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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 04-12-2019

El agravio a los muertos

lvaro Garca Linera
CELAG

Haban aguardado toda una dcada mordindose los dientes para no escupir sobre los indios y mostrarles su desprecio; y ahora, amparados en las bayonetas, no dudan en descargar todo su odio de casta.


Ni los muertos estarn seguros ante el enemigo si este vence (W. Benjamin)


Un multitudinario cortejo fnebre recorre las calles de El Alto y La Paz. Por delante van dos fretros y detrs miles y miles de dolientes. Son gente humilde; pobladores de El Alto, artesanos, campesinos, vecinos, madres, indgenas de las provincias de La Paz, Potos, Cochabamba y Oruro. Han caminado con su dolor cerca de diez kilmetros, y a su paso salen trabajadores, comerciantes y estudiantes llorosos que se persignan, aplauden y entregan agua y pan a los que marchan. La ciudad est paralizada, y la gente de los barrios populares est de luto. Solo el 20 de noviembre, en la zona de Senkata, ocho pobladores fueron asesinados con armas de fuego militar, ms de un centenar fueron heridos de bala, llegando a treinta y cuatro los muertos en los ltimos nueve das del golpe de Estado en Bolivia.

Han bajado desde El Alto para reclamar justicia por sus muertos; han caminado tanto para que las personas vean lo que est pasando, ya que los medios de comunicacin amordazados no hablan de la tragedia sufrida; marchan horas y horas para decirle al mundo que no son terroristas ni vndalos; que ellos son el pueblo.

Y es que desde el da del golpe de Estado todas las movilizaciones de sectores populares y campesinos que salieron a defender la democracia y el respeto al voto ciudadano fueron objeto de una feroz campaa de desprestigio que desbord las redes y los medios de comunicacin. No se hablaba de obreros, ni de vecinos, ni de indgenas. Se trataba de peligrosas hordas, de vndalos que amenazan la paz social. Y cuando los habitantes de la valiente ciudad de El Alto y los indgenas y campesinos bloquearon carreteras, un rabioso lenguaje se apoder de los golpistas y medios de comunicacin: terroristas, narcotraficantes, salvajes, criminales, turbas borrachas saqueadores y otros adjetivos fueron utilizados para descalificar y criminalizar la protesta de las clases menesterosas.

Desde entonces, mujeres de pollera con hijos en la espalda, nias escolares que acompaan a sus padres, jvenes universitarios, obreros soldadores, campesinos de poncho y vendedores de helados son el nuevo rostro de los peligrosos sediciosos que quieren incendiar el pas. Esta estigmatizacin de la plebe sublevada, especialmente si son indios, no es nueva. Durante la Colonia, en el siglo XVI, Fray Gins de Seplveda compar a los indgenas con los monos; el cura Toms Ortz los calific de bestias; en el siglo XIX se hablaba de razas degeneradas; y las dictaduras del siglo XX mutaron hacia la delincuentizacin del indio insurrecto, calificndolo de subversivo, sedicioso, que quiere poner en riesgo la propiedad, el orden y la religin.

Ahora, las clases medias tradicionales realizan una vergonzosa fusin verbal entre el lenguaje colonial con el de contrainsurgencia. Ni sus intelectuales orgnicos educados en universidades extranjeras pueden escapar a este llamado de la sangre y el prejuicio racial. Para ellos las marchas de vecinos son reuniones de delincuentes borrachos, los bloqueos de caminos de campesinos son actos de terrorismo y los asesinados por la bala militar son ajustes de cuentas entre maleantes. La forzada mesura con la que todos estos aos los escribas conservadores haban calificado a los indios empoderados, hoy se desbocan como un torbellino de prejuicios, insultos y descalificaciones racializadas.

Haban aguardado toda una dcada mordindose los dientes para no escupir sobre los indios y mostrarles su desprecio; y ahora, amparados en las bayonetas, no dudan en descargar todo su odio de casta. Es el tiempo de la venganza y lo hacen enfurecidos. Es como si quisieran borrar no solo la presencia del indio que los derrot, y por eso son capaces de matar con tal de que Evo no sea candidato; adems desean arrancar su huella de la memoria de las clases humildes asesinando, encarcelando, torturando, amenazando a quienes pronuncien su nombre. Por eso queman la Wiphala que Evo introdujo en las instituciones del Estado; por eso queman las escuelas que l hizo construir en los barrios populares; por eso aplauden y brindan por la militarizacin de las ciudades. Ya no hay espacio para la dignidad ni el decoro de una clase que se revuelca frenticamente en el lodo del autoritarismo, la intolerancia y el racismo.

Y es contra ello que marchan las clases humildes de El Alto y las provincias. Bajan por miles, doscientos mil, trescientos mil. El nmero ya no importa. El poder que ellas defienden no es el de una persona ni el que Weber teoriz como capacidad de influir en el comportamiento de otro. Para las clases populares la experiencia de poder de estos ltimos catorce aos es el de ser reconocidas como iguales, el de tener derecho al agua, a la educacin, al trabajo, a la salud en similares condiciones que el resto de los ciudadanos. El ejercicio del poder para el pueblo ganado en las urnas, ms que la de una capacidad de mando ha sido la de una experiencia corporal diaria de poder mirar de frente a los dems sin tener que avergonzarse del color de piel o la pollera de madre; es haber sido tomados en cuenta como seres humanos; es el poder vender en el mercado, labrar la tierra o ser autoridad sin ninguna barrera de apellido. De ah que, si bien la experiencia del poder estatal para las clases subalternas -como lo vio Gramsci- es, en primer lugar, la construccin prctica de su unidad como bloque social, la manera de verbalizar y comprender moralmente ese poder ha sido la conquista de la dignidad, es decir, su experiencia de pueblo como cuerpo colectivo autodignificado.

Por eso la mujer de pollera y el obrero lloran cuando el fascismo quema la Wiphala, lloran cuando Evo es expulsado, lloran cuando son impedidos de entrar a las ciudades. Lloran porque estn despedazando el cuerpo simblico y real de su unidad y de su poder social. Y cuando llevan sus muertos por delante en medio de miles de crespones negros y boleros de caballera fnebres, lo hacen para pedir a las clases pudientes el respeto a sus muertos, a esos muertos que son el umbral ltimo donde los vivos, sea de la clase o condicin social que sean, deben detener su orga de sangre y odio, para venerar la virtud de la vida.

Pero la respuesta de los golpistas es atroz, inmoral, dantesca. Disparan gases lacrimgenos, disparan balas, desplazan sus tanquetas y los fretros quedan en el piso, envueltos en una nube de gases escoltados por gente que se arrodilla y se arriesga a la asfixia antes que abandonarlos.

No respetan ni a los muertos grita la gente. No es una frase de protesta, es una sentencia histrica. La misma que pronunciaron los padres de los agredidos de hoy, cuando otro golpe militar en el fatdico noviembre de 1979 ametrall desde unos aviones norteamericanos Mustang a los dolientes que rezaban y hacan ofrendas a los familiares difuntos en el da de los muertos o todos santos. Los aventureros del golpe militar de entonces, despus de su efmera borrachera de victoria, quedaron aparcados en la cloaca de la historia, lugar en el que con toda seguridad estarn pronto los golpistas de hoy. No se puede agraviar impunemente a los muertos, porque en la cultura del pueblo ellos forman parte de los principios bsicos reguladores del destino de los vivos.

La brutalidad de los golpistas hoy obtiene el miedo de la gente, pero ha abierto las puertas de un resentimiento generalizado. Las suturas con las que las seculares grietas clasistas, regionales y raciales haban sido cerradas han estallado por los aires dejando unas heridas sociales sangrantes. Hoy hay odio por todos lados, de unos contra otros. Las clases medias tradicionales quisieran ver el cadver de Evo arrastrado por las calles, como el del expresidente Villarroel en 1946. Las clases plebeyas quisieran ver a los ricos cercados en sus barrios padeciendo de hambre por la falta de alimento. Una nueva guerra de razas anida en el espritu de un pas desgarrado por la felona de una clase que hall en el prejuicio colonial de superioridad la defensa de sus privilegios.

Ya lo dijimos, la fascistizacin de la clase media tradicional es la respuesta conservadora a su decadencia social fruto de la devaluacin de sus aptitudes, capitales, oportunidades y saberes legtimos frente a la invasin de una nueva clase media de origen popular e indgena con repertorios de ascenso social ms eficaces en el Estado indianizado de la ltima dcada. No es que han tenido una depreciacin de su patrimonio -que de hecho aument pasivamente debido a la expansin econmica generalizada del pas- sino de sus oportunidades y apuestas sociales de mayor ascenso social aprovechando el crecimiento exponencial de la riqueza nacional.

Pero esto no ha limitado un hecho relevante de las estructuras de clases sociales y de los procesos de hegemona poltica: la irradiacin estatal de las clases medias. En sentido estricto el Estado es, en su regularidad, el monopolio del sentido comn de una sociedad. En tanto que el poder poltico es, con mucho, la creencia y conviccin de unos del poder de otros, es en cierto modo tambin un tipo de sensacin intersubjetiva. Se trata del espeso mundo de las narraciones profundas con efecto estatal. La opinin pblica, esto es, las narrativas, smbolos y sentidos de comprensin de la legitimidad que pugna por realinear el sentido comn poltico, en gran parte es concentrada por las clases medias tradicionales por disposicin de tiempo, recursos y especializacin laboral.

En Bolivia, el ascenso social de nuevas clases medias indgena-populares ha venido acompaado por nuevas narrativas y sentidos de realidad pero no con la suficiente solidez como para irradiarse o contraponer la racializacin del discurso de las clases conservadoras y ser soporte de una nueva opinin pblica predominante. Las clases medias tradicionales poseen la experiencia en las formaciones discursivas y en los sedimentos histricos del sentido comn dominante, lo que les ha permitido expandir retazos de su modo de ver el mundo ms all de la frontera de clase, incluso en partes de las nuevas clases medias y sectores populares. De hecho, la nueva clase media ms que una clase social con existencia pblica movilizada es una clase estadstica, es decir, an no es una clase con irradiacin estatal.

De ah las dramticas formas con las que las fuerzas indgena-populares intentan escenificar y narrar sus resistencias. Se trata de otras maneras de construccin de opinin pblica y de articulacin del sentido comn que se irradia a otros sectores sociales, pero a raz del hecho de fuerza del golpe de Estado, ahora subalternizadas, fragmentadas.

Mientras tanto, el fascismo cabalga como un jinete enloquecido al interior de las murallas de los clsicos barrios de clase media. Ah, la cultura y las razones han sido erradicadas sin disimulo por el prejuicio y la revancha. Y parece ser que solo el estupor fruto de un nuevo estallido social o de la debacle econmica que asoman en el horizonte, producto de tanto odio y destruccin, podr agrietar tanta irracionalidad escupida como discurso.

Fuente: http://www.celag.org/el-agravio-a-los-muertos/



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