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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 25-11-2019

La revuelta de octubre, en torno a abusos, excesos y derrumbes

Nicols Orellana guila
Rebelin


Se cumple ya un mes desde que se comenzaron a vivir los procesos ms relevantes de la historia contempornea de Chile. Lo que explot el viernes 18 de octubre, pero que se vino forjando durante toda esa semana con las evasiones masivas del Metro, no puede ser comprendido de otro modo que como una revuelta social. Y una revuelta, adems, puramente social. La segunda alza del metro durante este ao, no hizo sino gatillar las rabias y sentimientos de injusticia que la ciudadana en Santiago estaba acumulando producto de los continuos y mltiples abusos que se cometan en contra de ella, a veces del modo ms grotesco. Agua, luz, metro, arriendo, autopistas, bencina, y el constante aumento del costo de la vida, amparados en la mayora de los casos por leyes que los polticos acordaron e impusieron por fuera de cualquier consenso social, hicieron que esto estallara de modo descontrolado.

Si bien es an muy pronto para poder comprender en sus mltiples dimensiones la revuelta de octubre, entre otros motivos porque aun est activa, las ideas de exceso y de derrumbe pueden servir para comenzar un esbozo de ello.

Por un lado, los excesos se pueden entender de tres modos, concatenados entre s. El primero de ellos, es el exceso de abusos por parte de las capas dominantes, incluyendo a la sociedad poltica. Si bien ello se puede rastrear desde 1973, en su forma contempornea ellos comenzaron a darse con la concesin de las carreteras, la privatizacin de las sanitarias, o con un presidente en ejercicio pidindole patticamente empleo al magnate Horst Paulman para cuando deje el cargo (en estos tres casos, Ricardo Lagos fue figura central). Tambin con los continuos perdonazos del Servicio de Impuestos Internos a las grandes empresas, adems de una serie de ventas, arreglos tarifarios, sobresueldos, lucros y ganancias aseguradas para las grandes empresas a costa de los sueldos de las trabajadoras y trabajadores.

El segundo tipo de excesos, es el aumento continuo de sufrimientos vividos cotidianamente por gran parte de la poblacin, debido precisamente a los excesos del primer tipo. Las continuas alzas, escuetamente fundamentadas por comisiones de expertos o lisa y llanamente porque es la ley, o las flexibilizaciones de todo tipo, fabricadas a pedido de los grupos dominantes, no hicieron sino precarizar, poco a poco, pero de modo sostenido, las vidas de gran parte de la poblacin. Los excesos sufridos llegaban a gran parte de la poblacin, que no saban si al mes siguiente iban a tener trabajo, o que no saban si a fin de mes iban a tener que endeudarse en el supermercado para comprar comida. Las vidas cotidianas se vieron sumidas en la incertidumbre, mientras las capas dominantes, sociedad poltica incluida, hablada de Chile como un oasis en la regin.

Finalmente, luego de dcadas de verse sometidos a los excesos de parte de los de arriba, los de abajo irrumpieron con una rabia desatada, contra el ltimo exceso que rebas el vaso: la segunda alza del Metro durante el ao. De una cierta manera como el ludismo, cuando los obreros las emprendieron contra la mquina vista como la causa de sus malestares, la ciudadana las emprendi contra el Metro, la causa que colm una paciencia que pareca eterna. Luego, fueron los supermercados y las grandes empresas las que se vieron inundadas de rabia acumulada y tragada a regaadientes por una poblacin que superficialmente pareca sumisa, pero que revent incontenible. En ltimo momento, y slo debido a las torpezas de una sociedad poltica que no tuvo nunca las herramientas conceptuales para comprender lo que suceda, se volc contra la institucionalidad, exigiendo transformaciones profundas que frenaran sus excesos. Quien haya estado presente en alguno de los mltiples sitios de la revuelta aquel viernes 18, y el fin de semana que le sigui, difcilmente podr negar que lo que se viva ah era un exceso, pero eran un exceso de emociones y de prcticas superpuestas que emergan a la superficie de las y los manifestantes. De la rabia, alegra, sorpresa, y anticipacin mezcladas, emergan barricadas, ocupaciones, destrucciones, saqueos de grandes negocios, pero tambin convivialidad, acompaamiento, solidaridad. Se form un espacio liminal del que emergi una suerte de communitas, donde los individuos escapan al sistema de clasificaciones ordinarias a las que estn sometidos segn las posiciones en la estructura social y el espacio cultural.

En ese marco, la idea de derrumbe emerge como modo de comprensin de la incapacidad, inoperancia, alienacin y desaparicin, de una sociedad poltica que ni previ, ni supo cmo gestionar un conflicto que se vena fraguando durante dcadas en lo profundo de las vidas diarias de las personas. Menospreciando la capacidad de convocatoria de los secundarios durante la semana de evasiones, el viernes 18 esa sociedad poltica se vio desbordada en su nica forma que tiene de gestionar los conflictos: la represin. Los carabineros no dieron abasto frente a los innumerables focos de revueltas espontneas, excesivas. Luego, los militares tampoco pudieron controlar el desborde, y durante todo el tiempo que ha durado esta revuelta, el gobierno ha manifestado insistentemente, mediante sus intervenciones, que no comprende lo que sucede, y el parlamento ha quedado mudo, inerte. Apelar a la represin, a un supuesto enemigo poderoso, o a agendas sociales que no tocan los fundamentos del sistema, slo ha servido para avivar a las y los manifestantes que, porfiadamente, se niegan a aceptar que las cosas se mantengan igual. El acuerdo pactado entre los mismos de siempre, en un intento por evitar su propio colapso, tampoco convence. La sociedad poltica, desbordada, est al borde del abismo.

El mundo acadmico, desde el da 2 de la revuelta, ha escrito que lo que desencaden todo este proceso movilizatorio son las desigualdades persistentes contra una sociedad cada vez ms a la deriva. Sin embargo, en las plazas, barrios y sobre todo en las Alamedas, las consignas y gritos son mucho menos acadmicos, y en gran medida priman aquellos que se refieren a los abusos continuos de parte de empresarios y polticos que, a espaldas de la ciudadana, se sumergen en autocomplacencias, acuerdos y piropos endgenos, en enroques de puestos, en la formulacin de leyes a medida de quienes financian con raspados de olla la actividad poltica. Ms que las desigualdades, es contra los abusos cotidianos que se impuls las consigna de Hasta que la dignidad se haga costumbre, o Hasta que valga la pena vivir. Porque durante el mes de movilizaciones, no haba demandas unificadas, sino ms bien un Basta ya!. Las desigualdades, se diluyen en las manifestaciones en consignas de este otro tipo. Ni las desigualdades que operan a nivel academicista, ni la poltica, derrumbada por una falta de herramientas capaces de leer la realidad, han sido capaces de dar el rumbo. Es la ciudadana, en una movilizacin que parece permanente, la que ha orientado, a trompicones, un rumbo incierto, pero donde lo claro es que ya no est dispuesta a aceptar el exceso de abusos, porque ha demostrado su capacidad de desbordar, con sus propios excesos, toda normalidad.

Las preguntas que quedan por plantearse tienen que ver con qu es lo que sucede en las vidas cotidianas de quienes han salido a las calles, persistentemente, durante todo este mes de revueltas y movilizaciones. Si bien puede ser meridianamente claro que es contra los continuos abusos contra los que se manifiesta, lo que queda por indagar, por un lado, es cmo esos abusos se traducen en dificultades, limitaciones y privaciones, pero tambin en modos diversos de enfrentarlas, llevando a transformaciones diversas, ambivalentes e inciertas, de las prcticas y estrategias diarias. Qu pasa cuando, por ejemplo, llega una cuenta de la luz un 10% ms cara, o que la suba del Metro en $30 implica, para una familia estndar, el tener que posponer compras menos urgentes, pero igualmente necesarias, como los zapatos de sus hijos? Por el otro lado, debemos preguntarnos si en las vidas cotidianas de las y los que se manifiestan, existen tambin prcticas que buscan subvertir los modos dominantes de estar en el mundo. Las y los contestatarios, son contestatarias/os tambin en sus vidas de todos los das? Qu hacen y, sobre todo, cmo lo hacen para dar cuenta de activismos que, eventualmente, pueden subvertir la experiencia y subjetividad dominantes en las plazas, barrios, trabajos y en sus trayectos cotidianos?

Si es en la vida cotidiana donde se evidencian con toda su prepotencia los abusos y sufrimientos, es ah donde se debe buscar las causas de la revuelta y de la movilizacin, ms que en ndices abstractos que, con toda su maquinaria positivista, no son capaces de distinguir entre un kilo de pan y un pasaje de metro. Es en la vida cotidiana, tambin, que se puede indagar para develar las coherencias y ambivalencias de activismos, cuyos estilos de vida promueven la transformacin social.

El futuro es hoy incierto, pero ya no est en manos de quienes han sometido las vidas cotidianas a continuos abusos. Hoy est, como pocas veces en la historia, en las manos y en los cuerpos de quienes llevan sus ollas, sus antiparras, y sus voluntades, a la calle.

 

 

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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