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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 23-12-2019

Aguafuertes maracuchas, una crnica del ocaso

Giovanny Jaramillo Rojas
Brecha


Maracaibo, la capital petrolera de Venezuela, escenifica la decadencia de un modelo. A la vieja contaminacin de las aguas de su lago por la industria extractiva se suman hoy las brutales consecuencias del colapso econmico. Entre los apagones y el racionamiento de combustible, sus habitantes viven del recuerdo de un pasado desaparecido.

 

Hblame de Maracaibo 

tierra bendita, tierra del viejo golpe pasmero 

mi patria chica, tierra del sol cuna de gaiteros 

por ella canto, por ella vivo, por ella muero.

(Junior Veladiago)

I.

28 de septiembre. Es medioda en Maracaibo, la ciudad cada.

Doa Dioselina Ospina me trata como a un hijo. Me abri las puertas de su casa para alimentarme. Vive en el sector La Lago, un barrio acomodado de Maracaibo, con su esposo y su ex nuera. Sus manos blancas son un embeleso, un extraordinario embrujo de comida venezolana: arroz con pollo, mandioca frita, pabelln criollo, muchacho guisado, bollos pelones, pasteles, quesos madurados, arepas rellenas y empanadas de carne y papa hacen parte de su exquisito y casero repertorio gastronmico.

Para ella, cada plato, indefectiblemente, contiene una historia. Por ejemplo, el arroz con pollo supuso la reconstruccin de la vida de su madre colombiana, que haba migrado a Barinas a principios del siglo XX. El pabelln criollo la llev a hablar de sus pocas juveniles en Barquisimeto, Caracas y Valencia, mientras que los quesos madurados la sumergieron en la memoria de la tierra que le secuestr su identidad, segn ella, para siempre: Maracaibo.

Los sabores y los olores son la razn de su vida. Doa Dioselina lo remarca una y otra vez. Su corpulencia expone una gran debilidad por la comida. Sus maneras, aunque muy propias de los 67 aos que arrastra con inusitada dignidad, denotan un desgarbo muy propio de una aristocracia que, aunque disminuida, se niega a la evaporacin rotunda.

Rubor para todo el rostro, cejas perfectamente delineadas, aroma a Jean Paul Gaultier y cabello intacto, prolijo, mantas de seda largas multicolores y collares y pendientes de diseo. Su postura, invariablemente recta, parece proporcionada por la precisin de una ecuacin matemtica. En todos nuestros encuentros nunca se le escurri una sola gota de sudor, ni siquiera cuando la temperatura amenazaba con calcinarlo todo.

Lo primero que dijo cuando la conoc fue que, si bien podra parecer increble o incluso mentira, Maracaibo haba sido, alguna vez, la Miami de Suramrica y que por eso ella y su esposo haban decidido instalar su matrimonio, a finales de la dcada del 70, en la futurista capital del estado Zulia, el estado ms rico y prspero de la Venezuela de entonces. Doa Dioselina relata, con macilenta voz, que hasta los primeros aos de este acelerado siglo la ciudad de Maracaibo contaba con vuelos directos a muchas ciudades de Estados Unidos y Europa. Que el desfile de turistas e inversores era incesante y que toda la ciudad permaneca coloreada por un cosmopolitismo indefinible. Sus anchas avenidas ostentaban los mejores y ms costosos autos, hoteles y restaurantes prestigiosos, el comercio era una fiesta que no tena nada que envidiar al primer mundo y su arquitectura exhiba el eclecticismo de una migracin que aparentemente haba llegado para quedarse.

Ahora, todo esto parece un cuento triste, un relato melanclico cuya inverosimilitud lo situara en el gnero de la ciencia ficcin. Hoy Maracaibo es todo lo opuesto a esa urbe que recuerda Doa Dioselina: una ciudad que respira herida a la vera de una ruta infecunda, una ciudad que se extravi en su patrimonio hasta la resequedad y la ofuscacin.

Basta con dar un paseo para evidenciar que es el escenario perfecto donde se compendia la declinacin social y econmica de Venezuela. Al caminar por el centro se puede verificar aquel imaginario que han venido construyendo por todo el planeta los varios millones de personas que decidieron abandonar el pas. Una ciudad insociable, descuidada, sin sistema formal de transporte, con edificios abandonados y enormes complejos industriales al punto del colapso, ya no econmico, sino directamente material. Una ciudad fantasma que se recluye temprano, en total silencio, a ejercer el derecho de soar imposibles.

En cada almuerzo, en cada cena, hasta consejos de vida y clases informales e inconscientes de sociologa se anim a darme Doa Dioselina: los hijos son lo ms importante, slo el estudio libera al ser humano de la pobreza, lo nico que mantiene en pie a las sociedades actuales es el consumo, los militares son buenos si estn del lado de los valores morales y no de ideologas polticas y, como para chuparse los dedos: los indios son un problema porque ni dejan de tener hijos, ni se mueren rpido. Son vagos y no son confiables, termin diciendo, para despus, en silencio, como dndose cuenta de su racismo, pasar a servirme un delicioso jugo de guayaba.

Doa Dioselina tiene tres hijos y todos, con sus siete nietos, viven fuera de Venezuela. Dos en Estados Unidos y uno en las Islas Caimn. Cada vez que la invitan sale del pas a visitar a su descendencia y vuelve a Maracaibo con la valija llena de comida, ropa y tecnologa. No se va definitivamente porque duda mucho que pueda conseguir un mejor lugar para vivir. Para ella Venezuela es el mejor pas del planeta, el ms bello, y por eso dice, continuamente, que la esperanza es lo ltimo que se pierde y que el da del cambio, aquel en el que pueda volver a caminar tranquila por la calle, ir de compras sin ser molestada por la miseria circundante y ver a su familia reunida, empapada por la felicidad patria, llegar ms temprano que tarde.

II.

29 de septiembre. Amanece en Maracaibo, la ciudad sin fuerzas.

De tanto ir y venir vaciamos el tanque del auto y decidimos ir a llenarlo. En Venezuela no debera representar ningn problema, ya que la gasolina es prcticamente gratis, gracias al fuerte subsidio estatal. De hecho, el procedimiento se parece a una broma. La transaccin es simblica y, aunque hay precios definidos en los tableros de las estaciones de servicio (0,0025 dlares por litro), el asunto se puede zanjar con la cantidad de bolvares que el comprador disponga. Un monto que difcilmente puede llegar a superar los 20 centavos de dlar y que el funcionario de la estacin de servicio ni siquiera se toma el tiempo de contar. Hacerlo significara perder varias horas diarias: un dlar pueden ser, depende de la denominacin, hasta 400 billetes.

Pues bien, al llegar nos encontramos con una fila compuesta por cientos de autos. Unas 15 cuadras mal contadas. A simple ojo se podra improvisar una cifra: en Maracaibo, tres de cada cinco estaciones de servicio de Petrleos de Venezuela (Pdvsa) se encuentran cerradas. La buena noticia es que casi todos los despojos gasolineros sirven de habitacin a la infinidad de indigentes que circulan, como sombras desterradas, por la ciudad. La mala noticia es que cuando se consigue entrar en alguna de las estaciones que tiene combustible disponible, la Guardia Nacional Bolivariana decide a qu cantidad de gasolina puedes acceder.

El tiempo no nos daba como para pasar algunas horas a la espera de un turno. Pero la sorpresa fue total cuando nuestra conductora nos dijo que en marzo pasado estuvo dos das haciendo fila, durmiendo y comiendo dentro del auto con pequeos intervalos de ausencia para ir al bao y que, incluso, conoca gente que haba completado cinco das en ese trmite.

Para la mirada fornea este fenmeno no deja de ser un escndalo, pero para los maracuchos, que as se llaman los habitantes de Maracaibo, no es ms que otra de las manifestaciones de la insondable hondura de la crisis. Una palabra, crisis, que no logra encerrar el verdadero sentido en el que avanza la realidad: en una tierra rica en petrleo escasea el combustible. Aunque Venezuela no es precisamente un pas refinador (el 80 por ciento de la gasolina que consume proviene de Rusia y China), esa paradoja es una sombra del derrumbe total.

Despus de esperar tres horas y no avanzar un solo metro en la delirante fila, decidimos recurrir a la otra opcin: la oferta del mercado negro. Para poder llegar a la zona de la ciudad donde se poda suplir la necesidad instantneamente, tuvimos que negociar (cinco dlares) y absorber (por medio de una manguera) el combustible del tanque de un auto amigo. Despus atravesamos Maracaibo hacia una localidad marginal llamada Ciudad Lossada.

Tras dar algunas vueltas, en medio de un barrio desrtico, de calles destapadas a las malas, atiborradas de basura y viviendas construidas con materiales ms que precarios, conseguimos el contacto que nos suministrara el preciado lquido. Por 40 litros pagamos diez dlares. Ms o menos cinco veces el salario mnimo mensual venezolano a esta fecha. El joven que nos atiende, de clara ascendencia way, adems de cobrar, slo dijo: Vivir aqu es un martirio; nos estn dejando morir, no se sabe si es ms difcil conseguir agua o gasolina.

La parlisis humana es evidente. En un contexto en el que no hay posibilidad de movilidad social, la espera es el hambre de cada da y el rebusque, la incontenible sed. Se estima que, desde 2017, unas 200 mil personas dejaron su vida en Maracaibo para irse a buscarla en cualquier otro lugar, lejos de esta zona cero que escenifica el verdadero desmayo venezolano, aquel que en Caracas an no pasa de ser una migraa.

III.

30 de septiembre de 2019. Llueve en Maracaibo, la ciudad ahogada.

Maracaibo es una ciudad memoriosa y oscura. El alumbrado pblico y el suministro de agua son, desde hace algunos aos, un par de milagros en una urbe que permanece suspendida en la evocacin de lo que fue. Maracaibo tambin es ermitaa, sobrecogedora. El clebre y floreciente trasfondo industrial de las ltimas tres dcadas del siglo XX es, ahora, una hilera de ruinas, ad portas de cambiar al estatus de mito.

El fastuoso lago est contaminado. Echado a perder. Los constantes derrames de crudo, propiciados por la dejadez gubernamental y el deterioro de los pozos petroleros (que hoy en da no son ms que imponentes tumbas martimas), flotan viscosos como una manta negra por encima de las aguas. Comer frutos del lago, reiteradamente, es una carrera en contra de la intoxicacin inmediata y alguna extraa enfermedad futura.

Los semforos, si sirven, sirven mal. Titilan y titilan sin sentido. Las exorbitantes avenidas amenazan con quebrarse en cualquier momento. El famoso mercado de pulgas y su romera se parecen ms a un asfixiante rebato de resistencia, en el que slo subsiste no el ms fuerte, sino el ms rpido, el ms informal: trfico de divisas, venta ilegal de medicamentos, ropas, accesorios, licores y cigarrillos contrabandeados, alimentos vencidos y carnes descompuestas. Resignacin: todo lo que sea, por un dlar, por un puado de pesos colombianos, por algo de comer. Maracaibo no lucha contra ningn olvido ni contra la decadencia: Maracaibo pelea contra su propia deriva y, con nebulosa presuncin, contina erguida, dndole coletazos al concepto de naufragio.

IV.

1 de octubre de 2019. Anochece en Maracaibo, la ciudad que se niega a ser borrada.

La cerrazn es una boca que se abre para tragrselo todo. Hay ms oscuridad que de costumbre en una ciudad radicalmente oscura: los autos bajan la velocidad, los pocos comercios que funcionan cierran y la gente se enclaustra, con el ltimo rayo de sol, a sobrellevar la intimidad de un apagn. Desde la terraza de mi hotel apenas se ve la luna, indmita, juntando esfuerzos para avivar las calles desoladas. El viento, calmo, patea el mutismo y trae la fresca respiracin del lago. Los edificios parecen mecerse como palmeras prehistricas y tristes.

Las zonas privilegiadas padecen la oscuridad pocos minutos. Con un chasquido de dedos encienden sus plantas, y la cerveza sigue fra,y Netflix, disponible. El gran resto entra en la noche incierta, aquella que soporta el insoportable zancudero en el que se convierte el sonido de la electricidad porttil.

El apagn dura 16 horas. Entre los maracuchos no slo es algo pasajero, sino algo normal. En los ltimos meses la ciudad ha experimentado hasta siete das consecutivos sin luz. Una locura para cualquier ciudad que se ufane de ser moderna. No obstante, el conserje del hotel dice que algo estall en algn lado y que es cuestin de esperar el arreglo, una recepcionista asegura que, a veces, la gobernacin sacrifica la luz local para no quitrsela a Caracas, y un husped, con furia, seala que es una conspiracin del pas del norte, aquel que huele a azufre. La gente dice cualquier cosa porque lo importante es convencerse de algo, teorizar la adversidad, justificar el infortunio, todo con el objetivo de burlar la realidad: especular para darle un sentido a la orfandad.

Cada habitante, como si se tratara de una guerra civil, pero sin un enemigo claramente definido, permanece auspiciado por una suerte de individualismo ciego y voraz, un ensimismamiento que no le permite ser consciente de los dems, porque la finalidad es clara: sobrevivir a como d lugar. Ceder un poco, en cualquier sentido, podra significar una pequea muerte que, de tantas sucesivas, podra convertirse en la muerte final. La gente de Maracaibo vive sujeta a la espera de que la F de fracaso se convierta en F de futuro, resiste maniatada, mientras la hirviente luz le tortura los ojos, mientras la lobreguez ahuyenta la vida y mientras el tiempo, implacable, lo pudre todo.

V.

2 de octubre de 2019. Despedirse de Maracaibo, la ciudad fantaseada.

Doa Dioselina me muestra fotos de la ciudad. En los aos ochenta, ella y su marido caminan por el malecn y, enseguida, sonren en la entrada de la Baslica de Nuestra Seora de Chiquinquir. En los aos noventa, sus hijos posan frente al teatro Baralt, y despus, una panormica del imponente puente General Rafael Urdaneta. Pasados los aos dos mil, sus dos primeros nietos en una pileta del parque acutico de la ciudad y un hermoso atardecer en la laguna de Sinamaica.

Doa Dioselina me brinda una ltima comida. Mi preferida: pabelln criollo. Me ve comer y me dice: Extrao a mis hijos, hijo. Me despido y lo que no le digo, no s por qu, es que s, que tiene razn, que Maracaibo no slo se pareca a Miami, sino que quizs lleg a ser mucho ms interesante. Ms bonita.

https://brecha.com.uy/


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