Portada :: Opinin :: La Izquierda a debate
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 13-12-2019

El fetiche de la hegemona y los atajos del populismo de izquierda

Massimo Modonesi
Rebelin


La nocin de hegemona que Gramsci despleg, enriqueci y complejiz en su Cuadernos de la Crcel ha ido simplificndose y fetichizndose en su uso poltico y analtico, que est o menos sustentada en alguna sofisticacin terica como la que avanzaron Laclau y Mouffe.

Si bien el llamado populismo de izquierda asume el desafo de la subjetivacin poltica inherente al principio de hegemona lo cual no es evidente ya que ha sido recuperado principalmente como concepto relativo al ejercicio del poder estatal- lo desplaza y lo deforma respecto de su origen y proyeccin primordial.

Si me pasan la metfora, que no pretende ser sistemtica sino sugestiva y provocadora, la hegemona entendida exclusivamente como construccin de alianzas y de consenso en trminos de opinin pblica y de elecciones- se convirti en un fetiche, es decir un objeto al que se rinde culto, al que se atribuye un poder, el poder de la eficacia y del consiguiente xito poltico. Esto ocurre justamente porque la idea de hegemona se objetiv en un dispositivo estratgico que produce poder sea estatal, partidario que remite a una institucin o una organizacin- que no solo se ejerce, sino que se toma, se adquiere y se posee; es entonces un instrumento, una herramienta. Objetivar la hegemona contribuye a desubjetivar a la poltica y viceversa. Esto no quiere decir que no haya actores en el escenario hegemnico no me puedo detener en la distincin entre actor y sujeto- pero tanto el actor que produce como el que consume este tipo de consenso son consubstanciales a la mercantilizacin de la poltica . Bajo esta forma de concebir a la hegemona, toda produccin de subjetividad poltica se mide en trminos valor de cambio y no de uso, es decir la subjetivacin no se realiza en s misma, en su capacidad de retener valor, de fortalecer a los sujetos en su paulatina constitucin interna, sino en funcin de su inmediata venta y consumo en el mercado poltico.

En este sentido, la hegemona como apariencia del sujeto, como discurso e instrumento tctico, mistifica, sobrepone la existencia de un actor poltico-institucional a la ausencia de un sujeto socio-poltico de fondo, simula una relacin entre personas mientras se retroalimenta de los vnculos entre aparatos, dirigentes o intelectuales orgnicos, en el sentido ampliado por Gramsci.

Como produccin discursiva y como artificio tctico permite efectivamente construir alianzas en la sociedad poltica y consenso en la sociedad civil, pero opera como falsa conciencia y se convierte en un obstculo a la auto-conciencia necesaria a un real proceso de subjetivacin poltica de las clases subalternas.

La hegemona como fetiche es un dispositivo fundamental del llamado populismo de izquierda ya que le permite obtener rendimientos polticos coyunturales. Al mismo tiempo, como lo han demostrado muchas experiencias recientes latinoamericanas y europeas, son resultados superficiales y efmeros porque obtenidos a travs de una huida hacia delante en la toma del poder estatal, saltando una serie de pasajes -problemticos pero fundamentales- del proceso de subjetivacin poltica tal y como se vislumbraba en los debates marxistas en los cuales destac la contribucin de Gramsci y los que siguieron, en particular en los aos 60 y 70.

Huida hacia delante que tiende a acelerarse, volvindose desenfrenada y compulsiva, rehn de la inmediatez, del tiempo corto de la pequea poltica y que, por lo tanto, necesita siempre ms cortar camino, buscando atajos para evitar las dificultades inherentes a los procesos de constitucin lenta de los sujetos socio-polticos, la cual se diluye al punto de desaparecer o ser invisibilizada en la convulsa y vertiginosa cotidianidad de los medios de comunicacin masiva y de las redes sociales, aun cuando en ellas, se producen tambin lentos y menos perceptibles cambios moleculares que conforman tanto el sentido comn como los ncleos de buen sentido a travs de los cuales sectores de las clases subalternas conforman su visin del mundo.

La p risa tiende a justificarse en razn de la emergencia; emergencia en su doble acepcin, como novedad que aflora y como urgencia frente a la crisis civilizatoria que vivimos. Por otra parte, los ritmos vertiginosos llevan, en ocasiones, a forzar la lgica de guerra de movimiento hasta el punto de desenterrar la idea de blitzkrieg, la guerra relmpago. Blitzkrieg que, aun triunfando, produce una modificacin de la correlacin de fuerzas en el plano ms superficial y efmero del sistema poltico y del gobierno en turno, sin la penetracin cultural de la derechizacin, el subsuelo hegemnico que la sigue sosteniendo.

El desenfreno populista de izquierda basado en el fetiche de la hegemona necesita tomar atajos. Menciono cuatro de ellos.

-El atajo del discursivismo, es decir del reduccionismo comunicacional de la poltica, a travs del cual se diluyen los procesos de organizacin y participacin y se desatienden los procesos de sedimentacin cultural, de la educacin y la cuestin de los aparatos ideolgicos en general.

-El atajo del caudillismo (o cesarismo o bonapartismo, aun cuando estos conceptos remiten a experiencias de gobierno a las cuales no todos los populismos accedieron) por medio del cual se producen efectos carismticos de agregacin gregaria si me perdonan el trabalenguas-, se ahonda la delegacin, inhibiendo o distorsionando la subjetivacin autnoma de las clases subalternas, su capacidad de autoconsciencia, autoorganizacin y autodeterminacin -no totalmente espontnea, pero tampoco necesariamente heterodirecta.

-El atajo del estatalismo (o estadolatria) por medio del cual se asume y reproduce la concentracin y la institucionalizacin del poder poltico como horizonte de la transformacin, desdibujando o eliminando toda hiptesis de socializacin del mismo. Recluyendo, de paso, en el palacio y sus locales anexos la cuestin del equilibrio, la secuencia y la articulacin entre ser dirigente y ser dominante que inquietaba a nuestro camarada encarcelado.

-El atajo de la desclasificacin, es decir la disolucin de toda comprensin clasista de la realidad social y poltica en aras de formular hiptesis transversales como las de pueblo o de ciudadana. Si bien el prisma de las clases sociales puede resultar limitado y amerita ser renovado y enriquecido, es evidente que su eliminacin obtura toda posibilidad de formulacin de proyectos polticos que asuman horizontes emancipatorios en el contexto de sociedades capitalistas. La negacin de los efectos clasistas del capitalismo pone en discusin la existencia misma del capitalismo tal y como ha sido caracterizado y entendido por las izquierdas en los ltimos 150 aos y, valga la irona de la historia, y lo reduce a un modo de produccin en el sentido ms tcnico y economicista del concepto.

Estos atajos, que por falta de tiempo simplifiqu al lmite de la caricatura, conllevan a que, an en la hiptesis de un xito, la acumulacin hegemnica se configure inexorablemente como revolucin pasiva, aun con variaciones en trminos de intensidad transformadora y de su sesgo progresivo o regresivo.

Revolucin pasiva que se coloca como escenario ideal del populismo de izquierda. Un proceso que, en el mejor de los casos, amerita el sustantivo revolucin, porque emprende reformas progresivas intra-capitalistas para estabilizar y relanzar un orden socio-econmico. Que es pasiva en tanto impuesta desde arriba, es decir no sustentada en la activacin y el protagonismo de las clases subalternas, construida sobre su insuficiencia. Una pasividad que, en el caso de gobiernos de tinte progresista, se lamenta y se asume la iniciativa desde arriba por delegacin, en los casos ms regresivos, que se desea y propicia en clave reaccionaria o una combinacin de ambos, como suele ocurrir al margen de las tipologas. Revolucin pasiva como transformacin conservadora que adems refleja los efectos de los atajos antes mencionados: demagogia, verticalismo del lder y desde el Estado, negacin de los conflictos de clase. En ella se manifiesta, embellecido por el espejismo del cambio, el lado obscuro de la hegemona, ya no instrumento de subjetivacin poltica desde abajo sino herramienta de sujecin y de control desde arriba.

La tentacin de asumir el horizonte de la revolucin pasiva como programa, como menor de los males o como nico horizonte de lo posible parece ser, a la luz de mltiples experiencias de ayer y hoy, el desenlace natural y lgico de una estrategia centrada en la fetichizacin de la hegemona.

Gramsci pensaba en la hegemona de forma muy diferente como una dinmica que parta de la autonoma, la autoconciencia y la organizacin de un sujeto particular capaz de ampliarse y articularse con otros al interior de un horizonte emancipatorio de alcance universal.

massimomodonesi.net

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter