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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 16-09-2019

Qu hace el neoliberalismo en las elecciones de Uruguay?

Jorge Majfud
Rebelin


El Uruguay moderno (ese desarrollado a fines del siglo XIX con J.P. Varela) siempre ha sido batllista-artiguista, con perodos de epilepsia oligrquica y neoliberal. No importa la ideologa, no importa el partido poltico: todos los uruguayos son, ms o menos, batllistas artiguistas. No siempre en la prctica, pero s como un superego freudiano: los uruguayos son artiguistas cuando reconocen su opcin por los de abajo, su antimilitarismo y su antirracismo, y son batllistas cuando en sus decisiones personales reconocen el valor del Estado como agente de gestin colectiva, como administrador de justicia social, susceptible de corrupcin pero insustituible. El mito de Maracan es otro hito posible por el espritu batllista artiguista. Sin Jos Batlle, Uruguay no hubiese sido dos (o cuatro) veces campen del mundo ni quince veces campen del continente, ni esa pasin sera hoy una marca de identidad nacional. El batllismo invent el espritu del ftbol uruguayo y el batllismo artiguista marc hasta su literatura, esa literatura con conciencia crtica, tan alejada de la frivolidad del mercado, de la diversin y del sentimentalismo de alcoba.

Cualquier poltica de Estado que niegue esa profunda raz est condenada a dar frutos amargos. Los mismos perodos de epilepsia neoliberal lo han demostrado y, a juzgar por las actuales disputas electorales, es una condicin persistente.

El neoliberalismo ha hecho estragos en muchos pases alrededor del mundo. Ha quebrado a casi todos. Incluso en aquellos pocos ejemplos publicitados como el de Chile, el supuesto xito no fue posible sin inundaciones de dlares y propaganda estadounidense a partir de 1973 para apoyar no solo una dictadura de corte nazi que le era conveniente a la oligarqua criolla y a las poderosos transnacionales, sino para tener un ejemplo positivo que mostrar al mundo y a Amrica Latina en particular (los bloqueos y las demonizaciones quedaron reservados a todos aquellos que se atrevieron a decir no o probar un camino diferente).

Pese a todo, los supuestos logros de la economa chilena no se reflejan en un milagro social, sino todo lo contrario. La educacin es un bien de consumo, no un derecho, y para eso, como en Estados Unidos, los jvenes deben endeudarse de forma que slo los ricos se gradan listos para la libre competencia y el resto dedica media vida a pagar sus deudas. Cuando lo logra, ya se han especializado en pensar slo en el dinero, no en su vocacin, y no saben hacer otra cosa que ms dinero, lo cual, claro, es una bendicin para la economa y para la industria de las drogas.

Lo mismo, el modelo de inversin chileno de las jubilaciones privadas. El fracaso del modelo neoliberal de jubilaciones en Uruguay (afortunadamente, la opcin estatal siempre fue la preferida) fue recientemente salvado por el Estado, como siempre. En 2018, la mitad de los afiliados a las AFAP creadas durante los aos 90s, se pasaron al sistema estatal porque los privados le estaban retornando mucho menos dinero del calculado y del prometido.

El Estado es ineficiente hasta que cunde el pnico. Porque el capitalismo tiene esa eterna ventaja: cuando acierta, se lleva todo; cuando pierde, el maldito Estado lo salva, empezando por los de arriba para que algo gotee a los de abajo. Con una diferencia: en Uruguay ocurri al revs, cosa rara en el mundo, porque los salvavidas fueron para los de abajo. Solucin batllista artiguista.

En otros casos diferentes al xito del neoliberalismo chileno, donde siempre se aplaude al principio y se niega tres veces al final, la misma ideologa, los mismos crditos multimillonarios y las mismas adulaciones descendieron en muchos otros pases del continente sin siquiera llegar a aumentar el PIB nacional sino las deudas externas y arruinar la economa y la sociedad: la Argentina de Martnez de Hoz, la de Menem y Cavallo, la de Mauricio Macri; la Bolivia de Vctor Paz Estenssoro; el Uruguay de Luis Alberto Lacalle; el Ecuador de Febres Cordero; la Venezuela de Andrs Prez; el Mxico de Miguel de la Madrid, el de Carlos Salinas de Gortari y el de Ernesto Zedillo, etc. S, ya sabemos las recurrentes respuestas: si ests contra el neoliberalismo ests a favor de Stalin, de Khmer Rouge y de Josip Broz Tito.

Pero cuando hablamos del neoliberalismo en Amrica Latina, no nos referimos a lo que podra ocurrir y que nunca ha ocurrido, sino a algo que ha ocurrido innumerables veces con los mismos resultados y, por si fuese poco, es una propuesta orgullosa de candidatos como el economista de la Universidad de Chicago, el Dr. Ernesto Talvi en Uruguay.

En Uruguay, como en otros pases de la era poscolonial, la imposicin de recetas salvadoras ha sido siempre catastrfico. Ese pas, con escasos doscientos aos de historia, invento del imperio britnico en 1828, en realidad naci en 1813, con el general Jos Artigas, un hombre con una sensibilidad social superior para la poca, extraa, nunca analizada del todo; un hombre que reparti tierras a negros, indios y blancos pobres. Un mujeriego que termin sus das en el exilio viviendo (o conviviendo?) casi treinta aos con un poeta negro que liber antes de abandonar su tierra, derrotado en 1820 en Tacuaremb. Por entonces, el fundador del partido colorado, el primer presidente, otro patriota mata indios, Fructuoso Ribera se pas a las filas portuguesas y luego, como presidente de Uruguay, orden darle caza, vivo o muerto. Pero los indios paraguayos le dieron el ttulo de El hombre que resplandece.

Si el artiguismo fuese hoy una inmoralidad, como lo es el racismo de, por ejemplo, el venerado esclavista y mata indios Andrew Jackson en Estados Unidos, es comprensible que se luche por demoler esa tradicin. Pero no, es bsicamente lo contrario.

Si el batllismo, cien aos despus, hubiese sido un fracaso econmico y social, es comprensible que se luche por demoler esa tradicin. Pero no, es bsicamente lo contrario.

Es por esta razn que en Uruguay se da la paradoja de que somos, a un mismo tiempo, progresistas y tradicionalistas. Pero no de cualquier tradicin. No de la tradicin feudalista de las haciendas donde los peones y los gauchos eran animales de carga, sino de la otra tradicin, la que crea y todava cree en la educacin universal, desde la primaria hasta la universidad; que cree en el derecho a la salud y al equilibrio social a travs de la proteccin de los derechos de los menos fuertes, como lo son, incluso, las trabajadores; que cree en el derecho de nuestros viejos a un retiro en paz.

El artiguismo no es un sentimiento nacionalista ni militarista. Artigas neg (como Jess neg lo que tanto adoran hoy los cristianos protestantes: la riqueza como signo de preferencia divina) el despotismo militar y el abuso de los de arriba. Luego, el batllismo cre lo dems, hasta la tradicin del ftbol. Lo mismo la visin moderada de un estado benefactor, estabilizador, social y, no en pocos aspectos, directamente socialista.

El batllismo artiguista, el Uruguay donde nadie es ms que nadie ni menos que ninguno, donde hasta Charles Darwin se sorprendi de la inexplicable autoestima de los gauchos ms pobres, es eso: progresismo con memoria, porque el progresismo no es ruptura ni es inmovilidad sino perpetuo cambio y mejora de algo que sabe, que no olvida, quin es, de dnde viene y hacia dnde va.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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