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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 22-11-2019

Articular las resistencias
Hacia un proyecto poltico altermundista

Arturo Borra
Rebelin


El todo es lo no verdadero.

T. Adorno

1. La heterogeneidad de lo social

Desde hace varias dcadas, la irrupcin de los movimientos sociales disidentes es insoslayable, no solo ni prioritariamente para la sociologa crtica o la teora poltica, sino para nuestra formacin social en conjunto. La retirada del estado en trminos de proteccin social, cuando no la destruccin sistmica del estado de bienestar, as como la prdida de confianza social con respecto a sus mrgenes polticos y su capacidad de transformacin social efectiva, han empujado a millones de personas y grupos a plantear otros vnculos con respecto a las instituciones polticas, desplazndose de una relacin de delegacin o representacin a una relacin crtica que exige su participacin peridica en el campo de la poltica (extraparlamentaria). El escepticismo ante el sistema poltico, lejos de conducir hacia una apata generalizada, tambin ha dado lugar a nuevas formas de inconformismo y a una revitalizacin de lo poltico en tanto prctica instituyente.

En diferentes partes del mundo, bajo una presin estatal sofocante, las disidencias no han cesado de proliferar: movimientos obreristas de recuperacin de fbricas, piqueteros, feministas, anticapitalistas, antirracistas, ecologistas, colectivos LGBTIQ+, grupos antidesahucios, movimiento Sin Tierras (MST), defensores de DDHH, colectivos indgenas, racializados y migrantes o grupos llamados "antiglobalizacin, entre otros, constituyen agentes polticos diferenciados que demandan cambios sociales, econmicos, institucionales y culturales que el actual sistema poltico (caracterizado de forma habitual como democrtico y cuestionado por timocrtico) se muestra incapaz de gestionar desde el mbito estatal y, ms ampliamente, desde las instituciones pblicas (nacionales, comunitarias e internacionales). No se trata solo de dficits democrticos salvables por algn gobierno ms o menos progresista (aunque experiencias como las de Portugal muestran mrgenes de accin poltica significativos); por el contrario, dichos movimientos hacen manifiestas las limitaciones estructurales de las democracias parlamentarias occidentales en su alianza actual con el capitalismo financiero. Si bien semejante situacin no implica necesariamente desistir de las luchas institucionales (incluyendo las luchas estratgicas por la conduccin del estado), plantea un desbordamiento de la poltica por lo poltico, esto es, un desplazamiento con respecto a los modos efectivos de propiciar un proceso de transformacin social.

En ese contexto global, se hace pertinente repensar nuestros modos de intervencin colectiva y, en particular, de elaborar respuestas en comn ante un sistema poltico que, como anticip Gramsci (1974), en momentos de crisis no duda en desplegar su aparato coercitivo, tal como ocurre en la actual coyuntura internacional frente a diversas revueltas populares. En este sentido, aunque en trminos genricos nuestra sociedad puede calificarse legtimamente como racista, xenfoba, clasista, productivista y (hetero)sexista, cualquier intento de potenciar las resistencias colectivas en curso exige, a mi entender, una distincin interna dentro de esa sociedad, especialmente a efectos de visibilizar su relativa heterogeneidad y, en particular, las luchas colectivas que desestructuran su orden dominante. En trminos tericos, se trata de eludir una forma recurrente de reduccionismo que, al plantear el cierre de lo social, no solo impide conocer prcticas e identidades diferenciadas, sino que dificulta el mutuo reconocimiento de movimientos, plataformas y colectivos autoorganizados que tienen como finalidad explcita el cambio social y que no se dejan describir de forma apropiada a partir de lo que un proceso hegemnico centraliza.

Si bien a menudo diferentes iniciativas colectivas han sucumbido ante las presiones sistmicas -especialmente las polticas represivas pergeadas por los estados nacionales y la insistente labor criminalizadora de los discursos dominantes-, una constante de estos movimientos sociales disidentes ha sido su capacidad para elaborar estrategias de lucha en comn frente a esas polticas y sostener mediante diferentes modalidades prcticas sus reivindicaciones especficas. As, las resistencias a los procesos hegemnicos forman parte irreductible de un anlisis poltico contemporneo. Reconocer esas dinmicas, en este punto, tambin implica incluir en trminos sociolgicos la heterogeneidad de los propios movimientos sociales (Pleyers, 2018). Del hecho de que compartan algunas reivindicaciones no se deriva que dichos movimientos no estn atravesados por una conflictividad interna tan persistente como ineludible. Sin esta dimensin conflictiva, los movimientos no seran tales, sino bloques actuando con arreglo a unos objetivos unnimes.

Precisamente porque esos movimientos distan de la imagen homognea que a menudo se plantea con respecto a los mismos, cabe remarcar que la construccin de consensos es en el mejor de los casos resultante de una prctica de negociacin de sus diferencias y no un punto de partida o una condicin de su existencia. La continuidad de dichos movimientos sociales, pues, depende no solo de lo que las polticas de estado permitan o el grado de consenso que generen en otros agentes sociales e institucionales, sino tambin del modo en que gestionan sus divergencias internas. Sus consensos son necesariamente precarios e inestables, resultantes de esta base negociada y conflictual sobre la que se construyen. Pretender construir frentes de lucha al margen de esas diferencias es ilusorio e impide asumirlas de forma abierta como parte central de su devenir poltico.

La misma identificacin de los ejes sistmicos con que estos movimientos antagonizan est en discusin. Mientras que algunas posiciones apuestan por subsumir las distintas aristas de sus luchas bajo el significante totalizador de capitalismo (como vertebrador fundamental y ltimo de todas las luchas sociales con vocacin de cambio), otras posiciones abogan por distinguir cada eje, en tanto plantearan especificidades materiales, es decir, una existencia entretejida a la vez que relativamente autnoma que justificara la referencia explcita a otros ejes de opresin, como ocurre con el antirracismo, el feminismo e incluso el ecologismo (1).

Lo relevante, desde esta perspectiva interna, es que necesitamos diferenciar en trminos analticos ejes que, aunque resulten inseparables en nuestra experiencia histrica, operan de modos especficos. Reenviar todas esas opresiones al capitalismo, en este sentido, corre el riesgo de recaer en una forma de reduccionismo de clase (que, en trminos despolitizados, suele ser planteado como aporofobia): remitir las dinmicas sexistas y racistas a una determinacin, en ltima instancia, econmica. Semejante economicismo no permite dar cuenta de los mltiples regmenes de poder que se sobredeterminan en el sistema mundial actual (2). Si bien las jerarquas de clase, raza/etnia y gnero estn estructuralmente interrelacionadas, usar la categora de capitalismo como trmino englobante que permite subsumir las dems podra hacer suponer, de forma equivocada, que aboliendo su modo de produccin automticamente quedaran abolidos el patriarcado, el racismo y el productivismo o suponer que los sujetos anticapitalistas son necesariamente feministas, antirracistas y ecologistas (algo que, por lo dems, es histricamente errneo).

El argumento podra admitir diferentes conjugaciones: si capitalismo fuera una categora omnicomprehensiva, eso significara que feminismo, antirracismo y ecologismo seran formas particulares (tan parciales como concretas) de luchar de forma explcita y deliberada contra dicho sistema. Aunque hay variantes de estas corrientes que, efectivamente, luchan contra el sistema capitalista, tambin es claro que hay variantes del feminismo que se declaran abiertamente liberales(3), variantes antirracistas que luchan por cambiar la posicin de determinadas personas en una sociedad racialmente dividida -sin cuestionar las estructuras socio-institucionales que sostienen esa divisin (4)- y variantes ecologistas que defienden ms bien un capitalismo verde o incluso un crecimiento sostenible (que, por lo dems, no deja de ser un oxmoron) [5]. En sntesis, ni el anticapitalismo como tal es necesariamente antirracista, feminista y ecologista ni, a la inversa, posicionarse como feminista, antirracista o ecologista conduce de forma inevitable a combatir el capitalismo como especfica estructura de clases basada en la divisin capital/trabajo (6).

El debate en torno al alcance conceptual de cada significante, no obstante, es recurrente y constituye parte central de la dimensin deliberativa necesaria para la propia continuidad de esos movimientos. Sin esa deliberacin colectiva lo que se produce es un vaciamiento del espectro igualitario y antijerrquico que esos movimientos encarnan o aspiran encarnar: una fractura que suele derivar en su disolucin o institucionalizacin como partido poltico, asociacin u otro tipo de organizaciones formales. No en vano la denuncia regular ante estas reestructuraciones es la manipulacin que unos grupos especficos hacen del movimiento en el que participan. Ms o menos acertadas, esas denuncias son sntoma de un desplazamiento de lo democrtico -como ejercicio de una igualdad efectiva entre sujetos diferenciados-, a lo autoritario -como ejercicio de poder jerrquico de unos sujetos sobre otros, habitualmente erigidos en guardianes de la Causa-. El pasaje de lgicas asamblearias a lgicas jerrquicas es el momento crtico de todo movimiento: la irrupcin de una parte que reclama una posicin privilegiada con respecto a las otras y, por implicacin, el cercenamiento de la negociacin y disputa discursiva, erigindose en dogma oficial. Con ello, la pluralidad ideolgica es saboteada y la consecuencia ms habitual no es otra que el vaciamiento o la desercin. La participacin directa es desplazada por la representacin institucionalizada y la radicalidad de lo instituyente suplantada por un dogmatismo instituido. No es extrao que, en esa dinmica esquematizada, el grupo dominante termine afrontando una crisis de legitimidad provocada por una polarizacin creciente que se convierte en ruptura con quienes disienten (denunciada, tambin, como purga) [7] y una creciente regulacin de las funciones de cada sujeto (incluyendo la proclamacin de lderes) que, de forma habitual, cristaliza en roles codificados.

Devenir-secta, sin embargo, no es destino. Los movimientos sociales disidentes tienen un lugar relevante en la historia del pluralismo ideolgico y, en general, un espacio central en las luchas democrticas contemporneas y en la formacin de una cultura comn ligada a la igualdad efectiva. Ms aun: han contribuido a reinventar de forma decisiva, aunque a pequea escala, formas de democracia directa que los estados han procurado sofocar de maneras distintas. En particular, debemos a esos movimientos la recuperacin de una poltica asamblearia que ha impulsado una prctica participativa, a pesar de algunas limitaciones regulares como son los tiempos requeridos para una toma colectiva de decisiones, la dilucin de responsabilidades o las dificultades para desplegar intervenciones estratgicas comunes. En ese sentido, no resulta desencaminado suponer que una de las pautas de consolidacin de estos movimientos -acorde a un deber de apertura crtica propia del mandato democrtico- es su capacidad para afrontar conflictos internos de forma creativa y apostar por un proceso de distribucin igualitaria de poder que minimice la descalificacin como relacin primordial con el otro. Antes que esa polemologa en accin que se suele poner en juego en algunos espacios del activismo (8), semejantes espacios bien podran potenciarse como lugares de construccin de formas abiertas de comunidad (9).

2. Fragmentaciones

Ya es un tpico sostener que las fragmentaciones pasan factura a la(s) izquierda(s). Ciertamente, abundan ejemplos de rupturas internas que han implicado un debilitamiento notable de frentes de lucha populares. Aunque de forma legtima algunos grupos y colectivos reclaman para s no solo una pluralidad de derechos sino tambin un reconocimiento identitario, las polticas de la identidad que ponen en juego corren el riesgo de confundirse con una filosofa esencialista que dificulta, cuando no bloquea directamente, la articulacin con otros movimientos sociales y el despliegue de una poltica de alianzas efectiva. No es esa la dinmica de algunos grupos disidentes erigidos en vanguardia poltica? Cuntas veces hemos presenciado la recada en lo que pretendemos abolir, considerndonos libres de lo que denunciamos, cuando ms de una vez nuestras subjetivaciones polticas reinciden en las mismas lgicas binarias, autoritarias y jerrquicas que padecemos? Para decirlo de otro modo: en qu sentido la izquierda poltica se ha desplazado del discurso del amo que pretende fijar de forma unilateral su Ley planteada como inapelable?

Si bien desde hace tiempo los movimientos disidentes han cuestionado de forma legtima un liderazgo basado en una poltica de representacin, ejercida bsicamente por sujetos privilegiados en nuestro contexto, sobre todo, hombres blancos, cristianos, heterosexuales, europeos y burgueses- no afectados directamente por el racismo y la xenofobia, el clasismo o el patriarcado, una poltica articulatoria -entendida como () toda prctica que establece una relacin tal entre elementos, que la identidad de stos resulta modificada como resultado de esa prctica (Laclau y Mouffe, 2010: 119) [10]- exige un desplazamiento con respecto a una posicin esencialista que plantea la identidad como una suerte de esencia originaria (o un conjunto estable de atributos) del ser humano pensado por fuera de su constitucin histrica y social. Semejante esencialismo, que confunde posicin social y agenciamiento, es uno de los principales obstculos para articular en un frente comn luchas que comparten el anhelo de otra sociedad.

En ese contexto, la revisin del concepto de identidad me parece imprescindible. Incluso si el concepto sigue siendo necesario para pensar la agencia y lo poltico, es preciso desplazarse de aquellas perspectivas que lo plantean como una especie de ncleo fijo del individuo o la comunidad, concebidos por fuera del tejido social. Antes bien, se trata de pensar la identidad como construccin relacional inestable y cambiante antes que como una propiedad fija e inamovible. En esa direccin se mueve Stuart Hall al recuperar la nocin de identidad para pensarla como una construccin social que, sin negar los procesos hegemnicos, permite dar cuenta de mltiples resistencias (11). En su forma de/reconstruida, el concepto de identidad nos ayuda a pensar un sujeto descentrado que se constituye a partir de identificaciones mltiples.

En vez de un individuo que preexistira a la sociedad, Hall muestra cmo el ser humano conforma su identidad a partir de diferentes identificaciones conflictivas que nos localizan en el espacio social, como especficos sujetos sexuados, enclasados y racializados. La identificacin no borra la diferencia. La construccin de identidades es el juego de delimitacin de fronteras simblicas, lo que supone a su vez una exterioridad constitutiva (que Derrida y Laclau desarrollan a partir de la categora de antagonismo). As, las identidades son construidas a travs de discursos, prcticas y posiciones diferentes, a menudo cruzados y antagnicos, dentro de mbitos histricos e institucionales especficos (12).

As pues, ms que rechazar a secas las polticas de la identidad, se trata de pensar en su significacin poltica y en sus posibilidades de articulacin. Es precisamente la construccin de equivalencias entre identidades diferenciadas y la delimitacin de fuerzas antagnicas lo que permite la construccin de una hegemona alternativa, ligada a un proyecto colectivo de democracia radical y plural.

3. Hacia una poltica articulatoria

Frente a la creciente fragmentacin de la(s) izquierda(s), articular las mltiples resistencias que se despliegan en el presente constituye una condicin para la construccin de una hegemona alternativa, tanto a nivel local como a escala nacional e internacional. Admitiendo que toda prctica poltica supone luchas por hegemonizar el campo poltico, esto es, que necesariamente se constituye en un campo de poder en el que los diferentes agentes luchan por la construccin de una voluntad colectiva (Laclau, 2007), la fragmentacin poltica de la izquierda no significa nada diferente a la constatacin de su derrota histrica en diferentes planos de su intervencin (13). Precisamente porque nuestra formacin social es irreductible a una lgica de dominacin unitaria, necesitamos articular nuestras reivindicaciones diferenciales en frentes comunes de lucha. El ascenso de una ultraderecha abiertamente antidemocrtica, la consolidacin de un orden social xenfobo, racista, sexista, ecocida y clasista, la primaca de unas polticas de estado que perpetan esas mltiples formas de desigualdad y opresin, as como la permanente reconversin de los seres humanos en consumidores dentro de una economa de mercado que se desentiende de aquellos que condena a la pobreza, la exclusin social y la muerte por goteo (especialmente en las puertas de Europa y EEUU), entre otras realidades sangrantes, constituyen fenmenos de primer orden que, polticamente, nos exigen respuestas colectivas efectivas, delimitando las fuerzas con las que antagonizamos (14) .

Semejante articulacin, pues, constituye uno de los desafos polticos centrales de nuestra poca, en tanto condicin de posibilidad de una sociedad diferente: no tanto abrir nuevos frentes de lucha como incluir los ya existentes en un mismo horizonte de emancipacin, partiendo de la rehabilitacin de lo utpico en tanto construccin histrica abierta y plural en la que el deseo de otro mundo toma forma a partir de fuerzas sociales que lo anticipan (15). Dicho de otra forma: la construccin de una sociedad ecosocialista, feminista y anticolonial exige la elaboracin de un proyecto colectivo especfico antes que la proliferacin de luchas ms o menos dispersas centradas en ejes planteados como mutuamente excluyentes. No se trata, por tanto, de un proyecto que pueda separarse de forma vlida de las intervenciones polticas de los diferentes movimientos sociales disidentes a los que nos referimos. Antes bien, ese proyecto se entreteje no sin ambigedades y conflictos- en la multiplicidad de luchas sociales por la igualdad efectiva.

Aunque a ese proyecto podramos denominarlo como altermundista por posibilitar la inscripcin discursiva de diversas luchas sociales en su voluntad comn de instituir otro mundo social posible, corre el mismo riesgo que otras categoras totalizadoras: dar por sentado que el altermundismo implica necesariamente una prctica poltica anticapitalista, ecologista, antirracista y feminista. Tendramos, entonces, que privarnos de cualquier lgica poltica totalizadora? Y cmo podra ser esa des-totalizacin compatible con la voluntad de cambiar el mundo social como tal, en tanto totalidad determinada? No implica, por el contrario, una cierta operacin re-totalizadora, en tanto aspiracin a transformar el conjunto de la sociedad? A menos que incurramos en alguna forma de reformismo gradualista, desde esta perspectiva, privarnos de esa lgica sera sin ms declinar de un espectro revolucionario que aspira a cambiar el mundo social de raz. Lo que en cambio exige de nuestra parte es reformular la propia nocin de totalidad ya no como lgica de una mediacin universal y necesaria (que tiene como contrapartida la idea de una sociedad homognea) sino como una trama especfica y contingente (que reintroduce en trminos analticos la heterogeneidad de lo social). A esa forma de totalidad relativamente abierta y en devenir nos referimos, precisamente, con la nocin de una articulacin poltica capaz de incluir una multiplicidad de demandas en un mismo horizonte emancipatorio.

Significa ello que cada movimiento debera asumir las demandas polticas de los otros movimientos disidentes, confluyendo en un nico movimiento global (un movimiento de movimientos)? Antes bien, quizs se trate de recuperar lo que algunas corrientes libertarias identificaron como apoyo mutuo: no estamos obligados a participar directamente en todas las luchas sociales, algo que es material y vitalmente imposible. Ello no niega, sin embargo, la posibilidad de construir espacios de confluencia y enlaces entre esos movimientos con el fin de coordinar sus intervenciones e incrementar su eficacia poltica. La categora de articulacin, as, no se confunde con ninguna propuesta de homogeneizacin de identidades colectivas ni, mucho menos, con un llamado a la organizacin, como si esas luchas no estuvieran ya autoorganizadas en un grado relevante. A diferencia de ello, se trata de reflexionar sobre aquellas modalidades prcticas de vinculacin que permitan entretejer nuestras luchas a escala planetaria y crear espacios de debate colectivo que permitan, ms que un consenso ltimo, construir puntos en comn o una cadena de equivalencias entre reivindicaciones diferenciadas que antagonizan con el actual sistema-mundo.

Algo semejante implica al menos i) la co-presencia de agentes histricos heterogneos que necesitan negociar sus diferencias a efectos de inscribirlas en una misma cadena significante; ii) la coordinacin de esos agentes en espacios de deliberacin y decisin en comn en diferentes escalas; y iii) el desarrollo de estrategias conjuntas de comunicacin e intervencin (incluyendo una agenda compartida de luchas). En suma, se trata de interrogar el sentido de nuestras apuestas polticas para aprender a caminar en comn. Contra todo purismo, que confunde dogmatismo y radicalidad, en ese camino tambin nuestras identidades necesariamente sern transformadas por la interaccin con otras.

En suma, construir espacios de reflexin y participacin en comn supone no solo rebasar la compartimentacin institucional sino, sobre todo, la inclusin de colectivos que histricamente han sido excluidos o relegados en su necesario protagonismo: personas negras, mestizas, mujeres, indgenas, trabajadores, migrantes, sujetos racializados y grupos LGTBIQ+, entre otros. Al menos en el contexto europeo, ms que nunca, es preciso un doble gesto poltico: dejar de hablar en nombre de los otros (como suele hacer cierto despotismo ilustrado) y apostar por la apertura de un debate crtico multicentrado (no eurocntrico) que nos permita recuperar saberes elaborados en otros contextos. Es en esa recuperacin por la que podemos no solo revisar nuestros privilegios concretos sino tambin elaborar una crtica sistemtica a las estructuras que sostienen las desigualdades del presente (16).

Desde luego, nada semejante est dado. Ms que nunca, es preciso un trabajo poltico que permita entretejer disidencias. En ese trabajo, la teora crtica (anticolonial) resulta imprescindible, ante todo, para alertarnos de nuestras posibles cegueras etnocntricas y orientarnos en nuestras prcticas transformadoras. Contra el autoritarismo antiintelectualista que no cesa de proliferar, necesitamos interrogar aquellas herramientas tericas que nos orientan en nuestras intervenciones. La prohibicin de pensar -como si el pensamiento fuera por necesidad la hybris del sujeto-, conduce a una sociedad totalitaria. Contra ese cierre dogmtico, cabe reivindicar una prctica articulatoria, ligada a la internacionalizacin de la revuelta y a la institucin efectiva de otro mundo social. Es en esa prctica donde reside la promesa siempre incierta y abierta de una sociedad ms justa.

Notas

  1. Aunque el capitalismo plantea una base industrialista/ extractivista, de forma creciente, la defensa de la naturaleza tambin se ha desarrollado desde la crtica al especismo o, en trminos diferenciados, al antropocentrismo, que desborda claramente el campo econmico. Por otra parte, la constatacin de que otros sistemas econmicos no han cuestionado esta base industrialista/extractivista supone que el ecologismo implica y rebasa al mismo tiempo el cuestionamiento del orden capitalista. La dominacin tcnica de la naturaleza, reducida a un mero recurso natural explotable, es la base del productivismo desenfrenado que est provocando, con intensidades variables, una crisis planetaria irreversible .

  2. La necesidad de elaborar un pensamiento heterrquico ha sido remarcada por parte de algunos autores decoloniales (Castro Gmez y Grosfoguel, 2007) a efectos de visibilizar la colonialidad del poder vigente en las sociedades occidentales.

  3. Para una crtica a estas variantes feministas remito a Davis (2003), Lugones (2008), Crenshaw (2012) y Arruzza, Bhattacharya y Fraser (2019).

  4. Este es el caso, por ejemplo, de muchas ONG europeas que colaboran en distintos aspectos con las personas migrantes y refugiadas sin incidir en las estructuras socioinstitucionales que producen discriminaciones mltiples con respecto a estos colectivos, comenzando por el racismo y la xenofobia del que son objeto por parte de las propias instituciones pblicas.

  5. Para una crtica a estas variantes medioambientalistas remito a Taibo (2019).

  6. Aunque podra objetarse con razn que el feminismo liberal, el antirracismo moral o el ambientalismo son inconsecuentes, en tanto discursos determinados tienen una presencia significativa en nuestra formacin social. Por ms inconsistentes que los consideremos, ello no niega su relativa eficacia ideolgica, en cuanto matriz discursiva que orienta especficas prcticas sociales y polticas. Puesto que la produccin de sentido se inscribe en contextos histrico-sociales concretos, ninguna categora est exenta de las disputas simblicas que atraviesan nuestras sociedades: cuanto mayor es su centralidad en la vida poltica, ms ambigedad semntica adquieren. Dicho lo cual, es sobre el reconocimiento de estas disputas simblicas como mejor podemos luchar para dotar de un sentido emancipador a estas categoras. De modo anlogo, incluso si abogamos por un anticapitalismo capaz de cuestionar el patriarcado, el colonialismo y el productivismo, considero crucial diferenciar entre aquello que nos resulta polticamente deseable de aquello que, en el marco de unos grupos sociales, se plantea en cuanto al alcance y lmites de ciertas luchas. Dicho en otros trminos: que nosotros apostemos por articular diferentes luchas sociales en un sentido emancipador no niega que, de facto, otros agentes sociales desplieguen concepciones contrarias acerca de lo que implica, en trminos semnticos, cada una de estas luchas.

  7. Aunque esta caracterizacin sumaria sea necesariamente esquemtica, atraviesa todo el espectro poltico. Si bien no es privativa a los movimientos disidentes, tambin los incluye. El autoritarismo y el sectarismo son formas estructurales de las dinmicas grupales, riesgos de los que ningn grupo social est exento.

  8. A diferencia del concepto de militancia, ligado a un compromiso prctico relativamente estable con respecto a ciertas estructuras institucionales (especialmente partidos polticos y sindicatos), el activismo podra vincularse a la participacin variable en mltiples espacios sociales de carcter extrainstitucional.

  9. Achile Mbembe se ha explayado sobre la relacin entre esta forma de comunidad y su relacin con la clnica en (2016). Al respecto, parte del trabajo de esa comunidad no puede ser otro que un trabajo de duelo en torno a las heridas histricas infligidas a los sujetos subalternos.

  10. La prctica de la articulacin consiste, por tanto, en la construccin de puntos nodales que fijan parcialmente el sentido; y el carcter parcial de esa fijacin procede de la apertura de lo social, resultante a su vez del constante desbordamiento de todo discurso por la infinitud del campo de la discursividad (Laclau y Mouffe, 2010: 130).

  11. A diferencia del estructuralismo, ms que pensar al sujeto como un efecto, de lo que se trata es de reconceptualizarlo a partir del cuestionamiento del mito de una interioridad fundante, pero tambin de la idea de un sujeto que no ofrecera resistencia al poder disciplinario que estudia Foucault. Se trata ms bien de recuperar una doble vertiente del sujeto: no solo como sujeto disciplinado sino tambin como sujeto deseante.

  12. Tal como Hall lo retoma, se trata de un concepto estratgico y posicional: Precisamente porque las identidades son construidas dentro, y no fuera, del discurso, tenemos que entenderlas como producidas en localizaciones histricas e institucionales especficas, dentro de formaciones y prcticas discursivas y por medio de estrategias enunciativas especficas. Ms an, surgen dentro del juego de modalidades especficas de poder y por lo tanto son ms el producto de la marcacin de la diferencia y la exclusin, que signos de una unidad idntica naturalmente constituida, una identidad en su sentido tradicional (esto es, una igualdad total, sin grietas, sin diferenciaciones internas) (Hall, 2003: 18).

  13. Una poltica anti-hegemnica es, a mi entender, una poltica denegatoria: al autoafirmarse, niega la dimensin constitutiva de lo poltico ligado a la construccin de una voluntad colectiva en tanto condicin de existencia de toda prctica instituyente.

  14. Entre otras formas discriminatorias, tambin es oportuno advertir sobre la escalada de la homofobia, la lgtbifobia, la disfobia, la transfobia, el antigitanismo y la islamofobia, en tanto modos en que los privilegios del sujeto hegemnico tienen como contrapartida serios perjuicios para los sujetos subalternos.

  15. En Qu hacer con la pregunta qu hacer? Derrida (1997) aproxima lo utpico a la posibilidad de soar, no ya en lo que pudiera tener de cierre en su realizacin material sino en tanto principio de apertura de lo histrico.

  16. Para una crtica a la episteme occidental, remito a Castro Gmez (2005).

Referencias bibliogrficas

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