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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 24-01-2020

Cordones sanitarios, trincheras y tribalismo poltico

Jos Mara Agera Lorente
Rebelin


Gurdate tu miedo y tu ira, porque hay libertad, sin ira libertad. Y si no la hay, sin duda la habr. (Libertad sin ira. Jarcha, 1976)

De lo nico que debemos tener miedo es del propio miedo. (Franklin D. Roosevelt: Discurso de las cuatro libertades, Debate del estado de la Unin de 1941)

 

Ya est constituido el dichoso gobierno de coalicin. Se ha iniciado, por tanto, la cuenta atrs para que tenga lugar el apocalipsis espaol, la destruccin de la democracia en nuestro pas; Espaa se va a romper. Este es el mensaje de muchos desde tribunas polticas y mediticas. El exmilitar ahora dirigente de Vox en Mallorca Fulgencio Coll expresaba en los das de debate de la investidura su fuerte preocupacin por que Pedro Snchez alcanzara un acuerdo con ERC. An se puede evitar el suicidio de un gran pas, lleg a declarar al tiempo que adverta de que Snchez haba traspasado todas las lneas rojas y manifestaba su esperanza de que no haya tragedias en forma de paro y crisis. El cardenal arzobispo de Valencia, Antonio Caizares, pidi hace unas semanas orar por Espaa ante la situacin de verdadera emergencia. Son exponentes representativos de lo que se podra catalogar como discurso del miedo.

Siendo testigo de todo este comportamiento, en el que se abusa de un alarmismo rayano en la histeria, no puedo evitar acordarme de lo que se deca cuando el PSOE gan por primera vez las elecciones generales con una sobrada mayora absoluta el 28 de octubre de 1982 (a este respecto puede ser de inters un artculo de hace aos del historiador Sergio Glvez Biesca titulado La campaa del miedo: el papel del ABC en las elecciones de octubre de 1982, disponible para su lectura en internet). Ciertamente el ambiente social era bien distinto y haba tantas ganas de cambio e ilusin que el discurso de miedo de entonces, basado de modo parecido al actual en digamos el terror rojo, no cal en la opinin pblica tanto como parece estar hacindolo en estos das. (De paso recordemos que el miedo al socialismo fue la palanca de la que se sirvi el genuino fascismo, el italiano de Mussolini l mismo socialista revolucionario en su juventud, para abducir la voluntad general de su pas).

La opinin pblica actual, tal y como aparece plasmada en una reciente encuesta publicada por el diario El Pas, muestra una evidente divisin en la ciudadana entre los votantes de la as llamada izquierda y los de los partidos de derecha. Ms del ochenta por ciento de los votantes tanto de Ciudadanos, PP y Vox valoran negativa o muy negativamente el Gobierno de coalicin; por contra, prcticamente los mismos porcentajes expresan la valoracin en este caso positiva o muy positiva de quienes votaron a PSOE y Unidas Podemos.

Tengo la sensacin de que no es casualidad que nuestro cine patrio haya producido a finales del recin concluido ao dos excelentes pelculas que evocan el siniestro fantasma de la guerra civil; me refiero a Mientras dure la guerra de Alejando Amenbar y La trinchera infinita de Jon Garao, Aitor Arregi y Jos Mara Goneaga. Las dos, por cierto, narran el destino de dos personas que realmente existieron y vivieron el desgarro de una convivencia que dej de poder ser en paz, personas que terminaron por ser vctimas de una polarizacin que las acab arrastrando al abismo insondable del odio sectario.

Miedo y odio y mucha, mucha sinrazn. Sentimientos de un poder corrosivo sin lmite para una democracia que quiera ser til con vistas a garantizar a cada ciudadano las condiciones que le posibiliten su personal bsqueda de la felicidad, esa idea que apareci en la Constitucin norteamericana inspirada directamente por el ideal tico de la Ilustracin, y que constituye el pilar de la moderna democracia liberal, hasta entonces mera utopa. Ya expuse en mi ltimo artculo, que titul precisamente Con razn y sin razn en democracia, que el conocimiento de nuestra naturaleza, de cmo funcionan nuestras pulsiones irracionales, componentes sustanciales de nuestro psiquismo, debe llevarnos a velar por que las condiciones en las que se desenvuelva nuestra convivencia en democracia sean las ms favorables para evitar todo lo posible los enfrentamientos pasionales y favorecer la prctica del dilogo razonable.

A la vista de lo ya referido sobre la coyuntura poltica de nuestro pas no puedo por menos que sentir preocupacin por la retrica promovida por portavoces de partidos y medios conformadores de opinin pblica. Y creo que no es injustificada mi preocupacin cuando personas que han mostrado moderacin y talante dialogante y razonable se ven abocados a cesar en su actividad poltica. Es el caso, conocido hace unos das, del ya expoltico vasco del PP Borja Smper. En la rueda de prensa en la que confirm su decisin declar: Me incomoda mucho un clima de confrontacin permanente en la poltica. Tengo la amarga sensacin de que la poltica transita por un camino poco edificante. Convendra prestigiarla y que vuelva el respeto. Llam a cuidar tanto el fondo como la forma en la retrica poltica y record lo que en democracia supuestamente no habra que explicitar porque, en teora, se cuenta entre sus virtudes, y es que un partido poltico no es una secta, aunque en la prctica tenemos muchas evidencias de lo contrario.

Esto lo dice un hombre con una carrera poltica de tres dcadas buena parte de la cual se desenvolvi en un clima de odio y de miedo, el del Pas Vasco del terrorismo etarra, acusado no hace mucho por la portavoz de su partido de haberse moderado, o sea, de ser blando con sus adversarios. Lstima que no haya ms blandos como l, ms polticos dialogantes y razonables, conscientes de la enorme importancia que tiene la clase de retrica que deciden practicar, que tiene un efecto sobre la atmsfera intelectual, moral y emocional que envuelve a toda la ciudadana en su convivencia diaria y que puede incidir decisivamente en las actitudes con las que se afrontan los inevitables conflictos a los que una sociedad plural y diversa como es la nuestra necesariamente se ha de enfrentar.

En estos momentos, en esa atmsfera que todos respiramos y que posee gran poder de contagio, predomina la emotividad sobre la racionalidad, un discurso de la indignacin, una indignacin irreflexiva con races en el sectarismo y que alimenta y se retroalimenta de la confrontacin social y el tribalismo. A todo ello se da pbulo mediante esas profecas apocalpticas, en las que se mezclan el miedo a la pobreza, a la prdida de identidad nacional o religiosa, a que la sociedad en que vivimos se desplome.

Cuando ms necesitamos de la cooperacin de todos, que exige un entendimiento racional, adoptan nuestros representantes polticos, al menos en una parte decisiva, la actitud sectaria, y la retrica predominante en el foro poltico se llena de agravios y desagravios, plagada como est de expresiones como lneas rojas y cordones sanitarios, que tienen connotaciones que implican reacciones primarias como el rechazo y la repugnancia y que nos empujan por la pendiente resbaladiza que conduce directamente a las trincheras.

Hace tiempo ya que escrib sobre dos formas de vivir la democracia: la romntica y la ilustrada . La primera predomina actualmente por todo lo expuesto hasta el momento, por el auge de esa retrica de la emotividad, que tiene puesta como escribi la periodista Soledad Gallego-Daz hace ms de una dcada la razn contra las cuerdas. Ya expliqu en mi anterior artculo que se ha de conocer cmo funciona nuestra psique si se le quiere dar una oportunidad a la lgica. Por eso, nuestros responsables polticos, a no ser que estn peleados con la inteligencia, haran muy bien en adoptar la templanza como su virtud ejemplar contagiando as la atmsfera que respira toda la ciudadana con aires ms propicios para el entendimiento. Nuestra poltica, pues, requiere menos pasin y ms mtodo y sosiego.

Pero no es por esta senda, que a fin de cuentas es la racional y la razonable, es decir, la apropiada para que la razn discurra, por la que transita la cosa pblica. sta ms bien es zarandeada por las tensiones generadas por lo que parece segn todos los indicios una creciente polarizacin poltica, que se correlaciona con una creciente desigualdad y, aparentemente, con una tambin creciente ideologizacin de la opinin pblica.

Soy consciente de que la racionalidad es un ideal, no un don dado a los hombres por Dios o por la naturaleza. Tambin critiqu en mi anterior artculo ese prejuicio tan filosfico que llam fantasa racionalista consistente en la creencia segn la cual lo que define al ser humano es la razn. La realidad es muy otra a la luz de la investigacin psicolgica de los ltimos aos de la cual es una muestra lo que encontramos en el libro de Jonathan Haidt titulado La mente de los justos. Al hilo de la exploracin de las races psquicas de nuestro comportamiento moral as como de nuestras tendencias polticas el autor mire usted por dnde denuncia la polarizacin que ha experimentado en los ltimos tiempos la poltica norteamericana. (En todos los sitios cuecen habas, que dira el castizo.)

En un epgrafe que titula de forma bastante elocuente Hacia una poltica ms cvica (p. 438), Haidt denuncia el maniquesmo creciente que invade las instituciones democrticas de Washington desde 1990 y que ha intoxicado su atmsfera con una acritud que tiene como efecto el estancamiento a la hora de buscar soluciones de compromiso a los problemas que afectan a la ciudadana. Segn l, esa polarizacin de la clase poltica es trasunto de la de la sociedad. La tecnologa y el cambio en los patrones residenciales asegura nos han permitido a cada uno de nosotros aislarnos dentro de burbujas de individuos con ideas afines (p.440). No creo que sea casualidad que la imagen de la burbuja sea tambin la escogida, ya hace algunos aos, por el tambin norteamericano Eli Pariser a la hora de valorar la evolucin que ha experimentado la implantacin de internet y, particularmente, de las redes sociales, en el tejido de la comunidad. Su libro, The filter bubble (El filtro burbuja en su versin en castellano) , seala los riesgos que para la salud democrtica presentan ciertos aspectos tcnicos de la conformacin que ha ido adoptando la red de redes. (Para ms sobre esta cuestin, lanse mis artculos El secuestro de la mente y la paradoja de internet y Posverdad, transparencia y personalizacin en internet.)

En su libro titulado La verdad de la tribu, publicado el ao pasado, el joven periodista Ricardo Dudda, llama la atencin sobre la nocin de correccin poltica a la que l encuentra mltiples aristas y contradicciones. Una idea que es ya como creencia en el sentido que defini Ortega y Gasset un elemento constitutivo de la atmsfera intelectual, moral y poltica que todos respiramos, y que est en el origen de cierta autocensura que ya empiezan a reconocer, entre otros comunicadores, los humoristas. Dudda lo expresa as: En nombre de una supuesta pluralidad o tolerancia hacia las minoras, muchos de los defensores de la correccin poltica acaban proponiendo un modelo de sociedad muy cerrado, limitado y compartimentado. El impulso es a veces autoritario: lo que defendemos es innegociable, y no se puede debatir sobre ello. (...) Hay temas que no pueden cuestionarse, y quien los cuestiona es rpidamente etiquetado como intolerante (p. 16). A este respecto, sirva como muestra el caso del autobs del sexo de la asociacin Hazte or (lase mi artculo El autobs del sexo o la teora mamawawa) cuya presencia fue vetada en algunos municipios en un evidente acto de censura e intolerancia justificado, paradjicamente, en la defensa de la tolerancia hacia la diversidad sexual. Pero estas actitudes de rechazo, que adoptan formas dogmticas pues no admiten discusin, se sustentan en la mentalidad tribal de determinadas comunidades que se ven a s mismas como virtuosas. Aqu afloran de nuevo esos reflejos morales de los que da cuenta la psicologa que nos explica el aludido Jonathan Haidt y que disparan lo que l denomina el interruptor de colmena.

En nuestras modernas democracias liberales todo ello se traduce en la poltica de la identidad o, si se prefiere, en el tribalismo poltico, seguramente la versin ms potente del sectarismo poltico que ha llevado al mencionado Borja Smper a abandonar la vida pblica. Esa poltica, segn indicios que no se deben soslayar, va acompaada de una creciente compartimentacin de la sociedad. En esta coyuntura tiene sentido que la libertad de expresin, particularmente el debate sobre los lmites del humor y de la expresin artstica, sea uno de los asuntos ms polmicos en los foros de opinin pblica. La estructura de burbuja que adopta la circulacin de ideas revela un cuadro fuertemente polarizado. El opinante sabe que dentro de su burbuja, al amparo del consenso unnime, de los suyos, nada ha de temer; y que desde su trinchera puede disparar a placer a los otros, que por supuesto estn equivocados y son moralmente perversos. La libertad de expresin queda as capitidisminuida, pues justamente donde demuestra su vigor es en aquellas situaciones en las que no existe consenso entre los opinantes, pero la discrepancia no es objeto de virulento anatema. Que lo contrario pueda darse en una cena navidea puede no tener mayor trascendencia, pero que ello se convierta en crnico en la familia poltica s que la tiene.

Se ha proclamado desde muy diversas y cualificadas tribunas, que nuestro pas (y dira que el mundo en su totalidad) ha menester de la toma de decisiones y de proyectos que permitan afrontar inteligentemente los retos que el cada vez ms acelerado devenir histrico nos impone. Hay paleoantroplogos que nos aportan indicios suficientes para pensar que lo que permiti que homo sapiens saliese adelante en trminos evolutivos fue su notable capacidad de cooperacin. La cultura y la poltica es un producto cultural puede potenciar artificialmente nuestras potencialidades naturales o bien estrangularlas.

Entiendo que el esencialismo identitario reduccionista, aliado del tribalismo poltico, no contribuye a que esa capacidad filogentica para cooperar se active. Hay que superarlo mediante la introduccin en la atmsfera intelectual, moral y poltica de un pensamiento que convierta en creencia asumida la evidente complejidad de las identidades, contribuyendo as al socavamiento de las trincheras. Ese pensamiento debe destacar el hecho cierto de que nadie es slo y de una pieza de derechas o de izquierdas, homosexual o heterosexual, cisgnero o transgnero, autctono o extranjero, o cualesquiera otras dicotoma antitticas imaginables que tanto abundan en la retrica de la animadversin, y que asume irracionalmente el dogma segn el cual si no ests con nosotros, ests contra nosotros. Como escribi el filsofo poltico Michael Oakeshott el siglo pasado segn cita Dudda en su libro: Pero la identidad de un hombre (o la de una comunidad) no es ms que una repeticin de contingencias, cada una a merced de las circunstancias y significativa en proporcin a su familiaridad. La identidad no es una fortaleza en la que nos podamos refugiar (p. 204).

De modo que un ciudadano espaol que es polticamente conservador y catlico tambin puede darse el caso que sea homosexual y que sea padre y que viva en un pequeo pueblo en el que quiere criar a sus hijos y que desee que la nica escuela que existe en su entorno de vida cotidiano permanezca abierta; y frente a la amenaza de que sea cerrada por decisin poltica coopere con una vecina inmigrante, madre, heterosexual y feminista de izquierdas y atea, pero que persigue lo mismo que su paisano, una vida buena. Semejanza fundamental por encima de todas las diferencias contingentes cuando se trata de lo que verdaderamente importa.


Referencias bibliogrficas:

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.


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