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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 09-01-2020

A veinte aos de El libro negro
Memoria de tramposos

Higinio Polo
Nuestra bandera


Hace ya ms de veinte aos que se public El libro negro del comunismo. Quienes participaron en su elaboracin son un ejemplo acabado de intelectuales al servicio del poder capitalista: construyeron un til artefacto para contribuir a la demolicin de las organizaciones comunistas, del pensamiento crtico, de la razn intelectual compaera de los trabajadores y los oprimidos, dando vida a un texto que ha sido uno de los principales instrumentos utilizados en el intento de destruccin del movimiento comunista y del proyecto de una sociedad socialista donde no exista explotacin ni desigualdad y donde la libertad sea una conquista real. 

 Desde entonces, el capitalismo fieramente armado ha culminado nuevas matanzas: en Iraq, despus de una sucia guerra de agresin; en Afganistn, pas que ya acumula casi dos dcadas de guerra desde la invasin norteamericana; en Siria, donde han muerto centenares de miles de personas; en Libia, en Yemen. El capitalismo deja un camino sembrado de cadveres, con la hipocresa de negar su propia historia: tras la desaparicin de la URSS, la interpretacin cannica del siglo XX que hace la derecha liberal, sin apenas matices, se resume en la victoria de la democracia sinnimo para ella de capitalismo sobre dos duros enemigos: el comunismo y el nazismo. Esa pretensin de modelar la opinin comn, gracias a las mentiras servidas por los grandes medios de difusin masiva, trae a la memoria lo que Max Nordau escribi a finales del siglo XIX en su libro Las mentiras convencionales de nuestra civilizacin. Porque, si para Nordau se trataba de poner de relieve las bases falsas sobre las que se asentaban la religin, el conservadurismo poltico, la tradicin, las monarquas y la economa capitalista, en nuestros das hay que impugnar el contenido del parte de la victoria proclamado por el liberalismo, y levantar barreras al nuevo imperialismo que cabalga sobre la mentira.

Hoy, el intelectual colectivo del capitalismo realmente existente liquida la evidente relacin y complicidad del desarrollo capitalista con el nazismo y el fascismo, y despoja al comunismo de su identidad igualitaria y libertaria, y decreta la absolucin y el olvido sobre las matanzas del capitalismo real a lo largo de los siglos XX y XXI. La operacin, no por burda es menos eficaz, y tiene cierta verosimilitud aparente, puesto que quin negar el horror del nazismo y quin podr olvidar la represin de Stalin?, reforzada sta, adems, por la prueba emprica del colapso sovitico. Incluso la socialdemocracia con alguna excepcin, como hizo Lionel Jospin mira hacia otro lado cuando se agita el espantajo de los crmenes del comunismo, cerrando los ojos al desastre de 1914, cuando vot los crditos de guerra, y a su responsabilidad moral en la matanza; a su propia complicidad con el colonialismo; a la actuacin de Francia en el frica Negra y de la pequea Blgica en el Congo; u olvidando Argelia, y el caracazo en Venezuela, por poner algunos ejemplos conocidos.

La falsedad de la equiparacin entre nazismo y comunismo es evidente. Esa equivalencia es una estafa intelectual: la radical oposicin entre ambos movimientos est ya en su gnesis, como corrientes opuestas en su teora poltica y en su praxis. Ni tan siquiera el recurso a la represin poltica, comn a muchos regmenes polticos, es exclusivo de ambos: Primo Levi ya mantuvo que no pueden equipararse Auschwitz y la represin en la URSS. Tampoco pueden asimilarse ambos regmenes si atendemos a la excepcionalidad del nazismo como un sistema basado en la desigualdad radical de los seres humanos, en el biologismo poltico, en la solucin final ideada para sus enemigos, casi desprovistos de cualquier rasgo humano. Es una equiparacin falsa, adems de nociva, que, por otra parte, tiende a hacer olvidar los otros fascismos, como el japons.

El fascismo nunca luch por la libertad. No se encuentra en los movimientos fascistas un solo ejemplo, en pas alguno, donde sus miembros arriesgasen la vida por la libertad, en Alemania o en Italia, en Noruega o en Espaa, en Rumania o en Portugal, en Japn o en Hungra. Fue un movimiento precario y marginal en sus inicios (nutrido por los arditi decepcionados, por desorientados nacionalistas o por veteranos de la gran guerra enrolados en los freikorps) que creci despus al amparo del poder econmico, primero, y del poder poltico despus. Pese a sus coqueteos anticapitalistas, el fascismo nunca elabor un discurso igualitario que pretendiese resolver la cuestin social (como se denomin en el siglo XIX), es decir, la emancipacin de los trabajadores y de los explotados. El fascismo y el nazismo hicieron demagogia anticapitalista en su marcha hacia el poder, mientras reciban comprensin, primero, y despus apoyo poltico y econmico de los grandes industriales y terratenientes. Por el contrario, la aportacin comunista a la conquista de la libertad est inscrita en el corazn de Europa, y tambin en los otros continentes. La propia colaboracin que mantuvieron los gabinetes de Churchill o de Roosevelt con los movimientos guerrilleros comunistas en los momentos ms amargos del predominio nazi en Europa resalta su papel en la derrota del fascismo y en el restablecimiento de la libertad. No era ninguna trivialidad que un liberal como Thomas Mann afirmara que el anticomunismo era el despropsito ms grande del siglo XX.

De hecho, la libertad empieza a llegar con las conquistas obreras, sin que puedan separarse ambas, y se consolida con la victoria sobre el fascismo en 1945. Es la cultura antifascista, defendida sobre todo por los comunistas, por la izquierda, quien construye la libertad contempornea. En nuestros das, en su intento por otorgar certidumbre y calado terico a la mentira de la equivalencia entre fascismo y comunismo, los defensores de esta tesis actan como ladrones de cadveres, robando las vctimas del capitalismo para achacarlas a otros, pretendiendo olvidar su responsabilidad con la opresin en buena parte del mundo, y lo hizo en aos propicios donde la derecha todava se felicitaba ante la derrota finisecular, momentnea, de las ideas de emancipacin social en Europa, pretendiendo adems adquirir derechos de primogenitura sobre las nociones de libertad y de democracia, pese a que entre sus aportaciones apenas puede citar a De Gaulle o Roosevelt, olvidando de paso a Chamberlain, cambiando la significacin histrica de Churchill, y pasando sobre ascuas por las flaquezas de los gobiernos occidentales ante Hitler. Esa pretendida equivalencia entre fascismo y comunismo intenta presentar al capitalismo como la encarnacin de la libertad, y ha penetrado hasta en crculos acadmicos que deberan tener mayor rigor histrico no hay ms que ver el empeo que pona el liberalismo clsico en restringir la participacin electoral, poniendo de relieve que, ms all de la injusticia histrica que esa tesis representa, es manifiesta la urgencia para que la izquierda recupere el imaginario de la libertad, dando por terminados los aos de dbil respuesta ante la soberbia intelectual del capitalismo depredador.

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Han pasado ya ms de veinte aos desde la publicacin, en 1997, de El libro negro del comunismo. Ms all de la polmica que inaugur en su da y del evidente oportunismo de su publicacin, puede decirse que apenas queda nada de su contenido. Desacreditado por el escaso rigor de su elaboracin baste recordar que el libro se contradice en las propias cifras que ofrece, que muchas fuentes son dudosas, y que recurre a evaluaciones aventuradas, basadas en estimaciones poco rigurosas, no ha resistido el paso del tiempo. Sin embargo, su impacto propagandstico fue notable. Pinochet lo tena en un estante de su casa, al lado de libros sobre Napolen, cuando se fotografiaba poco antes de comparecer ante los lores britnicos. Sin duda, un libro as lo reconciliaba consigo mismo: haba sido un capataz en la lucha contra el comunismo, y la justificacin de su compromiso estaba en aquel libro negro. En los das en que Pinochet estaba en Londres, en manos del hoy olvidado Jack Straw otro converso, antiguo trotskista y despus compaero de Bush en la guerra contra Iraq, la televisin mostr repetidamente a un ciudadano chileno, defensor de Pinochet, que gritando airadamente a una persona que intentaba razonar, le increpaba: "Huye! Huye! El comunismo ha causado ochenta millones de muertos!" Sucedi en Londres, y aquel patriota chileno (que empujaba a su oponente a marcharse de Chile, puesto que para la derecha el comunismo siempre es extranjero, en cualquier lugar, y un opositor a Pinochet slo poda ser comunista) extraa su municin intelectual del libro negro. En esa escena estaba la confirmacin: la difusin de la obra fue masiva. Sus conclusiones y cifras fueron repetidas por todas las esquinas del planeta y elevadas a sabidura convencional que sigue gritando la extrema derecha en las algaradas callejeras y que utilizan los medios acadmicos conservadores o los senadores norteamericanos que viven todava la felicidad de la victoria en la guerra fra. Algunos, incluso aumentan la cifra del pinochetista londinense: Hlne Carrre dEncause habla en su biografa de Lenin de 100 millones! de muertos y se los adjudica al indefenso Vladmir Ilich, que ya no puede contestar.

Es probable que la idea del libro negro les fuese sugerida a sus autores (Courtois, Werth, Pann, Paczkowskiy compaa) por el Livre brun sur lincendie du Reichstag et la terreur hitlrienne, que fue editado en Pars antes de la Segunda Guerra Mundial por Willi Mnzenberg, uno de los fundadores del Partido Comunista Alemn, que dirigi despus el trabajo de la Internacional Comunista desde Pars. No en vano, Stphane Courtois es un viejo experto en cuestiones comunistas, perfecto conocedor de otros libros (como el escrito por Stephen Koch) que ya haban examinado, con ms delirio que rigor, la supuesta gran conspiracin entre Hitler y Stalin. Courtois, viejo maosta reconvertido a las covachuelas del sistema capitalista, como el resto de los autores del libro negro, hizo un buen trabajo, que, si bien no es muy riguroso desde una perspectiva cientfica, sirve al menos para que los portavoces intelectuales del liberalismo globalizador sigan colaborando en la demolicin de las organizaciones comunistas y reforzando los diques que contienen las luchas populares.

La mayor parte de los muertos atribuidos al comunismo en el libro negro son, en realidad, vctimas de la guerra civil en Rusia, que en ningn caso puede atribuirse a los comunistas, y en China, por el combate contra el rgimen de Chiang Kai-shek, y de las hambrunas que siguieron a los enfrentamientos, presentadas por la derecha como un deliberado recurso represivo utilizado por el poder sovitico o maosta. Al mismo tiempo, Courtois, consciente de los puntos dbiles del libro negro, excusa las vctimas del capitalismo porque fueron a causa de los duros inicios de la revolucin industrial en Occidente, o bien por accidentes fabriles, por la deficiente sanidad de la poca, por la malnutricin, sin que hubiera hambrunas provocadas directamente por los gobiernos capitalistas. Muchos crticos han observado la endeble argumentacin y la ausencia de pruebas en la mayora de las afirmaciones que realizan los autores del libro negro. La lectura de las pginas dedicadas a Espaa es un buen ejemplo de ello. Algo parecido puede decirse de las cifras barajadas para China. Tambin, de las dedicadas a la Unin Sovitica, donde acumulan horrores con la pasin tradicional de los conversos.

Porque no se trata de negar nada, sino de ser rigurosos. Hoy sabemos ya muchas ms cosas sobre la verdadera dimensin represiva del estalinismo: Victor Zemskov, un hombre conservador, el historiador ruso que dirigi las investigaciones sobre el alcance de la represin, y que tuvo acceso a todos los archivos secretos del Gulag, comprob asombrado, segn sus propias palabras, que las cifras de la represin eran mucho menores de lo que se haba dicho. Entre 1921 y 1953, ao de la muerte de Stalin, fueron fusiladas en la Unin Sovitica casi 800.000 personas, aunque se haba hablado de 7 millones de fusilamientos y de 20 millones de detenidos. Zemskov aade a esas cifras unas 600.000 personas ms que murieron en prisin, lo que eleva los muertos por la represin poltica a 1.400.000. Las estadsticas que consideraban entre 6 y 10 millones de muertos de ellos, entre 3 y 7 en Ucrania como consecuencia de la colectivizacin agraria, son consideradas absurdas por el historiador ruso, igual que las que defenda en los aos setenta el escritor Solzhenitsyn, que lleg a hablar de 110 millones de muertos! entre 1917 y 1959; como considera absurdas las cifras dadas por Robert Conquest, que multiplicaban por cinco las evidencias histricas. Las pacientes bsquedas en los archivos no dejan lugar a dudas, segn afirma Zemskov, sobre todo, porque la meticulosa burocracia del estalinismo llevaba a que cada persona que pudiese desaparecer en los campos de trabajo originaba un nutrido expediente de documentos, celosamente archivados despus. Esas son las cifras, que hoy admiten la mayora de los investigadores rigurosos. Hay que resaltar que las conclusiones de Zemskov ya estaban disponibles cuando se escribi el libro negro.

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Si Gandhi haba hecho de la necesidad de atenerse a la verdad el centro de su accin poltica para conquistar la dignidad y la libertad de su pueblo, el capitalismo ha hecho de la mentira el corazn de su identidad: casi nada es como dicen que es. Porque, si bien asistimos al sistemtico recordatorio de la represin ejercida en nombre del comunismo, nunca aparece recuento alguno de los crmenes del capitalismo. Se recuerda Tiananmen, por ejemplo, pero nunca se cita Panam, donde el ejrcito norteamericano asesin a miles de personas, muchas ms de las que murieron en la plaza pequinesa, y ello pese a que ambas tragedias tuvieran lugar el mismo ao: 1989. No es casual. La desaforada campaa de descrdito del comunismo cuenta con excelentes apoyos en mbitos acadmicos y medios de comunicacin, con intelectuales orgnicos que intentan dotar de envergadura terica la accin de los vendedores de mentiras, y que pretende llevar al corazn y a las convicciones de los ciudadanos la idea de que la izquierda ha sido derrotada para siempre, y que adems es justo que haya sido as. Viejos izquierdistas reconvertidos a la fe del sistema capitalista lo aceptan, e incluso se jactan de ello: "La revolucin, y nosotros que la quisimos tanto", "Menos mal que no triunfamos: a saber qu hubiera ocurrido", han escrito. A diferencia del poeta persa Omar Jayym, a quien no le interesaba saber el lugar en que podra "comprar el manto de la astucia o de la mentira", a los vendedores de falsedades s les importa, e, inapelables, se han hecho con su propiedad, convirtiendo en normalidad democrtica el capitalismo que olvida asuntos menores como la dictadura de Franco en Espaa, o la de Trujillo en Santo Domingo, Suharto en Indonesia, Duvalier en Hait, Batista en Cuba, Somoza en Nicaragua, Ros Montt en Guatemala, Marcos en Filipinas, los coroneles en Grecia, Prez Jimnez en Venezuela, el Sha en Irn, Stroessner en Paraguay, Mobutu en el Congo, los gorilas de la segregacin racial en Sudfrica, Videla en Argentina, Pinochet en Chile, Hassan II en Marruecos, Mubarak en Egipto, Musharraf en Pakistn, o las actuales dictaduras teocrticas de Oriente Medio o en las antiguas repblicas soviticas de Asia central reconvertidas al capitalismo dependiente de los bandidos.

No deja de ser revelador que quienes recuerdan constantemente las hambrunas producidas por la colectivizacin en Ucrania, o en China tras la revolucin, y que no dudan en atribuirlas al deseo explcito de los comunistas por provocar esa terrible mortandad, no encuentren ahora responsables de la muerte o desaparicin de 10 millones de personas en los territorios de la antigua URSS tras el paso al capitalismo, en una transicin dirigida y ordenada desde Occidente recurdese que expertos norteamericanos llegaron a redactar los decretos y las leyes de Yeltsin y que parece culminar la intervencin militar que iniciaron los Estados Unidos contra la revolucin bolchevique ya poco despus de 1917, que, como ha apuntado Ronald E. Powaski (un autor no precisamente sospechoso de tener simpata por el comunismo), sienta las bases de la posterior guerra fra. Las hambrunas chinas tambin fueron profusamente utilizadas por los autores del libro negro, aunque ya en los aos sesenta el escritor norteamericano Edgar Snow, profundo conocedor de China, pondra de manifiesto que lo nuevo era que ya no moran de hambre millones de chinos, como ocurra en las dcadas anteriores a la revolucin.

El capitalismo ha sembrado sal en los territorios soviticos. La actual democracia rusa tiene su origen dos golpes de Estado, en la exaltacin nacionalista, en el bombardeo del Parlamento, pasa por la sucia guerra de Chechenia y por los conflictos fronterizos, y por la voraz delincuencia de los aos de Yeltsin, aspectos que los ms aventajados anticomunistas pretenden vender como herencia del comunismo: algo parecido al cinismo franquista, que achacaba la hambruna y las dificultades de posguerra a la digna repblica espaola. La falsificacin de las elecciones presidenciales rusas que dieron el triunfo a Putin, al igual que se hizo con las que impusieron al grotesco borracho Yeltsin en 1996, o la directa falsificacin del referndum que sancion la actual Constitucin (una ley impuesta y antidemocrtica que ha hecho posible la transicin capitalista) jalonan el camino recorrido. Todo se justificaba con la promesa de la libertad y prosperidad que traera el capitalismo. El progreso econmico: a inicios del siglo XXI, Rusia haba perdido ms de la mitad de su producto interior bruto, y ni tan siquiera era capaz de abastecerse de alimentos. La poltica aplicada por Yeltsin casi fue tan destructiva como la mquina de guerra hitleriana en su invasin de la URSS en 1941, con la diferencia de que ocurri en tiempos de paz. Se destruy la industria nacional y se desmantel la estructura productiva: los combinados industriales fueron convertidos en campos de ruinas. Y ello tuvo un beneficiario: es revelador constatar que el continuo crecimiento de la economa norteamericana en la ltima dcada del siglo XX coincidi con la destruccin de la que era la otra gran potencia industrial del planeta, rasgo que recuerda la demolicin de los telares tradicionales hindes por el colonialismo britnico, para imponer los productos textiles que haba producido su revolucin industrial.

En todas las repblicas de la URSS, las reformas capitalistas destruyeron a una generacin de ciudadanos, la delincuencia se apoder de las calles y de las vidas de la gente, poniendo en evidencia la falsedad de la libertad del mercado: slo es libre quien tiene dinero, y lo acumularon los oligarcas con la complicidad de Occidente, que tambin particip en el saqueo. No hay que olvidar que esa poltica fue aplicada bajo la directa supervisin de Washington y del Fondo Monetario Internacional, institucin que fija los criterios que impone a los pases que tutela el capitalismo, y que ha trado ruinas y muerte: el conocido informe que elabor la ONU habla de la "desaparicin" de ms de diez millones de personas en las estadsticas en los antiguos territorios soviticos. Qu significa esa desaparicin? Significa simplemente que murieron. Pero para los intelectuales del capitalismo nadie es responsable de ello.

Sin embargo, los vendedores de mentiras siguen celebrando el gran expolio de la propiedad pblica sovitica, ayudados entonces por el desparpajo con que trnsfugas oportunistas como Alexander Yakovlev, Bors Yeltsin, Gennadi Burbulis, Yegor Gaidar, Anatoli Sobchak, Stanislav Govorujin o Eduard Shevardnadze, entre otros, echaron sobre la espalda de los comunistas su propia actuacin en el pasado. Uno de ellos, el finado general Dmitri Volkognov, que fue director adjunto de propaganda del Ejrcito Sovitico, dej despus de su conversin una biografa de Lenin, pensada para cubrir de oprobio al dirigente bolchevique. No son los nicos: en las filas de los trnsfugas acogidos por el capitalismo, encontramos, entre otros, al ex presidente kazajo Nazarbiev o al fallecido Karmov uzbeko; al que fue presidente rumano Iliescu, o al antiguo primer ministro hngaro, Medgyessy; y, en los pases capitalistas, al olvidado ministro britnico Jack Straw, antiguo izquierdista, y a muchos otros personajes, como Adriano Sofri (antiguo dirigente de Lotta Continua, un partido de la extrema izquierda italiana) DAlema, Occhetto y Veltroni.

Nada es como dicen que es. Porque, si se achacan las hambrunas ucranias a los comunistas soviticos o las de China a los camaradas de Mao Tse Tung, a quin harn responsable de la mortandad producida por el hambre en el mundo, en frica, en Amrica Latina o en el sur de Asia? Al subdesarrollo? A la maldicin de los odios locales y a la perfidia de los seores de la guerra? Para los ladrones de cadveres, guardianes del mercado, puede achacarse a cualquier fenmeno, menos al capitalismo real. Es una lstima para los defensores intelectuales de esas ignominias que hasta los informes de las Naciones Unidas muestren la relacin directa entre la accin de las compaas capitalistas occidentales y el subdesarrollo, el hambre y la mortandad, y no deja de sorprender que algunos publicistas del mercado, como Timothy Garton Ash, volvieran a airear (con casos de canibalismo incluidos, que tanto golpean las conciencias) esas hambrunas de hace dcadas en Ucrania o en China, sin recordar las ocurridas en pases dominados por el capitalismo, como en la repblica Dominicana, por ejemplo. El analista de mercado que es Garton Ash debera preguntarse, no hay canibalismo en las hambrunas que produce el capitalismo o acaso es tambin un efecto perverso del comunismo?

Los ladrones de cadveres no quieren ver la contabilidad negra del capitalismo: a principios del siglo XX, moran de hambre en el mundo unos 10 millones de personas al ao. Fueron 100 millones en la ltima dcada del siglo, 300 millones en los ltimos 30 aos. A quin se lo achacaremos? Otras fuentes son ms severas: algunos autores han recordado como Josep Ramoneda entre nosotros que desde el final de la guerra fra hasta el inicio del siglo XXI, es decir, en apenas una dcada, han muerto en el mundo, como consecuencia del hambre y de las enfermedades asociadas, 200 millones de personas. Cifras similares presentaron Philippe Paraire y otros autores, que han llegado a hablar de mil millones de personas muertas en el ltimo medio siglo a consecuencia de la accin global del capitalismo. Son cifras desconocidas por el gran pblico, que cuando aparecen ocasionalmente en los grandes medios de comunicacin se achacan siempre a la fatalidad, al subdesarrollo, a las hambrunas, a la accin de dictadores remotos, pero nunca tienen nada que ver con el capitalismo realmente existente, con la devastacin ecolgica que ha producido, con la cruel explotacin de sus recursos. Son muertos sin nombre.

Podran ponerse innumerables ejemplos. Utsa Patnaik, un reputado economista hind, demostr que la reduccin del consumo de alimentos en la India entre 1918 y 1947, el ao de la independencia y el desarrollo de productos dedicados a la exportacin, en detrimento de los dedicados a la alimentacin, tuvo consecuencias como la gran hambruna bengal, en la que murieron ms de dos millones de personas. Tambin el premio Nobel de Economa, Amartya Sen, record que en su infancia murieron en la regin de la India donde viva solamente en esa regin, Bengala! unos tres millones de personas por una hambruna. La India era un dominio britnico desde haca siglos: no tuvo ninguna responsabilidad el capitalismo ingls en esas hambrunas?

Como en la obra de Lillian Hellman (Tiempo de canallas, que recoge los aos sombros del mccarthysmo) la historia del capitalismo es la historia de un tiempo miserable, la historia del mayor horror que la humanidad ha conocido jams. Ah est la gran guerra, con 25 millones de muertos. Tambin, la Segunda Guerra Mundial, donde murieron 60 millones de personas, entre ellos veintisiete millones de soviticos. No tiene responsabilidad alguna el capitalismo en esos conflictos? Quin recuerda, por ejemplo, que slo en Java murieron durante la Segunda Guerra Mundial cuatro millones de campesinos como consecuencia de la ocupacin japonesa? No tiene nada que ver con ello el capitalismo japons? Produce vrtigo asomarse al horror producido por ese sistema inhumano: ah est el extermino de la poblacin indgena en los propios Estados Unidos, las matanzas en la India, los bombardeos contra la poblacin civil llevados a cabo por aviones norteamericanos, como haran despus en otras partes de Asia. Ah est el bombardeo de Hamburgo, en 1943, que mat a unas 50.000 personas, el de Dresden, o el de Tokio. Los bombardeos sobre poblaciones civiles, la utilizacin de bombas atmicas, el uso de armamento qumico, todos son hechos imputables exclusivamente al capitalismo, y no precisamente nuevos: ya en 1919, la Royal Air Force britnica utiliz armas qumicas contra las poblaciones rabes.

En Corea murieron tres millones de personas en una guerra protagonizado por los Estados Unidos. Como en Vietnam, que vera morir a tres millones de personas ms, bajo el napalm de los bombarderos. Hiroshima o Nagasaki, las matanzas en Amrica Latina, el Irn que nos explica Kapuscinski, las matanzas de Suharto recordadas por Pramoedya Amanta Toer, donde asesinaron a un milln y medio de militantes comunistas; las persecuciones en Malasia, o en Filipinas, el martirizado Congo del que nos habl Mark Twain, la matanza de Bush en Iraq, la guerra en Siria, la destruccin de Libia, son el verdadero rostro del capitalismo. En el Congo, desde que Leopoldo II inici la cruel explotacin de sus habitantes hasta que el gobierno de Blgica pas a administrar la colonia en 1908, haban muerto unos 12 millones de personas, vctimas de prcticas esclavistas, de trabajos forzados donde se llegaba al extremo de cortar las manos de los obreros a la menor infraccin. Despus, el capitalismo belga, ayudado por la CIA norteamericana, acab con la esperanza de Lumumba, estimulando la secesin de Katanga, e hizo posible la sanguinaria dictadura de Mobutu.

Lo mismo puede decirse de otros capitalismos nacionales: en Namibia se calcula que la colonizacin alemana, sobre todo con el siniestro Von Trotha, caus escalofriantes matanzas que acabaron con la vida de casi un milln de personas. O de Francia: Robert Fisk record que en Argelia murieron, tras ocho aos de matanzas en la guerra contra el colonialismo francs, un milln y medio de personas. Porque la contabilidad negra del capitalismo es interminable: en Nigeria, en 1967, durante la guerra de secesin de Biafra, en dos aos y medio, murieron ms de un milln de personas, y no hay duda de que el capitalismo britnico estuvo implicado. Solamente en Angola murieron centenares de miles de personas tras la independencia, como consecuencia de la guerra impuesta al pas por los Estados Unidos, a travs de su ayuda a grupos mercenarios. En Mozambique, tras la llegada del Frelimo al poder, la guerra de agresin estimulada por el occidente capitalista y sus socios del apartheid de Rhodesia (el actual Zimbabue) y de Sudfrica, se convirti en un prolongado conflicto en que murieron ms de un milln de personas. En Iraq, las agencias humanitarias hablan de 1.750.000 personas muertas, en gran parte nios, como consecuencia del inhumano embargo decretado tras la guerra del Golfo, que Estados Unidos se neg a levantar: 7.500 nios moran cada mes, y despus la guerra caus una mortandad escalofriante. Por no hablar de los estragos de la miseria capitalista: solamente en Brasil hay treinta millones de pobres que las pulcras estadsticas sitan como personas "bajo la lnea de la indigencia", y casi el treinta por ciento de una poblacin de 210 millones de personas es decir, 65 millones de personas viven con menos de dos euros diarios, situacin que est agravando el fascista Bolsonaro. Lo mismo ocurre entre la mitad de la poblacin mundial, pero quin osar responsabilizar al capitalismo?

Para los vendedores de mentiras, el comunismo tiene nombres. Detrs del capitalismo no hay nadie, ni nombres ni rostros, y pretende el anonimato de sus crmenes. Cuentan, adems, con el poder de la mentira: para ellos, los comunistas siempre matan, nunca mueren. La deshonestidad intelectual de los entusiastas del libro negro es patente: segn su peculiar juicio, cualquier comunista es responsable de los crmenes del estalinismo; sin embargo, nadie lo es por lo que ha hecho el capitalismo. Por eso, el esfuerzo contra el capitalismo salvaje que representa Trump precisa un discurso que aglutine la esperanza de cambio, de justicia y de libertad, capaz de analizar y desnudar las mentiras del poder. La derrota sufrida por el movimiento comunista en la ltima dcada del siglo XX fue demoledora, pero no fue deshonrosa en s misma: la opresin y la mentira s lo son.

Termino. Si Brecht vea en el libro el arma del hambriento, una de las herramientas para alcanzar la libertad y la dignidad de los oprimidos, los intelectuales de los laboratorios ideolgicos del liberalismo despojan sus pginas del conocimiento, de la cultura emancipadora y de la libertad, y las llenan de mentiras. No es casual: esos intelectuales son pagados por ello, para que trabajen sin descanso, aunque el vil dinero sea recibido con discrecin, con elegancia. Cumplen con su obligacin, porque los ladrones de cadveres del capitalismo, los servidores intelectuales de un sistema criminal, no descansan, y, a diferencia del Macfarlane de Stevenson, no pierden nunca los nervios, y siguen robando despojos en las noches del horror capitalista, dispuestos a apuntarlos despus en los libros de otros.

Fuente: Nuestra bandera, cuarto trimestre 2019.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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