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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 04-11-2019

El baile de lxs que sobran: Hiptesis y preguntas desde la rebelin popular

Hernn Ouvia y Henry Renna
Rebelin


Se cumple ms de una semana de revuelta popular en Chile, desde que el viernes 18 de octubre miles de estudiantes de toda la capital realizaron una jornada masiva de evasin en el Metro de Santiago, ante una nueva intentona de los gobiernos neoliberales por despojar y privatizar lo comn, en esta ocasin expresada en una nueva alza de pasajes impuesto por el gobierno de Sebastin Piera.

Ocho das de insubordinacin colectiva que, de forma aparente, comenz como un repudio activo contra el aumento de 30 pesos en el costo de este medio de transporte pblico[1], pero que, de manera ms profunda, representa el desacato contra treinta aos de neoliberalismo recargado. Asistimos a una oleada de desobediencia contra el exitoso modelo chileno, ayer denominado por gobiernos de la Concertacin como el jaguar latinoamericano y hoy por el gobierno de Piera como el oasis de Amrica latina[2].

La reaccin a este cuestionamiento no fue de escucha ni dilogo; por el contrario: declaracin de estado de emergencia, militares en las calles, toque de queda, restriccin de libertades, tres mil detenidos, casi mil heridos y lesionados, varios de ellos de extrema gravedad producto de disparos con armas de fuego[3], muchos a quema ropa, 19 muertos, decenas de acusaciones de violaciones a los derechos humanos por apremios ilegtimos, secuestros en la va pblica, vejmenes en procedimientos policiales, violaciones y sesiones de torturas en estaciones de Metro y cuarteles policiales.

Se torna urgente, por tanto, analizar lo ocurrido ms all de las lecturas superficiales que circulan en los medios hegemnicos. En tal sentido, lo que siguen son algunas hiptesis y un cmulo de interrogantes, escritos al fragor de este proceso de insubordinacin que emerge como punto de quiebre y momento constitutivo en la historia reciente de Chile e incluso de Amrica Latina.

 

1. Una revuelta espontnea gestada por la juventud popular, que devino -por multiplicacin e irradiacin- en el baile de lxs que sobran.

Nuevamente, al igual que en el 2006 y 2011, la revuelta en sus comienzos fue dinamizada por el movimiento de estudiantes secundarios, pero con una distincin. Ms all de la categora estudiantil, lo que marc el origen de la revuelta y su devenir, fue el rol de una o en realidad de unas juventudes, de carcter popular, que involucra y a la vez excede a las y los estudiantes, como sujeto polimorfo y ms amplio que el de los ciclos precedentes. ste, sin ms coordinacin que cadenas de wasap, convocatorias en liceos y escuelas de boca en boca y un uso contra hegemnico de las redes sociales, convoc a la realizacin de una original modalidad de lucha (la evasin masiva), a travs de una consigna de protesta y agitacin transversal: Evadir, no pagar, otra forma de luchar!.

Interesa resaltar este carcter diverso del sujeto poltico popular juvenil que dinamiza los orgenes de la revuelta, precisamente porque la reproduccin radical del estallido en los das siguientes se explica, en parte, por dicha transversalidad al sentir del pueblo. Su llamado por cual no esper abarcar primero todo el sector educativo (cual mancha de aceite) y luego al campo social, sino irradi e interpel con una velocidad inusitada al grueso de las clases populares (tipo archipilago). As es como sin nimo alguno de centralizacin, dirigismo ni lgicas vanguardistas, las diferentes estaciones de Metro (una extensa red por donde circulan casi 3 millones de personas a diario) oficiaron de manera entrelazada de puntos de condensacin de la protesta, dando rienda suelta a la experimentacin poltica y la creatividad desde abajo en cada una de estos nodos.

La evasin masiva, combinada con la brutal represin sufrida por las y los jvenes el da viernes 18 de octubre en estos diferentes puntos de la ciudad, abon a una conexin casi inmediata con la interseccionalidad material de buena parte de las formas de explotacin, endeudamiento, precariedad y enajenacin que sufren las clases subalternas en territorio chileno, oficiando de prctica antagonista con capacidad articuladora de las luchas en y por lo comn. Este sistema de dominacin mltiple que disgrega y fractura sujetos/as y luchas ante el grito de protesta se visualiz, al fin, en el imaginario colectivo, como uno slo.

Por ello, si bien puede ser definida como una revuelta de carcter espontneo, es preciso leerla en tanto conjuncin de proceso y acontecimiento, es decir, de tramas subterrneas y apuestas cotidianas que fueron horadando cada vez ms la hegemona neoliberal vigente en Chile, hasta decantar en un estallido tan masivo como inesperado que revent la burbuja del mito de una sociedad falsamente inclusiva y democrtica.

Esta irrupcin tuvo como antesala, y al mismo tiempo emparent diversas resistencias: lucha de las mujeres contra el sistema patriarcal y en defensa de la soberana sobre los cuerpos/territorios, que se expres meses anteriores en ocupaciones de universidades para hacer visible la violencia y la precariedad de la vida que afecta de manera ms aguda a las mujeres y disidencias; las resistencias contra el extractivismo, la privatizacin de los bienes comunes, la contaminacin socio-ambiental y la acumulacin por despojo en campos y ciudades; la histrica lucha de la nacin-pueblo mapuche por territorio, autodeterminacin y fin a la militarizacin del Wellmapu, las iniciativas y propuestas de vida digna basadas en la recuperacin de derechos sociales como NO+AFP, la lucha social mediante acciones callejeras, tomas de liceos y novedosos repertorios de accin colectiva en contra de la mercantilizacin de la educacin que no cesa, y las variadas expresiones de poder popular, prefiguracin y autogobierno desarrollada por el movimientos de pobladores/as que desde rincones de las periferias rebeldes de la ciudad neoliberal cultiva una vida otra.

En conjunto, todas estas luchas abonaron -de forma subterrnea y ms all de sus posibles matices- a la erosin del sentido comn neoliberal que tuvo como contracara una prdida del miedo, y que troc en estado de nimo disconforme e insumiso a nivel societal. De igual manera, el Fin del lucro! que ya haba sido escuchado como principal grito de protesta y exigencia popular en 2011, se actualiz esta semana a partir de un clima de hartazgo generalizado que equivali a un estruendoso Ya Basta! similar al lanzado por el zapatismo dcadas atrs desde la Selva Lacandona.

As, la revuelta habilit un secreto compromiso de encuentro entre estas apuestas colectivas de lucha precedentes y una espontaneidad de masas que irrumpi en las calles operando por multiplicacin y a travs de irradiacin, consiguiendo conectar el memorial de agravios histricos con el descontento actual cada vez mayor con respecto al orden neoliberal; logr unir a todos y todas en el baile de los que sobran dira la mtica cancin de la banda musical Los Prisioneros[4].

Lo que se vivencia en las calles en estos momentos, no es entonces un movimiento social, sino una sociedad en movimiento, hastiada de precariedad, endeudamiento y mercantilizacin de la vida, de autoritarismo y desigualdad tanto en un plano socio-econmico como poltico-institucional.

2. Un estado de emergencia decretado por el mal gobierno y un emerger de los pueblos ms all del Estado.

Luego de una larga jornada de evasiones masivas, movilizaciones multitudinarias, barricadas, incendios y cacerolazos en numerosos puntos de la Regin Metropolitana, esa misma noche del viernes 18 de octubre el presidente Sebastin Piera anunci pblicamente ante los medios de prensa la declaracin del estado de emergencia.

El da sbado las calles amanecieron con cientos de militares distribuidos en puntos estratgicos de la ciudad y pertrechados para la guerra. La imagen nos retrotrajo a los peores momentos de la dictadura pinochetista, y puso en evidencia los vasos comunicantes entre aquel terrorismo de Estado ejercido de manera prolongada durante 15 aos, y el actual estado de miedo y sometimientos de nuestros cuerpos -a veces menos visible y hoy abierto- que se reinstala a punta de fusil en pleno siglo XXI.

Pero este intento de atemorizar a quienes el da anterior haban salido a las calles al baile de lxs sobran disfrutando del ritmo de la protesta radical, al son de una solidaridad masiva con la intrpida juventud protagonista de las evasiones, lejos de cerrar la fiesta, gener un mayor nivel de bronca y desacato que se irradi a otras latitudes y territorios de Chile.

Al estado de emergencia impuesto por el Estado, el pueblo, los pueblos, respondieron con un emerger ms all del Estado. Un insurgir colectivo, una potencia plebeya que con extrema osada hizo de la conquista de las calles un laboratorio de experimentacin poltica, que fue lentamente prefigurando modos de vidas propios (en sus tiempos, territorialidades y sentidos), reapropindose de lo pblico (en sus usos sociales ms all del Estado y del Mercado) y reconstruyendo lo comn (desde abajo) a partir de diversas y complementarias modalidades de desborde y ruptura del orden neoliberal.

Desde esta perspectiva, entendemos que el ataque a ciertos edificios y bienes pblicos, contrario a lo que se escucha, no es un ataque a lo pblico como aquella vincularidad que nos constituye en tanto pueblos en coexistencia. Ms bien, es un ataque contra determinados smbolos materiales que hacen parte de un Estado refractario a los intereses y necesidades populares.

Si en el ciclo anterior de revuelta la idea de Fin al lucro! puso en el centro la lucha contra el mercado, la revuelta actual agrega a la batalla contra la mercantilizacin de la vida, un ataque directo a la estatalidad. De cierto modo, el estallido identific, lo que muchas y muchas alertaron en los ltimos aos: aunque el neoliberalismo nos vendi una idea de mercados libres, el Estado nunca se fue (tal como presume y vocifera cierto progresismo vernculo), todo lo contrario, intensific su intervencin, pero no como dispositivo de bienestar sino cual maquinaria de guerra e instancia mediadora al servicio del capital, engranaje de acumulacin, garante de desigualdad y principal promotor del orden burgus.

Sin poder vaticinar el devenir de esta emergencia, lo que s es evidente es que se deton -seguramente sin un pronto retorno- un cuestionamiento radical de todo lo instituido y una impugnacin de las lgicas mercantiles y estatales que parecan hasta ahora inconmovibles. El estado de emergencia, instaurado en Santiago primero y a los pocos das extendido a ms de la mitad de las regiones del pas, en realidad no es sino la expresin de un Estado en emergencia, que ante la prdida de legitimidad social acude a la violencia ms descarnada para sostenerse.

En esta lnea, el segundo paso del gobierno, como respuesta a este emerger insumiso y destituyente, fue dictar la tarde del sbado 19 de octubre toque de queda total en las provincias de Santiago y de Chacabuco, adems de las comunas de Puente Alto y San Bernardo[5]. La apelacin a las Fuerzas Armadas por parte del gobierno, lejos de interpretarse como una fortaleza del rgimen poltico, pone en evidencia su precariedad hegemnica y el progresivo debilitamiento de los mecanismos de sometimiento ideolgico que supieron apuntalar a este sistema de dominacin tan intrincado. La desobediencia al toque de queda de cientos de miles de personas denot an ms el resquebrajamiento del consenso neoliberal, y con el transcurrir de los das se fue desencadenando una crisis total del rgimen. El milln y medio de personas en la ltima concentracin masiva el viernes 25 de octubre en Santiago viene a reafirmar dicha crisis sistmica.

3. Reconfigurar lo comn en la revuelta: una temporalidad y espacialidad otra y propia.

Durante esta semana de desacato e insubordinacin, en las calles de Chile se ha vivenciado un claro enfrentamiento con el orden poltico, y al mismo tiempo se vislumbra embrionariamente una reinvencin de la poltica. Uno de sus rasgos ms sugerentes de esa reinvencin que apareci en la revuelta es otra temporalidad, acelerada en su irradiacin a contramano de todo lo previsible y a la vez calma e intensa en su vivencia, ms similar a los pueblos indgenas que a la velocidad y liquidez capitalista.

Observamos una suerte de poltica in-mediata, en dos sentidos: de un lado por una ausencia de mediaciones (sean stas las instituciones estatales, las organizaciones partidarias e incluso los movimientos sociales hasta ahora existentes) y de otro, como una autoafirmacin en el aqu y ahora tanto de soluciones como de experimentaciones, que reniega de la paciencia indolente propia del tiempo gubernamental y mercantil. En ese tiempo propio, hay una ruptura y desavenencia visceral con respecto al dispositivo de la espera como tempografa disciplinaria. Y, adems, hay una prefiguracin de un tiempo muy otro en el presente de lucha, ms denso e irreductible a los parmetros homogneos y lineales de las manecillas del reloj. Las largas jornadas de concentraciones masivas, que se extendieron por muchas horas, son el mejor ejemplo de la restitucin de un tiempo propio, de recuperar esa armona temporal en los pueblos y los cuerpos, que se viola diariamente desde la velocidad vertiginosa de los flujos capitalistas en los modos de vida actual.

Esa otra temporalidad, tiene como complemento necesario otra espacialidad de accin social y poltica, otras formas de habitar lo poltico a partir de una co-laboracin, es decir, un trabajo en comn sustrado de la semntica y de las modalidades de intervencin propias del orden liberal-burgus.

La ocupacin de plazas y parques, de calles y andenes del metro, de balcones y esquinas, es tambin una recreacin de una territorialidad con sentido propio que dot a la protesta de una identidad no estatal, popular y comunitaria, cooperativa y autnoma. Ello condens en la trama urbana la insumisin y el descontento a travs de acciones directas, no sectoriales ni corporativas, sino con capacidad de concitar intereses comunes, amalgamar transversalmente medios y fines en un solo haz, y recomponer vnculos intersubjetivos, identidades colectivas, modos de vida y prcticas desmercantilizadoras a escala masiva.

As es como con el transcurrir de los das de protesta, esta temporalidad y espacialidad contrahegemnica se ramifica y comienza a rearmar procesos de hermanamiento desde abajo[6], que habilitan la deliberacin pblica a partir de la cooperacin y la confianza mutua, reconfigurada por una pluralidad de expresiones organizativas. En los ltimos das, las asambleas populares, ciudadanas y comunitarias empezaron a proliferar en muchsimos territorios, junto a la constitucin de mltiples y simultneas zonas temporalmente autnomas, que cortocircuitaron el orden socio-poltico asentado en la hegemona neoliberal.

Una subjetividad antagonista se est dando cita all, conjugada con una actitud carnavalesca y festiva, de protesta e indignacin, de expansin de los deseos y los afectos, que en grado cada vez mayor asumi al cuidado mutuo y la reciprocidad entre pares como columna vertebral del trastocamiento de toda normalidad. Quizs algo muy bsico, pero radicalmente revolucionario en Chile, fue que en esos espacios-tiempos otros se recuper el saludo, el mirarse a los ojos, mostrar nuestros cuerpos, hablar de poltica, caminar con la cabeza en alto, cuestionar a los medios que llegaban a cubrir, denunciar la injusticia.

Lo que podra haber sido slo una evasin individual de sujetos/as descontentos/as por no acceder a los bienes y servicios de la sociedad neoliberal, mut en una evasin colectiva desde lo comn, un rehuir de la mercantilizacin de la vida.

4. Ms que violencia, (auto)defensa y recuperacin de la vida, frente a la violencia sistemtica de un Estado y una sociedad neoliberal.

Durante todos estos das, los medios hegemnicos chilenos -pero tambin los de otros pases de la regin- bombardearon a sus audiencias con imgenes de la violencia y el vandalismo ejercido por manifestantes en las protestas callejeras. No renegamos de esta arista tan molesta para el progresismo bien pensante, ni escamoteamos el necesario debate alrededor de ella, pero creemos que el discurso meditico rasca donde no pica, en la medida en que de manera simtrica invisibiliza lo sustancial del proceso en curso en las calles de Chile.

Los saqueos de grandes cadenas de supermercados no apuntaron jams a vulnerar la vida, todo lo contrario, en su defensa cuestionan su cruda y perversa mercantilizacin y precariedad. Lo que subyace a estas acciones directas es una comunalidad, una impugnacin a la lgica de endeudamiento, despojo, especulacin financiera y deshumanizacin, que subsume todos los derechos sociales en dinero y hace de la vida misma mero valor de cambio.

Entonces, que no sorprenda que frente a un sistema de muerte que no da de comer ni de amar, se ejercite desde la indignacin y la impaciencia una reapropiacin de lo comn (en su connotacin ms diversa e integral), que en algunos casos involucra formas de contraviolencia, las cuales -adems de expresar un repudio en acto de ciertas instituciones que encarnan o simbolizan la dominacin del Estado, el patriarcado del salario y la violencia del dinero- aspiran a resguardar la vida y apuntan a la satisfaccin directa e inmediata de necesidades y deseos, sin acudir para ello a la brutal irracionalidad de la forma-mercanca (que slo se puede obtener en funcin del poder adquisitivo que se tenga en el bolsillo o la tarjeta de crdito). Es decir, ejercieron por sus manos, lejos de la moral de lo correcto, lo que la sociedad neoliberal les pidi durante los ltimos treinta aos: una sensacin de xito e integracin medida de acuerdo a los bienes de consumo que posee[7].

El valor de uso del tiempo enajenado y el valor de uso de los productos se revitalizaron en cada saqueo concretado, molinete saltado o avenida tomada, a partir de una transgresin de la propiedad privada, un cuestionamiento de las gramticas del poder estatal y una suspensin de la mediacin del dinero que -desfetichizacin mediante- troc en recuperacin colectiva de lo que el orden capitalista pretende ofrecer como bien de consumo comprable y vendible, pero que en rigor fue expropiado previamente como producto y riqueza social a la clase trabajadora, a travs de una sistemtica e invisible poltica de despojo y confiscacin[8]. De ah que, en trminos histricos, antes que saqueo, sea viva re-apropiacin.

En paralelo, la declaracin por parte de Sebastin Piera de que estamos en guerra contra un enemigo muy poderoso, no debera leerse como un mero exabrupto ni una torpeza discursiva. Es la explicitacin de un estado de guerra constante -a veces masivo y visible como ahora, otras ms subrepticio y selectivo como en el caso de las comunidades mapuches, las mujeres, migrantes y las juventudes populares- que asume nuevas y mltiples formas, as como mtodos no convencionales de exterminio y disciplinamiento. Esto es lo que el zapatismo ha denominado como Cuarta Guerra Mundial, en la medida en que ya no implica la confrontacin entre dos ejrcitos regulares en un territorio determinado, sino que involucra cada vez ms a los Estados en alianza con tramas informales y sutiles de ejercicio de la represin, que en conjunto atentan contra la vida cotidiana de las poblaciones civiles y comunidades autoorganizadas.

Precisamente, ese enemigo poderoso al que alude Piera no es otro que el enemigo interno al que las dictaduras militares intentaron diezmar dcadas atrs, es decir, el pueblo, o mejor an, los pueblos movilizados, aqu y ahora, devenidos sujetxs polticxs y que hoy denuncian las diversas y complementarias formas de violencia estatal-mercantiles, a la par que ejercitan una (auto)defensa de la vida en ese inmenso campo de batalla a cielo abierto que es el cuerpo-territorio chileno.

Lo sustancial de este proceso en curso remite por tanto a la dinmica de manifestacin colectiva, deliberacin pblica, desnaturalizacin e impugnacin de la trama de relaciones de dominio, y sostenibilidad en el tiempo de una multitud movilizada que se ha hastiado, dejando atrs el sentido de la inevitabilidad, la cultura del desvinculo y el miedo paralizador que supo introyectar la hegemona neoliberal en gran parte de la poblacin.

A este orden poltico y socio-econmico an en pie, cada vez menos legtimo y asentado en ltima instancia en el monopolio de la violencia que ostenta, pero vulnerado en su fibra ms ntima desde la subjetividad insurgente y con potencialidad emancipatoria que se respira en las calles, aluden precisamente las pintadas que expresan lo perdimos todo, hasta el miedo!, Tengo ms rabia que plata pal pan! y abajo el Estado!, como interpelaciones estampadas creativamente en algunas estaciones de Metro y paredones, a modo de grito de protesta contra el alza del precio del transporte pblico, pero sobre todo en defensa de la vida digna y lo comn.

Algunas preguntas-generadoras para un final abierto

Lo que acontece en estos das en territorio chileno tiene ciertas caractersticas especficas y rasgos de excepcionalidad que sera necio negar. No obstante, al mismo tiempo es preciso leer esta insubordinacin en el marco de un proceso ms amplio de relaciones de fuerzas que -en grados e intensidad variable- se desenvuelve a nivel continental e incluso global.

La insurreccin permanente desplegada en Hait desde hace por lo menos dos aos, sumada al levantamiento indgena y popular acontecido semanas atrs en Ecuador, as como otras movilizaciones y acciones disruptivas que se vivencian en diferentes realidades de la regin, dan cuenta de una misma vocacin antagonista y destituyente, que rechaza de cuajo los planes de ajuste y las intentonas privatistas que pretenden imponer las clases dominantes y el imperialismo como salida a una crisis orgnica del capital que an no pudo ser superada.

Tal como mencionamos anteriormente, estas rebeliones se solventan en una temporalidad muy otra y en espacialidades rehabitadas por lo comn, no reductibles por tanto a los formatos y dinmicas de funcionamiento de la democracia representativa burguesa ni al individualismo neoliberal. Por ello no cabe encorsetarlas dentro de la camisa de fuerza de las experiencias de los progresismos latinoamericanos, ni tampoco asimilarlas a un mero descontento ciudadano; ms bien se emparentan con un desborde que emerge ms all del Estado y el mercado, que precisamente viene no solamente a confrontar con las derechas enquistadas en el poder (como la que encabeza Sebastin Piera), sino tambin a evidenciar las flaquezas y ambigedades de los gobiernos y plataformas electorales de centro-izquierda, que se apresuraron a pregonar el entierro del neoliberalismo, de manera simtrica al tiempo que tardaron en darse cuenta que estaban velando al muerto equivocado.

En todos estos aos, la retrica anti-neoliberal y democratizadora propagandizada por estas coaliciones y regmenes, tuvo en los hechos como contracara la persistencia de un capitalismo extractivista multiplicador de zonas de sacrificio, precariedad laboral, represin policial, femicidios, despojo de bienes naturales y vulneracin de derechos colectivos; as como una subjetividad asentada en el endeudamiento y el consumismo acrtico, y una institucionalidad estatal burocrtica y a contramano de la participacin popular, todas ellas enemigas del buen vivir, los entramados comunitarios y el protagonismo desde abajo.

En funcin de este diagnstico provisional, y al calor de lo que parece que ser un cambio de coyuntura sumamente imprevisible a escala continental -pero sin duda venturoso por las posibilidades que abre como certera impugnacin del neoliberalismo-, compartimos algunas preguntas-generadoras que surgen a partir del panorama indito que se vive actualmente en la regin. Recuperamos en ellas el espritu del pedagogo y educador popular Paulo Freire, quien nos convoca a cuestionar aquello que resulta obvio o previsible, y asumir que no existen respuestas definitivas ni estticas desde el pensar crtico, ya que siempre implican desafos y enorme creatividad por parte de los pueblos:

La revuelta en territorio chileno es sntoma de proyectos progresistas inconclusos del ciclo anterior? O es resultado de -y respuesta a- la liviandad de los mismos?

Son acaso estas rebeliones la antesala de una nueva fase de probable ascenso de gobiernos progresistas reformateados? O ms bien expresan una crtica terico-prctica a las limitaciones inherentes de estos procesos, que exige una reinvencin radical de la forma, los medios y el fondo del proyecto emancipatorio?

Podemos leer esta revuelta como inconformidad ciudadana espontnea y transitoria? O es pertinente interpretarla desde su antagonismo teniendo nuevamente como horizonte al socialismo?

Es apropiado buscar canalizar dicho emerger ms all del Estado a travs de mecanismos institucionales? un plebiscito con miras a una asamblea constituyente? acaso una eleccin anticipada como necesario recambio de las lites polticas?

O resultara ms adecuado profundizar y fortalecer ese poder propio y alternativo, comunitario y popular, que permita vehiculizar la revuelta en ms auto-organizacin y ms lucha socio-poltica? consejos locales, espacios mancomunales de articulacin por abajo, asambleas populares?

No deseamos presentar una dicotoma entre un devenir de las luchas dentro o fuera del Estado, porque sabemos que el horizonte revolucionario requiera tal vez de ambas (aunque por cierto la experiencia histrica demuestre que estas temporalidades y lgicas tienden a ser discordantes), pero s al menos nos interesa convidar y problematizar una serie de interrogantes adicionales, complementarios con los precedentes:

Qu aprendimos del ciclo de luchas anterior? La traduccin electoral -en gobiernos locales y el Congreso- de los movimientos sociales, territoriales y estudiantiles, obtuvo los resultados esperados? Qu obstculos, limitaciones y taras implican este tipo de modalidades de participacin/presencia en la institucionalidad del Estado? Qu interpelacin/cuestionamiento hace esta revuelta a dicho esfuerzo?

En qu medida la rebelin popular que se vive en estos das en las calles de Chile es parte de un proceso de reanudamiento de las luchas emancipatorias impulsadas desde abajo a nivel continental?

Ms all de las posibles respuestas, que sin duda sern producto del propio andar colectivo como pueblos desde lo que Freire enunci como indito viable, hoy resulta ms claro que nunca que quienes aspiramos a superar la barbarie que expresan el capitalismo, el patriarcado y la colonialidad en esta fase tan cruel y represiva como apocalptica por la que transitamos, no tenemos garanta alguna de triunfo. La nuestra es una apuesta frgil y sin certidumbre alguna, y en ella se nos juega tanto la posibilidad de edificar una sociedad radicalmente distinta a la actual, como la supervivencia de la humanidad y del planeta tierra en su conjunto. Por eso resulta urgente reinstalar en el seno mismo de estos procesos de lucha e insubordinacin que circundan a la regin, los debates estratgicos que necesitamos darnos desde el dilogo fraterno, la discusin colectiva y la escucha mutua.

En este marco, volver a situar al socialismo como alternativa civilizatoria no es slo una opcin entre tantas, sino una necesidad histrica acuciante balbuceada al pie de un desfiladero y a pasos noms del abismo. Frente al declive y las limitaciones evidentes de los proyectos progresistas en nuestro continente, y ante una violenta contraofensiva general de las derechas, las clases dominantes y el imperialismo por superar esta crisis, sobre la base de una agudizacin de la xenofobia, la militarizacin de los territorios, el despojo de los bienes comunes, la precariedad de la vida y la superexplotacin del trabajo, no cabe sino redoblar los esfuerzos por la construccin de un horizonte de carcter socialista.

Eso s: ser un socialismo en el que quepan muchos socialismos. Del poder popular y el buen vivir, comunitario, feminista, autogestionario, descolonizado, migrante, ecologista, plurinacional e internacionalista, tan multicolor y variopinto como la Whipala. Mientras tanto, tal como arenga una de las tantas banderas flameadas en las calles de Santiago, seguiremos luchando hasta que valga la pena vivir.

***

Notas al pie

[1] Esta alza no es aislada, sino se registran ms de veinte aumentos de este tipo desde la inauguracin del Metro hace 12 aos, ubicndolo como uno de los ms caros de todo el continente (U$D 1,17). Se calcula que quienes cobran un salario mnimo destinan al menos el 13% de sus ingresos al transporte pblico.

[2] No es ocioso mencionar que un 70% de la poblacin gana menos de 770 dlares al mes, y 11 millones de chilenos (de los 18 que tiene el pas) tienen deudas, por lo que podemos imaginarnos lo que implic para una familia dicho incremento en trminos del costo de vida, ms aun teniendo en cuenta que este es uno de los pocos bienes y servicios que (en una economa neoliberalizada hasta el paroxismo) no puede pagarse con tarjeta ni de forma diferida, sino que golpea de manera directa al bolsillo de los sectores populares.

[3] Cabe sealar que noticas en la prensa alertaron del uso de armamento militar de alto impacto, no permitido ni en las normas de la OTAN para accin militar en las ciudades.

[4] https://www.youtube.com/watch?v=X-YAnmsbnKM

[5] Vale la pena recordar que el ltimo toque de queda establecido fue en el terremoto de 2010 en la ciudad de Concepcin, luego de que se reportaran numerosos saqueos a supermercados y tiendas, y que dicha medida no se decretaba en la provincia de Santiago desde 1986, tras el frustrado atentado contra Augusto Pinochet.

[6] Uno de los buenos ejemplos fue en diferentes ciudades del pas marchas donde convergieron las barras bravas de distintos clubes de ftbol.

[7] Esto no es nuevo, sino que ya fue develado el 2010 tras el terremoto. La poblacin como acto reflejo de un inconsciente neoliberalizado ante el riesgo de desabastecimiento, acudi en masa a los grandes centros comerciales y cadenas de supermercados a apropiarse de diferentes bienes de consumo, algunos bsicos y otros no.

[8] Si ejercitamos una memoria de mediana y larga duracin, la verdadera violencia y saqueo colectivo fundante del actual orden neoliberal, tiene sus races ms profundas en la mal llamada pacificacin de la Araucana (equivalente a la conquista del desierto en lo que hoy es Argentina), eufemismos que aluden a la acumulacin originaria y el genocidio que, de un lado y el otro de la cordillera, sent las bases de las sociedades capitalistas contemporneas. De ah en ms, se configura en ambos territorios un Estado racista y monocultural, burgus y terrateniente, blindado a los intereses populares y comunitarios.

Este Estado ha sido el que en realidad ejercit una violencia ofensiva al extremo contra esas otredades peligrosas a los ojos del poder, en tanto resultaron ajenas y refractarias a la civilizacin occidental y cristiana, y que en el caso de Chile, tras un prolongado e inestable derrotero histrico (que incluy numerosas masacres militares contra los pueblos indgenas y las clases subalternas), agudiz su faceta coercitiva en la larga noche criminal de la dictadura pinochetista, que formalmente se prolonga del 11 de septiembre de 1973 al 11 de marzo de 1990, pero que contina durante los aos de invariante democracia tutelada que llegan hasta el presente, con la aplicacin de un terror selectivo y ms difuso pero no por ello menos efectivo.



Rebelin ha publicado este artculo con el permiso de los autores mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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