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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 18-10-2019

La guerra y Espaa

Jaime Richart
Rebelin


He terminado de leer un opsculo sobre las reflexiones acerca de la guerra de dos genios: Albert Einstein y Sigmund Freud. Freud en su papel de pensador y creador del psicoanlisis, y Einsten no como cientfico, sino como amigo de la humanidad al decir de Freud. Ambos discurren en torno a ese fenmeno antropolgico cuyo grado de inevitabilidad es el mismo que el del festejo colectivo; una condena, a la que la sociedad humana est sometida, bien sea por la Naturaleza o por los dioses del universo. La stasis, la divisin de una polis entre dos grupos rivales y hostiles entre s por medio de la fuerza, y las heteras, rivalidades entre facciones de aristcratas, aspectos concomitantes de la guerra, forman parte de sus reflexiones...

Espaa sabe mucho de la primera, de la stasis, pues se ha pasado su historia sumida en luchas intestinas, y adems ha sido la ltima nacin europea en protagonizar una terrible y duradera guerra civil, ya en pleno siglo XX; guerra, por cierto, cuyos efectos siguen a n, soterradamente, esclerotizando pr cticamente todos los episodios y aconteceres que sin apenas reposo tienen lugar en la vida colectiva. Hasta tal punto esto es as, que a menudo hacen a sta insoportable. Pues sigue sobresaliendo en ella el modo despectivo, desafiante, altanero y prepotente de los descendientes y adictos de aquellos vencedores. Y, paralelamente, el apocamiento de los descendientes y simpatizantes de los vencidos. Apocamiento o retraimiento por el que no se han atrevido hasta ahora ni se atreven a afrontar con decisin las reformas profundas que precisa aquel establishment introducido por sus albaceas tras la muerte del dictador. Un orden de cosas consentido por las condiciones extraordinarias que concurran, por su carcter transicional pero no para que perdurase para siempre. Primero, porque, habida cuenta aquellas circunstancias y para asentar de una vez por todas la clase de Estado que desee mayoritariamente la nacin espaola, es urgente un refer ndum que decida entre la forma monrquica del Estado arteramente restaurada en 1978 (que responda exclusivamente al deseo del dictador), y la Repblica. Segundo, porque aquella parte de la sociedad de los perdedores que representaba y dice representar a la progresa y al futuro, sigue teniendo pendiente la solucin, o al menos el aminoramiento de su gravedad, de la oprobiosa desigualdad que, desde el arranque de la transicin, prometi superar sin haberlo intentado siquiera todava. Y tercero, por otra asignatura fundamental pendiente. La de superar el modo claramente tendencioso de impartir en este pas los jueces la justicia, tanto la distributiva como la conmutativa. Asuntos capitales los tres, en una democracia estable y que se precie...

En todo caso, volviendo al tema central de la guerra, Einstein, como amigo de la humanidad no se explica cmo es posible que masas enteras de poblacin se dejen arrastrar hasta el delirio y la autodestruccin, hasta el odio y el placer de la autodestruccin que llevan a la mentalidad a la psicosis colectiva. Para de algn modo evitar la guerra (en ese caso entre Estados) vea precisa la creacin de un supraorganismo, que al final tendra que hacer uso de la violencia, tanto para constituir una autoridad central como para instituir un tribunal de justicia que imponga sentencias de forma vinculante. Pero siendo as que, como dice Leopardi en el Zibaldone, el abuso y la desobediencia de la ley pueden ser castigados pero no impedidos por ninguna ley, poco pudo hacer la Sociedad de Naciones desde 1920 a 1946, poco ha podido hacer la ONU despus y poco pueden hacer todos los tribunales internacionales para intentar resolver los conflictos sin recurrir a la guerra. Llegado el mximo punto de ebullicin, la psicosis colectiva siempre acaba desatndose como fatum del ser humano. Y, para Freud, mientras existan imperios y naciones que estn dispuestos a la destruccin sin miramientos de otros, esos otros debern estar preparados para la guerra . La guerra se autoalimenta y se autojustifica en un proceso circular que no se interrumpe. Una antroploga hizo una propuesta singular: transformar la guerra en un tab, exactamente como el incesto. Pero ella sabe bien que el tab precisa del transcurso de tanto tiempo y de factores tan desconocidos, que si el abuso y la desobediencia de la ley no pueden ser impedidos por ninguna ley, menos podr la guerra acabar en tab como el incesto...

Freud slo vivi la primera gran guerra, pero Einstein vivi las dos. Y hay algo a mi juicio fundamental que ni Einstein ni Freud abordan. Me refiero al hecho de que hasta la primera mundial reyes, caudillos y generales estaban presentes en el campo de batalla, expuestos a perder su vida o su integridad a pesar de las precauciones. Pero a partir de la primera gran guerra y hasta hoy, declarada una guerra, sta es librada por los capitostes desde sus despachos. Y si en las dos grandes guerras los cuerpos de ejrcito estaban tambin presentes en el teatro de operaciones, hoy ya ni siquiera eso es necesario hasta el mismsimo momento de la ocupacin. Pues hoy, incluso soldados de nfima graduacin, a mil o miles de kilmetros de distancia pueden activar armas que arrasan sin riesgo alguno para ellos, si es preciso a una nacin entera. Esta circunstancia no est presente en las reflexiones de Einstein ni de Freud. No s si porque no era ese el objeto de su anlisis pues complicara considerablemente su discurrir acerca de la naturaleza profunda de la guerra como fatalidad, o porque a pesar de su genialidad no se percataron de la enorme diferencia entre la guerra de orden cerrado y las neoguerras. Para este humilde o no humilde opinador, desde luego no. Pues la simple posibilidad que brinda la circunstancia de zafarse de todo peligro personal puede hacer de la declaracin de guerra un juguete de la voluntad de los que mandan, y de la propia guerra un acto de capricho como el de quien empieza en la pantalla un pasatiempo electrnico...

En todo caso, si Francia y dems aliados contra el nazismo, una vez terminada la segunda guerra hubieran ocupado Alemania y permanecido all cuarenta aos; distribuidos sus cnsules por todas las instituciones principales, manteniendo un reducto de carcter religioso de los vencedores que influyese de distintas maneras en la vida p blica durante medio siglo, podramos pensar seriamente que Alemania era en absoluto independiente?

Pues ste es el caso de Espaa. No los aliados, no lgicamente ya los vencedores de la guerra civil, sino sus descendientes y adictos copan virtualmente en Espaa los centros neurlgicos del verdadero poder: el compactado por el econmico, el judicial y el meditico; siendo el poder poltico el de menos fuste. De modo que ni la repblica ha sido posible plantearse cmo opcin, ni la catadura del espritu del vencedor cebndose con el vencido, ni las ideas franquistas han desaparecido por completo en Espaa. Todo lo contrario. Estn muy presentes y con gestos condescendientes hacia quienes siguen considerando enemigos. Toleraron por ejemplo la Ley de Memoria Histrica, pero enseguida la despojaron de recursos. Y adems, con el consentimiento y en ciertos casos con la connivencia poltica como la que se perfila ahora en un pacto miserable entre los dos partidos principales, de muchos cmplices procedentes de las filas de los que pasaron un da por ser sus adversarios. Y adems, con el protagonismo de cardenales y obispos de armas tomar. Y adems, con la presencia en la justicia de jueces y magistrados nostlgicos que interpretan las leyes con hermen utica similar a la de los tiempos de la dictadura. Con una Audiencia Nacional que reverdece el estilo y las pautas del Tribunal de Orden Pblico franquista y un Tribunal Supremo infectado de magistrados provectos que han heredado la tendencia autoritaria y castrense de quienes les apadrinaron. V ase s no, la ltima sentencia filtrada del Tribunal Supremo, en relacin al asunto cataln.

Tanto es as, que se est consolidando descaradamente un neo franquismo en Espaa. Un modus operandi que, m s que a una democracia normalizada de nivel, como pretenden los muidores y afines de la Transicin, y por mucho que la momia sea cambiada de lugar, acredita que el sistema organizativo espaol tiene todava el formato de un engendro poltico; un espantajo hecho con la cscara de una muy d bil democracia y la pulpa del autoritarismo propio de una dictadura decadente; dictadura reblandecida, pero avivada precisamente para condenar como sedicin lo que respondi a una reiterada peticin de refer ndum de los gobiernos sucesivos catalanes a los sucesivos gobiernos espaoles, que perfectamente hubieran podido y debido autorizar en base al artculo 149 de la Constitucin...


Jaime Richart, Antroplogo y jurista.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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