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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 12-12-2019

Economa, economistas y cambio climtico

Fernando Luengo
Viento sur


Aumento insostenible de la temperatura media del planeta, prdida continua de biodiversidad, agotamiento de recursos naturales, episodios climticos extremos, emisiones crecientes de dixido de carbono, acidificacin de los ocanos estos y otros indicadores apuntan en la direccin de una crisis civilizatoria de proporciones histricas que exige de respuestas a la altura de este desafo. Estn la economa y los economistas ofreciendo diagnsticos y propuestas que contribuyen a revertir esta situacin o, por el contrario, la estn agravando?

Reconociendo que hay visiones muy dispares dentro de la profesin y que, en modo alguno, cabe generalizar, la economa convencional -dominante en los espacios acadmicos, las instituciones, los medios de comunicacin y las polticas de los gobiernos-, aunque en apariencia se hace eco de la problemtica medioambiental y pretende ofrecer al respecto alternativas, contina razonando como si fuera una externalidad negativa o el resultado del mal funcionamiento de los mercados. Por el contrario, desde la economa crtica, con diferentes planteamientos, intentan integrar en sus anlisis dicha problemtica, que no es considerada ajena al mbito de la economa, sino consustancial al mismo.

Me preocupa, en todo caso, la continua apelacin que unos y otros hacen al crecimiento econmico. Como si fuera una suerte de blsamo mgico, para crear empleo, incrementar los salarios de las y los trabajadores, fortalecer las finanzas pblicas, mejorar las cuentas de resultados de las empresas; en fin, para promover un aumento de la riqueza nacional. Operara, segn este enunciado, un juego de suma positiva, donde todos, en mayor o menor medida, son ganadores.

La economa convencional y buena parte de las visiones crticas permanecen instaladas en el paradigma de las cantidades, como si fuera posible y deseable un plus de crecimiento. Se sigue utilizando un indicador, el Producto Interior Bruto (PIB) y, ms en general, un sistema de contabilidad, que falsea y distorsiona la realidad sobre los costes reales del modelo econmico imperante.

Quienes razonan en estas coordenadas ignoran u omiten que ese mismo crecimiento que reivindican por los efectos positivos que supuestamente genera (premisa que no comparto, pero que no entrar a discutir aqu), tiene al mismo tiempo consecuencias muy negativas para la vida del planeta y para quienes lo habitan, comprometiendo asimismo la viabilidad de los procesos econmicos.

Desde estos mismos parmetros se argumenta que las nuevas tecnologas, a medida que se generalice su uso, desplazan cada vez ms el consumo de materiales en beneficio de los activos y servicios intangibles, al tiempo que permiten ofrecer soluciones novedosas a la acumulacin de gases de efecto invernadero. El crecimiento econmico encontrara as un nuevo motor compatible con un escenario de escasez de recursos y con las demandas de sostenibilidad.

Lo cierto, sin embargo, es que, en el contexto de lo que algunos llaman cuarta revolucin industrial, la degradacin del medio ambiente avanza de manera imparable y que no hay rastro de la supuesta desmaterializacin de los procesos econmicos, que continan instalados, ms si cabe que antes, en la utilizacin intensa y depredadora de los recursos naturales.

La dramtica situacin que vivimos exige un radical cuestionamiento del paradigma del crecimiento. En este contexto, el denostado, con razn, trmino austeridad reviste un significado completamente distinto al utilizado habitualmente para justificar la socializacin de los costes de la crisis y la redistribucin de la renta y la riqueza en beneficio de las elites. Postular un modelo econmico austero -en los mbitos de la produccin, la distribucin, el consumo, el transporte, el ocio- es una necesidad imperiosa, no hay alternativa.

Otro de los iconos, ntimamente vinculado al del crecimiento, sobre el que la economa y los economistas estn obligados a reflexionar, es el de la competitividad. Competir en el mercado internacional, ganar cuota de mercado a nuestros rivales y fortalecer el potencial exportador; en un escenario dominado por la internacionalizacin de los procesos econmicos, esta sera, nos dicen, la nica hoja de ruta posible.

Tampoco entrar en el debate -muy importante, por cierto- sobre los beneficios y los costes de los procesos de apertura externa y de cmo se distribuyen entre los actores que participan en la economa global. Pero s importa reparar en que detrs de la lgica competitiva est el objetivo del aumento de las capacidades de crecimiento, para atender mercados en continua expansin; producir cada vez ms, para ms mercados, esa es la meta. Una dinmica que incrementa las necesidades de transporte asociadas a la expansin de los flujos transfronterizos de mercancas y que favorece las polticas extractivas, tanto salariales como en recursos, y a los grupos econmicos -productivos, comerciales y financieros- que son los principales actores del mercado global.

La diferencia que algunos economistas, convencionales y crticos, establecen entre la competitividad mala -sustentada en la represin salarial y los bajos precios- y la buena, que descansa en la calidad de los bienes y servicios ofertados y en su contenido tecnolgico, en absoluto resuelve la problemtica de una globalizacin depredadora y, en consecuencia, insostenible.

Otra de las dimensiones clave de la crisis ecolgica, donde la economa y las y los economistas tienen mucho que decir, es la desigualdad. Se desliza a menudo el planteamiento de que todos hemos contribuido a la degradacin de la vida en el planeta y de todos se exige un esfuerzo, como si hubiera una culpa colectiva, que sera necesario repartir con ecuanimidad. Asimismo, se ha convertido en un lugar comn cargar sobre los polticos por su inaccin o contemporizacin ante un problema tan grave.

Ambas cosas son ciertas. Todos y todas formamos parte de un engranaje productivista y consumista que, de una manera u otra, ha contribuido a la degradacin del planeta; del mismo modo que tambin es evidente que las y los polticos, bien sea porque estn atrapados en un electoralismo miope y de corto recorrido, bien porque sus intereses econmicos estn del lado de los que contaminan el planeta, no han enfrentado la crisis climtica. Con todo, esta lnea de argumentacin adems de insuficiente es tramposa. Como he mencionado antes, poner en el centro de la reflexin la desigualdad es clave para disponer de un buen diagnstico.

Integrar la desigualdad en el asunto que nos ocupa implica contraponer la lgica del bien comn, de la vida y de las mayoras sociales a la de los mercados en la gestin y disfrute de los recursos naturales.

Eso significa, en primer lugar, saber que el proceso de acumulacin capitalista que est en el origen de la crisis medioambiental ha beneficiado, sobre todo, a las grandes corporaciones y a los pases con mayor fortaleza productiva. Estos son, asimismo, los mayores consumidores de energa y los que ms residuos generan; mientras que las denominadas economas en desarrollo consumen una menor proporcin de combustibles fsiles, aunque son los que en mayor medida padecen las consecuencias del despilfarro y soportan la accin ms devastadora del cambio climtico, convirtindose adems en el escenario de disputa por los recursos -energa y materiales- cada vez ms escasos.

Poner la equidad en el centro de la agenda significa, en segundo trmino, ordenar las necesidades sociales, de manera que, con carcter prioritario, se atiendan las de los grupos ms desfavorecidos, las de la poblacin que vive en la pobreza o soportando situaciones de precariedad. Crecer en esos planos implica necesariamente decrecer en aquellos instalados en la cultura fosilista y en el consumismo. Es necesario introducir en el debate el decrecimiento y el crecimiento selectivo.

Darle la centralidad que merece a la desigualdad implica, en fin, repartir, porque los costes de la transicin sern importantes. Repartir supone movilizar en direccin a las polticas medioambientales recursos que ahora concentran las elites econmicas y polticas y las grandes corporaciones; y supone asimismo reducir la jornada laboral, sin merma salarial, en el contexto de unas polticas destinadas a garantizar empleo decente para todos y tiempo para los cuidados, de nuestra vida y del planeta.

Cuando estall el crack financiero y se desencaden la Gran Recesin, hubo quien pens que la reflexin econmica y las polticas econmicas, ante el evidente fracaso de los postulados dominantes, tomaran un nuevo rumbo. Nada de eso ha sucedido. Los intereses de las oligarquas, los mismos que nos han llevado a la crisis, han impuesto su hoja de ruta. Esos mismos intereses, que han capturado las instituciones y las agendas de los gobiernos, nos llevan directamente a una catstrofe climtica. Es la hora de la buena economa y de los economistas decentes.

Fernando Luengo, miembro del crculo de Chamber de Podemos. Blog Otra Economa: https://fernandoluengo.wordpress.com

Twitter: @fluengoe

Fuente: https://www.vientosur.info/spip.php?article15371




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