Portada :: Economa
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 19-12-2019

(Neo)capitalismo y sufrimiento psquico

Manuel Desviat
Viento sur


Confundimos libertad con libre mercado. As desconocamos nuestra implacable condena como mercancas. (Francisco Perea, 2014) 

Como anunciaba Joaqun Estefana en Estos aos brbaros (2015) la salida de la Gran Recesin ha convertido en estructural lo que durante la gestin de la crisis financiera se venda como secuelas transitorias: el incremento de la desigualdad, la precariedad laboral, la desregulacin de los mercados, la privatizacin de los bienes pblicos, arrasando con los antao derechos constitucionales en educacin, sanidad, pensiones, prestaciones sociales. El neoliberalismo completa la revolucin conservadora iniciada con Reagan y Thatcher en los aos ochenta del pasado siglo con la conquista del Estado en beneficio de unos pocos. Para el fundamentalismo neoliberal, una vez dueos del mundo tras la cada del muro de Berln, las leyes sociales surgidas tras la crisis de 1929 y la catstrofe de la Segunda Guerra Mundial, son un obstculo, un residuo a suprimir, como lo son las polticas sociales de algunos Estados latinoamericanos (Brasil, Ecuador, Bolivia, Venezuela) iniciadas a contracorriente.

Se juega con el mito de la mejor eficacia de los mercados y el necesario adelgazamiento de las cuentas pblicas, cuando la toma de los gobiernos nacionales por el capital financiero, por ese 1% de la poblacin mundial, no supone el adelgazamiento del gasto pblico, supone la venta de hospitales, pensiones y universidades del erario a los fondos buitres internacionales. Supone la acumulacin ilimitada del capital, como previ Marx, ms la tambin ilimitada invasin de la vida toda. La lgica del mercado configura subjetividades, cosifica las relaciones humanas, convirtiendo todo en consumo, competencia y, en definitiva, mercanca. Estrategia totalizadora, que pretende ir ms all del control de la economa, buscando imponer una cultura y un pensamiento nico a nivel mundial. Un pensamiento que borre en el imaginario colectivo los grandes relatos que configuraron el sujeto de ayer, la ilustracin, el freudismo, el marxismo. Se trata de forjar un sujeto neoliberal cuya ideologa est procurada por la publicidad y su el deseo copado por el consumo.

Los dueos de los medios seducen a la poblacin con el ideal privatizador, convirtiendo la precarizacin del trabajo en un aliciente emprendedor, individualismo competitivo del que depende la persona y la sita siempre en continuo riesgo. Empresario de uno mismo, se pierde el vnculo social. El nosotros se convierte en un pronombre peligroso, cuando no se reduce a unas pocas personas o a la comunin de los estadios de ftbol. La vida se vuelve una competicin en la que ya estn definidos los ganadores, los detentadores del poder patrimonial y meritocrtico y tambin los perdedores, los nadie, los desechos poco meritorios, los excluidos, el sobrante social del sistema productivo. Los determinantes sociales lo atestiguan. Por poner unos ejemplos: la renta media de los estudiantes de la Universidad de Harvard corresponde a la renta media del 2% de los estadounidenses ms ricos. En Francia las instituciones educativas ms elitistas reclutan a sus miembros en grupos sociales apenas ms amplios (Piketty, 2015). O las desigualdades en la esperanza de vida, entre una clase social y otra; en un barrio u otro de la misma ciudad en cualquier parte del mundo. En Barcelona, la esperanza de vida en barrios como Torre Bar, en NouBarris, es 11 aos menor que en Pedralbes. En el barrio de Calton, un barrio pobre de la ciudad de Glasgow, la poblacin tiene una esperanza de vida de 54 aos, una de las ms bajas del mundo; a pocos kilmetros, en la rica zona de Lenzie, la esperanza de vida es de 82 aos, una de las ms altas de Europa (Maestro, 2017). Segn un estudio reciente (The Lancet Planetary Health, Usama Bilal y Ana Diez Roux), dependiendo de la zona de Santiago de Chile la diferencia de esperanza de vida es de 18 aos. El Chile que ahora explota en las calles y que ha sido vendido como modelo de desarrollo por el neocapitalismo durante las ltimas dcadas.

Las consecuencias en el sufrimiento psquico son el incremento de los problemas mentales y sobre todo un estrs generalizado que se traduce en malestar, en infantil desesperanza, frustrado un deseo que nunca fue construido, que nunca tuvo el forjado necesario para perdurar. Enfermedades del vaco o quiebra de la identidad en la ausencia de un tero social.

En este presente, ante estas circunstancias, los interrogantes se vuelven hacia la asistencia social y el sistema sanitario, recolectores de la miseria social, donde la pregunta de entrada, parafraseando al socilogo Jess Ibez, estara en si es posible en un sistema capitalista hacer una poltica de gobierno no capitalista (Ibez, 199, p. 223). Llevada a la asistencia sanitaria y social, la pregunta es si es posible una sanidad universal y equitativa, una salud colectiva en el contexto neoliberal? Su viabilidades la apuesta (retrica) de la socialdemocracia una vez que acept como el menos malo de los sistemas el capitalista. En su discurso: la vuelta a un Estado de Bienestar actualizado por la gestin privada. Pero la cuestin es cul es el precio de esta actualizacin, que por lo que sabemos hoy desvirta completamente los principios comunitarios y salubristas en los procesos llevados a cabo en Europa? (Desviat, 2016).

En cualquier caso, en esta contradiccin se encuentra la ambigedad y la insuficiencia de los Servicios Nacionales de Salud, de las propias leyes que los crearon en tiempos del Estado del Bienestar, dejando siempre la puerta abierta a la privatizacin de los servicios. En realidad, an en los aos de mayor proteccin social, la sanidad pblica estuvo siempre condicionada a una financiacin que privilegiaba a las grandes empresas farmacuticas, tecnolgicas y constructoras. Los gobiernos conservadores, pero tambin los socialdemcratas, mantuvieron la sanidad pblica en sus programas, lo que adems les permita disminuir costes y acercar los recursos a la poblacin atendida con un claro beneficio poltico electoral, mas al tiempo protegieron las infraestructuras de poder de la medicina conservadora y empresarial. La reforma sanitaria, y de la salud mental comunitaria, en sus logros de mayor cobertura y universalidad, se desarroll siempre a contracorriente del poder econmico, fueran ministros conservadores o socialistas.

De hecho, las ayudas econmicas del Banco Mundial se acompaaron de la exigencia a los pases de la reduccin de la participacin del sector pblico en la gestin de actividades comerciales y la disminucin de los servicios sociales, convirtiendo en objetivo prioritario la privatizacin de la sanidad y las pensiones, al estilo de EEUU. Algo que queda claro en el informe de 1989 del Banco Mundial sobre financiacin de los servicios sanitarios, donde se plantea introducir las fuerzas del mercado y trasladar a los usuarios los gastos en el uso de las prestaciones (Akin, 1987). Y en la pronta asuncin de esta poltica por los Estados, empezando por el Reino Unido, que fue durante tiempo referencia por su aseguramiento pblico universal, como puede verse en documentos recientemente desclasificados del Gabinete de Margaret Thatcher, donde en un informe del Banco Mundial se dice textualmente que se deber poner fin a la provisin de atencin sanitaria por el Estado para la mayora de la poblacin, haciendo que los servicios sanitarios sean de titularidad y gestin privada, y que las personas que necesiten atencin sanitaria debern pagar por ello. Aquellos que no tengan medios para pagar podrn recibir una ayuda del Estado a travs de algn sistema de reembolso (Lamata, Oorbe, 2014).

La filosofa es trasparente: la salud es responsabilidad de la persona, del cuidado o no cuidado que haga con su vida, por tanto deben pagar por los servicios que consume. La sanidad deja de ser un bien pblico al que todas las personas tienen, por tanto, derecho. La ideologa salubrista basada en el estilo de vida cuide su comida, su hbitat, haga ejercicio, no corra riesgosignora los determinantes sociales, las condiciones de vida y de trabajo, que la salubridad que propone exige un cierto estatus social al que buena parte de la poblacin no tiene acceso.

El hecho es que la quiebra de la universalidad deja fuera del sistema sanitario a colectivos vulnerables (desempleados de larga duracin, inmigrantes sin papeles, discapacitados, ancianos), al tiempo que los recortes presupuestarios deterioran los servicios asistenciales pblicos, reducen la cesta bsica, introducen el copago en medicamentos y suprimen prestaciones de apoyo (transporte, aparatos ortopdicos). El Estado desplaza a los mercados la decisin de quien tendr acceso a vivir y a cmo malvivir o morir. El paciente pasa a ser un cliente que puede ser rentable o no.

Pero hay otro fenmeno que hay que considerar al referirnos al sufrimiento singular y colectivo. Otro fenmeno al que enfrentar aparte de la falta de soporte social de los Estados y de la hegemona del discurso conservador, la sustancial medicalizacin de la sociedad. La existencia de un Estado privatizador, la ausencia de una doctrina de salud y servicios sociales orientada al bien comn, va a posibilitar el proceso de la mercantilizacin de la medicina, convertida en una importante fuente de riqueza, y consecuente medicalizacin y psiquiatrizacin de la poblacin. Un proceso que tiene tres aspectos bsicos, tal como enuncian Isabel del Cura y Lpez Garca: uno, referir como enfermedad cualquier situacin de la vida que comporte limitacin, dolor, pena, insatisfaccin o frustracin (lo que podramos definir como enfermedades inventadas); otra, la equiparacin de factor de riesgo con enfermedad; y, por ltimo, la ampliacin de los mrgenes de enfermedades (que s lo son) aumentando as su prevalencia. Todo ello origina intervenciones diagnsticas y/o teraputicas de dudosa eficacia y eficiencia(del Cura, Isabel; Lpez Garca Franco, 2008). Hacer medicamentos para personas sanas era un viejo deseo de los laboratorios farmacuticos, ahora el complejo mdico-tcnico-farmacutico, aliado con los medios y con el poder poltico va ms all, con la fabricacin de enfermedades. Ahora la estrategia funciona vendiendo no slo las excelencias del frmaco sino, sobre todo, vendiendo la enfermedad. La depresin es un buen ejemplo, convertida en una pandemia mundial gracias a los antidepresivos. La cosa es simple, buscamos o creamos un malestar (el sntoma), le otorgamos un diagnstico (precoz) y comercializamos un medicamento o una nueva indicacin para un medicamento ya en uso (un antidepresivo para la timidez o un ansioltico para circunstancias adversas) o costosas pruebas de alta tecnologa completamente innecesarias. Robert Whitaker, un estudioso del fenmeno del aumento de consumo delos de los psicofrmacos en EE UU, describe rigurosamente en su libro Anatoma de una epidemia la implicacin de las instituciones sanitarias, profesionales y de usuarios en la elaboracin del relato que les ha convertido en el tratamiento psiquitrico dominante tanto de trastornos mentales graves como de sntomas comunes de malestar psquico, cuando no han servido para la creacin de falsas enfermedades. Preguntndose, y ese es el origen de la investigacin que da lugar al libro, cmo es posible que los problemas mentales se hayan incrementado desde los aos 90 del pasado siglo, cuando precisamente por esas fechas aparecen lo que se propaga por asociaciones cientficas y autoridades sanitarias como el mejor, sino nico, remedio para atenderlos: los nuevos, supuestamente ms eficientes y mucho ms caros, antidepresivos, antipsicticos, estabilizadores del nimo, estimulantes y ansiolticos? (Whitaker, 2015)(Desviat, 2017).

La introduccin de nuevos medicamentos, no necesariamente mejores, pero si mucho ms caros en los aos ochenta del pasado siglo, colonizan el discurso psiquitrico. El frmaco, respaldado por las Clasificaciones y Protocolos Internacionales de las Asociaciones cientficas (infectadas por la financiacin de las empresas farmacuticas), se convierte en la bala de plata, en la panacea de los tratamientos del malestar, un atajo acorde con la cultura de la poca, pragmtica, intrascendente y apresurada. La psiquiatra se introduce en la gestin biopoltica de la vida por el resquicio de la insatisfaccin, del vaco, la vida liquida que describe Bauman, ofertando soluciones a los problemas de la existencia: del amor, el odio, el miedo, la tristeza, la timidez, la culpa.

Se medicaliza el sufrimiento social desahucios, desempleo, pobreza y se psiquiatriza el mal; as cuando leemos en la prensa un caso criminal, vandlico, y se atribuyen sus actos a un trastorno mental, experimentamos cierta tranquilidad al imputar como una cuestin mdica lo que es un mal social. Convertido en una cuestin gentica o de anmala personalidad, no existe la responsabilidad de la sociedad en la que convivimos de una manera u otra, sostenemos. Al fin al cabo, no hace tanto que se vinculaba cientficamente la criminalidad a la degeneracin orgnica, hereditaria e inscrita en el cuerpo y en la mente.

El escndalo del trastorno por dficit de atencin e hiperactividad (TDAH) es ilustrativo de la fabricacin de una enfermedad que ha multiplicado por cientos de miles la venta de estimulantes en pocos aos para tratar, en la inmensa mayora de lo casos, comportamientos habituales en la infancia y adolescencia: distraerse fcilmente y olvidarse cosas con frecuencia; cambiar frecuentemente de actividad; soar despiertos/fantasear demasiado, corretear mucho; tocar y jugar con todo lo que ven; decir comentarios inadecuados, pueden ser diagnosticados de TDH con el aval tcnico Instituto Nacional de Salud de los Estados Unidos (NIMH). Estimaciones recogidas por Sami Timimi (Timimi, 2015)sugieren que a aproximadamente el 10 % de los nios en las escuelas de Estados Unidos se les ha pautado o tienen pautado un estimulante. En el Reino Unido la prescripcin ha aumentado de 6000 recetas al ao en 1994 hasta ms de 450.000 en 2004; un asombroso aumento del 7000 % en solo una dcada (Department of Health, 2005).

La medicina se ha convertido en una gran generadora de riqueza, en cuanto la salud y el cuerpo se convierten en un objeto de consumo. En manos de la publicidad, es decir de los mercados, la medicina es una herramienta de normalizacin. Entendiendo por normal aquello que dictan los intereses del capital. Qu comer, qu vestir, qu tomar, como o con quien juntarnos. Las normas estandarizadas se multiplican al tiempo que avanza el proceso que Foucault denomin de medicalizacin indefinida. La medicina se impone al individuo, enfermo o no, como acto de autoridad, y ya no hay aspecto de la vida que quede fuera de su campo de actuacin. El cuerpo se convierte en un espacio de intervencin poltica. Este tiempo donde los poderes econmico-polticos se inmiscuyen y regulan cada mbito de nuestra vida, donde la vida es cualquier cosa menos algo espontneo.

La atencin de la Salud Mental al sufrimiento psquico

Los cambios las formas de gestin y en el pensar de la poca van a repercutir en las respuestas tcnicas de la comunidad psi profesional. Hay una vuelta a la enfermedad como contingencia, que reduce a lo biolgico el malestar. El sujeto, su biografa, queda fuera. Protocolos y vademcums sustituyen a una clnica de la escucha, qu se pregunte por el por qu subjetivo, afectivo, social del sufrimiento psquico; una clnica que busque en las propias defensas de la persona formas de superar el padecer. Al tiempo, la medicalizacin produce cambios profundos en la demanda de prestaciones, que no tienen porque corresponder con las necesidades de la poblacin, sino a los intereses de la clase hegemnica.

En el esfuerzo por reducir la psiquiatra al hecho fsico, a la medicina del signo, se establecen criterios diagnsticos con unos signos-hechos-datos escogidos por consenso o por votacin de un pocos que reducen la complejidad de la persona. Uno ya no delira con lo relacionado con su propia biografa. El contenido del delirio es ruido producido por la falla neuronal. No hay lenguaje, sujeto ni deseo. Solo cuerpo, enjambre qumico neuronal. Mas, y he aqu la insustancialidad de la propuesta, es que los datos por si solos, como bien saben los propios publicistas de los mercados, poco valen, hay que interpretarlos.

La estrategia es obvia, se trata de homogeneizar, en torno a unos cuantos criterios, una propedutica y un vademcum comn para diagnosticar y tratar a las personas aquejadas de problemas de salud mental, en beneficio de las empresas farmacolgicas y tecnolgicas. Un nico sentido para el mundo. El trastorno mental sera el mismo en China que en Costa Rica, en Noruega que en Mali, lo que facilitara el mismo tratamiento. Algo tan disparatado, premeditadamente ignorante de la antropologa, de la idiosincrasia de los pueblos, que seria irrelevante sino fuera porque la credibilidad de un hecho o de una visin determinada de los hechos est condicionada al aval de universidades, centros de investigacin y a publicaciones de gran impacto que suelen depender directa o indirectamente de la financiacin de los mercados.

Muy alejadas, por otra parte, de la realidad de la prctica asistencial. Lo que hace decir a autores como Richard Smith y Ian Roberts: que la forma en que las revistas mdicas publican los ensayos clnicos se ha convertido en una seria amenaza para la salud pblica (Smith and Roberts, 2006).

Entre la aceptacin y la resistencia

La acumulacin irrefrenable descrita por Marx se aceler con el fin del capitalismo industrial y no se sabe cual va a ser el acontecimiento que precipitar el choque final pronosticado por el autor de El capital, el momento en el que las fuerzas productivas entraran en contradiccin con las relaciones de produccin, ni si ese acontecimiento tendr lugar. El derrumbe disruptivo del fracasado socialismo de Estado en 1989 parecera haber agotado, como dice Enzo Traverso(2019), la trayectoria histrica del propio socialismo, de los movimientos que lucharon por cambiar el mundo con el principio de la igualdad como programa al reducir la historia toda del comunismo al hundimiento del totalitario rgimen sovitico. Una cada a la que se una adems los cambios profundos en las formas de produccin que estaban acabando con el capitalismo industrial, en el que la izquierda forjo su identidad. Las grandes fbricas que concentraban a la clase obrera donde surgieron los sindicatos y los partidos polticos de izquierdas estaban siendo sustituidas por los nuevos modos de produccin del neoliberalismo, la deslocalizacin, la precarizacin, la fragmentacin y robotizacin de la produccin. El sistema de partidos polticos surgidos con la industrializacin en la confrontacin obreros empresarios perdi su esencia poltica, convirtindose en aparatos electorales. En el caso de la derecha, los empresarios, sobre todo la empresa familiar y localizada territorialmente, fueron sustituidos por los lobbies financieros, sin perder la esencia de su identidad: la defensa de sus intereses de clase. En el caso de la izquierda revolucionaria, el resultado fue la perdida de un escenario que constitua su campo de batalla y su conexin con la izquierda civil. Por otra parte, el fracaso del socialismo autoritario no supuso la construccin de un socialismo democrtico, como en un principio algunos imaginaron, sino que la cada de la URSS supuso la rpida transicin a regmenes de un capitalismo salvaje, con el nacionalismo como identidad y en muchas ocasiones, infiltrado por criminales mafias. Algunos de los logros sociales del socialismo de Estado, como la sanidad universal y el pleno empleo, se derrumbaron, lo que llev en pocos aos a la reduccin de la esperanza de vida y la precariedad o la indigencia para buena parte de la poblacin. En la otra orilla, un capitalismo sin trabas, desalojadas las narraciones y utopas del siglo que acababa, afianzaba un presente que se quera sin pasado y sin futuro. No es el fin de la historia como preconizaba Fukuyama, sino el fin de la poltica. El mercado va a sustituirla, en un presentismo, donde no cabe la utopa, y por tanto, el futuro; ni cabe el pasado, perdida la memoria, en una historia huera, vaca de sentido.

Planteaba en Cohabitar la diferencia (Desviat, 2016) que la Reforma Psiquitrica, cuyo primer objetivo fue sacar a los pacientes mentales de los hospitales psiquitricos, de los manicomios, y situar servicios de atencin en la comunidad, cre en su devenir nuevas situaciones, nuevos sujetos, nuevos sujetos de derechos. La locura se hizo visible y con ella la intolerancia, el estigma, la exclusin de la diferencia. Hizo ver que el proceso desinstitucionalizador atravesaba toda la formacin social, desvelando prejuicios y representaciones sociales que iban mucho ms all del trastorno psquico, una reordenacin asistencial, y que situaban a los alienados juntos con otros de la exclusin social. Destap la parte oculta en nuestra sociedad por la dictadura de la Razn, de la podredumbre de la razn en palabras de Antonin Artaud, en la que los locos son las vctimas por excelencia (Artaud, 1959), un imaginario colectivo poblado de los mitos, las leyendas y los sueos que nos constituyen. Nos acerca a lo que en verdad teje el sntoma singular y social, pues el sntoma se forja en la historia colectiva, en los deseos y miedos ubicados en la trastienda de nuestra cultura. Un proceso desinstitucionalizador que enfrenta a la Reforma de la Salud Mental con la miseria social y subjetiva, en un escenario en el que no se puede ser un simple observador, un impotente terico de la marginacin, la alienacin y el sufrimiento. Donde el hacer comunitario hace del profesional un militante de la resistencia al orden social que instituye la enajenacin en la miseria, donde la accin teraputica, necesariamente experta en los entresijos tcnicos de la terapia y el cuidado, se colorea polticamente.

Este estar en lo comn por el que se define la salud mental comunitaria supone considerar a la poblacin no solo como potenciales usuarias de los servicios, implica adentrarse en los deseos y frustraciones de sus barrios, hacerles cmplices de la gestin de su malestar. El fracaso de la medicina social es semejante al de la poltica gobernante que padecemos, y la razn de este fracaso est en la ausencia de comunidad, de los intereses, anhelos, frustraciones y ensueos, de las poblaciones que se atiende o se representa. Es frecuente la existencia de polticos que no han estado nunca en las circunscripciones que representan ms all de los das de la campaa electoral y es igualmente frecuente planificaciones, programas y actividad profesional de salud mental hechos sin haber pisado el barro o las aceras de los barrios que comunitariamente se atiende.

En salud y ms concretamente en salud mental hablamos de participacin, de la necesidad de contar con los ciudadanos, con las comunidades y los propios usuarios a la hora de la planificacin y programacin, mas, sin embargo, la participacin se reduce, si existe, a encuentro a nivel directivo con sindicatos para temas laborales y el trabajo comunitario a situar centros de consulta fuera de los hospitales. Luego puede extraarnos que la poblacin no defienda los modelos que ms podran beneficiarles, de confundir las necesidades reales en sus demandas, de dejarse llevar por engaifas electorales que propician la privatizacin como modelo sanitario, en contra de una salud colectiva que puedan hacer suya.

Concluyendo. El hecho es que hoy, como nunca hasta ahora en la historia parece que no hay un afuera del sistema neoliberal, donde el fascismo hace presente el planteamiento de George Kennan, en un informe secreto, hoy accesible, cuando aconsejaba que haba que dejar de hablar de objetivos vagos e irreales, como los derechos humanos, el aumento de los niveles de vida y la democratizacin, y operar con genuinos conceptos fuerza que no estuviesen entorpecidos por eslganes idealistas sobre altruismo y beneficencia universal, aunque estos eslganes queden bien, y de hecho sean obligatorios, en el discurso poltico (Chomsky, 2000). Una situacin que puede conducirnos al esto es lo que hay y al todo vale. Un esto es lo que hay y en esta situacin todo vale al que se suma la desgana por falta de perspectivas profesionales y ciudadanos, el queme o la renuncia o la aceptacin de la derrota. Un es lo que hay y todo vale que nos lleva a una permanente insensibilidad, nos lleva a eludir nuestra parte de responsabilidad, nuestra ciega complicidad en el trascurrir de los hechos, nuestra parte de culpa. Algo que segn Cornelius Castoriadis, nos ha convertido en cnicos profesional, social y polticamente, pues encerrados en un nosotros, en un mundo personal privatizado, hemos perdido la capacidad de actuar crticamente (Castoriadis C, 2011). Quizs lo ms frecuente, como escriba en el libro antes citado (Desviat: p. 17) es el considerar que lo que sucede es lo natural de la sociedad humana, que ha sido siempre, la iniquidad, la desigualdad, la competitividad canalla y la desatencin de los ms frgiles, asumiendo las funciones cosmticas y de control social que impone el orden social; en el mejor de los casos cobijando la conciencia profesional y cvica en preservar ciertas cotas de dignidad, calidad y eficacia. Pero queda otra postura, una opcin partisana, militante que trata de mantener una clnica de la resistencia, buscando aliados en los usuarios, familiares y ciudadanos para conseguir cambios en la asistencia a contracorriente y profundizar las grietas del sistema, en pos de un horizonte donde sea posible el cuidado de la salud mental, una sociedad de bienestar.

El peso de la alienacin cambia cuando se es consciente de ella. En ese descubrimiento, cuando la mirada del amo ya no fulmina al colonizado, se introduce una sacudida esencial en el mundo, toda la nueva y revolucionaria seguridad del colonizado se desprende de esto, escribe Fanon en Los condenados de la Tierra (p40).

Una sanidad diferente, una atencin a la salud mental que se entienda desde lo singular a lo colectivo, no ser plenamente posible sino en una sociedad diferente. No podemos saber qu nos deparar el futuro. El socialismo es tan posible como la cada en la barbarie. Pero s estamos obligados, si queremos una salud pblica universal y equitativa, a desear y trajinar por una sociedad que parta de la igualdad como eje central de su discurso y tarea; una igualdad que trascienda la explotacin, sin jerarquas de clase ni de gnero, y donde se reconozcan y convivan todas las diferencias; donde todas las fronteras sean reconocidas, respetadas y franqueables. Sin falsas identidades societarias.

Inmersos en la distopa del neocapitalismo y el auge en su seno de un nuevo capitalfascismo, puede parecer una descomunal utopa, pero podemos consolarnos con el hecho de que las revoluciones llegan cuando nadie las espera.

Referencias

Akin, J. (1987). Fianancing Health Services in Developing Countries. An agenda for Reform 1997. Washington, DC: World Bank.

Artaud, A. (1959). Carta a los poderes . Buenos Aires: Mundo Nuevo.

Chomsky, N. (2000). El beneficio es lo que cuenta.Barcelona: Crtica.

del Cura, Isabel; Lpez Garca Franco, A. (2008). La medicalizacin de la vida: una mirada desde la aencin priamria. topos, Salud Mental, Comunidad y Cultura, 7, 412.

Desviat, M. (2016). Cohabitar la diferencia. Madrid: Grupo 5.

Desviat, M. (2017). Anatomia de uma epidemia (solapas). In Anatomia de uma epidemia.Plulas Mgicas, Drogas Psiquitricas eo Aumento Asobroso da Doena Mental. Rio de Janeiro: Fiocruz.

Ibez, J. (1997). A contracorriente.Madrid: Fundamentos.

Lamata, Fernando; Oorbe, M. (2014). Crisis (esta crisis) y Salud (nuestra salud). Retrieved from http://www.bubok.es/libros/235021/Crisis-esta-crisis-y-Salud-nuestra-salud

Maestro, A. (2017). El grito: capitalismo y enfermedad mental. In I. Maestro, A; Gonzlez Duro, E; Fernndez Liria, A; De la Mata (Ed.), Salud mental y capitalismo. Madrid: CismaEnsayo.

Perea, F. (2014). La religin capitalista y el infirno. topos.Salud Mental, Comunidad y Cultura, 15, 6484.

Piketty, T. (2015). El capital en el siglo XXI. Barcelona: RBA.

Timimi, s. (2015). La McDonaldización de la infancia: La Salud Mental Infantil en las culturas neoliberalese. Atopos, 16, 1534.

Traverso, E. (2019). Melancola de izquierda. Barcelona: Galaxia Gutenberg.

Whitaker, R. (2015). Anatomia de una epidemia. MadridCapitan Swing.

Fuente: https://vientosur.info/spip.php?article15415



Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter