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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 14-12-2019

En un mundo transformado por la crisis climtica
Disfrutemos lo que an queda

Dahr Jamail
TomDispatch

Traducido del ingls para Rebelin por Paco Muoz de Bustillo


Introduccin por Tom Engelhardt

En Australia, el lugar ms alejado posible de Alaska, los bosques tropicales considerados demasiado hmedos para arder han sido recientemente pasto de las llamas. Y eso ya no supone ninguna rareza en este mundo nuestro. No es de extraar que el secretario general de la ONU, Antonio Guterres advirtiera recientemente de que, en lo relativo a la crisis climtica, el punto de no retorno ya no se sita en el horizonte, sino a la vista y abalanzndose hacia nosotros. Desgraciadamente, en un momento en que las naciones de todo el planeta deberan estar cooperando para mantener las temperaturas globales dentro de un lmite, las noticias ms recientes sugieren que no es as. Dejemos de momento a un lado el intento descarado de los pirmanos de la Administracin Trump, que no solo intentan ignorar la realidad del cambio climtico, sino que hacen lo posible por intensificarlo, y consideremos el ltimo Informe de Emisiones de las Naciones Unidas. Este sugiere que la humanidad va camino de superar con creces los lmites establecidos por el Acuerdo de Pars, de 1,5C ms que la temperatura media de la era preindustrial. De hecho, la emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) siguen aumentando y, segn el Guardian, ExxonMobil y Shell tienen previsto aumentar su produccin de combustibles fsiles ms del 35 por ciento entre hoy y 2030 (al igual que otras grandes compaas petroleras).

El Banco Mundial estima que Latinoamrica, el frica subsahariana y el sudeste asitico generarn otros 143 millones de migrantes climticos hacia 2050 y que esa no es sino una ms de las migraciones creadas por la crisis climtica. Al fin y al cabo, no solo los humanos estamos buscando desesperadamente sitios ms habitables; tambin lo hacen los peces de las aguas ocenicas que se estn calentando a toda velocidad y que han absorbido ms del 90 por ciento del exceso de calor causado por las emisiones de efecto invernadero. Y todo esto est ocurriendo antes de que el planeta alcance lo que, segn las ltimas investigaciones cientficas, podra suponer una cascada global de puntos de inflexin climticos que se alimenten unos a otros, creando un planeta mucho ms inhspito en mucho menos tiempo. Esta situacin resulta tan preocupante que 11.000 cientficos (prcticamente todos los que trabajan en temas relacionados con el cambio climtico) han lanzado un grito colectivo: La crisis climtica ya est aqu y se est precipitando a mayor velocidad de la que la mayor parte de los cientficos prevean. Es ms grave de lo que se anticipaba y amenaza los ecosistemas naturales y el destino de la humanidad.

No es extrao que el periodista medioambiental Dahr Jamail, autor de un esplndido nuevo libro The End of Ice (El fin del hielo) haya tenido una reaccin similar, aunque en este caso al contemplar la devastacin climtica en su Estado de adopcin, Alaska se haya manifestado mediante lgrimas, no mediante un grito.

* * *

Hace poco estuve en Homer, Alaska, para presentar mi libro The End of Ice. Instantes despus de agradecer a quienes me invitaron a acudir al campus de la pequea Universidad de Alaska, abrumado por un mezcla de tristeza, amor y pena por el Estado que haba adoptado como propio, no pude evitar las lgrimas.

Intent hablar, pero solo consegu disculparme y necesit unos momentos para recomponerme. Incluso ahora, me resulta complejo explicar la oleada de emociones y pensamientos que se me echaron encima en aquel estrado, una clida y lluviosa noche al sur de la pennsula Kenai, entre un grupo de personas dispuestas a aprender algo ms sobre lo que le est pasando a nuestra querida Tierra.

Siento lo que ha sucedido, consegu finalmente decir tras respirar unas cuantas veces, con una voz resquebrajada por la emocin, pero estoy seguro de que me entendern. Ustedes viven en este Estado y saben tan bien como yo que una vez Alaska penetra en tus venas, ah se queda. Amo este lugar con todo mi corazn. La mayor parte de los asistentes ya estaban asintiendo con la cabeza y al menos una persona haba comenzado a llorar.

Viv en Alaska diez aos, a partir de 1996, y la llevo en la sangre desde un ao antes, cuando contempl por primera vez el Parque Nacional Denali y la espectacular cordillera de Alaska. De hecho, cinco de los nueve captulos de mi nuevo libro tratan sobre Alaska, y su triste ttulo es una especie de reverencia a mi permanente amor por el Estado ms septentrional del pas. Aquel momento en 1995, cuando las nubes literalmente se separaron para mostrar la alta cumbre del Denali y la espectacular envergadura de sus glaciares, se produjo en m un amor a primera vista. Desde entonces, la mayor parte de los veranos regres a visitar esa y otras cordilleras en Alaska, volcanes en Mxico, la cordillera del Karakrum en Himalaya o los Andes sudamericanos.

Tiempo despus, en enero de 2003, tras la invasin de Irak de la Administracin Bush, escuch los reportajes radiofnicos que narraban el comienzo de la nefasta ocupacin estadounidense de aquellas tierras desde una tienda de campaa en el Denali, mientras haca labores de voluntario para el Servicio de Parques. Fue tambin all, por extrao que parezca, cuando sent por primera vez la llamada de Irak o ms bien la ausencia de voces en los medios mayoritarios que explicaran lo que significaba esa ocupacin para el pueblo de Irak. Fue entonces cuando decid viajar desde el hielo hasta el calor, desde Denali hasta Oriente Prximo, para averiguar lo que estaba pasando all y contrselo al pblico.

Esa extraa llamada inici mi trayectoria profesional como periodista que me alej de mi querida Alaska, cuya inmensidad, prcticamente vaca de presencia humana, no he experimentado en ningn otro lugar. Y, segn me alejaba cada vez ms de este paisaje nico, la sensacin de que el clima ya estaba siendo trastornado de manera drstica se apoder de m y no me abandon en todos esos aos como reportero de guerra. La idea del incesante retroceso de los glaciares me haca sufrir y, de algn modo, me apart de las guerras eternas de Estados Unidos y me llev a otro tipo de guerra, la guerra contra el planeta, que fue el inicio de casi una dcada de periodismo climtico.

Cont al pblico todo esto, detenindome de tanto en tanto para no volver a llorar a cuenta de la tristeza que me provocaban los incendios, las sequas, el permafrost que se derrite a toda velocidad, las aldeas nativas de la costa tragadas por el mar y el deshielo de los glaciares. Sin olvidar al gobernador del Estado, perrito faldero de Trump que, al igual que su querido presidente, parece no tener lmites a la hora de recortar an ms los servicios o poner todo lo que est en su mano para seguir perforando, deforestando y contaminando este maravilloso Estado (a pesar de su creciente impopularidad).

La tarde anterior, el 20 de noviembre, haba hablado ante otro pblico en la Universidad de Alaska en Anchorage, a 9 grados centgrados de temperatura (y lloviendo, no nevando), 11 grados ms que la temperatura mxima habitual en ese mes. Esa realidad se ha convertido en la nueva norma en aquellos parajes, a pesar de que el tercio superior del Estado se encuentra en el interior del Crculo Polar rtico. Esto, a su vez, refleja una nueva realidad: la amplificacin del rtico, lo que significa que las altas latitudes del planeta se estn calentando aproximadamente al doble de velocidad que las latitudes medias. En otras palabras, que Alaska se ve afectada de lleno por la alteracin del clima.

Dicho de otra manera, el pblico ante quien habl ese mes y todos mis amigos de Alaska viven en un estado de shock permanente por los cambios que est sufriendo el Estado a una velocidad endiablada.

Alaska, la nueva normalidad

No es ningn secreto que innumerables cientficos del clima se sienten afligidos por el futuro de la humanidad y del planeta, y que algunos llegan a describir sus sntomas como una versin cambio-climtica del trastorno de estrs postraumtico (TEPT). Varios de los cientficos a quienes entrevist para mi libro confirmaron este punto. Dan Fagre, que trabaja para el servicio geolgico de Estados Unidos en el Parque Nacional de los Glaciares, era un caso tpico. Cuando le pregunt cmo se senta al ver menguar los glaciares (que dieron nombre al parque) y que se supone que habrn desaparecido por completo en 2030, me respondi: Me siento como un soldado curtido en mil batallas que se resiste a ver desaparecer el objeto de su estudio.

Y no solo los climatlogos como l. Otras personas que viven cerca de aquellas zonas donde los cambios son ms espectaculares parecen experimentar los mismos sntomas. No te puedes imaginar lo que fue estar en Anchorage el verano pasado, me dijo mi amigo Matt Rafferty cuando nos vimos en aquella ciudad la maana que regres de Homer. El 4 de julio estbamos a 32 grados y algunos das, ese mismo verano, el humo de los incendios forestales era tan denso que literalmente no podas ver el otro lado de la calle.

Matt es un ecologista que lleva aos trabajando para proteger Alaska de los buitres extractivistas y, al igual que yo mismo, est enamorado de la belleza natural de lugar. He viajado con l a los lugares ms remotos de Alaska y le considero una persona optimista e infatigable en todo lo relativo al trabajo, sean cuales sean las probabilidades de xito. Pero cuando le oa hablar de las convulsiones climticas que estn destruyendo el lugar donde naci, no pude evitar acordarme de las entrevistas que realic a iraques que haban perdido familiares por los ataques de las fuerzas estadounidenses. Las personas con trastornos de estrs postraumtico (y eso lo s por mi propia experiencia personal al respecto) tienden a contar una y otra vez historias sobre el trauma que han experimentado. Es nuestra manera de intentar procesarlo.

Y eso es exactamente lo que Matt, normalmente alguien poco dado a la exageracin, estaba haciendo aquella maana. Sus palabras me conmocionaron: En el centro y el sur de Alaska los ros estaban tan calientes que los salmones se moran de ataques al corazn, continu explicando, apenas detenindose para tomar aliento. En algunos el agua alcanz los 27C. 27 grados! Puedes creerlo? Haba literalmente decenas de miles de salmones flotando panza arriba en muchos ros. Hice una excursin en balsa hinchable por las montaas Talkeetna tan solo con pantalones cortos y camiseta! Es absurdo! Ya sabes lo fra que suele estar el agua all. El sol calentaba tanto que tenamos que salir del ro y sentarnos a la sombra de un rbol!.

Me cont muchas cosas que ya saba, entre otras que el hielo marino del rtico se haba derretido a una velocidad record y que, en el otoo, el permafrost se estaba descongelando setenta aos antes de lo previsto por los cientficos. En la costa del Ocano rtico, al norte de Alaska, los poblados balleneros que tradicionalmente usan bodegas de permafrost para almacenar el hielo y mantener su comida de subsistencia fresca todo el ao los inuit guardan as toneladas de carne de morsa y ballena ahora las encuentran encharcadas y criando mohos por el deshielo del permafrost.

Matt me cont que ese mes de septiembre estuvo luchando contra la depresin. Perd toda esperanza porque aquello era realmente apocalptico, continu diciendo, ahora ya ms calmado, frotndose un brazo en lo que imagin que era una suerte de gesto de autoconsuelo. Tuvo que dedicar ms tiempo a la meditacin, el yoga y a buscar consuelo espiritual en algunos podcasts, y no es el nico habitante de Alaska que ha tenido que recurrir a esos paliativos ante la evidencia de que el clima clido cada vez sube ms al norte.

Aquel da en Anchorage me detuve en mi librera favorita para echar un vistazo a las ltimas publicaciones sobre Alaska. Una de ellas, Alone at the Top: Climbing Denali in the Dead of Winter (Solo en la cumbre: Ascensin al Denali en pleno invierno), me llam la atencin. El explorador rtico Lonnie Dupre hizo historia al alcanzar a cima del Denali en 2015 en solitario. Fue una hazaa increble que describe en su libro, pero el momento que no olvidar es cuando cuenta que estuvo atrapado en su tienda a 3.400 metros de altitud durante una tormenta que dur das. En determinado momento, escuch lo que parecan pequeas rocas chocando contra la tienda, abri la cremallera, sac la cabeza afuera y qued asombrado al ver que, el 31 de diciembre, estaba cayendo aguanieve, no nieve. Hablamos de una fecha en la que la temperatura media a esa altitud debera haber estado en torno a los 37 grados bajo cero.

Me parte el corazn saber que esos extremos meteorolgicos estn afectando incluso al Denali, una montaa tan alta y tan prximo al Crculo Polar rtico, que cambi mi vida al arrastrarme hasta Alaska a mis veintitantos aos. A pesar de todo lo que s ahora, me sigue dejando anonadado.

Y aqu estoy, al igual que mis mejores amigos de aquel Estado, contando esta historia a cualquiera que quiera orla. S que puede parecer exagerado a los lectores de fuera de Alaska, pero los ojos se me humedecen solo con escribir sobre ello. Simplemente, no se supona que tuviera que ser as. Nada de lo que est pasando all en relacin con el clima es natural segn lo observado anteriormente, aunque ahora se haya convertido en la nueva norma.

Escuchar tantas historias como estas mientras estaba all fue demasiado para m, al igual que saber lo que empieza a pasarles al salmn, a los osos, a los alces o a la fauna en general. Debido a los caticos cambios en el clima, esas criaturas estn empezando a emigrar de lo que eran sus territorios habituales por falta de comida. Y todo ello es traumatizante.

Durante una conferencia reciente en la Universidad de Alaska en Anchorage, Rick Thoman, un especialista en clima del Centro para el Asesoramiento y las Polticas del Clima de Alaska, present un resumen desalentador de los cambios radicales que est sufriendo nuestro Estado ms norteo. En sus 30 aos trabajando para el Servicio Meteorolgico Nacional, Thoman ha observado los cambios climticos que ha sufrido Alaska a causa de la crisis climtica antropognica. En dicha conferencia, Thoman, nacido en Pensilvania, cont a la audiencia que la lectura de obras tan diversas como el relato de comienzos del siglo XX de Jack London, Encender fuego, o el libro de Barry Lpez, Artic Dreams le haban llevado hasta Alaska. London, por ejemplo, escribi sobre un lugar en donde las temperaturas de 50 grados bajo cero eran parte de la vida cotidiana. Pero la triste realidad contaba es que el medio ambiente que describen esos libros ya ha desaparecido. Y aadi: Es duro de aceptar, pero es lo que tenemos, lo que estamos viviendo.

Thoman cont que, a causa del sobrecalentamiento de las aguas, el Mar de Bering est experimentando un xodo masivo de vida marina, mientras que el propio Estado, como un amigo querido, atraviesa una crisis de salud que ninguno de los que detentan el poder intenta curar.

No es extrao que todo esto me provoque un sentimiento de impotencia total. Cada nueva sacudida climtica se siente como otro puetazo. O como una nueva evidencia de que estoy perdiendo a un ser querido. En resumen, Alaska est sufriendo la muerte climtica mientras yo lucho cada da para poder aceptar la nueva realidad: que el Estado ya est irremediablemente alterado.

El sendero del Rainbow Peak

Cuando el vuelo que me llevaba a Anchorage para iniciar este viaje comenzaba su descenso me invadieron oleadas de amor y tristeza. Y esos sentimientos pervivieron durante toda mi estancia all. El tiempo que compart con antiguos compaeros de escalada fue agridulce, pues no pasaba mucho rato antes de que inevitablemente surgieran en la conversacin los cambios que se estaban produciendo, aunque estuviramos planeando futuras incursiones en las montaas de Alaska.

El ltimo da completo que pas all necesitaba adentrarme en la soledad de las montaas. Haba llevado conmigo el equipo necesario para salir de excursin con las temperaturas habituales de finales de noviembre, o al menos para lo que yo recordaba de los aos que viv all: crampones, piolet y capas extra de ropa de abrigo para enfrentarse a la nieve profunda y las temperaturas de montaa que deberan haber rondado los 20 grados bajo cero (sin tener en cuenta el factor viento).

Esa maana me puse en marcha antes de amanecer en direccin hacia el sur de Anchorage, por la carretera de Seward, que rodea el golfo por Turnagain Arm. Me diriga a un sendero que habra de llevarme a las montaas Chugach, una de mis caminatas favoritas.

El cielo estaba iluminado por delicados tonos pastel, azulados y amarillos, cuando comenz a salir un perezoso sol invernal. La nieve an cubra las cumbres de las montaas circundantes, pero ms abajo sus colores iban difuminndose del blanco brillante a los ocres y verdes lo que no era sorprendente, pues las temperaturas haban sido muy suaves y la nieve escasa en la entrada del invierno.

Atraves muchos lugares en los que cuando viva all, a mitad de los noventa, ya habra estado escalando cascadas heladas en esta poca del ao. Ahora se vean ostensiblemente secas con temperaturas demasiados calurosas para que se formara hielo.

Cuando llegu al inicio del sendero, emprend la marcha hacia un pico cercano. Por falta de costumbre, empec a subir con una chaqueta gruesa, pero al poco tiempo tuve que quitrmela, al igual que los guantes, pues la temperatura estaba muy por encima de cero grados. No estaba acostumbrado y me resultaba raro alterar viejos hbitos mientras suba.

Fui ganando altura rpidamente. En un par de horas llegu a lo que finalmente me pareci propio de Alaska, autnticas condiciones invernales, hincndome en la nieve al romper su superficie y hundindome hasta la rodilla, a veces hasta medio muslo, mientras ascenda a la cumbre. De rato en rato me detena a tomar aliento, oler el aroma de los pinos y observar las ocasionales rfagas de nieve que se agitaban abajo en el valle.

La cresta de la cima estaba cubierta de nieve. Cuando la alcanc ca en la cuenta de que haba estado persiguiendo al invierno es decir, mi propia vida y sueos pasados hasta estas montaas en el ltimo da de mi estancia, intentando encontrar una Alaska que ya no exista.

Me maravill de la grandiosa vista de 360 grados, tom fotos de los picos nevados a mi alrededor, absorbindolo todo, antes de tener que descender para regresar a mi hogar en el Estado de Washington y al presente de cambio climtico en un planeta en llamas, en donde continuar soando con la Alaska que conoc una vez. Saba que volvera a planear futuras ascensiones hasta all, donde al menos algo permanece como siempre ha estado.

Poco antes de subir al avin en el aeropuerto de Anchorage, la cubierta de nubes situada al norte se despej y revel la blanca silueta majestuosa del Denali contra un fondo azul oscuro. Me quede absorto, subyugado, durante casi media hora, incapaz de apartar los ojos de esa montaa. Solo cuando empez a oscurecer y el Denali ya no era visible fui capaz de marcharme, mientras enjugaba de nuevo las lgrimas.

Dahr Jamail ha recibido numerosos premios, incluyendo el Martha Gellhorn de periodismo por su trabajo en Irak y un galardn Izzy en 2018 por sus logros en medios de comunicacin independientes. Este ao public su ltimo libro: The End of Ice: Bearing Witness and Finding Meaning in the Path of Cimate Disruption.

Fuente: http://www.tomdispatch.com/blog/176638/

El presente artculo puede reproducirse libremente siempre que se respete su integridad y se nombre a su autor, a su traductor y a Rebelin como fuente del mismo.



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