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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 17-01-2020

El sismo dej 316.000 muertos hace 10 aos
Hait, un laboratorio de cmo lucrar con el dolor humano y salir impune

Blanche Petrich
La Jornada


Un par de gallinas picotean en medio del pasto del prado que alguna vez precedi la arquitectura neoclsica del Palacio de Gobierno de Hait, que se levantaba con sus columnas y cpulas blancas al fondo. El 12 de enero de 2010, faltando unos minutos para las cinco de la tarde, un sismo de 7.3 grados sacudi la tierra y las cpulas se desfondaron, al mismo tiempo que cientos de miles de casas y edificios de esta ciudad capital, Leogane, Jacmel y otras localidades.

Despus de 35 segundos eternos, cuando ces el estruendo y se disip la polvareda, de las calles deshechas emergi un drama que a la fecha no se ha descrito en toda su magnitud.

A 10 aos de esa catstrofe infernal, en la que murieron 316.000 personas (cifras oficiales), el espacio que ocupaba la sede del gobierno haitiano sigue vaco, con una solitaria bandera. Al frente, otro vaco, la plaza Campo Marte, que hace 10 aos lleg a albergar una atestada ciudad de carpas con miles de damnificados, hoy fuertemente vigilada por la polica nacional que intenta mantener a raya las incesantes oleadas de protesta de una nacin en crisis.

El Palacio Nacional no se volvi a construir. Lo que s se reconstruyeron fueron las grandes extensiones urbanas, precarias y caticas, que trepan por las laderas de los cerros y bajan hasta el fondo de las barrancas que forman la accidentada geografa de esta ciudad. No queda ni un hueco sin su construccin de mampostera frgil y ajena a cualquier norma antissmica. El barniz de reconstruccin, gris como el cemento, apenas disimula un trazo urbano que parece esperar la siguiente sacudida para repe-tir la catstrofe.

Aqu una apretada numeralia del efecto del sismo: 316.000 decesos; 105.000 casas destruidas; 208.000 viviendas daadas; 1.300 escuelas y sedes universitarias y 50 hospitales desaparecieron. El puerto y el aeropuerto quedaron inservibles, lo mismo que decenas de iglesias, entre ellas la catedral de Notre Dame (rplica exacta de la parisina, slo que, tropical ella, estaba pintada de rosa) y el Sagrado Corazn.

De 29 edificios gubernamentales, slo uno qued en pie. Murieron 20 por ciento de los servidores pblicos y 92 funcionarios de Naciones Unidas, la mayora bajo los escombros del Hotel Christophe. Tambin fallecieron decenas de curas, monjas y misioneros, incluido el obispo de Puerto Prncipe, catedrticos y estudiantes.

Las prdidas econmicas se estimaron en 113 por ciento del Producto Interno Bruto de ese ao del pas. Hubo 1.5 millones de desplazados.

La respuesta del mundo entero para tender una mano a los haitianos en esas horas terribles se manifest en un abrir y cerrar de ojos. En pocas horas, un comando de militares estadunidenses se instal en una hondonada de la zona de las pistas de aterrizaje del aeropuerto para gestionar una complicada operacin aeronutica. Ms de 1.100 aviones de todo el mundo solicitaron permiso para aterrizar, cargados de todo tipo de asistencia.

En las primeras horas y das de la catstrofe, los haitianos rascaban los escombros con las uas para rescatar a los suyos. Y en las esquinas, bajo el sol, se iban acumulando miles de cadveres destrozados.

El frenes por ayudar fue impresionante. El corredor humanitario por tierra que se form desde el paso fronterizo de Malpaso con Repblica Dominicana se congestion en horas. Se instal en el pas la repblica de las ONG asistencialistas.

Pero a la larga, en el balance que permiten los aos, todo devino en un laboratorio de cmo lucrar con el dolor humano y salir impune. Al primer impulso solidario se impuso el acento militarizado. El Pentgono fue el encargado de coordinar la logstica de la ayuda. A los cascos azules de la ONU, por primera vez con un fuerte componente latinoamericano, le toc resguardar la seguridad. El resultado, decepcionante, como lo documenta en su libro El fracaso de la ayuda internacional a Hait el acadmico y ex diplomtico brasileo Ricardo Seitenfus.

Asistencia fatal

Raoul Peck, cineasta haitiano de talla mundial (No soy tu negro, El joven Marx, Lumumba, La muerte de un profeta, entre otros filmes), concluy lo mismo despus de tres aos de inmersin en el mundo de los damnificados que nunca recibieron el apoyo prometido.

Peor que un fracaso, una Asistencia fatal. As se llam su documental, terminado en 2013, que ilustra cmo las mejores intenciones pueden infligir ms dao que bien.

Aqu fragmentos de otra numeralia publicada en das recientes por Jake Johnston, del Centro de Investigaciones Econmicas y Polticas en Washington:

Pocas horas despus del terremoto, Estados Unidos envi 22.200 militares (la mayora nunca de-sembarcaron de los buques del Co-mando Sur anclados en la costa) con un costo de 461.000 dlares.

Millones esfumados

La Conferencia de Donantes de Hait ofreci invertir 107.000 millones de dlares. En dos aos slo desembolsaron 6.400 millones.

USAID plane invertir 486 millones de dlares para la construccin de 15.000 viviendas. Edific 900 a sobrecostos que multiplicaron por 10 el gasto. Las empresas contratistas Chemonics International y Development Alternatives Inc. nunca fueron llamadas a cuentas. La misma USAID invirti 350 millones de dlares en un parque industrial, Caracol, que deba generar 65.000 empleos. En su mejor momento tuvo 10.000 trabajadores y ya cerr.

Pero adems est el papel de las Naciones Unidas a travs de la Misin de Estabilizacin de las Naciones Unidas en Hait, la Minustah, los cascos azules. En la experiencia haitiana, la Minustah fue la prueba de fuego de los pases latinoamericanos en este tipo de operaciones de mantenimiento de la paz, bajo una comandancia brasilea (gobierno de Lula da Silva) y una mayora de efectivos brasileos, uruguayos, argentinos y chilenos. Mxico tambin particip con una minscula fuerza policiaca.

Enfrentados a un desafo que provoc la furia de la naturaleza, desde Washington se decidi la siguiente estrategia: la fuerza militar estadunidense se hara cargo de la logstica de la ayuda humanitaria y la Minustah, que triplic sus efectivos en el terreno, de la seguridad.

Ms mal que bien

El 23 de diciembre pasado, un editorial de The New York Times dedic una pieza a hacer un balance de esta misin de los cascos azules. Un legado manchado de sangre de la ONU en Hait, lo titul.

Vinieron a traer la paz; se marcharon 13 aos despus dejando atrs enfermedades y cientos de nios (265 se han registrado) nacidos de mujeres y nias empobrecidas. Todava se est calculando el dao total causado por estos hombres.

A inicios de octubre de ese fatdico 2010, en los hospitales de la regin arrocera de la Artibonite, muy lejos del desastre por el sismo, los hospitales empezaron a verse inundados por pacientes con vmitos y diarreas incontenibles: clera. Una de las cepas ms terribles: vibro cholerae, que puede matar en dos das a un adulto; en dos horas a un nio.

El saldo oficial de esta pandemia que se extendi hasta Puerto Prncipe y Cit Soleil fue de 10.000 muertos registrados. Philip Alston, experto de las Naciones Unidas, y Renaud Pierraux, la eminencia en epidemiologa, llegaron a calcular este saldo en 50.000. Y concluyeron, sin duda, que el origen de la epidemia fueron los cascos azules.

Seis aos tard Ban Ki Moon en aceptar la responsabilidad de la ONU en esta catstrofe, ilustrada sin duda alguna por la fotografa de una cisterna de agua negras, con el logo de la ONU, procedente de un campamento de soldados de Nepal, en el ro Meye, que riega los arrozales de la zona. En esas fechas, en Katmand, de donde eran originarios esos cascos azules, se haba registrado una epidemia igual de mortfera.

Un da antes de dejar la secretara general de las Naciones Unidas, Ban Ki Moon pidi disculpas por la responsabilidad moral, pero rechaz indemnizar al pas y a las vctimas.


Fuente original: https://www.jornada.com.mx/2020/01/12/politica/005n1pol



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