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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 22-10-2019

La postura de Marx en la revolucin europea de 1848

Karl Korsch
El Viejo Topo


Podra decirse que slo con la contrarrevolucin de Alemania viene a demostrarse la plena existencia histrica de la revolucin (*1)

 

Como en la primera guerra mundial de 1914-1918, tambin en la segunda y hasta en el presente se sigue acusando a los alemanes de no haber sido democrticos. No slo a los alemanes de Hitler, sino a todos los alemanes; y no slo ahora, sino desde antiguo; ni tampoco slo en sus manifestaciones externas, sino en su esencia misma.

Desde el punto de vista histrico, esta acusacin no contiene nada que, desde hace cien o ciento cincuenta aos, no haya sido dicho constantemente y de las formas ms diversas por todo buen europeo. Ah estn los grandes pregoneros idealistas de una educacin progresista del gnero humano y de una nueva concepcin de la historia como evolucin hacia la libertad y la belleza, la razn, la ciudadana universal y la paz perpetua. A esta primera generacin de los Lessing, Kant,

Klopstock y Schiller, que conectan con la Ilustracin inglesa y francesa, y siguen desarrollando independiente y admirablemente sus propias ideas y virtualidades, le sucede la generacin de los pensadores absorbidos directamente por el gigantesco acontecimiento de la revolucin francesa, en cuyos sistemas, segn frase de Hegel, la revolucin se decanta y expresa como en forma de idea.

Esta evolucin filosfica que en Alemania dur hasta 1840 sin solucin de continuidad, respondi de hecho, en el mbito del espritu propagado ms all de Waterloo y Versalles, a una forma de proceso histrico-universal por el que los tribunos, gobernantes y generales de la revolucin francesa, los Brissot, Danton, Robespierre y Napolen, no slo establecieron en Francia la moderna sociedad burguesa, sino que le proporcionaron a sta un entorno adecuado y puesto al da ms all de las fronteras francesas, en el continente europeo. Y ningn crtico de Occidente ni del Este debera hacerle precisamente a esta generacin de poetas y pensadores alemanes, tan profunda y palpablemente imbuidos del espritu de la revolucin francesa, el reproche de que algunas de sus mejores figuras vinieran a compartir despus su entusiasmo con el desencanto que, tras la victoria de la revolucin, se propag por todos los pases de Europa, igual, por otra parte, que en Francia misma.

La sociedad burguesa nacida de la revolucin, en su sobria realidad, vino a contradecir en gran medida tanto las elevadas ideas que de sus resultados se haban formado sus participantes y espectadores entusiastas, cuando el herosmo, el sacrificio, los horrores, la guerra civil y las matanzas populares que haba necesitado para venir al mundo. As, no es de extraar que tambin nosotros en Alemania, pas extraordinariamente afectado por la revolucin francesa, junto a la fervorosa adhesin a las ideas de 1789 y 1793 no tardsemos tampoco en percatarnos de aquel atroz retroceso que, con las etiquetas de romanticismo poltico, legitimismo, glorificacin de ideas e instituciones medievales, irracionalismo bsico, teora orgnica del estado y escuela histrica, retornaba por doquier asestando su carga negativa y crtica contra aquellas mismas ideas que, muy poco antes, haba sido acogidas con el mximo enardecimiento por algunos de los espritus rectores de este nuevo movimiento.

A la hora de enjuiciar las formulaciones que se producen en sta poca -que precisamente ahora vuelven a ser consideradas con particular predileccin como prueba de la naturaleza radicalmente antidemocrtica del espritu alemn-, no debe olvidarse que ste fue el tiempo en que Francia imper la restauracin de los Borbones, en Inglaterra persisti sin interrupciones hasta la era de la reforma de 1830-1846 una tendencia hostilmente enfrentada ya desde sus comienzos a la revolucin de 1789 y a su ideario, y, en el continente, la Santa Alianza formada por todas las potencias europeas a excepcin de Turqua y apoyada asimismo por Inglaterra, reprima violentamente cualquier expansin de las ideas y movimientos generados por la revolucin francesa.

A partir de esta base histrica es como hay que investigar la cuestin de cules fueron las fuerzas que sustentaron, de 1830 en adelante, la revolucin y el desarrollo posteri or de los principios democrticos en el continente europeo, qu dificultades especiales hubo de superar, y qu distorsiones peculiares se le impusieron al progreso democrtico en razn de esos condicionamientos. Slo as puede entenderse cmo ha podido ocurrir que hasta el cambio de siglo no se lograra en Alemania una victoria clara y total de la democracia, no ya vacilante ni revocable.

Si en Francia a la revolucin le sigui la restauracin, a los nuevos movimientos revolucionarios de 1830 y 1848 la dictadura bonapartista, y finalmente, hasta fines de siglo, a la aparente victoria de los republicanos en el affaire Dreyfuss le sucedi inmediatamente un contra-movimiento de reaccin militar, monrquica y clerical mucho ms fuerte y extenso, precursor en muchos aspectos del fascismo alemn, la dbil y en definitiva insuficiente evolucin de las fuerzas democrticas de Alemania durante ese perodo no se manifiesta ya como un fenmeno especficamente alemn, sino slo como forma particular de una evolucin europea generalizada.

Comparadas con aquellas grandes revoluciones europeas por las que la Inglaterra y Francia de los siglos XVII y XVIII experimentaron una total revulsin de estado y sociedad a base de cruentas guerras prolongadas durante dcadas, las revoluciones de los siglos XIX y XX aparecen como una forma atrofiada y desfigura de la revolucin. El mismo Karl Marx, que critic con demoledora irona el anclaje ideolgico de los revolucionarios del XIX en las gloriosas tradiciones del pasado, llegara poco ms tarde, cuando l mismo participaba en la revolucin alemana de 1848, a ser presa contigua de las mismas concepciones tradicionales. A esta nica revolucin democrtica del siglo XIX no le opuso el programa de la revolucin social o socialista, con objetivos ms lejanos que los burgueses, como hubiera cabido esperar de su independencia respecto de la diletante visin burguesa de la revolucin, mantenida por l en sus aos de docencia poltica y de la que se liber tras una evolucin crtica y dura. Por el contrario, se content con poner en todo momento delante de esta nueva revolucin burguesa el glorioso modelo de la revolucin francesa de 1789, y en particular su fase jacobina de 1793-1794, para esforzarse en imitarlo.

Como botn de muestra, citaremos aqu algunos prrafos tomados de la Neue Rheinische Zeitung del 11 de diciembre de 1848, que subrayan con particular claridad este carcter de la crtica marxiana a la revolucin de 1848. En este artculo, Marx expone primero en vivas pinceladas la magnitud histrica de las revoluciones de 1648 y 1789. Fuero stas no unas revoluciones inglesa ni francesa, sino unas revoluciones al estilo europeo. No fueron la victoria de una determinada clase de la sociedad frente al orden poltico antiguo; fueron la proclamacin del orden poltico para la nueva sociedad europea.

De todo eso, nada encontramos en la revolucin prusiana de marzoLejos de ser una revolucin europea, fue slo la atrfica repercusin de una revolucin europea en una pas que se haba quedado atrsLa revolucin prusiana de marzo no fue ni siquiera nacional, alemana; desde sus comienzos fue provincial, prusiana. Los levantamientos de Viena, Kassel, Munich y de toda suerte de provincias se apresuraron a sumrsele, convirtiendo as su rasgo en tema de controversia La burguesa prusiana no fue, como la francesa de 1789, aquella clase que representaba el conjunto de la sociedad moderna frente a los representantes de la antigua, la monarqua y la nobleza. Se reduca a una especie de estamento, un estrato an entero del antiguo estado, arrojado a la superficie del nuevo por un terremoto, gruendo contra arriba, temblando frente abajo, egosta hacia ambas partes y consciente de su egosmo, revolucionario contra los conservadores, conservador contra los revolucionarios, receloso de sus propias consignas, fraseologa en vez de ideas, zarandeado por la tormenta internacional, explotador de esta tormenta, sin iniciativa, sin fe en s mismo, sin fe en el pueblo, sin vocacin histrica universal; un maldito viejo que se vea condenado a dirigir y desviar las primeras corrientes jvenes de un pueblo robusto hacia sus propios intereses seniles; sin ojos, sin odos, sin dientes, sin nada! As fue como, tras la revolucin de marzo, la burguesa prusiana se encontr al timn del estado de Prusia.

Frente a esta crtica aniquiladora de las dbiles formas de lucha revolucionaria que entonces se estaban produciendo ante sus ojos, el contenido de las consignas con que Marx intenta incidir en ese movimiento no rebasa nunca el marco de una gran revolucin democrtica, de una revolucin como la francesa del siglo XVIII. Marx consider como tarea suya el contraponer a las acciones de aquel movimiento, temerosas de sus propios objetivos, audaces consignas de la lucha de una poca pasada, cuales eran el postulado de una nica repblica indivisa, el armamento del pueblo, la dictadura revolucionaria y el terror. Ya aqu tropez con obstculos casi insalvables. Todos los postulados mencionados provenan del arsenal de la revolucin francesa de 1789. Eran atributos de un movimiento cuyos resultados haban consistido en el establecimiento de la sociedad burguesa. Pero, precisamente por eso, y debido al progresivo aburguesamiento que entonces estaba experimentando la sociedad europea, todos estos postulados cayeron en un descrdito tal entre la gran burguesa y parte de la pequea, que ni siquiera Marx poda propagarlos ya pblicamente, o, en todo caso, de forma muy debilitada. 

As, Marx desplegar su propaganda a favor de las consignas jacobinas menos intimidantes que las arriba citadas, con la cautelosa declaracin de la Neue Rheinische Zeitung del 16 de junio de 1848: No plantemos la exigencia utpica de que se proclame una repblica alemana nica e indivisa. Elimina toda esta cuestin del mbito de la actuacin presente y la desplaza hacia el campo de desarrollo futuro, declarando que tanto la unidad alemana cuanto la constitucin alemana, slo pueden nacer como resultado de un movimiento. De la misma manera, a pesar del tono ligeramente recrudecido, las consignas ms radicales de la lucha revolucionaria por unos objetivos democrticos sern tratadas con mxima precaucin en el rgano de la Democracia (*2) dirigido por Marx. Aunque esta renuncia a una defensa abierta del programa global de la democracia revolucionaria no significara entonces para Marx sino una tctica elegida provisionalmente, la consideracin histrica descubre ya en esta tctica un fragmento de aquella contradiccin fundamental inherente toda la postura de Marx frente a la revolucin de 1848. 

Marx se niega a contraponerle a la realidad de la revolucin burguesa una utopa socialista de futuro. En cambio, intenta imponerle repetidamente a este movimiento revolucionario de su tiempo las formas de una accin pasada, extraas ya a los condicionamientos del presente. Intenta elevar la revolucin democrtica de su tiempo a un nivel ms alto, y se le escapa que ese nivel ms alto no es en realidad un nivel histrico que fue conseguido ya por el movimiento revolucionario conjunto de una poca anterior.

Donde ms aguda resulta la contraposicin entre la opinin de Marx y los datos histricos reales, por lo que se refiere a los condicionamientos de la revolucin de 1848 en que l mismo particip y vivi, es precisamente en aquellos puntos en que una consideracin ahistrica estimara ms fundamentada la crtica marxiana a los aspectos dbiles de esta revolucin, y ms rezagado su contenido real frente a los requisitos que Marx le planteaba. Se cuenta aqu, sobre todo, la poltica claramente provincialista y nacionalista compartida por los diversos dirigentes nacionales y locales, y en contraste con ella, el esplndido internacionalismo con que trat Marx en la Neue Rheinische Zeitung la conexin de la revolucin prusiana y alemana con el movimiento paneuropeo contemporneo. 

Ya a ttulo puramente cuantitativo, el rgano marxiano de la democracia alemana inform ms detalladamente que cualquier otro peridico alemn sobre las revoluciones de Francia, Austria, Polonia, Bohemia, Italia y Hungra. La Neue Rheinische Zeitung no se limit a reclamar Alemania para los alemanes. Reclam tambin Polonia para los polacos, Bohemia para los checos, Hungra para los hngaros, Italia para los italianos. El vergonzoso abandono de la revolucin polaca por parte del gobierno prusiano, las transigencias frente a la presin inglesa y rusa en la cuestin Schleswig-Holstein, el sofocamiento de la insurreccin de junio de los obreros parisinos por parte de la misma burguesa revolucionaria -acto de tan decisivas consecuencias para el destino de toda la revolucin europea-, la derrota igualmente decisiva de la revolucin austraca en Viena, las consecuencias del fracaso de las grandes manifestaciones cartistas en Inglaterra: todos estos fracasos y derrotas fueron tratados en la Neue Rheinische Zeitung como otras tantas derrotas de la revolucin alemana y de la revolucin europea general.

Al mismo tiempo, Marx puso all de manifiesto la contradiccin trgica entre los supuestos intereses nacionales checos, hngaros, austracos y prusianos, con que las diversas secciones de la revolucin europea, una y nica, actuaban como suicidas no slo contra sus intereses revolucionarios comunes, sino a la vez contra sus propios intereses nacionales. Austriacos contra bohemios, alemanes, austriacos y hngaros contra italianos; Bohemia contra Viena; y por fin, austracos, bohemios y rusas contra la Hungra considerada por toda Europa como la ltima y mxima esperanza del movimiento revolucionario. As se encaden aquella sucesin sangrienta, hasta el fin violento de esta lucha revolucionaria fraticida con la victoria generalizada de la contrarrevolucin europea. 

Pero precisamente en la profunda y detallada exposicin que todas estas circunstancias hallaron en la Neue Rheinische Zeitung, se puso a la vez de manifiesto ese rasgo excesivamente abstracto y ahistrico que tambin en este punto es incoherente a la poltica sostenida por Marx. El heroico internacionalismo con que procur superar entonces estos atrasos nacionales, hace abstraccin del hecho que este robustecimiento de la conciencia nacional y de las oposiciones nacionales, producidos en los ltimos cincuenta aos y tan nocivo para la unidad de la accin revolucionaria, fue tambin por su parte un producto de la victoria parcial precedente de los principios burgueses. No son, pues, estas oposiciones surgidas de cualquier factor (de la sangre, por ejemplo, o del suelo patrio) sino ese desarrollo histrico posterior de la sociedad burguesa misma que se encuentra a la base de tales oposiciones, lo que hizo imposible que la revolucin del siglo XIX se constituyese como una simple repeticin de la expansin internacional de acuerdo con el antiguo modelo jacobino y napolenico. 

Atenindose a lo que ocurri de hecho en el caso de la gran revolucin francesa, Marx consider tambin ahora, en unas condiciones histricas suficientemente modificadas, que el medio universal para superar todas las dificultades internas y externas de la revolucin europea habra de consistir en la realizacin de la guerra revolucionaria a que le obligaba su entorno hostil. Y as como con las tres grandes coaliciones de las potencias europeas que hicieron la guerra a la Francia revolucionaria a caballo de los siglos XVIII y XIX, la influencia rusa fue cobrando una importancia cada vez mayor, as tambin ahora, una vez que el centro revolucionario se hubo desplazado hacia el Este, el enemigo natural de la revolucin europea en su conjunto tena que ser evidentemente la Rusia zarista. 

  Durante bastantes aos ms, Marx sigui atenindose a esta determinacin del enemigo capital de la democracia europea. Incluso hizo de ello una de las pistas principales por las que habra de conducir en ese perodo posterior su poltica democrtica exterior. Cuando, con el imperio de Napolen III, el zarismo tuvo que compartir aparentemente durante cierto tiempo esa posicin privilegiada con el dictador francs, el serio y autntico enemigo externo de la democracia europea

sigui siendo, segn Marx, no la sucia figura del aventurero imperialista que conden a la repblica francesa a la misma pena capital pronunciada contra l mismo por la burguesa francesa con la represin de los obreros parisinos en junio de 1848, sino aquel poder brbaro cuya cabeza est en San Petersburgo y cuyas manos revuelven en todos los gabinetes de Europa. Segn esta concepcin, Boustrapa (*3) entraba en escena slo como aliado o agente de la gran potencia reaccionaria que actuaba entre bastidores. 

La tesis de Marx esbozada aqu sobre el significado de la guerra para la revolucin, vlido tambin en el siglo XIX, no fue en modo alguno una quimera. Las guerras con el exterior jugaron tambin en la revolucin de 1848 un papel importante. Aunque en Prusia, a diferencia de Italia, Austria y Hungra, las guerras internas y externas no estuvieron conectadas en una unidad cerrada, s ocurri, en cambio, que la interrupcin de la guerra danesa para la liberacin de Schleswig y Holstein,

mediante el armisticio de Malmoe, produjo en todas las corrientes del movimiento revolucionario de entonces un desencanto quizs mayor que cualquier otro revs en el desarrollo de la poltica interior. La gran importancia que hubiera podido tener para el desarrollo ulterior del movimiento de entonces una realizacin ininterrumpida de esta primera guerra revolucionaria, se muestra tambin indirectamente en el hecho de que esta tarea irresuelta de la revolucin alemana fue recogida en el perodo subsiguiente por la contrarrevolucin Guillermina y bismarckiana, y que esta nueva guerra con Dinamarca, junto con las otras de 1866 y 1870, provocaron en Europa una evolucin al menos en parte progresista.

Tampoco la guerra revolucionaria contra Rusia respondi en modo alguno, como fcilmente podra creerse si no se conoca con exactitud la situacin poltica y diplomtica de entonces, a una consigna importada arbitrariamente desde fuera para el desarrollo de la revolucin europea. Hoy da es sabido que, por la misma poca en que la Neue Rheinische Zeitung peda la guerra revolucionaria contra Rusia, el zar ruso habra ofrecido ya al prncipe de Prusia la ayuda de su ejrcito para la restauracin violenta del rgimen desptico en Prusia. Un ao ms tarde, los ejrcitos rusos salvaron de hecho a la reaccin austriaca, aniquilando en Hungra a los ejrcitos revolucionarios de Kossuth.

Una guerra defensiva contra esta amenaza general de la revolucin europea, guerra que podran haber hecho conjuntamente la repblica francesa, Prusia-Alemania, Cerdea-Italia, Hungra y los insurrectos polacos contra los zares rusos, habra tenido un significado positivo para el desarrollo ulterior del movimiento revolucionario de entonces, como expuso en 1938 en su instructivo libro sobre democracia y socialismo el historiador marxista, recientemente fallecido en la emigracin, Arthur Rosenberg. Habra revolucionado los sectores occidentales del pas ruso, disuelto la coherencia artificial del imperio de los Habsburgo y posibilitado un desarrollo nacional e independiente a las naciones oprimidas por l. Habra obstaculizado la dictadura bonapartista en Francia y la solucin bismarckiana del problema alemn, elaborada a expensas de Alemania para el auge de Prusia. As habra consolidado durante varias dcadas el desarrollo democrtico de la poltica interna y externa de Europa y preparado el camino para la futura unin federada de todos los estados europeos. 

Con todo, tambin en este punto vuelve a ponerse de relieve el irrealismo inherente a la postura de Marx frente a la revolucin europea de 1848. Cabe preguntarse: Para qu Marx, que haba elaborado en la dcada anterior una visin nueva, y que, pocas semanas antes de estallar la revolucin de febrero y marzo, haba construido las bases tericas del movimiento inicial del socialismo obrero, lleg a realizar luego ese gran sacrificio? Por qu renunci a toda defensa de las ideas e intereses obreros que rebasara el mbito ideolgico de la democracia, cuando quiso sustituir el programa de una revolucin social de la clase obrera, sin duda todava utpico, por otra mitologa de la revolucin, tan irrealista como el anterior?

Es cierto que ya en el Manifiesto Comunista de febrero de 1848 se prevea que en ningn pas europeo, ni siquiera Francia, donde el desarrollo estaba ms avanzado, iban a surgir los comunistas como movimiento independiente. Pero, en su praxis, Marx y Engels superaron considerablemente esta medida de asctica de clase prevista en el Manifiesto, porque dejaron por completo para el campo ideolgico la constante formacin terica de los obreros, que preconizaba el Manifiesto para que tras la cada de la clase reaccionaria de Alemania se iniciase inmediatamente la lucha contra la burguesa misma. Y esto no se debi nicamente a un fracaso de su propia organizacin. Si la Liga de los comunistas, como declar ms tarde Engels, demostr ser una palanca demasiado dbil frente al movimiento de las masa populares ahora disgregado, ese resultado no les importun demasiado, e incluso -segn demuestran las investigaciones posteriores- ellos mismos contribuyeron ocasionalmente a producirlo.

Cuando Marx, a comienzos de abril de 1849, inici al fin por primera vez una discusin sobre cuestiones obreras especficas en la Neue Rheinische Zeitung, dio como razn de su negligencia anterior respecto a tales problemas el que antes que nada se impona perseguir la lucha de clases en la historia de cada da y comprobar empricamente, sobre el material de datos frescos y cotidianos, que, con el sojuzgamiento de la clase obrera que haba hecho febrero y marzo, fueron vencidos simultneamente sus enemigos. Pero eso es precisamente lo que no hizo Marx. No utiliz el material histrico ofrecido por la lucha cotidiana de clases del perodo revolucionario para deducir la derrota de la burguesa a partir de la oposicin entre burguesa y proletariado, y a partir del sojuzgamiento de la clase obrera. En lugar de eso, se limit a demostrar que la burguesa europea fracasaba porque, debido a la desconsiderada imposicin de sus propios intereses de clase, no era capaz de producir ya un desarrollo progresivo de la sociedad entera. Pero lo que se deduca de ello en primera instancia era solamente que tales progresos polticos y sociales, en la media en que pudieran darse a partir de entonces, habran de ser producidos bajo otras formas distintas, no por la burguesa sino contra ella. Y de hecho, sta fue la funcin que desempe despus la dictadura bonapartista de Francia, as como la llamada revolucin desde arriba de Prusia.

No podemos entrar aqu en detalles sobre la postura que adoptaron Marx y Engels frente a estas formas ya modificadas de la evolucin poltica y social durante el perodo postrevolucionario. Nos limitaremos a constatar que la concepcin de que la poltica de la contrarrevolucin bonapartista y bismarckiana debe considerarse como una autntica continuacin de la evolucin revolucionaria precedente, encontr fuertes resonancias en la poca subsiguiente, no slo entre los historiadores burgueses sino incluso entre los marxistas y otros tericos socialistas, y no los peores de ellos. Ya Proudhon, en su escrito de 1852 La revolution sociale demontre par le coup dEtat, y el propio Marx en sus anlisis de la revolucin francesa y alemana redactados por las mismas fechas, promocionaron considerablemente ese tipo de concepcin; y en muchas otras ocasiones a partir de entonces se ensayaron interpretaciones similares de acciones contrarrevolucionarias y procesos revolucionarios.

Los peligros que surgen de esta ambigua concepcin de la revolucin, quedan ilustrados por la polmica que, durante los aos sesenta, se entabl entre Marx y Lassalle en torno a este punto, y que algo ms tarde llev a una ruptura total de Marx y Liebknecht con Schweitzer. El conflicto entre ambas corrientes consista en que Lassalle y Schweitzer queran deducir de las citadas posibilidades revolucionarias de la contrarrevolucin el derecho del revolucionario a colaborar incluso directamente con el poder contrarrevolucionario si el caso lo requera, mientras que, para Marx, en casos como sos el partido obrero tena que reconocer ciertamente el carcter objetivamente progresista de las concesiones hechas a los trabajadores por la reaccin en su lucha contra la burguesa, pero jams debera entregar su autonoma por pacto alguno con la reaccin. O, como lo expres Engels de forma bella y potica en su estudio de 1865 sobre La cuestin militar prusiana y la clase obrera alemana: Mit geru scal man geba infahan, ort widar orte: Lanza un ristre se recibirn los dones, borne contra borne.

En razn a esto, y sobre todo teniendo en cuenta las ltimas experiencias, consideramos que es urgente romper con esta concepcin de las relaciones entre revolucin y contrarrevolucin, tan ambigua y en definitiva tan oscurecedora de todas las diferencias, as como fijar los lmites entre ambas, apoyndonos en la misma caracterizacin que hace el Manifiesto Comunista de 1848 del socialismo reaccionario, con su afirmacin de que ha de excluirse del concepto de revolucin a quienes reprochan ms a la burguesa el hecho de engendrar un proletariado revolucionario, que el de engendrar, sin ms, un proletariado.

 

Notas:

*1 . V. Valentin, Geschichte der deutschen Revolution von 1848-49 II, Berlin 1931, 548.

*2. Subttulo de la Neue Rheinische Zeitung.

*3. Apodo inventado por Victor Hugo referido a Napolen III.

Publicado en Die Schule. Montastsschrift fr geistige Ordning, 3/5 105-174, 1948.

Fuente: https://www.elviejotopo.com/topoexpress/la-postura-de-marx-en-la-revolucion-europea-de-1848/

 

 



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