Portada :: Bolivia
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 28-10-2019

La solucin por el desastre

Rafael Bautista S.
Rebelin


La solucin por el desastre nunca ha sido solucin para nadie. Ni siquiera para quienes la promueven (que nunca estn slo de un lado). ste es el radicalismo funcional a intereses que slo se manifiestan cuando el desastre se consuma y delata una lgica no calculada por los tontos tiles: no nos interesa el desastre sino cuntas ganancias nos genera el desastre.

La promocin de un contexto infernal en un pas polarizado, se inici con el incendio de la Chiquitana. Aquello, que debi servir como alerta simblica en lenguaje telrico fue infelizmente instrumentalizado por el clculo poltico ms siniestro.

La lluvia no apareci por casualidad sino para ensear algo que no se supo aprender (ni en el gobierno ni en la oposicin): el conflicto no se iba a superar atizndolo ms sino purificando la beligerancia. Ceder es entender. El beligerante cree que slo l tiene la razn. Pero todo conflicto es entre dos y ninguno es inocente del todo. Slo cuando se acepta la responsabilidad mutua, la poltica se hace efectiva; lo contrario nos lleva a la guerra, donde cada uno pelea por imponer su propia versin: el triunfo lo decide la fuerza, no la razn.

En ese sentido, la contienda electoral ya contaminada por el odio fermentado se fue haciendo literal. No slo la oposicin us los cabildos premeditadamente para inflamar el contexto post-electoral sino tambin el gobierno, en su autismo habitual, no supo revertir una situacin que se perfilaba como un tpico callejn sin salida. Las encuestas previas no slo confirmaban el desgaste de la candidatura oficialista sino la apuesta que la oposicin barajara como el argumento perfecto: segunda vuelta o fraude. La actual consigna de defensa del voto, no fue un producto espontneo sino un recurso discursivo idneo para manipular el espritu democrtico raptado ya por la derecha.

Hagamos un poco de historia. Desde que aparece el sistema democrtico como fetiche institucionalista, el voto se ha constituido en la nica mercanca admitida por la cosmogona imperial. Ni el proceso de cambio pudo superar este diseo poltico (que lo produce la Comisin Trilateral en 1970), porque cuando se confunde liberacin e inclusin, se acaba subsumiendo las expectativas de transformacin en la subordinada adecuacin al orden imperante. Pero esto no cualifica lo democrtico de una real democratizacin de una sociedad, sino ms bien funcionaliza todo proceso de democratizacin a las necesidades institucionalistas de la reposicin de un orden diseado precisamente para hacer imposible una democratizacin plena.

Porque si de demos hablamos, la concepcin aristocrtica (que hoy la representa la mitologa gringa de la democracia), entiende por ese concepto la representatividad que pelean nicamente los grupos con poder de negociacin. Se disea un concepto de democracia como sistema institucional, es decir, como mecanismo ideal de funcionamiento perfecto; por eso quienes se creen esto (y se promueven como analistas) acaban en la religiosidad institucionalista de preservacin del orden establecido. La democracia acaba siendo la instauracin de un orden que puede prescindir de sujetos. Consagran la inercia institucional por sobre las decisiones humanas, por eso imaginan un orden divino que les hace actuar como perfectos inquisidores cuando ese orden se encuentra amenazado. La democracia se vuelve un fetiche que, inevitablemente, exige sacrificios humanos (ese es el neoliberalismo, que promueve una demonizacin del Estado para impedir cualquier tipo de intervencin al orden divino llamado mercado).

Pero una democracia sin sujetos no tiene sentido, porque ello significa privilegiar al kratos a costa del demos, o sea, el poder a costa del pueblo. Por eso entienden al demos slo como grupos con poder de negociacin, es decir, el demos se convierte en grupos corporativos que buscan su empoderamiento; en esa operacin aparece la posibilidad del prebendalismo como cultura poltica; por eso tambin acaban los politlogos slo como administradores de gobernabilidad y hacen de la ciencia poltica una mera gestin pblica. Ya no piensan al sujeto, es decir, al mbito esencial de toda poltica y toda democracia: el pueblo. Reducen al pueblo al voto. Las consecuencias prcticas son la consagracin de un acto, cada cinco aos que, como un acto religioso, se convierte en una pascua democrtica donde toda la sociedad se inclina ante el becerro de oro del plebiscito.

Pero el voto se puede manipular y hasta comprar (y hasta desconocerlo) y ello comprueba el fetichismo, en cuanto encubrimiento sistemtico de lo esencial de la democracia, reducida a mero sistema democrtico. Pues bien, cuando se cae en esta cosmogona, incluso con retricas pretensiones de liberacin, no se democratiza nada sino simplemente se restaura las condiciones favorables para hacer expedita la inercia del sistema institucional, es decir, del orden instituido. Eso que se tena que cambiar acaba domesticando a los revolucionarios y a la revolucin. El pueblo slo sirve para sacarlo como rebao cada cinco aos para avalar lo ya decidido en la negociacin previa con los grupos de poder.

Entonces la poltica se define por los grupos de poder a los cuales admito y esto tambin define las apuestas que uno se propone. De ese modo, el pueblo desaparece de un proyecto hasta revolucionario y el mismo proyecto se reduce a una mera mantencin del poder como nico horizonte poltico. La corrupcin no empieza robando dinero pblico sino desconociendo a la soberana real del poder o sea el pueblo y poner al poder delegado como nico poder.

Eso ha pasado con el gobierno del cambio. Incluirse al orden imperante y su sistema institucional le lleva tambin a apostar por los mitos que sostienen al propio capitalismo: el desarrollo y el progreso infinito. Por eso tambin restituye las condiciones para impulsar slo y exclusivamente una economa del crecimiento (que es lo que precisamente entra en contradiccin exponencial con las condiciones finitas de la naturaleza). Y eso significa la modernizacin acelerada como proyecto de vida; en ese sentido, el horizonte indgena alternativo, como el vivir bien, ya no tiene sentido y, de ese modo, la propia izquierda derechiza sus propias opciones, porque empieza a restaurar las condiciones que hacen posible nicamente el desarrollismo que precisa una economa que se propone emular la riqueza del primer mundo (y de ese modo restaura tambin las condiciones que promueven la desigualdad necesaria para el desarrollo como programa de vida).

Por eso las banderas de lucha ahora se trasfieren como significantes vacos al mejor postor que, adems, le puede ya poner cualquier contenido, hasta el opuesto. El pueblo se queda sin el aura de liberacin y todo por lo que haba luchado ahora ya no le pertenece sino que se le es sustrado como una bandera que todos se reparten promiscuamente (hasta la derecha ms perversa).

Por eso el voto puede hacerse un recipiente idneo donde se vaca el desencanto, pero ya mezclado con el odio y el racismo de un discurso seorialista que puede ahora cosechar para su beneficio el abandono que hace el propio gobierno de las banderas populares. Es por la transferencia de legitimidad, que la produce el gobierno del cambio, que la oposicin de derecha se unge de espritu democrtico. Es decir, el famoso empate catastrfico del vicepresidente no es un dato objetivo sino algo producido por la propia perdida de sentido de referencia utpica del proyecto poltico gubernamental.

De ese modo, el voto anti-Evo y anti-MAS es la decantacin del racismo seorialista que, por legitimacin transferida, puede ahora convocar a todos los desencantados a su favor y funcionalizarlos para justificar una total derechizacin de la democracia. Ah aparece Carlos Mesa para repetir la historia y, justo, en octubre.

En octubre de 2003, el pueblo, en estado de rebelin, pudiendo deponer el orden colonial instituido, delega esa responsabilidad a quien precisamente se encarg de restituir ese mismo orden. Mesa era el candidato de la embajada gringa para reponer el sistema democrtico (su viraje apartarse de Goni se entiende por ese aval). Es ms, se puede decir que, gracias a Mesa, es que hay un Evo.

Si slo cumpla con limpiar la corrupcin en el Estado, se legitimaba hasta la cultura poltica liberal (que tanto elogia su idiosincrasia colonial) y nadie hubiese pensado en refundar el Estado. Hoy vuelve para acabar una tarea inconclusa: terminar con la soberana nacional. Esa es la solucin por el desastre. As empieza una revolucin de colores y todo indica que la regin misma est ya en condiciones de reeditar la famosa primavera rabe y producir una Siria extendida en todo el arco sudamericano.

Jugar con fuego es fcil y eso se demostr en la Chiquitana; como no aprendimos, ahora se sigue jugando con fuego, pero ya no en el campo sino en las ciudades. La oposicin reclama haber sido ignorada en el referndum del 21-F, pero ahora ella misma ignora a la otra parte del pas. Parece un conflicto de pareja, donde ambos quieren ser escuchados pero ninguno quiere escuchar. Ninguno puede negar al otro polo. La descalificacin no es algo que produzca una superacin del conflicto, sino exacerbarlo; por ms que se diga que el voto es slo contra el Evo, lo que l representa es una parte innegable de lo nacional histricamente excluido y, aunque estuviesen ciegos lo cual tambin es imputable a la oposicin, no se puede desconocerlos. Eliminar al otro es el costo ms caro que lo pagan todas las generaciones.

La solucin por el desastre es idnea para una geopoltica que promueve un infierno encubierto como recuperacin democrtica. La triangulacin no es casual. Bajo el paraguas de insurreccin popular en Ecuador y Chile, en Bolivia se identifica de modo mecnico las protestas con un levantamiento popular, sirviendo de justificativo para que hasta la OEA ya rumoree con aplicar la Carta Democrtica en nuestro pas. La identificacin entonces debiera hacerse con Venezuela. Y si Mesa se autoproclama al estilo whitedog-Guaid entonces el cuadro se completa: las protestas buscan provocar al gobierno para usar sus aparatos coercitivos y tener muertos para aplicar la carta decisiva de una revolucin de colores: el golpe democrtico.

Desde el golpe en Honduras, pasando por la destitucin de Lugo en Paraguay y Dilma en Brasil, ya se sabe cmo derrocar un gobierno democrticamente. Y decimos implosionar porque una revolucin de colores precisa que el propio gobierno genere la transferencia de legitimidad para que la oposicin sea la depositaria nica de lo democrtico; es decir, es el propio gobierno el que da los mejores argumentos para vaciar al propio pueblo del espritu del cambio y trasladar ste a los contingentes de reserva sobre todo clasemediero que activa el discurso seorialista.

Ya circulan testimonios al interior del propio gobierno donde se advierte un proceso de derechizacin que atraviesa mbitos de decisin que trabajan en contra del proceso de cambio; lo cual no es raro, cuando los ltimos acuerdos, que se promocionan desde adentro, ya no tiene como interlocutores a sectores populares sino a grupos de poder, como es la agroindustria de Santa Cruz.

En Bolivia se habra dado algo indito a nivel mundial: los lobbies cabildean e influyen con operatividad popular. Los agroindustriales del oriente, ligados a la mayor agrupacin patronal como es la CAO (Cmara Agropecuaria del Oriente), se acercan al presidente mediante dirigentes campesinos (los cuales son promovidos en la propia CAO, a la cual tambin coquetean actores del gobierno, como el vice y algunos ministros). Esto ya supone un pacto que manifiesta una contradiccin en los procesos pretendidamente revolucionarios: el aburguesamiento del campesino sucede porque la izquierda gubernamental, crdula de los mitos que promueve el capitalismo, promueve un ascenso social de los pobres, que acaba constituyndolos en capitalistas potenciales.

De ese modo todos acaban luchando por sus propios intereses particulares y ya nadie se acuerda del bien comn. Esta derechizacin en la propia base social del gobierno hace que el pueblo desaparezca como actor de liberacin y se constituya en competidor del poder espurio. Ya no se hace sujeto, es decir, ya no aparece como la encarnacin de la nueva forma de vida que era precisamente el modo potencial de su entrada en la historia.

La Chiquitana era una llamada de atencin de la propia PachaMama. Y no slo al gobierno sino al modelo productivo que encarna la agroindustria crucea; el famoso modelo camba que ostenta la locomotora del pas en la mayor feria de negocios de Bolivia: la Fexpocruz. Toda la vida social y hasta cultural de Santa Cruz gira alrededor de esta feria (por eso todo es farndula, o sea, exitismo, en la vida crucea citadina que, a la hora de rasgarse las vestiduras por la quema de la Chiquitana, nunca cuestiona el origen de esa riqueza que tanto festeja su sociedad).

El incendio de la Chiquitana fue funcionalizado hbilmente para activar el sentimiento anti-colla, o sea, anti-indio, mas nunca para poner en tela de juicio ese propio modelo productivo basado tambin en el ms crudo extractivismo. Ahora esa tierra, despus de la quema, est lista para la introduccin del monocultivo extensivo de soya, sorgo, maz (adems transgnicos) para alimentar la produccin de etanol; pero la confluencia de intereses de los grupos de poder de Santa Cruz trasladan la culpa del incendio a los colonizadores del altiplano para, de ese modo, dejar intactos sus intereses y poder, por mediacin del cabildo, lavar su responsabilidad (pues son las familias cruceas ms adineradas, entre ellos los Kuljis y los Monasterios dueos de Red UNO y UNITEL, los que poseen millones de hectreas disponibles para el etanol en las tierras quemadas).

El cabildo de Santa Cruz, de ese modo, ya sealaba una direccionalidad que la siguieron los cabildos de La Paz, Cochabamba y Potos, pues no se trataban slo de protesta social sino de una curiosa amalgama de agendas claramente antigubernamentales que, desde el reclamo de federalismo hasta la llamada al paro indefinido, reponan el nico programa de gobierno que la derecha toda pudo articular: sacar a Evo, sea como sea (activando el racismo anti-indio, como qued demostrado en las movilizacin actuales de la oposicin).

En ese contexto, los estrategas y los operadores polticos del gobierno, acostumbrados al ninguneo, no han sabido restituir ningn tipo de confianza, sobre todo en un rgano Electoral plagado de desaciertos en su proceder. Desgraciadamente, esta autosuficiencia e infalibilidad, que la ostenta siempre el vicepresidente, ha sido la peor muestra de indiferencia ante lo que iba a suceder post-elecciones. El callejn sin salida en el que se encuentra metido el gobierno y al cual ha arrastrado al propio pueblo, requiere decisiones inmediatas que, ante el mundo, demuestren un autntico afn de ya no transferir argumentos que los funcionaliza la derecha para favorecer un conflicto mayor con una probable cara de guerra civil.

Lo primero debiera consistir en la renuncia magnnima a un triunfo demasiado cuestionable y aceptar una segunda vuelta (incluso si se hubiese consolidado el margen del 10%). Es hora de ceder, porque ceder es entender, pasar del mero sentimiento a la razn. No se est en las mejores condiciones de imponer un triunfo que ser resistido hasta de modo insensato; adems ya no se puede seguir brindando argumentos a la derecha para que aglutine ms sectores en un sentimiento anti-MAS, que se est traduciendo en un racismo anti-indio, reavivando el seorialismo citadino que en estos trece aos no se ha sabido entender y menos superar.

A las bases del MAS (que no confundamos con el gobierno) tenemos que sealarles: si se puede traducir derrotas en triunfos, sta es la mejor oportunidad para si se quiere asegurar el triunfo en una segunda vuelta condicionar el voto mediante un reencauce del proceso de cambio. Nadie desconoce en el MAS, sobre todo en las bases que son los que en definitiva dan la cara y dan el pecho en las calles, que el gobierno se ha llenado de advenedizos que han desvirtuado las banderas del proceso y estn poniendo en riesgo la propia viabilidad democrtica.

El llamado circulo blancoide o qara, desde el gasolinazo y el TIPNIS, ha venido desgastando la figura de su lder hasta inmolarlo intilmente el 21-F. Ahora puede que se les ocurra exponerlo a la defenestracin y, con ello, se estara arriesgando la propia estabilidad que era la envidia de los pases vecinos. Si el presidente Evo diera muestras reales de un necesario viraje en los asuntos trascendentales que ya han desgastado demasiado su propia imagen, podra asegurar, para desconcierto de la misma oposicin, un nuevo mandato y culminarlo por la puerta grande (si eso haca antes del referndum, como ya sugerimos, hubiese ganado holgadamente).

Lo otro significa allanar el ascenso de la derecha, para que en menos de seis meses, destruya toda nuestra economa como hizo Macri en la Argentina. Pero el pueblo boliviano no es el argentino y aqu un gobierno neoliberal no pasara de medio ao; las conquistas populares y los logros avanzados son ya sentido comn y el pueblo no va a renunciar a ninguno de estos. Los irresponsables escribanos radicales de izquierda no se dan cuenta de que, por ensaarse contra el Evo y apostar por Mesa, porque sera fcil de sacarlo, significa la guerra civil (jugar con la vida de otros es fcil).

Es curioso que hoy, desde sectores medios, sobre todo intelectuales transgnicos (porque antes la universidad produca intelectuales orgnicos y ahora, bajo la bandera de la autonoma, hasta sostiene rectores con intiles afanes presidencialistas) que postulan a Mesa, aparecen los mismos que promovieron, directa o indirectamente, a la figura romntica del acadmico-guerrillero como el complemento del primer presidente indio; porque herederos del usufructo seorial hasta del poder de enunciacin discursiva, nunca supieron cuestionar su autopercepcin seorialista que los constituye en elite aparente.

Ahora, en vez de hacerse la autocrtica, optan simplemente por cambiar de delfn. Critican al caudillo pero apuestan por otro caudillo, ahora ilustrado. Mientras descargan su propia responsabilidad en la inculpacin sauda al matemtico y no le perdonan nada, no dicen nada del improvisado historiador que tampoco ostenta ttulo acadmico y cuyo mar de conocimientos nunca ha pasado de los 10 cm. de profundidad (slo a un intil se le ocurrira pedir un voto til). Su vergonzosa presidencia fallida es la muestra fehaciente de aquello; la cual ya decanta de modo anticipado un desenlace trgico de lo que sera su gestin, donde no vaya a sermonearnos, cada da, entre renuncia y renuncia, desde su balcn, como Evita, entonando su dont cry for me Bolivia.

Acaba de meter la pata (y descubrir su subordinacin a un libreto ya conocido) el mximo dirigente del Comit Cvico de Santa Cruz, Luis Fernando Camacho, para beneficio del gobierno, reafirmando la constante de la imbecilidad de la derecha boliviana: acaba de proclamar, ante cmaras y ante su pblico, que Mesa se podra autoproclamar como presidente en Santa Cruz (tambin a Goni, despus de los 80 muertos en El Alto, el actual gobernador de Santa Cruz, Rubn Costas, le invit a gobernar desde Santa Cruz, en octubre de 2003), al ms puro estilo gringo en Venezuela. No vaya a ser que tambin proclame el cvico cruceo que whitedog-Guaid sea el representante boliviano ante el Imperio en decadencia vertical y que Corina Machado sea la primera dama boliviana.

Rafael Bautista S. autor de: El tablero del siglo XXI. Geopoltica des-colonial de un orden global post-occidental, yo soy si T eres ediciones. Dirige el taller de la descolonizacin.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter