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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 19-11-2019

Democracia econmica a la vuelta de la esquina de la prxima crisis?

Ignacio Muro Benayas
mondiplo


Es evidente que hablar hoy de democracia econmica es adentrarse en un terreno sobre el que se ha producido una prdida casi absoluta de referencias comparada con los aos 70 del siglo pasado. El que trminos como autogestin, cogestin o participacin del trabajo en las empresas, que en aquellos aos eran aspiraciones comunes entre sindicatos y fuerzas progresistas, hayan perdido vigor es una muestra de que las fuerzas democrticas interesadas en la democratizacin social estn a la defensiva.

Y sin embargo, la realidad es que el neoliberalismo que ha marcado la gestin econmica los ltimos 30 aos ha agotado su modelo seductor y navega hacia formas autoritarias de dominio.

La coyuntura econmica est cargada de preocupacin por el futuro: de un lado, los analistas asumen como inevitable que se acerca una recesin que se teme pueda ser superior a la del 2008; de otro, Estados Unidos ( EEUU ) se siente impugnada por China como potencia emergente que gana influencia en reas de Asia, frica y Latinoamrica que hasta no hace mucho las senta como propias.

Hay un factor ms que aade una especial incertidumbre al momento: existe consenso en que no hay margen de maniobra en la poltica econmica para combatir la prxima crisis. Hay que recordar que en las tres ltimas recesiones, la Fed, el banco central de EEUU , pudo bajar los tipos de inters cerca de cinco puntos porcentuales, algo imposible en estos momentos en los que los tipos siguen en mnimos. Algo parecido pasa con la poltica fiscal y los ajustes sociales: los niveles de endeudamiento hacen difcil elevar el gasto pblico o rebajar impuestos que actuaran como estmulos para combatir una recesin. Por ltimo, la cercana y la dureza de las polticas de austeridad implantadas en la anterior crisis hacen casi imposible su reedicin.

Crisis de la gobernanza capitalista

Desde los espacios de poder vuelven a aparecer propuestas que reclaman otro capitalismo en lnea con las manifestaciones de Nicolas Sarkozy que, en 2008, introdujo la retrica de refundar el capitalismo. La impresin es que esta vez estaremos obligados a afrontarlo en serio.

Los hechos son testarudos. El agotamiento de la gobernanza capitalista nos acerca a un momento en el que cualquier salida (pacfica) a la prxima crisis est obligada a poner en discusin el modo de producir y la lgica de la organizacin empresarial.

No es posible que las empresas obliguen a compartir los riesgos y los sacrificios entre los diversos actores econmicos (trabajadores, instituciones, proveedores, clientes) y no se socialicen y compartan las decisiones. De modo que, cuando vuelvan a ser imprescindibles los ajustes, los trabajadores tendrn derecho (estarn obligados, incluso) a reclamar que se cuantifiquen y se capitalicen sus sacrificios mediante participacin en el capital de las empresas.

Paradjicamente la propia incapacidad del sistema para encontrar una solucin podra abrir un futuro de dilogo y concertacin cuando ms dbil y fragmentado parece el mundo del trabajo. Se abrira un camino que permitira reequilibrar el poder interno y obtener como trabajador-accionista la informacin y los derechos que se le niega como mero trabajador. Esa va sera el nico modo de asegurarse que la crisis no se convierte en una estafa que desplace, una vez ms, a dividendos los ajustes de salarios y empleo que conlleva el ajuste.

Un futuro marcado por la coexistencia y conflicto de modos de produccin diferentes

La gestin de ese escenario nos abrira a dos interpretaciones: de un lado, como una forma de refundar el capitalismo es decir como un modo de integrar al trabajador-accionista individualmente en el capital; de otro, como un paso hacia el postcapitalismo, como el reconocimiento de que el verdadero capital en la nueva economa reside en el conocimiento vivo que aportan los trabajadores como colectivo.

En el primero, la gestin del capital-dinero seguira siendo el factor productivo esencial mientras el trabajo se mantendra como un factor subsidiario, una commodity, algo imprescindible pero indiferenciado; en el segundo, el trabajo en tanto que capital-conocimiento reclamara un papel de liderazgo mientras la superabundancia del capital-dinero lo convertira en un factor productivo devaluado, que no aportara valor diferencial. Esas dos interpretaciones podran competir y convivir durante mucho tiempo.

En cualquier caso, estaramos hablando de un paso objetivo, pequeo o grande, hacia planteamientos inclusivos asociados a la democracia econmica. La pregunta es si las fuerzas progresistas estn capacitadas para vislumbrar y gestionar ese escenario posible, si entienden qu significan esas transiciones, si vislumbran las tareas que deberan asumir. La realidad es que eso exige un cuerpo conceptual del que careceremos si no se ponen en marcha, de forma urgente, plataformas para debatir y desarrollar esa transicin hacia un modo de producir y distribuir que camine hacia la democratizacin de la economa.

No parece que el prioridad del mundo sea hoy acabar con la propiedad privada sino superar los modelos caracterizados por el control autocrtico centralizado que definen el ltimo capitalismo. El impulso de empresas abiertas a la participacin de sus trabajadores y otros grupos de inters es la forma de acotar la concentracin de poder de los primeros ejecutivos como agentes destacados de las minoras de control en las grandes corporaciones. Una tarea que necesita complementarse con nuevas formas de gestionar el espacio pblico y revitalizar su misin en trminos de eficacia asociada a inters general dando la vuelta a los programas de colaboracin pblico-privada que han legitimado el saqueo de recursos pblicos por lites extractivas. O con la extensin de nuevas formas cooperativas y de trabajo asociado en PYMES proveedoras de servicios de alto valor

La historia demuestra que no hay revoluciones globales que se hagan de una sola vez. Que los cambios se consolidan mediante la coexistencia, por un largo periodo de tiempo, de modos de produccin diferentes. Que lo que intuimos cmo postcapitalismo empieza a estar presente en determinadas formas econmicas no capitalistas que actan como molculas que deben desarrollarse como smbolos de un nuevo poder, que cuidan el valor del trabajo como factor de innovacin en oposicin a los planteamientos rentistas y las lgicas extractivas.

No es posible asegurar que esos retos se nos presenten realmente. O puede que la realidad nos desborde obligando a gestionar situaciones que la sociedad lleva dcadas sin debatir. En cualquier caso, la tarea hoy es prepararse y conseguir que los actores sociales invadan la agenda poltica y se preparen para imaginar soluciones colaborativas a la crisis que parece se avecina, opuestas a la lgica destructiva que nos anuncian los tambores de guerra.

Repensando la democracia econmica desde el mundo del trabajo

La crisis de 2008, las transformaciones productivas y los cambios que traen consigo la economa digital han creado un escenario diferente que obliga a actualizar planteamientos y reconocer nuevas oportunidades y riesgos.

El mundo del trabajo se encuentra confuso respecto al camino a tomar. De un lado, se mantiene y acenta una preocupacin entre parte del mundo sindical europeo que perciben la participacin en las empresas como un mecanismo que pretende debilitar la posicin del trabajo al socavar la negociacin colectiva y la representacin sindical. Formara parte de una estrategia cuyo objeto sera alinear ms estrechamente la remuneracin con el rendimiento de la empresa y debilitar el vnculo de los empleados con sus representantes: sera, por as decir, otro ardid para reducir al nivel de empresa las relaciones capital/trabajo, en lnea a la descentralizacin de los acuerdos de negociacin colectiva del nivel nacional o sectorial.

Sin duda es as. Es evidente que para las lites econmicas la participacin reglada de los trabajadores es una ocasin ms para neutralizar las tensiones de la lucha de clases; pero por el mismo motivo, para las fuerzas sociales, debera ser una oportunidad para dar un salto a la vez defensivo y ofensivo en el que se definan las lneas de un nuevo horizonte de progreso social.

Si las fuerzas del trabajo quieren seguir aspirando a representar al conjunto de los trabajadores en una sociedad compleja es obvio que deben dar un salto en sus comportamientos: se necesita que desde las posiciones de parte que siempre caracterizaron al sindicalismo de clase se esfuercen por ofrecer al conjunto de los grupos interesados en el futuro de las empresas (clientes, proveedores, instituciones) una idea diferenciada de gestin que la que emana de los accionistas.

Es evidente que la creciente complejidad y terciarizacin de la economa ha facilitado la extensin de lgicas participativas en mbitos en los que la tradicin sindical es ms dbil. Mientras los incrementos retributivos y las condiciones de trabajo siguen siendo la base de la negociacin colectiva en sectores primarios como el transporte y la construccin, en nuevas actividades de servicios con una proporcin relativamente alta de empleados de cuello blanco, ms formados y que realizan tareas de trabajo complejas, as como en empresas grandes con empleados mejor remunerados, los comportamientos son ms proclives a otras demandas muy centradas en la empresa y en su gestin.

La denuncia de que esos comportamientos como consecuencia del predominio ideolgico del individualismo y el abandono de posiciones de clase asociados al auge de sindicatos corporativos no es suficiente. Tambin es evidente que responden a un cambio de percepcin que les hace ser sensibles a planteamientos ms elaborados que tienen que ver con la participacin en el gobierno de la empresa.

No es un camino fcil pero es el nico posible. Un riesgo destaca entre todos: que la participacin agudice el sistema de desigualdad imperante al aumentar las ventajas de los trabajadores que ocupen una posicin central en la cadena de valor (una especie de aristocracia obrera reforzada por su participacin) y los situados en posiciones externalizadas y subalternas. El riesgo es cierto. Pero cualquier otro camino que iniciemos no significa, en absoluto, que augure ventaja alguna para los precarizados ubicados en funciones perifricas.

Por ello, conviene felicitarse por algunas iniciativas novedosas surgidas desde el partido laborista del Reino Unido que recuperan y actualizan el discurso ideolgico sobre nuevas formas de propiedad y nuevas formas de participacin. Se trata de una propuesta del ministro de economa en la sombra, John McDonnell, que vincula las rentas de participacin de los trabajadores en las empresas con la financiacin de un fondo soberano destinado a complementar la polticas pblicas que enlaza con las experiencias ms avanzadas del modelo sueco de los Fondos de Asalariados en los aos 1980.

Enfrentarse a la lgica financiera, impulsar la economa productiva

Ms dividendos y ms apalancamiento son la expresin ms peligrosa de la financiarizacin de la economa tpica del ltimo capitalismo. La expresin grfica de esa situacin es el crecimiento del ratio que compara los pagos financieros, (suma de dividendos repartidos y los intereses pagados como retribucin al capital propio y al ajeno) en relacin a los beneficios de explotacin generados en las grandes empresas. Esa ratio se mantuvo, segn muestra Ozgur Orhangazi, alrededor del 40% entre 1950 y 1980 para elevarse al entorno del 100% a partir de los primeros noventa en las corporaciones estadounidenses.

Cuando se alcanza esa cota significa que todos los excedentes de explotacin se escapan de la empresa, que no existe autofinanciacin, que el stock de capital productivo no se renueva suficientemente y que cualquier decisin de crecimiento requiere nueva financiacin externa (ms capital, ms crditos) que reactivan los mercados de capitales y vuelve a reforzar lo financiero sobre lo productivo.

Romper esa lgica es la tarea ms importante para la sostenibilidad de la economa mundial. El impulso a la economa productiva es hoy imposible sin abordar la participacin de los trabajadores en las empresas. Esa es la alternativa ms completa y contundente a la unilateralidad empresarial, ese principio de funcionamiento que acompaa a la creciente desigualdad social y que se pone de manifiesto tambin en los lmites crecientes a la concertacin social en las relaciones laborales.

Impulsar la democratizacin econmica significa mitigar la desigualdad primaria y favorecer el impulso de la economa productiva fortaleciendo sus lgicas. Los estudios realizados desde los aos 1980, en el Reino Unido, detectan efectos positivos para la productividad del trabajo cuando la participacin en la propiedad viene acompaada de la participacin en la toma de decisiones.

En particular: favorecer la calidad del empleo y el talento colectivo, apostar por un modelo de competitividad basado en la creacin de valor en los productos y servicios, facilitar la innovacin continua como resultado del capital colectivo e impulsar la transformacin del tejido econmico en un entorno de transiciones aceleradas. En una coyuntura marcada por un riesgo creciente de recesin, se debe aspirar tambin a mitigar la deslocalizacin de actividades y los ajustes de empleo como salida.

Recuperar el sentido de lo pblico

Transcurridos 30 aos de la oleada de privatizaciones de los aos 80 con resultados poco o nada satisfactorios, toca iniciar una revisin de lo pblico que recupere el sentido de inters general de los servicios pblicos no solo en espacios municipales, como Berln, sino tambin en los niveles estatales.

El nuevo laborismo que representa John McDonnell ha desarrollado un documento sobre modelos alternativos de propiedad  (1) en el que se reinterpreta la gestin de las empresas pblicas desvinculndolas del planteamiento burocrtico y centralizado desarrollada en el siglo pasado: la propiedad pblica se identifica ahora con una gestin democrtica realizada por los stakeholders: trabajadores, proveedores, consumidores y otros representantes de la comunidad. El partido laborista plantea recuperar el control social y pblico sobre los ferrocarriles, la energa, el agua y el correo.

La idea es que las empresas pblicas con participacin de capital pblico de cualquier nivel municipal, regional, estatal deben estn obligadas a escalar en las mximas cotas participativas y, al tiempo, ser vanguardia en modelos de gestin eficientes y profesionales dando estabilidad y sostenibilidad a los proyectos pblicos.

La gestin de lo pblico permite elevar el nivel de la democratizacin de la economa a su verdadera dimensin que, por supuesto, supera el mbito empresarial. Requiere participar en la eleccin de las prioridades sociales al ms alto nivel en el corto y largo plazo. Se manifiesta en la capacidad de influir en los grandes asuntos: en el cmo producir (gestin del cambio tecnolgico, ajustes ante demandas estacionales, externalizacin y deslocalizacin productiva...) y cmo distribuir los excedentes (salarios mnimos y mximos, control sobre los bonus de los directivos, bonificar o gravar los beneficios segn su destino, superar brechas sociales y de gnero).

Pero no olvidemos que los equilibrios y las luchas surgen siempre en los mbitos productivos, por muy fragmentados que se nos presenten. La tarea del momento es recuperar iniciativas dispersas y dotarlas de un cuerpo coherente que no se deje sorprender por la rapidez de los cambios mediante una propuesta congruente de cambio social.

Nota:

(1)  Modelos alternativos de propiedad ( PDF ) es un documento propiciado por McDonnell, ministro laborista del gobierno en la sombra.

Ignacio Muro Benayas, Presidente de la Plataforma por la Democracia Econmica.

Fuente: https://mondiplo.com/democracia-economica-a-la-vuelta-de-la-esquina-de



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