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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 22-11-2019

Vuelve el fascismo, vuelve el siglo XX

Armando B. Gins
Rebelin


Cay el comunismo como alternativa ideolgica y poltica al capitalismo y los voceros de la posmodernidad proclamaron que ya no haba lucha de clases ni zarandajas conceptuales por el estilo; ya todo era discurso en positivo sobre la autorrealizacin personal. El mensaje iba directo a la emocin ntima de sentirse clase media occidental e ilustrada.

Otras ideas fuertes lanzadas al ruedo social por los think thanks conservadores y socialdemcratas a escala mundial descansaban en dos ejes bsicos a modo de aagazas ilusorias: el advenimiento por ciencia infusa de la nueva y definitiva sociedad del ocio y la comunicacin y el pleno empleo. Ambas construcciones ideolgicas marcaron la dcada final del siglo XX hasta la aguda crisis de 2008.

Mientras en la superestructura propagandstica el horizonte feliz pareca erigirse en la utopa del fin de la historia realizada de facto, la advocacin capitalista denominada neoliberalismo arrasaba el continente sudamericano, los otrora pases en desarrollo africanos, los antiguos pases asociados a la URSS y la periferia asitica y rabe. Las herrramientas del modus operandi de aquellos tiempos fueron el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y los tratados comerciales libres firmados por Estados Unidos y la Unin Europea con sus reas de influencia comerciales para imponer sus productos a pases con estructuras de desarrollo dbiles que arrasaban sus sectores agrcolas e industriales con crditos onerosos que como efecto secundario endeudaban sus arcas pblicas hasta lmites de miseria. A este cuadro deplorable hay que sumar a China como gigante depredador en el escenario internacional.

En su conjunto, esta ideologa posmoderna descrita a grandes trazos no nos ha llevado a ninguna utopa salvfica, ms bien estamos instalados en una distopa cuya imagen nos recuerda vivamente los espacios habitados en el siglo pasado. El dj vu resulta evidente si penetramos crticamente la situacin actual. Destacamos a vuelapluma algunos rasgos que pueden definir ese retorno a un siglo XX que se resiste a ser incinerado de modo digno.

Uno. El auge de la ultraderecha es una constatacin emprica en Europa y Amrica. Durante las dcadas del bienestar moderado gracias al miedo al comunismo, la clase trabajadora modul sus reivindicaciones a cambio de empleos con derechos, coches utilitarios, viviendas hipotecadas hasta la jubilacin, pensiones para ir tirando hasta el ocaso, vacaciones en el pueblo de origen y mejor educacin para sus descendientes. El ascensor social funcionaba, ms o menos, a la par que los beneficios empresariales crecan mediante las plusvalas de rigor.

El precio a pagar por ese encantamiento popular con el capitalismo fue una periferia de pobreza internacional merced a tcnicas colonialistas e imperialistas que exportaban las externalidades sociales invisibles y la huella ecolgica gigantesca a los pases pobres, ricos en recursos naturales pero esclavizados por la tecnologa financiera de la deuda impagable y las patentes tcnicas del incipiente desarrollo industrial y los agronegocios.

De ese mix se nutra la otrora clase media occidental, una clase artificial, sin ideario propio, consumista, que vota emocionalmente y de manera maniquea y siempre por s misma. El bipartidismo, ahora conservador, luego socialdemcrata, y viceversa, es el paradigma simple del pensamiento profundo elaborada para esa clase sin clase encantada de haberse conocido pero en este momento hurfana de sentido poltico y futuro inmediato.

La clase media no ha hecho ninguna revolucin social, sencillamente se ha encamado sobre un colchn muelle donde su molicie acrtica ha sido incapaz de analizar lo que se le vena encima, un alud de proporciones catastrficas.

Las nuevas generaciones que se dicen a s mismas clase media desconocen la historia de su devenir colectivo. Las vanguardias obreras del siglo XX no han podido transmitir su experiencia. Esa memoria cercenada por el discurso de consenso de conservadores e izquierda pactista se ha quedado en los sumideros del olvido.

Muchas capas populares creen que la democracia es de orden natural, que las guerras son de otras pocas o muy alejadas de su centro de ocio favorito, que un occidental es un ser superior al resto de mortales. Que apuntndose a una ONG cualquiera ya est todo resuelto. Que ya no hay lucha de clases, que los conflictos se resuelven por s solos. Que votar es como ir a un supermercado, escogiendo entre varias marcas las que ms se ajusta a nuestro bolsillo y creencias de moda. Que la conciencia de clase es una antigualla prehistrica. Que el culpable de mi situacin soy yo mismo o los otros diferentes.

La estrategia de la divisin del pueblo, la clase que labora y construye bienes que la plusvala capitalista convierte en mercancas, en nosotros/ellos sigue operando a pleno rendimiento. La inmigracin que nunca ha cesado y los nacionalismos de viejo aliento abren vas espurias a las realidades sociales urgentes. Es un aejo vademecum para sortear los estragos que causa el rgimen capitalista.

El fascismo se retir de Occidente tras la Segunda Guerra Mundial, mejor expresado se agazap en la retaguardia de los partidos de derecha para salir a la palestra cuando otra vez fuera til con el fin de domear y marcar caminos fciles de retrica infantil a los pacientes de las clases populares. El fascismo siempre surge en las crisis para suplantar verdaderas polticas de izquierda o cuando las izquierdas nominales se han olvidado de sus races y se han mimetizado con el poder establecido.

Los vacos ideolgicos y de memoria histrica se rellenan con conciencia de clase o con falsa conciencia. El vaco no es ms que crasa ignorancia. De ah que la tcnica fascista fundamente sus tcticas en colmar ese espacio de naderas espectaculares y simples, fciles de asumir emocionalmente cuando todo es un maremgnum confuso de polticas tecnocrticas y elitistas. Nosotros es un concepto que necesita nula elaboracin intelectual. Los otros son evidentes por s mismos: mujeres, inmigrantes, minoras sexuales... Volver a la tradicin, a un mundo fijado por la costumbre, de seguridades inocuas, es un atractivo en ocasiones irresistible, una Arcadia mtica de sabores dulzones y sagrados.

Dos. Pareca que la democracia se haba instalado en las venas por arte de magia. Y ahora asistimos por ensima vez al golpismo militar en Sudamrica. Los ensayos izquierdistas en esa parte tan baqueteada del mundo estn terminando a fuego de bayoneta y tanques. En los ltimos aos: Paraguay, Honduras, semigolpe en Venezuela, Bolivia... El aroma a siglo XX, incluso ms atrs en la retrospectiva, resulta inconfundible.

Podemos aadir a este somero listado de golpes de Estado, otras asonadas por procedimientos democrticos: Turqua, Ucrania, Grecia y las severas imposiciones y lmites de la troika... La lista sera un suma y sigue sutil y muy numeroso.

Las urnas no aseguran la democracia, aunque sean una condicin necesaria. Desde finales del siglo XX, todas las polticas neoliberales (recortes, deuda, precariedad, privatizaciones...) han sido impuestas sin que ningn partido ganador haya explicitado sus medidas drsticas en sus programas electorales. Ninguna formacin ha sido sincera con sus votantes, por tanto no ha conseguido el aval de mayora social alguna. Es eso fake news, concepto engaoso, valga la redundancia, donde los haya? En realidad son mentiras por ocultacin tpicas del poder corporativo: nadie en su sano juicio puede pensar que Bill Gates, Amancio Ortega o cualquier multinacional puntera representa los intereses del trabajador medio.

Las derechas copan el discurso preeminente porque son dueas de los medios de comunicacin de masas, al tiempo que las izquierdas se han retirado de sus bases electorales con el seuelo del consumismo barato: los barrios, el centro de trabajo, las escuelas y la universidad. La batalla por un mundo mejor anticapitalista siempre ha sido desigual, sin embargo la huida de las races es la causa primordial del desastre histrico de las izquierdas transformadoras.

La cultura conformista dominante hace uniforme con variaciones estticas inocuas contradicciones de gran envergadura. Solo con ampliar legalmente libertades civiles, por muy importantes que stas sean, no se cambian las estructuras hegemnicas lideradas por el capital. El sistema resiste muy bien esas acometidas, todas ellas logros indudables de la lucha social: ni las libertades civiles han transformado el marco estructural de dominacin racial en Estados Unidos ni el matrimonio homosexual hace que los derechos sociales sean efectivos. Son eslabones importantes que se asimilan por el capitalismo para embellecer su fachada de tolerancia democrtica.

Incluso esas libertades de iure estn en entredicho por el fascismo al alza. Pero son conflictos que intentan tapar las verdadera estrategia capitalista, que la tasa de beneficios y explotacin crecientes sean invisibles en el debate poltico.

Tres. Daba la sensacin que el Tercer Mundo haba fenecido por la globalidad imperante. No obstante, ese Tercer Mundo surgido del colonialismo, el imperialismo y el racismo vuelve por sus fueros. Como tal existe: vuelven las hordas brbaras, los pueblos salvajes. Unos se hacen terroristas, otros inmigrantes, mientras sus pases de origen son enormes prisiones de dictaduras medievales petrolferas y de predios enajenados al mejor postor dirigidos por sagas neoliberales educadas en las universidades de postn occidentales. Hiede a siglo XX.

La globalidad precisa del Tercer Mundo como instrumento de pnico ideolgico para resaltar que la explotacin laboral en los pases punteros no es para tanto y para comprar sus tierras a precio de saldo en las que sembrar monocultivos que satisfagan el hambre voraz de nuestros coches y engorden nuestro ganado rico en protenas transgnicas. De la revolucin verde de la segunda mitad del siglo XX al desarrollo sostenible del XXI pasando por las responsabilidades sociales corporativas de los emporios transnacionales, el objetivo es idntico: extraer todo el jugo de materias primas de frica, Asia y Sudamrica para consumo occidental.

Si algo deberan aprender las izquierdas del mundo opulento es que la abundancia hoy en entredicho de sus sociedades viene de la esquilmacin y sometimiento dictatorial de los pases pobres. La empresa te explota a ti y tu pas explota a otros ms pobres. La cadena capitalista es compleja pero fcil de desentraar con voluntad crtica.

Quiz otro mundo sea posible pero no lo ser a travs de oenegs de la bondad y ayudas al desarrollo que solo sirven para hacer factible la penetracin dolorosa de las multinacionales en el tejido social de las comunidades pobres. Los pobres saben hablar y atesoran conocimientos ancestrales. Hay que escuchar lo que tienen que decir. Un agricultor despojado de su tierra en la periferia de la globalidad es el equivalente al trabajador occidental que sobrevive en la precariedad laboral. Ambos son explotados por el mismos sistema: el capitalismo. Cabe decir algo semejante de esa adolescente asitica explotada en maquilas o de esa mujer africana que recorre da a da kilmetros para llenar una vasija de agua contaminada con la que calmar la sed acuciante de su familia. La mujer occidental violada por el machismo irredento es idntica mujer a las antes citadas. Deben converger sus reivindicaciones. Oponer internacionalismo crtico y solidario a globalidad capitalista explotadora de recursos humanos y materiales es la guerra que habr que librar en las prximas dcadas.

Cuatro. En las ltimas dcadas el trabajo ha pasado a un segundo plano y ha sido suplantado por la lucha contra el paro y las estadsticas sociolgicas que acotan y evisceran de sentido profundo la problemtica esencial del conflicto capitalista: empresa versus trabajador.

Los sindicatos de clase se han adormecido en negociaciones por arriba similares a los ideales plasmados en documentos ureos sobre libertades civiles pero han desertado del centro laboral, por causas propias y otras objetivas. Ahora mismo, salvo en grandes empresas consolidadas, el sindicalismo es pura clandestinidad. No se puede reivindicar ni los derechos escritos. Si alguien se atreve en una pequea y mediana empresa a alzar su voz para exigir el cumplimiento de un derecho contractual la respuesta es el despido, da igual que sea procedente o improcedente, la indemnizacin en cualquier caso es una miseria. Ese desierto laboral abarca una inmensidad pues la mayora tiene empleo en pequeas y medianas empresas.

Por tanto, vuelve el siglo XX, explotacin en carne viva, sin derechos, a lo bruto. Salir de esta clandestinidad posmoderna no ser fcil. Adems, es urgente posicionarse ante el concepto trabajo: no todos los empleos son dignos ni ticos. El trabajo ha de ser un derecho inalienable pero las clases trabajadoras deben ser crticas y radicales contra el capitalismo que fabrica mercancas innobles: armas, servicios denigrantes, juegos de azar, prostitucin, productos financieros insolidarios, trabajos sucios que provocan daos irreversibles a la salud... Si hay un uso moral de la tecnologa: todo aquello que libera al ser humano de esfuerzos lesivos o indignantes.

Debe ser un debate a plantear por los sindicatos de clase y las organizaciones de la izquierda. El sindicato de nuevo cuo debe dejar en la cuneta viejos discursos de carcter desarrollista y de tonto til del empresariado: poner en tela de juicio producciones inmorales y contrarias a los derechos humanos es una directriz urgente hoy en da. Un barco de guerra da trabajo en Occidente a muchas personas que luego sirve para reprimir a otros trabajadores en cualquier dictadura perifrica. Idntico argumento sirve para una porra policial. Aunque la responsabilidad recae en la empresa que produce el arma o la porra represiva, el trabajador consecuente ha de saber que las bocas que alimenta su actividad pueden impedir en las antpodas que otras bocas inocentes y explotadas vivan con dignidad sus propias existencias.

S, como dijera Nietzsche, todo est trabado, enamorado. Mi trabajo va ms all del salario a fin de mes. Transformar esta ecuacin diablica necesita ms y mejor internacionalismo, ms espritu crtico, alternativas autnticas al capitalismo global que hoy nos contiene.

Cinco. La palabra globalidad o globalizacin se ha convertido en un fetiche, un axioma circular irreprochable e irrebatible. Lo que encierra su misterio es uniformidad cultural, invasin comercial y pensamiento nico de la ideologa-marca capitalista.

El comercio, las migraciones y los intercambios culturales surgieron en el primer paso dado por el ser humano en las sabanas africanas. Lo que vino despus son variaciones complejas sobre el mismo tema y sofisticaciones interesadas.

La revolucin industrial empez a trastocar la constitucin vital de la Humanidad. Lo que la lucha por la vida fue al principio, mera subsistencia energtica, innovaciones lentas, ir atesorando explicaciones pausadas del devenir cotidiano, sufri paulatinamente transformaciones evolutivas trascendentes hasta convertir las actividades regulares en meras mercancas ajenas al trabajo personal y colectivo. La mayor revolucin fue convertir al propio trabajo en mera mercanca.

De tal despojo seguimos malviviendo. Lo primero, a pesar de las frusleras que adquirimos por doquier a mansalva, contina siendo comer, subsistir. Sin embargo, la industrializacin de bienes tangibles y servicios de evasin nos hace olvidar lo esencial: comer, alimentarnos adecuadamente.

Lo peor de todo es que comer tambin se ha transformado en mercanca. Ya casi no existe ni la agricultura ni la ganadera, ambos sectores son pura industria, negocio, tasa de beneficio. Es el mtodo universal de expoliar la soberana alimentaria de pueblos enteros, indgenas como primeras vctimas, y de vaciar los campos de la cultura campesina ancestral.

Hoy no nos nutrimos de viandas saludables sino de mercancas elaboradas que solo aportan pobreza econmica y cultural al planeta tomado en su conjunto. La disyuntiva ciudad-campo es falsa. El campo y las actividades primarias son imprescindibles para un mundo mejor. No se trata de reinterpretar la idea romntica y orientalista del buen salvaje sino de escuchar (no dar) voz a las gentes que saben de ello y padecen la globalizacin en sus propios cuerpos: los que han producido desde los albores histricos lo que comemos a diario.

En este aspecto, como en otros tratados en prrafos precedentes, los tratados de libre comercio y expansin capitalista hacen las veces de propuestas ideales, al modo de las libertades civiles, ofrecen bellos discursos para engatusar a comunidades enteras, pero es la poltica la que hace, la que manipula, la que crea la realidad.

El desastre climtico que se avecina es producto directo del capitalismo global. Hay que volver al campo, pero no como turistas. Esta debe configurarse como otra de las grandes apuestas del tiempo futuro si es que acaso nos queda tiempo para ello.

Seis. Nos adentramos aqu en un problema clsico de la izquierda desde sus orgenes. Necesita la izquierda una vanguardia que lidere las luchas sociales, polticas e ideolgicas de la vasta gente del comn o sin la masa concienciada y movilizada nada ser factible?

Sin entrar en abstrusas disquisiciones acadmicas, estamos ante la vetusta discusin entre el leninismo de primera hornada que consideraba la movilizacin de la masa imprescindible para la revolucin y el trotskismo simultneo que prepar la toma del Palacio de Invierno al margen de la masa, solo con un puado de rebeldes profesionales. Curzio Malaparte, fascista primigenio transformado en comunista maduro, estudi este caso y otros en un libro dedicado a las tcnicas del golpe de Estado, una curiosidad intelectual todava sin resolver.

A primera vista, una combinacin de ambas estrategias sera la opcin ms plausible. Pero en este caso la virtud media aristotlica ms parece un salir corriendo para eludir la cuestin de fondo. Pueden las masas concienciadas, a travs de vas democrticas, conquistar el poder frente a las castas militares, policiales y financieras de sus pases y tambin supranacionales? Pueden las izquierdas transformadoras y anticapitalistas llevar a cabo sus polticas en sistemas o procedimientos parlamentarios?

Miremos la actualidad. Venezuela, Bolivia, Brasil, Ecuador y Grecia, faltan ms ejemplos pero con los citados es suficiente, demuestran que las polticas de izquierda tiene lmites insuperables para realizar sus propuestas programticas. Los poderes globales antidemocrticos se movilizan cuando los izquierdistas se pasan de la raya. Desde la CIA hasta las desestabilizaciones polticas de las elites autctonas (blancas y occidentalizadas), los pueblos que eligen izquierda real tienen los das contados en el escenario internacional.

En cuanto se tocan estructuras econmicas seculares y se reparte con mayor o menor nfasis la riqueza nacional y se intentan establecer servicios pblicos en educacin y sanidad al tiempo que se articulan sistemas fiscales progresivos, las derechas globales tiran a dar para deslegitimar la voz de las mayoras sociales y destituir a sus representantes legtimos.

Por lo visto en la actualidad reciente, este aspecto poltico sigue vigente en toda su intensidad. La democracia como tal, sin matices, no es lo contrario de la dictadura: tal sera un excelente debate para inaugurar de verdad el siglo XXI que an no habitamos.

Igualmente vendra a cuento abordar en las izquierdas los carismas de dirigentes personales y delimitar su funcionalidad prctica. No enterremos los carismas histricos sin ms, no obstante ensanchemos la actitud crtica de las masas. La falsa conciencia y la ignorancia poltica tambin anida en mentes cultivadas o doctorales.

Siete. Para concluir, una reflexin rpida acerca del artificio clase media, esa clave de bveda sociolgica sobre la que giran todas las polticas actuales, la bella durmiente de los sueos hmedos de la socialdemocracia venida a menos y de los conservadurismos de tinte diverso, tambin aclamada como beatfica mayora silenciosa.

La crisis ha destruido la clase media. Toda poltica realista debe recuperar la clase media. Son titulares de portada, con trampa y alevosa, de cada da. Y las izquierdas siguen la moda, pensando en el idilio consensual nacido al calor del miedo al comunismo y al desastre de la segunda conflagracin mundial.

Con pronunciar clase media se conjuran todos los peligros. Y nadie sale a la palestra a decir que clase media es un constructo ideolgico per se para eludir la confrontacin de clases. La posmodernidad prefiere la soflama apoltica y desideologizada del 99 por ciento contra el 1 por ciento. Suena mejor, menos incendiario. Clase popular, clase obrera, clase trabajadora son conceptos, con las sutilezas y matices que se quiera, ms acordes con la realidad social.

No habr mundos mejores sin incluir como protagonistas absolutos las categoras de mujer, parado, inmigrante, indigente, pobre o desahuciado. Y todos ellos forman las filas de la clase impotente, tambin de aquellos que el ascensor social los elev a clase media o los despe despus a la precariedad vital. La clase media siempre est en movimiento pero nunca sabe dnde est porque jams conoce cul es el sentido de su marcha.

Clase media es una ficcin instrumental, demoscpica, estadstica, amorfa, una mercanca ideolgica para lavar el cerebro crtico y situar al individuo aislado en la mayora silenciosa transformndolos en cuerpos pasivos y vacos de contenido.

En suma, hay que hacer memoria crtica a la par que volver a llamar a las cosas y sus relaciones entre s por nombres que eviten caer en el eufemismo. Comunismo o socialismo es un sistema pblico sanitario de calidad y una educacin competente en igualdad. Y no hay democracia ni libertad si somos explotados por el rgimen capitalista. Aunque votemos regularmente. En el centro de trabajo comienza la lucha social, poltica e ideolgica. Ah se inicia el robo: de derechos, de libertades y de igualdad.

Ese robo que no se ve es lo que defienden sin tapujos Trump, Bolsonaro, Le Pen y las ultraderechas fascistas en auge. El siglo XX ha resucitado. El capitalismo est ofreciendo una resistencia histrica colosal. Su ltimo refugio son los coletazos fascistas. Qu vendr despus: nuevo consenso bipartidista y un orden nuevo? Srvase usted mismo sin aguardar a opiniones de arspices ulicos o expertos en demagogia; unos y otros son estmagos agradecidos del rgimen neoliberal.


Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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