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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 12-10-2019

El colaboracionismo franquista

Manuel Ruiz Robles
Rebelin


En este Retablo de las Maravillas (*) en que ha devenido la instauracin impuesta de la monarqua borbnica, todo fundamento de su pretendida legitimidad no va ms all de un burdo engao consentido por el miedo.

Como es bien sabido, el rgimen del 78 es el resultado de una reforma de la dictadura que se dot de una constitucin fraudulenta bajo la estrecha vigilancia del ejrcito de Franco, educador del rey Juan Carlos, y de la colaboracin necesaria de los dirigentes de los principales partidos clandestinos opuestos a la dictadura, finalmente cooptados por la monarqua.

La monarqua, instaurada por el franquismo, remach la jugada con su autogolpe del 23-F, coordinado por los servicios secretos militares. Fue la continuacin de la guerra por otros medios, cuya finalidad no ha sido otra que la de mantener sometido al pueblo espaol durante otros cuarenta aos de pretendida paz borbnica. La monarqua del 18 de julio ha sobrevivido cuatro dcadas gracias a la falsa amenaza de una intervencin armada, creando de este modo un miedo pasivo en las capas populares, origen de la abstencin y tambin garanta de su permanencia.

Durante 40 largos aos de monarquismo parlamentario los pueblos del Estado espaol han consentido la existencia de ese poder antidemocrtico, bajo el mando supremo del rey que adems es un Jefe de Estado inviolable.

Ese consentimiento ha sido posible gracias al colaboracionismo de las burocracias de los partidos, pretendidamente democrticos, en realidad al servicio de las llamadas puertas giratorias, es decir, al servicio de la oligarqua financiera y terrateniente cuyo jefe de filas es el rey.

El efecto desestabilizador de la crisis econmica sobre la estructura de poder partitocrtica -es decir sobre la estructura de poder que las direcciones de los partidos han mantenido hasta la fecha sobre sus bases y la ciudadana, diseada por los poderes que dirigieron la Transicin- se ha resquebrajado, quedando pues finiquitada la era bipartidista, fundamentada en la alternancia en solitario de los dos partidos hegemnicos: PSOE y PP.

Es, pues, un esfuerzo baldo intentar averiguar si fue posible, o no, hacer la Transicin de otro modo. Lo que es evidente es que se fundament en la explotacin del miedo interiorizado por amplias capas de la poblacin, que haban sido forzadas sin su consentimiento a una guerra de exterminio y posteriormente sometidas a dcadas de una dictadura franquista cuyos crmenes, no prescriptibles ni amnistiables, siguen impunes.

Como muy bien apunta un compaero, miembro del colectivo de militares demcratas Anemoi, la llamada guerra civil espaola no fue tal, sino un genocidio perpetrado por un golpe militar fallido que impuso la guerra al conjunto del pueblo espaol. Este compaero militar, en su reciente carta abierta a un general, Un valiente (**), pone en evidencia, con fina irona, la insostenible contradiccin existente entre lo que se nos vende -unas fuerzas armadas pretendidamente respetuosas con la soberana popular, que habra de estar encarnada en el pueblo- y la cruda realidad: unos altos mandos militares, afines al rey, furibundamente franquistas, lamentablemente impunes.

Sin embargo, la aguda crisis de Estado dificulta a los poderes del rgimen estabilizar la monarqua, con el fin de impulsar una segunda transicin, consistente en algunos retoques cosmticos, que posibiliten alcanzar un nuevo periodo de consentimiento de las masas populares, con el inestimable apoyo del colaboracionismo monrquico- franquista, vido de las prebendas que da la cercana al poder.

La inminente exhumacin del dictador genocida Francisco Franco, amigo y colaborador de Hitler y Mussolini -despus servil vendepatrias al servicio del gobierno de los EEUU- es sin lugar a dudas una victoria alcanzada por la imprescindible movilizacin de los colectivos de vctimas del franquismo, pero no supone en modo alguno ningn cambio significativo en la estructura de poder del franquismo, y mucho menos de la maquinaria coercitiva del Estado, que constituye su ltima razn.

Las salidas de tono de muchos altos mandos militares, oponindose de forma amenazante a la exhumacin del dictador, refuerzan la apariencia de una gran operacin de Estado que , segn expres el socialista Pedro Snchez en su discurso ante la ONU, "cierra simblicamente el crculo democrtico" .

Nada ms lejos de la realidad. La impunidad de los crmenes de lesa humanidad del franquismo -que no prescriben, ni son amnistiables- y los miles y miles de desaparecidos forzosos que yacen en las cunetas, lo prueban. El reino de Espaa tiene el siniestro record de ser el segundo pas del mundo con ms fosas despus de Camboya, cuyo genocidio finaliz con la invasin vietnamita. Sin embargo las leyes de la dictadura franquista siguen vigentes, impidiendo en nuestro pas cualquier atisbo de normalizacin democrtica, pues son pilar bsico del rgimen actual.

Por otro lado, la aplicacin arbitraria de una legislacin crecientemente represiva, orientada en parte contra el pueblo trabajador y, en particular, contra las ansias de libertad de los pueblos del Estado espaol -que, como Catalunya, claman por ejercer democrtica y pacficamente su derecho a expresarse libremente- hace muy poco creble la voluntad democratizadora de los partidos afines a la monarqua, instaurada por Franco.

Sin embargo, hemos entrado en un nuevo ciclo poltico cuyo resultado final est por esclarecer y en el que las urnas confirmarn, o no, todo cuanto acabo de decir.

Referencias:

(*) El Retablo de las Maravillas, Miguel de Cervantes

(**) Un valiente, firmado por un Teniente en la reserva, miembro del colectivo Anemoi

Manuel Ruiz Robles, portavoz del colectivo de militares demcratas Anemoi, presidente de la asociacin Unidad Cvica por la Repblica (UCR).

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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