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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 06-11-2019

Declaracin pblica
"Podrn contener transitoriamente la furia del pueblo, pero ya no lo vern de rodillas"

Seminario Internacional sobre Historia de la Violencia en Amrica Latina
Rebelin


El pueblo chileno despert, se puso de pie y acometi con fuerza contra todas las expresiones del poder econmico, poltico, social, cultural y policial del rgimen de dominacin burgus. Durante dos semanas consecutivas cientos de miles de chilenos, de norte a sur, de este a oeste, han salido a las calles para manifestar su rechazo al modelo econmico neoliberal y al Estado policial, constituido despus del golpe de Estado de 1973 y reafirmado por los gobiernos de la Concertacin y de la Alianza a partir de 1990. Un modelo que ha permitido que el 1% de la poblacin (no ms de 170.000 personas), concentren 1/3 de la riqueza del pas.

La clase dirigente, desconcertada y amedrentada, sac a las calles a toda la jaura represiva: carabineros, militares y funcionarios de investigaciones a efectos de neutralizar por la fuerza la legtima protesta popular. La violencia regularmente ha estado al servicio casi exclusivo de las clases dominantes y se ha desplegado en contra de los trabajadores y el pueblo. El proceso de Conquista y Colonizacin de los siglos XVI a XVIII, seguido de la Pacificacin de la Araucana en el siglo XIX, dio origen al despojo de las comunidades mapuche y a su postracin econmico-social y a su sistemtica discriminacin racial. La imposicin del rgimen oligrquico durante el siglo XIX favoreci la concentracin del capital (minero, mercantil y agrario) y la explotacin econmica de la clase trabajadora. Cuando sta, a su vez, protest contra las clases dirigentes fue brutalmente reprimida por los patrones. Santa Mara de Iquique (1907) fue la expresin ms brutal de las matanzas obreras del perodo. Incluso en la fase de institucionalizacin del conflicto de clase (1925-1973) es posible observar como el aparato represivo del Estado burgus recurri a la violencia para contener el ascenso de las luchas populares: Ranquil (1934), Plaza Bulnes (Santiago, 1947), revuelta de la chaucha (Santiago 1949), levantamiento de abril (Santiago y Valparaso, 1957), matanza obrera (El Salvador, 1966), masacre de Pampa Irigoin (Puerto Montt, 1969), son una clara demostracin de ello. La dictadura cvico-militar (1973-1990), slo exacerb el recurso a la represin. Pero las administraciones de la Concertacin y hoy da la derecha no le han ido en zaga, la aniquilacin de las organizaciones revolucionarias en el ciclo 1990-1994 y la represin sobre las manifestaciones populares dan prueba de ello. Todo lo anterior pone de manifiesto que la violencia es consustancial al rgimen de dominacin burgus.

No obstante, los 23 muertos contabilizados hasta el da de hoy, los ms de 1.000 heridos y torturados y los cientos de detenidos y encarcelados, la protesta no decrece; por el contrario, el pueblo afianza sus diversas estructuras de organizacin poltica y espacios de discusin (cabildos y asambleas populares), debate sobre el horizonte de transformacin que requiere y vuelve a las calles para hacer or su voz con ms fuerza. Si bien la masividad y radicalidad del movimiento ha sorprendido a muchos, no es menos efectivo que el proceso de rearme social y poltico de los sectores populares se haba iniciado hace 13 aos. Efectivamente, fueron los estudiantes secundarios (al igual que hoy), los que dieron la partida al rechazo al sistema de dominacin burgus en 2006 (revolucin pingina), cuestionando el modelo de mercado imperante en la educacin chilena. A estas movilizaciones se sumaron, posteriormente, los trabajadores de las empresas subcontratistas de CODELCO y los trabajadores forestales, que objetaban la precarizacin laboral; los trabajadores de las empresas salmoneras que demandaban mejores remuneraciones y mejores condiciones materiales de trabajo; los pescadores artesanales que repudiaban la ley de pesca impuesta por las grandes compaas del ramo; los trabajadores pblicos (educacin, salud, aparato del Estado), que se pronunciaban contra la mercantilizacin de los derechos sociales; comunidades mapuche en el wallmapu, que rechazan la penetracin de las empresas forestales y exigen la devolucin de sus tierras y autonoma poltica; las regiones y comunidades locales (Punta Arenas, Aisn, Dichato, Freirina, Calama, Quintero, Petorca, Caimanes, etc.), que se movilizaron repudiando la postergacin y depredacin a las que las ha sometido el capital y sus garantes; los estudiantes universitarios, que en especial en el ciclo 2011-2013, exigieron gratuidad universal en el sistema de educacin superior; el movimiento feminista, que se rebel contra la cultura patriarcal y su pilar fundamental, la dominacin de clase; el movimiento no ms AFPs, que exige la abolicin de un modelo espurio que enriquece a unos pocos a costa de pensiones miserables para muchos. No hay espontaneidad, ni hay sorpresa, la diversidad en las formas de lucha y la unidad social y poltica construida en torno a ellas es el resultado de la experiencia acumulada en los ltimos aos. Son dcadas de explotacin, expoliacin, exclusin, discriminacin, miseria y represin que encontraron en las ironas de los ministros de Estado (Hacienda y Economa) y en el alza de la tarifa del metro, su punto de saturacin.

Los estudiantes secundarios iniciaron el levantamiento saltando los torniquetes del metro y evadiendo el pago de los pasajes, mientras que estudiantes y trabajadores se tomaban las calles y los pobladores iluminaban las noches con miles de barricadas, todo ello al ritmo ensordecedor de pitos y cacerolas. Para la gran mayora no era una fiesta, era un acto de rebelda a travs del cual se quera expresar rabia y descontento. No es extrao, por lo tanto, que los rebeldes saquearan supermercados, farmacias y bodegas distribuidoras, incendiaran estaciones del metro y recintos pblicos y privados, y se enfrentaran (precariamente armados), con las fuerzas policiales y militares. Pero fue ese arrojo y ese desafo el que abri las calles al desborde y la rebelda popular. Quienes enfrentaron a las fuerzas de la represin demostraron, como muchas veces a lo largo de la historia, que los aparatos armados del Estado no son invencibles y que su principal capacidad disuasiva radica en el terror que logran imponer en el seno de la sociedad. Cuando esa herramienta falla se atemorizan, vacilan y se repliegan. Por tanto, una cuestin importante a considerar respecto de los intereses de la clase trabajadora y el pueblo, es que la violencia constituye una realidad histrica.

De manera regularmente reactiva, las clases populares han recurrido a la violencia para defenderse de las compulsiones econmicas y laborales de los patrones y de los embates represivos de los organismos de seguridad. Durante el siglo XIX, los levantamientos campesinos e indgenas, las revueltas peonales, los motines urbanos y posteriormente las huelgas insurreccionales fueron expresin de esta violencia espontanea. Ya en el siglo XX, las organizaciones de trabajadores, mancomunales, sociedades en resistencia y sindicatos obreros, recurrieron circunstancialmente a la violencia para defender sus movilizaciones. Ms tarde, miles de campesinos desplegaron diversas formas de violencia popular para correr cercos y tomarse fundos, de la misma forma miles de trabajadores desarrollaron masivas y violentas expresiones de protesta y autodefensa para preservar conquistas, ocupar fbricas y centros productivos. Por otra parte, diversas organizaciones polticas de izquierda, se constituyeron en organizaciones poltico-militares destinadas a preparar la toma del poder por parte de las clases populares. Estas organizaciones que vean en la lucha armada un componente ms de la poltica, alcanzaron un mayor desarrollo durante la lucha contra la dictadura cvico-militar, masificndose durante la dcada de 1980 la lucha miliciana, la autodefensa de masas y la legitimacin de la violencia poltica popular en contextos de movilizacin y conflictos sociales, por lo menos hasta inicio de los aos 90. En definitiva, histricamente los trabajadores y el pueblo han desarrollado un aprendizaje, una experiencia y una legitimacin de las formas violentas de lucha.

Confrontados por la movilizacin rupturista de los trabajadores y el pueblo, los reaccionarios recurren a los aparatos ideolgicos y comunicacionales de la dominacin: empresarios y ministros de Estado, intelectuales y opinologos, prensa seria y farandulera, centros de estudio y fundaciones, parlamentarios y sacerdotes, todos vociferando al unsono: Violencia! Se escandalizan al ver un supermercado saqueado, pero jams haban reparado en la desigual distribucin del ingreso, en los salarios miserables que percibe ms de la mitad de los trabajadores del pas o en los abusos sistemticos cometidos por los patrones. Se horrorizan al ver edificios pblicos y privados en llamas, pero se refocilan en el morbo de los devastadores incendios que afectan a las poblaciones obreras. Lloriquean por los carabineros y militares heridos, pero no investigan, ni profundizan en los asesinatos, heridas, torturas, desapariciones y encarcelamientos que afectan a quienes protestan y se rebelan. Ninguno de ellos haba reparado en la inequidad y desigualdad que atravesaba a la sociedad chilena; todos ellos, al igual que el Presidente de la Repblica, se sentan parte del oasis neoliberal y, en consecuencia, se haban transformado en sus ms aguerridos defensores. Por ello su trnsito reciente hacia el reconocimiento de la existencia de algunos problemas pasa necesariamente por la validacin de aquellas demandas y manifestaciones que no afectan estructuralmente al sistema de dominacin. Hacen propia la necesidad de los cambios, pero piden paciencia a quienes han soportado arbitrariedades por ms de 40 aos; reconocen la voz y masividad de la protesta, pero exigen que esta sea pacfica y festiva; critican el accionar represivo de policas y militares, pero (al igual que en dictadura) lo rotulan como excesos y no como prcticas sistemticas.

Pero ni la represin sistemtica del aparato policial y militar, ni las maniobras espurias del gobierno y de la oposicin parlamentaria, ni las operaciones comunicacionales de los testaferros de la dominacin, logran aplacar la ira popular. El pueblo ha despertado y recuperado su historia. Se aburri de marchar pacficamente miles de kilmetros todos estos aos y sum otras formas de lucha y organizacin. Comenz a cualificar su discurso, articular las demandas y construir sus objetivos propios. Podrn contener transitoriamente su furia y encuadrar sus demandas, pero ya no lo vern de nuevo de rodillas.

Dr. Igor Goicovic Donoso, Chile

Dra. Ivette Lozoya Lpez, Chile

Dr. Pablo Pozzi, Argentina

Dr. Claudio Prez Silva, Chile

Dra. Mariana Mastrngelo

Dra. Jacqueline Vassallo, Argentina

Mg. Clara Aldrighi, Uruguay

Dra. Viviana Bravo Vargas, Chile

Dr. Luiz Felipe Falco , Brasil

Dra. Magdalena Cajas de la Vega, Bolivia

Dr. Pedro Rosas Aravena, Chile

Dra. Adriana Palomera Valenzuela, Chile

Dr. Gerardo Necochea Gracia, Mxico

Dra. Mnica Iglesias Vzquez, Chile

Dr. Cristbal Crdenas Castro, Chile

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso de los autores mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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