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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 04-12-2019

Una visita a Julian Assange, preso poltico de Gran Bretaa

John Pilger
Counterpunch

Traducido para Rebelin por Paco Muoz de Bustillo


 

Me pongo en marcha de madrugada. La prisin de Belmarsh, en la planicie de la periferia de Londres, al sureste de la capital, es una franja de muros y alambradas sin horizonte. En lo que llaman el centro de visitantes, entrego mi pasaporte junto con la cartera, tarjetas de crdito, tarjetas mdicas, dinero, llaves, telfono, peine, bolgrafo y papel.

Yo necesito dos pares de gafas, pero me obligan a dejar una de ellas. Opt por entregar las de leer. A partir de ahora, no podr leer, al igual que Julian, que no pudo leer las primeras semanas de su encarcelacin. Se supone que le iban a enviar sus gafas, pero inexplicablemente tardaron meses en llegar.

El centro de visitantes est cubierto de grandes pantallas de televisin. Siempre estn encendidas, segn parece, con el volumen alto. Concursos televisivos, anuncios de coches, de pizzas, de ofertas funerarias, charlas TED Parecen la frmula perfecta para una prisin, como un valium visual.

Me uno a una cola de personas tristes, nerviosas, en su mayor parte mujeres y nios pobres, y abuelas. En el primer mostrador me toman las huellas dactilares, si es que dicho trmino se sigue utilizando para nombrar las comprobaciones biomtricas.

Me dicen: Coloque ambas manos y apriete! En la pantalla aparece un expediente sobre m.

Ahora ya puedo cruzar la puerta principal, abierta en los muros de la prisin. La ltima vez que estuve en Belmarsh para visitar a Julian Assange estaba diluviando. Como no me dejaron llevar el paraguas ms all del centro de visitantes, tuve que escoger entre empaparme o correr como el diablo. A las abuelas tampoco les qued otra opcin.

En el segundo mostrador, la guardiana tras la alambrada me pregunt: Qu es eso?

Mi reloj, contest sintindome culpable.

Tiene que dejarlo atrs, me dijo.

As que tuve que volver a correr bajo la lluvia para regresar a tiempo de repetir la prueba biomtrica. Despus me sometieron a un escner corporal y a un cacheo completo, incluyendo una comprobacin de las suelas de los zapatos y del interior de la boca.

En cada parada, nuestro grupo silencioso y obediente volva a juntarse en lo que llaman un espacio sellado y se apretaba tras una lnea amarilla. Pobres los claustrofbicos; una mujer se restregaba los ojos cerrados.

Luego nos formaron en otra zona de espera, tambin con pesadas puertas metlicas que se cerraban ruidosamente delante y detrs de nosotros.

Mantnganse tras la lnea amarilla!, se oy decir a una voz incorprea.

Otra puerta electrnica se abri parcialmente. Titubeamos prudentemente. Dio una sacudida antes de cerrarse y volverse a abrir. Otra zona de espera, otro mostrador, de nuevo el estribillo: Muestre sus dedos!.

As llegamos hasta una gran habitacin con recuadros en el suelo en los que nos dijeron que nos colocramos, de uno en uno. Llegaron dos hombres con unos perros que nos olfatearon, por delante y por detrs y me babearon la mano. Luego se abrieron otras puertas y se escuch una fuerte voz que deca: Muestre su mueca!.

Una marca de lser era nuestro ticket para la gran sala en la que los presos nos aguardaban sentados en silencio, frente a sillas vacas. En el extremo final de la habitacin estaba Julian Assange, con un brazalete amarillo sobre sus ropas carcelarias.

Al ser un preso preventivo, Julian podra llevar sus propias ropas, pero cuando los matones le sacaron a la fuerza de la embajada ecuatoriana el pasado abril, no le dejaron llevarse una pequea bolsa con sus cosas. Le dijeron que se lo enviaran despus pero, como ocurri con sus gafas de lectura, se perdi misteriosamente.

Durante 22 horas al da, Julian est confinado en enfermera. No es realmente un hospital de prisin, sino un lugar en donde puede estar en aislamiento, recibir medicacin y ser espiado. Cada 30 minutos unos ojos le escudrian a travs de la puerta. Dicen que es para evitar el suicidio.

Las celdas contiguas hay asesinos convictos y ms all un demente que da alaridos toda la noche. Vivo una versin personal de Alguien vol sobre el nido del cuco, dice Julian. La supuesta terapia consiste en alguna partida ocasional del Monopoly. La nica actividad social en la que participa es el servicio religioso que se celebra una vez a la semana en la capilla. El sacerdote, un hombre amable, se ha hecho su amigo. El otro da atacaron a un preso en la capilla; le dieron un puetazo en la cabeza desde atrs mientras cantaban himnos.

Cuando nos saludamos me doy cuenta de que se le notan las costillas. Su brazo ha perdido el msculo. Puede que haya adelgazado de diez a quince kilos desde abril. Lo que ms me sorprendi la primera vez que le visit, en mayo, fue cunto haba envejecido.

Creo que me estoy volviendo loco, me dijo entonces.

Yo le respond: No, en absoluto. Mira el miedo que te tienen, lo poderoso que eres. Creo que precisamente su inteligencia, su resiliencia y su excelente sentido del humor que desconocen los desgraciados que le difaman son lo que impide que pierda la razn. Se encuentra tremendamente herido, pero no se est volviendo loco.

Mientras charlamos coloca la mano sobre la boca para que no puedan escucharle las cmaras que tenemos sobre nuestras cabezas. Cuando estaba en la embajada de Ecuador, solamos conversar usando notas escritas y ocultndolas de las cmaras del techo. Es evidente que tiene miedo del Gran Hermano.

En la pared hay lemas felices exhortando a los presos a no darse por vencidos y a estar contentos, mantener la esperanza y rer a menudo.

El nico ejercicio que realiza consiste en caminar sobre una zona asfaltada, rodeada de altos muros con ms expresiones felices que les instan a disfrutar de la hierba bajo los pies. Pero no hay hierba alguna.

Todava no le han permitido acceder a un ordenador con el que preparar su defensa ante la extradicin solicitada. Todava no ha podido llamar a su abogado estadounidense, ni a su familia de Australia.

La omnipresente mezquindad de Belmarsh se te adhiere como el sudor. Si te acercas demasiado al preso, un guardin te dice que te sientes bien. Si quitas la tapa al vaso de caf, un guardin te grita que vuelvas a colocarla. Te permiten llevar diez libras para comprar algo en la pequea cantina que llevan voluntarios. Me gustara tomar algo saludable, me dijo Julian, que devor un sndwich.

Al otro lado de la sala, un preso y una mujer se enzarzan en una discusin, lo que podra llamarse una ria domstica. Cuando interviene un guardin, le manda a tomar por culo.

Esa es la seal para que una panda de guardias, la mayor parte hombres y mujeres gordos y enormes, se lancen con ganas a por l, lo arrojen al suelo y lo arrastren hasta la salida. En el aire queda flotando una impresin de violenta satisfaccin.

Ahora los guardianes nos gritan que es hora de irse. Junto a las mujeres, los nios y las abuelas, comienzo el largo recorrido a travs del laberinto de reas selladas, lneas amarillas y controles biomtricos hasta llegar a la puerta principal. Cuando salgo de la sala de visitantes vuelvo la vista atrs, como siempre hago. Julian est sentado, solo, con el puo cerrado y en alto.

John Pilger es un reportero y periodista de investigacin australiano, residente en Londres. Es autor de mltiples documentales y libros y ha sido galardonado con innumerables premios a lo largo de su carrera, incluyendo el de Periodista del Ao en Gran Bretaa y el Premio de la Paz a los Medios de Comunicacin de la ONU.

Fuente: https://www.counterpunch.org/2019/12/02/visiting-assange-britains-political-prisoner/

El presente artculo puede reproducirse libremente siempre que se cite a su autor, a su traductor y a Rebelin como fuente del mismo

 



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