban a continuacin algunos de los males que aquejan a sus poblaciones, as como los mritos y grandes valores de nuestro continente. "Les suplicamos muy, muy fuertemente, que nos excusen por atrevernos a escribirles esta carta a Ustedes, los grandes personajes a quien debemos mucho respeto", acababa el texto con una especie de bofetada angelical, de demoledor homenaje a nuestra reputacin. La carta lleg a su destino, pero los portadores no, y slo por esto la carta recibi la atencin de setenta peridicos y doscientos canales de televisin que habran ignorado las splicas de dos supervivientes. "Si ustedes ven que nos sacrificamos y exponemos nuestra vida, es porque se sufre demasiado en Africa", escriban. Yaguine Koita y Fod Tounkara pedan cambios para su situacin y la de sus pases y Occidente recompens su sacrificio con lo nico que sabe dar: un minuto de publicidad.

Desde agosto de 1999 han muerto en todo el mundo miles de inmigrantes, negros o tiznados, tratando de pasar la frontera entre la inexistencia y la esclavitud. En camiones frigorficos, en furgones para ganado, hacinados en pateras, de fro, por asfixia o ahogados en el mar, siguen muriendo todos los das a causa de su irrelevancia de nacimiento, sin poder atravesar esa lnea que con tanta facilidad cruzan las mercancas, los animales y hasta los virus, pero en la que se quedan inevitablemente enganchados los individuos puros, los hombres desnudos. En direccin contraria, mientras tanto, 80 millones de vuelos al ao trasladan a 600 millones de turistas a los que nadie puede detener porque no hay fronteras ni vallas ni fusiles que puedan detener -o al menos limitar- el flujo impersonal de los consumidores. Quizs en el mismo avin entre cuyas ruedas murieron congelados Yaguine Koita y Fod Tounkara, como insectos en una trampa, volva de Malawi el matrimonio Walker muy quejoso porque -segn una carta dirigida al Alto Comisionado para el Turismo de ese pas africano- "los hoteles de cinco estrellas no merecen esa calificacin", "las carreteras son malas" y no hay "buenas gasolineras con baos limpios para animar a los turistas a disfrutar de un hermoso pas"[1].

Espaa slo aboli la esclavitud definitivamente en 1880, pero el 19 de diciembre de 1817 Fernado VII, a remolque de los acuerdos del Congreso de Viena, prohibi la trata o trfico de esclavos, que continu de manera clandestina en las dcadas sucesivas. Hasta esa fecha y durante tres siglos, los europeos haban obligado a viajar a 14 millones de negros africanos contra su voluntad para ponerlos a trabajar como esclavos en las colonias de Amrica. Si por cada negro que llegaba vivo a su destino moran al menos tres durante la captura, el confinamiento en barracones a la espera del traslado y la travesa en pequeos Auschwitz flotantes, slo un escalofro es capaz de calcular las dimensiones de este genocidio. En su decreto de 1817, el rey espaol comenzaba por elogiar "la providencia de sus augustos antepasados", cuyo generoso inters humanitario haba ideado la esclavitud "para salvar de la muerte a los negros", los cuales, transportados a Amrica, reciban "no slo el incomparable beneficio de ser instruidos en el conocimiento del Dios verdadero" sino tambin "todas las ventajas que trae consigo la civilizacin". Entonces, por qu suspender tan caritativa iniciativa en favor de los africanos? Por qu interrumpir la trata que tantos beneficios reportaba a sus vctimas? Fernando VII hace gala de un refinamiento retrico tan ignominioso que parece ms propio del siglo XXI que del XIX; si se poda poner fin al trfico de esclavos era porque -dice el decreto- "el bien que resultaba a los habitantes de Africa de ser transportados a pases cultos no es ya tan urgente y exclusivo desde que las naciones ilustradas han tomado sobre s la gloriosa empresa de civilizarlos en su propio suelo"[2].

El caso de la esclavitud, y la familiar y monstruosa retrica de Fernando VII, demuestran que la libertad de movimientos, bajo la empresa colonial y bajo la consiguiente descolonizacin capitalista, es ms bien la libertad de la "trata" de hombres: sacarlos, retenerlos e incluso devolverlos una vez usados, cuando se vuelven redundantes, como ocurri en 1821 con los 20.000 negros sin amo para los que los EEUU compr por 300 dlares un pedazo de terreno en las costas occidentales de Africa, esa irnica Liberia concebida como vertedero de excedente humano y solucin del "problema negro" ya incipiente en norteamrica y que prefiguraba el modelo de "independencia" diseado por las potencias occidentales. Liberia, primer pas "libre" del continente africano, anticipa la funcionalidad de la forma Estado-Nacin en un espacio de soberana desigual en el que los Estados soberanos -es decir, los econmicamente poderosos- se reservan el derecho de ingreso de los inmigrantes y se reservan al mismo tiempo a los Estados minusoberanos como contenedores de materias primas y mano de obra barata y como destino inexorable de sus mercancas y sus turistas. En este sentido, el mercado capitalista reproduce de un modo "natural" los mecanismos explcitamente coactivos del mercado de esclavos: la pobreza inducida obliga a salir a miles de hombres y las restricciones de entrada de las metrpolis permiten seleccionarlos, en el marco del derecho internacional, sin necesidad de acudir personalmente a las plazas pblicas a examinarles los dientes. Millones de hombres sin derechos -porque son slo hombres- quedan as a merced del derecho de los Estados dominantes.

Como escriba hace doce aos en estas mismas pginas, "turismo y emigracin constituyen dos formas diferentes de desplazamiento poltico en el espacio"[3]. La figura del "turista", en efecto, slo puede comprenderse a la luz de la del "inmigrante", como su reverso y su denuncia, en el cruce de dos flujos desiguales, uno ascendente y otro descendente, que reproduce la explotacin econmica a nivel planetario y legitima ideolgica, antropolgica y psicolgicamente una relacin neocolonial a nivel local. Blancos, negros, mujeres, hombres, ricos, pobres, en algn sentido el mundo se divide en realidad en "turistas" e "inmigrantes", de manera que estas dos categoras modelan y agotan todas las posibilidades de relacin subjetiva entre los hombres: los "turistas" lo son en sus propias ciudades, antes y despus de sus vacaciones, y los "inmigrantes" lo son desde su nacimiento, en sus propios pases, con independencia de que crucen o no las fronteras de Occidente. As, los "turistas" visitan a los "inmigrantes" en Egipto o Senegal, a donde trasladan sus vallas melillenses y sus medidas restrictivas (hoteles de alta seguridad, programas blindados, restaurantes vedados a los habitantes locales) desde las que contemplan, ms que esfinges, pirmides y paisajes de ensueo, su propia superioridad y la inferioridad de los nativos. Que la potencia estructural de estas categoras conduce de algn modo a la ontologizacin racial de los dos trminos, con la consiguiente estandarizacin del conocimiento y retroalimentacin de las conductas, lo demuestra el hecho de que para los "turistas" todos los nativos son iguales (ingenuos, astutos, interesados, simples, sexualmente amenazadores) y para los "inmigrantes", a su vez, todos los turistas son iguales (ricos, envidiables, displicentes, ignorantes, un poco infantiles, lcitamente explotables). La cristalizacin racial de los intercambios, que impide o dificulta las relaciones parasociolgicas (individuales o polticas), hace perfectamente aplicables al vnculo turista/inmigrante, algunas dcadas ms tarde, los anlisis de Frantz Fanon, Fernndez-Retamar o Edward Said sobre la construccin de una subjetividad colonial y de una objetividad interesada. Por eso, ms all de la devastacin econmica y ecolgica que lo acompaa, no puede haber y no puede defenderse ningn modelo de turismo racional o sostenible y en un mundo regido realmente por la justicia econmica, la libertad individual y la soberana estatal el sentido comn impondra la lgica inversa a la que -absurda, inhumana y destructiva- impone el capitalismo; es decir, liberalizacin de la inmigracin y regulacin y restriccin muy severa del turismo.

La direccin del desplazamiento, el medio de transporte y la recepcin en destino determinan estructuralmente la autoestima del viajero y su percepcin del otro. Desde el tren de aterrizaje del avin de Sabena, Yaguine Koita y Fod Tounkana consideraban al matrimonio Walker "grandes personajes a los que debemos mucho respeto", los cuales, por su parte, arrellanados en sus asientos de clase turista, contemplaban Malawi como un lugar que se deba dejar ordenar a los ingleses para su mayor comodidad. La empresa colonial europea tan encarecida por Fernando VII como una benemrita obra de civilizacin emple, por este orden, a guerreros, misioneros y mercaderes, a los que se aadieron, a partir de los aos cincuenta del siglo XX, los turistas que viajaban, cada vez ms masivamente, en la misma direccin y como prolongacin de estos tres elementos, todava activos, con los que compartan y comparten el mismo derecho a dominar el mundo con la mirada. Toda la satisfaccin pomposa del turista, su sensacin de invulnerabilidad, su desprecio tranquilo y paternalista por el otro, su aceptacin de una distribucin de papeles que le favorece, proa individual de un poder impersonal -un tanque, un pasaporte, la rbrica del Banco Europeo- que ha olvidado y que ni siquiera ha elegido, toma cuerpo y se confirma en una mirada panormica y canbal; una mirada para la que toda visin es un objeto derrocado o, lo que es lo mismo, la imagen anterior a la prxima imagen encuadrada rpidamente en la ventanilla del autobs o en el objetivo de la cmara, mediante los cuales seguimos viendo todo -por muy lejos que vayamos- en la pantalla de la televisin. Esta forma de mirar, que define al turista, define de algn modo tambin el objeto de su mirada, y puede resumirse rpidamente en algunos rasgos esenciales.

1.- La primera ilusin del turista es, en efecto, la del movimiento. Al contrario que el inmigrante, el turista permanece siempre en el mismo sitio mientras se le van pasando las imgenes que ver, de vuelta a casa, desde su silln. En realidad va viendo por adelantado las fotos del viaje y est siempre, en consecuencia, en el lugar desde el que las ver a su regreso. Al mismo tiempo, en Tnez, en Estambul, en Tombuct, en Bombay, en Cancn, el turista se traslada slo de un no-lugar a otro -los mismos aeropuertos, la misma cadena hotelera, los mismos autobuses, los mismos servicios indiscernibles de la misma agencia-: uno puede dar la vuelta al mundo sin salir jams del Sheraton ("fuera es El Cairo, dentro el Sheraton", deca una famosa publicidad). Si "inmigrante" es el hombre que nunca ha estado en su propio pas y por lo tanto tampoco puede volver, "turista" es paradjicamente el que no ha salido nunca de l.

2.- Inseparable de esta ilusin de movimiento, es la de singularidad: "tenga usted, como todos, una experiencia exclusiva". El turismo de masas, acuador de una mirada homognea entregada al consumo industrial de paisajes, monumentos y cuerpos, alimenta la paradoja de una generalizacin del elitismo: los turistas son todos igualmente superiores, son todos indiscerniblemente nicos, lo que slo es posible, en cualquier caso, frente a una totalidad inferior (la de los "inmigrantes" locales que les sirven, al mismo tiempo, de contraste y de decorado). Cuanto ms comn y pastosa es la experiencia, cuanto ms se parece la memoria del viaje al catlogo de la agencia que vimos antes de partir, cuanto menos se distingue de la del compaero de autobs o de barco, ms se afirma un yo tautolgico y vaco que se indica a s mismo como el nico contenido individual de la aventura. Las pirmides, el Taj Mahal, los nios nativos constituyen el fondo indiferente, repetido, pintado, sobre el que se suceden los cuerpos singulares retratados en las fotografas y de hecho lo que diferencia a esas pirmides de las del compaero de viaje es que slo en esas aparezco yo. El turista es el que tapa las cosas, el que siempre da la espalda a la catarata o al templo: "yo delante del Partenn", "Chus y yo en la fiesta beduina", "el gua y yo en Sakkara". Internet ha permitido, por lo dems, multiplicar esta ilusin de exclusividad vaca, bombear esta "inflacin de egos estereotipados" (como la he llamado en otra parte[4]) y hay decenas de pginas web en las que los turistas "cuelgan" las fotografas de su viaje -el yo en la poca de su reproductibilidad tcnica- con algunos consejos que nutren el circuito cerrado de los errores y clichs y confirman la triste posicin yaciente de los pases visitados.

3.- Pero el turista fotografa... fotografas. No son las pirmides ni el Taj Majal ni el Partenn (ni los nios nativos) lo que retrata sino las miles de fotografas e imgenes con las que ha llegado cargado hasta all, el efecto ptico de una acumulacin de "postales" depositadas durante aos en su retina, el archivo visual que no permite ver el objeto sino en la medida en que se parece a lo dej vu, en que se adecua -como la verdad misma- a las fotografas de los amigos que hicieron el viaje un ao antes, a las imgenes del documental de televisin, a la publicidad de los catlogos. Esta mirada tiene una larga tradicin. Los viajeros franceses de la segunda mitad del siglo XIX (Flaubert, Nerval, Gautier, entre otros) arrastrados a Egipto no ya por los imperativos de la conquista sino por los excedentes de capital (primeros turistas, pues, de la especie), rodaron en El Cairo desbarrando de vrtigo, como en un coche que vuelca. Haban acarreado hasta all un vvido catlogo de imgenes que esperaban ver desplegarse ante sus ojos en orden de parada militar, con un rtulo entre los pies, al igual que en un libro de estampas. Se vieron naufragar, en cambio, en un mundo en el que la "claridad y distincin" cartesianas sucumban a la barbulla de los objetos, con los que uno no poda evitar pringarse: el horror de la muchedumbre, el trampantojo urbanstico, la confusin de los colores, de las generaciones, de las clases. La mayor parte de ellos se haba decidido a conocer el pas del Nilo tras visitar el pabelln egipcio de las primeras Exposiciones Universales celebradas en Pars, en el que la fidelidad de la reproduccin de la vida cairota estaba concebida como espectculo; es decir, como pasividad, como distanciamiento profilctico, como sistema de produccin de emociones narcisistas. No puede extraar, pues, que en 1856 un Gautier desilusionado regurgitase, con la mano bajo la barbilla, sentado a la mesa de un caf de El Cairo: "El verdadero Egipto es el de la Exposicin Universal de Pars". La realidad slo nos interesa cuando deja de serlo; a los otros slo los vemos cuando no nos interesan. La mirada del turista construye una tela de araa e inmediatamente la destruye de un soplo.

4.- Egipto tiene que parecerse al de la Exposicin Universal; Bali tiene que parecerse al de El Corte Ingls; Africa tiene que parecerse a la de Port Aventura. Egipto, Bali, Africa tienen que convertirse en Parques Temticos de s mismos, a la medida de la fotografa que queremos fotografiar. Habr, pues, que construirlos. El pas entero tiene que posar y habr que obligarlo a acomodar su economa, a transformar sus infraestructuras, a reorganizar su comercio, a disolver sus cimientos y momificar sus superficies, a poner el agua, el espacio, los hombres a disposicin de la Imagen Verdadera que los turistas han visto ya mil veces y quieren confirmar sobre el terreno. Los 500.000 millones de dlares anuales del negocio turstico entraan una intervencin sin precedentes y a todas las escalas en la articulacin de las naciones minusoberanas, las cuales no pueden limitar -salvo con bombas trgicamente soberanas- esta avalancha de mirones. La Verdadera Imagen construye carreteras y campos de golf en el desierto y construye y congela tambin, con la perversin antropolgica correspondiente, la tradicin. La riqueza de Egipto, de Tnez, de Senegal es la dependencia: la de los "inmigrantes" en el exterior que venden su fuerza de trabajo en Madrid y la de los "inmigrantes" en el interior que venden su imagen sobre el terreno, como Beckham pero en barato, a los madrileos. Porque junto a la aculturacin de los no-lugares construidos como atalayas o sillones del dej vu occidental, el turismo impone tambin una falsa etnificacin en las sociedades intervenidas: Egipto tendr que ser intensamente faranico 3.000 aos despus; los indgenas lacandones tendrn que vestir sus tnicas blancas y mantener sus chozas de madera para recibir a cambio el dinero con el que comprar los ms sofisticados electrodomsticos; los jvenes parados del sur de Tnez tendrn que disfrazarse con ridculos sirwales tradicionales, que nadie usa ya, para poder ligar con una sueca o adquirir un mvil; de Siria a Mauritania, en fin, los zocos tendrn que vender las mismas bastardas artesanas fabricadas en Taiwan. Si una agencia de viajes, por error o por malicia, propusiera visitas guiadas a los esquimales de Nigeria, veramos las aldeas de Africa poblarse de igloos, los restaurantes serviran carne de foca, los nativos se vestiran con abrigos de pieles y las tiendas de souvenirs venderan arpones y estatuillas de hielo (fabricadas, claro, en Taiwan).

5. Pero no slo el pas, tambin sus hombres tendrn que avenirse a participar como figurantes en el Parque Temtico. La mirada de los turistas es performativa y determina permanentemente la conducta de unos nativos que slo existen para ellos. Obligados a vender su imagen, como Beckham pero de saldo y adems con maas, debern aceptar un escueto repertorio de papeles que, como por casualidad, coincide con el que representan a nuestros ojos los inmigrantes de las metrpolis occidentales. As, lo nativos sern sumisos, sencillos, serviciales, admirativos, testigos en cada gesto de nuestra superioridad natural, que tratarn en vano de imitar, o aparecern como un problema de seguridad: "inmigrantes" tambin en su propio pas, se insinuarn amenazadores, astutos, sospechosos, inclinados racialmente a la delincuencia. Entre la compasin narcisista y la legtima defensa, la Imagen Verdadera deber conciliar el espectculo y la seguridad. La solucin ser vestir a los policas con trajes tpicos nacionales, como ya ocurre en Honolul y como propone Peter E. Tarlow, presidente de Turism&More en la pgina web de su organizacin[5].

6.- La mirada del turista transporta -como con precisin la define Antonio Calvache- la "experiencia de clase dominante". Todo desplazamiento en el espacio, deca Levi-Strauss, es un desplazamiento en la escala social y este desplazamiento -el nico que en realidad experimenta el viajero- es el que moviliza a la pequea y media burguesa occidental que contrata viajes organizados con las grandes agencias. Si el nativo se venga de e invierte la estructura econmica planetaria en el nivel personal, a travs de las pequeas astucias mediante las que "explota" al turista individual, el trabajador occidental, mediante el turismo de masas, ve revalorizado su dinero (como ve revalorizado su atractivo sexual) y se venga de e invierte la jerarqua que le somete a las miserias de la rutina laboral, convirtindose por unos das frente al nativo -una vez ms "inmigrante" en su propia tierra- en miembro de esa lite cuya superioridad, belleza y arrogancia admira en las revistas y padece quizs en la empresa de la que es asalariado. Estas inversiones individuales, se comprender, dejan intacto y, an ms, legitiman y alimentan el orden global que distribuye los papeles.

7.- La mirada turstica, finalmente, transporta tambin una triste e infantil experiencia de comunidad. La mayora de edad kantiana de la Ilustracin revela todo su fracaso en la figura del turista que se deja divertir y que es arreado, conducido, guiado, disfrazado, tatuado, alimentado en grupo. Espectculo de los espectadores reunidos, ninguna imagen de la inmadurez nihilista es ms elocuente que la de 1.500 turistas acarreados en autobs hasta un solitario caf del desierto, bajados casi a latigazos, vestidos en cadena con chilabas a rayas, como prisioneros de Lager, montados en 1.500 camellos y llevados de las riendas a un tenderete para que compren bolsitas con la misma arena del Shara que estn pisando con sus propios pies ("cmo no comprar muy barato lo que podra salirnos gratis!"). En otro sitio he llamado la atencin sobre el parentesco entre el Parque Temtico y el Campo de Concentracin, como mxima corrupcin del "gusto" en el imperio del ello establecido por el mercado[6]. Lo ms terrible es que esta minora de edad del turista que considera infantiles a los nativos constituye la verdadera satisfaccin del viajero industrial. Horarios cuarteleros, comidas en comn, solidaridades frente al tour-leader, traslados en masa, uniformes, penalizacin de las conductas asociales, la experiencia del turista tiene la intensidad central, compensatoria y delatadora de la miseria social del consumidor occidental, de un regreso a la mili; y de vuelta a la soledad del ello cotidiano, canbal solitario de televisin y supermercado, del viaje a Egipto no recordar ni las pirmides ni la esfinge ni el bellsimo Nilo sino nicamente, y con dolorossima nostalgia, la felicidad de grupo, sombra diminuta y pueril de esa comunidad poltica y social perdida para siempre -o pervertida- en las metrpolis capitalistas.

La mirada turstica, en cualquier caso, no es ms que la mirada normal de un hombre que ya no discierne entre una guerra y una olimpiada, que monumentaliza la ocupacin de Iraq -asumida y emocionante como el Coliseo de Roma o las ruinas de Palenque- y que con maravillosa ingenuidad se hace fotografiar no slo ante la mezquita de Suleiman o los restos de Babilonia sino tambin sobre el cadver del prisionero al que acaba de torturar hasta la muerte. Este hombre que fotografa fotografas, y que se desplaza con agencias de viaje o con ejrcitos, tiene que poder llegar a su destino y encontrar lo que busca. El que va a buscar trabajo, en patera o en furgn de ganado, no. De se precisamente se ocupan las cmaras fotogrficas y las mirillas de los tanques.

El amargo ingenio de un amigo propona que la comunidad internacional firmase un -as llamado- Protocolo de Quieto, en virtud del cual se concedera a todos los hombres por igual un cupo de movilidad con un mximo de kilmetros a recorrer en el curso de una vida. Los viajes tursticos descontaran el doble de kilmetros mientras que no se registraran las visitas a amigos, los desplazamientos solidarios, las estancias de trabajo o las becas de estudios, segn el principio general de que slo debera salir de su pas el que tuviese algo que ensear o algo que aprender. La idea sirve sobre todo para revelar irnicamente las destructivas consecuencias, ecolgicas, econmicas, polticas y sociales, de esta invasin de canbales mirones que pasean libremente por el mundo su egolatra industrial. En otro mundo posible quizs se percibira la necesidad y sensatez de esta propuesta. De momento nos conformaramos con que pusiramos del revs -para dejarlas del derecho- nuestras cabezas y comprendiramos hasta qu punto es absurdo -y no normal-, contrario al sentido comn y al buen juicio -y no lgico y natural- el que todo un pas se organice para recibir alborozado a un blanco que quiere fotografiarse delante de la pirmide de Keops mientras que todo un pas se organiza para tirotear y apalear en una valla a un negro que quiere construir una casa.



[1] El matrimonio no se llama Walker, pero la carta es citada por un funcionario del departamento de turismo de Malawi en Africa-Infomarket.org a partir de una noticia del The Chronicle del 19 de abril del 2005.

[2] Citado por Fernando Ortiz, Los negros esclavos, apndice, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1987.

[3] Santiago Alba Rico, Astucia y racismo, Archipilago n 15, recogido luego en Las reglas del caos, Anagrama, Barcelona 1995.

[4] Santiago Alba Rico, Cultura y nihilismo: la insostenibilidad del hombre, conferencia pronunciada en la Semana de Filosofa de Pontevedra 2005 (http://www.rebelion.org/docs/13501.pdf).

[5] Meter E. Tarlow, La seguridad en la industria del turismo, Security Management On Line, agosto del 2001.

[6] Santiago Alba Rico, Cultura y nihilismo: la insostenibilidad del hombre.

 

 



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