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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 23-10-2019

Sobre esa otra forma de violencia

Antonio Lorca Siero
Rebelin


La mayora de los pensantes se quedan con la idea de que la violencia se reconduce, en su plano espectacular, al irracional comportamiento de ciertas personas o grupos que tratan de imponer sus ideas si es que las tienen o sus intereses, haciendo ostentacin de la fuerza bruta para intimidar a sus vctimas. Sin embargo el asunto de la violencia no solo se manifiesta dando muestras de salvajismo porque, aunque contina latente y sale a la superficie aprovechando cualquier ocasin que lo propicie, al comps del avance de la civilizacin la fuerza ha tomado otros caminos no tan espectaculares, pero no menos efectivos. Sus resultados, dirigidos a intimidar tambin, prescinden en gran medida del aspecto fsico e inciden en el psicolgico y, aunque no llamativo, acaba por surtir los mismos efectos en quienes la sufren. Este es el caso de la violencia econmica que al ms alto nivel se ejerce sobre las personas de forma discreta y con caractersticas de racionalidad, pero sus efectos negativos se aprecian en el plano de la existencia, condicionando la manera de vivir de las masas. Tal vez, no se repara demasiado en ella porque su envoltorio no se ajusta a lo convencional, ya que se despliega suavemente, casi pasa desapercibida, no da muestras de fuerza explcita e invoca cierto sentido lgico en su aplicacin.

Desde que la sociedad de consumo hizo depender las economas estatales de la actitud desprendida de las masas, en cuanto estas recuperan la razn y en trminos generales aflojan el consumo se dice que ronda la crisis. Se trata de una estrategia de los dirigentes del sistema dirigida a alentar comportamientos anmicos para crear conciencia de culpa entre los consumidores, obligando a concienciarse de que es malo bajar el ritmo de gasto, ya que se pone en riesgo al mercado. En realidad la crisis no es algo puntual, tiene sus altibajos, pero siempre est latente como fenmeno endmico asociado a la propia economa, solamente llama la atencin si el mercado se enfra ms de lo debido y saltan las alarmas. Por eso, cuando se habla de bonanza en los titulares de la comunicacin debiera entenderse como una estrategia dirigida a animar a las masas para que continen con el consumismo desenfrenado y las empresas puedan cumplir con su funcin de crear capital a cuenta de su irresponsabilidad. Pero tal conducta, que a veces puede confundirse con la ingenuidad, obligadamente tiene que ser limitada, aun a costa de la buena marcha de la economa, basta con acudir al sentido comn. Hacer uso del consumo con sentido del bienestar es en buena parte medianamente razonable porque responde a la caractersticas de la naturaleza humana, pero hacerlo para satisfacer a la publicidad empresarial acaba por tener consecuencias indeseadas para los afectados. El problema est en que, como el espritu depredador del capitalismo no tiene lmites, los gestores del sistema se alarman, sueltan el mensaje de la crisis y amenazan con que, si no se vuelve al consumo desbocado, esto se hunde.

Es el caso de las polticas econmicas de los organismos internacionales competentes que, siguiendo fielmente los preceptos de la ideologa capitalista y cumpliendo las recomendaciones del empresariado, a tenor de las circunstancias del momento, instrumentan medidas para reactivar o enfriar las economas mundiales o en especial de algn pas. Directa o indirectamente las personas pasan a ser el centro de atencin preferente y el consumo el instrumento frecuentemente elegido. Pese a los tecnicismos que envuelven las medidas, su propsito est claro, se trata de coaccionar a las masas de consumistas y no consumistas para que se desprendan de su dinero y se lo entreguen a las empresas, a fin de que estas puedan cumplir con los principios del capitalismo y sus gestores sean debidamente retribuidos. Para llevarlas a trmino, lo que resulta ser un proceso de expropiacin de hecho, la frmula utilizada casi siempre no es otra que promover el consumo. En el mtodo empleado, fsicamente no se aprecia violencia, incluso podra decirse que es una expresin de libertad, si se contempla desde la panormica del mercado. Cada uno puede adquirir lo que quiera o, al menos, lo que su economa le permita. No hay imposicin que mueva a comprar, porque la publicidad solo invita a buscar el medio de persuadir al consumidor para que compre, tampoco se le obliga a consumir ms all de sus posibilidades, pero mentalmente el consumo acaba siendo una obligacin.

Hay otra parte de esas polticas econmicas dirigidas a incentivar desesperadamente el consumo para sostener el sistema, enriquecer a las empresas y empobrecer a las masas. La principal es minorar el valor al dinero, para que sus tenedores se desprendan de l movidos por la devaluacin. Lo habitual es fomentar el consumo para que, aumentando la demanda, la propia oferta cree inflacin y el dinero se esfume con ms facilidad. Cuando han fracasado las polticas inflacionistas hay que echar mano de otras estrategias, en las que figuran como instrumento clave la actividad de las entidades bancarias. Por ejemplo, lo que ahora est de moda, se trata de bajar los tipos de inters para que carezca de sentido el ahorro y salga al ruedo. Si el inters que abonan los bancos por el ahorro no permite compensar su depreciacin natural se impone la tesis elemental de gastar para, al menos, notar la sensacin individualizada de dar el gasto por bien empleado invirtindolo en cuotas de bienestar consumista. El siguiente paso de las polticas de alto nivel es forzar a los bancos a dar dinero barato para animar el crdito y endeudar a los consumidores, de manera que gasten ms de lo que ingresan y pasen a ser fieles pagadores de la banca. Entregados a la espiral consumo-crdito, ya se ha visto que el problema del cuento viene cuando el cntaro se rompe y los pagadores ya no pueden pagar.

Resulta insuficiente apropiarse del dinero de las masas desde la permanente apologa del consumismo, seguida de rebajar el valor al dinero y finalmente entregarlas al crdito, ahora se dan nuevos pasos para gravar la simple tenencia del dinero residual. Aunque los impuestos siempre han estado ah, los animadores de la economa artificial a gran escala han pensado en apretar un poco ms las clavijas. Los gobiernos nacionales, mirando por sus propios intereses y complacientes con el rbitro del orden mundial, imponen que hay que gastar por decreto, y contra ms mejor, porque en caso contrario se dice que las economas se resienten. Ciertamente lo que en realidad acusa la flojera consumista directamente son las cuentas empresariales, con la repercusin que ello tiene en la marcha de las haciendas estatales. Para ello, y volviendo al ejemplo de los bancos que son claves en sus economas, se han inventado y consolidado los llamados gastos de administracin y mantenimiento de las cuentas, entre otras rentables pequeeces, porque el negocio tradicional sabe a poco, dado que los intereses que se mueven en eso de prestar dinero alegremente ya no bastan y, a veces, hasta sirve de escarmiento. Si adems se grava con intereses negativos la tenencia de dinero y en especial el ahorro, el crculo se cierra por el momento. Ni como previsin tiene sentido conservar el dinero, porque resulta ser una carga demasiado pesada. La reflexin comn es que, si se cobra por guardar el dinero, es preferible gastarlo antes de acabar perdindolo. Este sentimiento de frustracin que se va transmitiendo a los usuarios, inicialmente con tmidos tanteos, para convertirlo en prctica generalizada a la mayor brevedad, es el ltimo acto, hasta el momento, para contribuir a desmontar el ahorro de las masas y entregarlo al mercado, a fin de que lo devoren las empresas. Se obliga a las masas a consumir para que el capitalismo se mantenga en vigor como doctrina y una minora disfrute de privilegios.

No es esto violencia? Tiene todo el aspecto de ser esa otra forma de violencia actualizada. Lo que sucede es que, en principio, hay una variante, esta   ltima hace uso de la fuerza del dinero en lugar del palo. Va por ah desposeyendo a las personas de lo que da cierto valor material y real a la vida, en el que ocupa un lugar destacado el dinero. Es sutil en sus prcticas, la violencia econmica juega con ventaja para que no se detecte tan a las claras, se muestra suave, engaa y engaa hasta que deja vaca la bolsa de sus vctimas. Por lo que puede verse, la violencia se resiste a desaparecer, muta para adaptarse a los tiempos, pero sigue siendo el arma de las elites para explotar a las masas.


Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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