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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 27-01-2020

Por una nueva declaracin universal de los derechos humanos

Boaventura De Sousa Santos
La Jornada


El gran filsofo del  siglo XVII Baruch Spinoza escribi que los dos sentimientos bsicos del ser humano (afectos, en su terminologa) son el miedo y la esperanza. Y sugiri que es necesario lograr un equilibrio entre ambos, ya que el miedo sin esperanza conduce al abandono y la esperanza sin miedo puede conducir a una autoconfianza destructiva. Esta idea puede extrapolarse a las sociedades contemporneas, especialmente en una poca en la cual con el ciberespacio, las comunicaciones digitales interpersonales instantneas, la masificacin del entretenimiento industrial y la personalizacin masiva del microtargeting comercial y poltico, los sentimientos colectivos son cada vez ms parecidos a los sentimientos individuales, aunque siempre sean agregaciones selectivas. Es por ello que actualmente la identificacin con lo que se oye o se lee resulta tan inmediata (eso es precisamente lo que pienso, aunque nunca antes se haya pensado sobre eso), al igual que la repulsin (tena buenas razones para odiar eso, a pesar de que nunca se haya odiado eso). De este modo, los sentimientos colectivos se convierten fcilmente en una memoria inventada, en el futuro del pasado de los individuos. Por supuesto, esto slo es posible porque, a falta de una alternativa, la degradacin de las condiciones materiales de vida se vuelve vulnerable a una reconfortante ratificacin del statu quo.

Si convertimos esperanza y miedo en sentimientos colectivos, podemos concluir que tal vez nunca haya habido una distribucin tan desigual del miedo y la esperanza a escala global. La gran mayora de la poblacin mundial vive dominada por el miedo: al hambre, a la guerra, a la violencia, a la enfermedad, al jefe, a la prdida del empleo o a la improbabilidad de encontrar trabajo, a la prxima sequa o a la prxima inundacin. Este miedo casi siempre se vive sin la esperanza de que se pueda hacer algo para que las cosas mejoren. Por el contrario, una diminuta fraccin de la poblacin mundial vive con una esperanza tan excesiva que parece totalmente carente de miedo. No teme a los enemigos porque considera que estos han sido anulados o desarmados; no teme la incertidumbre del futuro porque dispone de un seguro a todo riesgo; no teme las inseguridades de su lugar de residencia porque en cualquier momento puede trasladarse a otro pas o continente (e incluso comienza a barajar la posibilidad de ocupar otros planetas); no teme la violencia porque cuenta con servicios de seguridad y vigilancia: alarmas sofisticadas, muros electrificados, ejrcitos privados.

La divisin social global del miedo y la esperanza es tan desigual que fenmenos impensables hace menos de 30 aos hoy parecen caractersticas de una nueva normalidad. Los trabajadores aceptan ser explotados cada vez ms a travs del trabajo sin derechos; los jvenes emprendedores confunden la autonoma con la autoesclavitud; las poblaciones racializadas se enfrentan a prejuicios racistas que a menudo provienen de aquellos que no se consideran racistas; las mujeres y la poblacin LGTBI siguen siendo vctimas de violencia de gnero, a pesar de todas las victorias de los movimientos feministas y antihomofbicos; los no creyentes o creyentes de religiones equivocadas son vctimas de los peores fundamentalismos. En el plano poltico, la democracia, concebida como el gobierno de muchos en beneficio de muchos, tiende a convertirse en el gobierno de pocos en beneficio de pocos, el estado de excepcin con pulsin fascista se va infiltrando en la normalidad democrtica, mientras el sistema judicial, concebido como el estado de derecho para proteger a los dbiles contra el poder arbitrario de los fuertes, seest convirtiendo en la guerra jurdica de los poderosos contra los oprimidos yde los fascistas contra los demcratas.

Es urgente cambiar este estado de cosas o la vida se volver absolutamente insoportable para la gran mayora de la humanidad. Cuando la nica libertad que le quede a esta mayora sea la libertad de ser miserable, estaremos ante la miseria de la libertad. Para salir de este infierno, que parece programado por un plan voraz y poco inteligente, es necesario alterar la distribucin desigual del miedo y la esperanza. Es urgente que las grandes mayoras vuelvan a tener algo de esperanza y, para ello, es necesario que las pequeas minoras con exceso de esperanza (porque no temen la resistencia de quienes slo tienen miedo) tengan miedo de nuevo. Para que esto ocurra, se necesitarn muchas rupturas y luchas en los terrenos social, poltico, cultural, epistemolgico, subjetivo e intersubjetivo. El siglo pasado comenz con el optimismo de que rupturas con el miedo y luchas por la esperanza estaban cerca y seran eficaces. Este optimismo tuvo el nombre inicial e inicitico de socialismo o comunismo. Otros nombres-satlite se unieron a ellos, como republicanismo, secularismo, laicismo. A medida que el siglo avanzaba se unieron nuevos nombres, como liberacin del yugo colonial, autodeterminacin, democracia, derechos humanos, liberacin y emancipacin de las mujeres, entre otros.

Hoy, en la primera mitad del siglo XXI, vivimos entre las ruinas de muchos de esos nombres. Los dos primeros parecen reducirse, en el mejor de los casos, a los libros de historia y, en el peor, al olvido. Los restantes subsisten desfigurados o, como mnimo, se ven confrontados ante la perplejidad de acumular tantas derrotas como victorias protagonizan. Por estas razones, las rupturas y las luchas contra la distribucin torpemente desigual del miedo y la esperanza sern una tarea ingente, porque todos los instrumentos disponibles para llevarlas a cabo son frgiles. Adems, esta discrepancia constituye en s misma una manifestacin del desequilibrio contemporneo entre el miedo y la esperanza. La lucha contra tal desequilibrio debe comenzar por los instrumentos que reflejan este mismo desequilibrio. Slo a travs de luchas eficaces contra este desequilibrio ser posible sealar la expansin de la esperanza y la retraccin del miedo entre las grandes mayoras.

Cuando los cimientos se derrumban, se convierten en ruinas. Cuando todo parece estar en ruinas, no hay ms alternativa que buscar entre las ruinas, no slo el recuerdo de lo que fue mejor, sino especialmente la desidentificacin con lo que al disear los cimientos contribuy a la fragilidad del edificio. Este proceso consiste en transformar las ruinas muertas en ruinas vivas. Y tendr tantas dimensiones cuantas sean exigidas por la predictora socioarqueologa. Comencemos hoy, al inicio de ao, por los derechos humanos.

Los derechos humanos tienen una doble genealoga. A lo largo de su vasta historia desde el siglo XVI, fueron sucesivamente (a veces de manera simultnea) un instrumento de legitimacin de la opresin eurocntrica, capitalista y colonialista, y un instrumento de legitimacin de las luchas contra esa opresin. Pero siempre fueron ms intensamente instrumento de opresin que de lucha contra ella. Por eso contribuyeron a la situacin de extrema desigualdad de la divisin global del miedo y la esperanza en la que nos encontramos hoy. A mediados del siglo pasado, tras la devastacin de las dos guerras en Europa (con impacto mundial debido al colonialismo), los derechos humanos tuvieron un momento alto con la proclamacin de la Declaracin Universal de los Derechos Humanos, que vino a sustentar ideolgicamente el trabajo de la ONU. El 10 de diciembre pasado se conmemoraron los 71 aos de la declaracin. No es aqu el lugar para analizar en detalle este documento, que en su origen no es universal (de hecho, es cultural y polticamente muy eurocntrico), pero que gradualmente se fue estableciendo como una narrativa global de dignidad humana.

Es posible decir que entre 1948 y 1989, los derechos humanos fueron predominantemente un instrumento de la guerra fra, lectura que durante mucho tiempo fue minoritaria. El discurso hegemnico de los derechos humanos fue usado por los gobiernos democrticos occidentales para exaltar la superioridad del capitalismo en relacin al comunismo del bloque socialista de los regmenes sovitico y chino. Segn tal discurso, las violaciones de los derechos humanos solamente ocurran en ese bloque y en todos los pases simpatizantes o bajo su influencia. Las violaciones que haba en los pases amigos de Occidente, crecientemente bajo influencia de Estados Unidos, eran ignoradas o silenciadas. El fascismo portugus, por ejemplo, se benefici durante mucho tiempo de esa sociologa de las ausencias, tal como sucedi con Indonesia durante el periodo en que invadi y ocup Timor Oriental, o con Israel desde el inicio de la ocupacin colonial de Palestina hasta hoy. En general, el colonialismo europeo fue por mucho tiempo el beneficiario principal de esa sociologa de las ausencias. As se fue construyendo la superioridad moral del capitalismo en relacin con el socialismo, una construccin en la que colaboraron activamente los partidos socialistas del mundo occidental.

Esta construccin no estuvo libre de contradicciones. Durante este periodo, los derechos humanos en los pases capitalistas y bajo la influencia de EU fueron muchas veces invocados por organizaciones y movimientos sociales en la resistencia contra violaciones flagrantes de esos derechos. Las intervenciones imperiales del Reino Unido y de EU en el Medio Oriente, y de EU en Amrica Latina, a lo largo de todo el siglo XX, nunca fueron consideradas internacionalmente violaciones de derechos humanos, aunque muchos activistas de derechos humanos sacrificasen su vida defendindolos. Por otro lado, sobre todo en los pases capitalistas del Atlntico Norte, las luchas polticas llevaron a la ampliacin progresiva del catlogo de derechos humanos: los derechos sociales, econmicos y culturales se juntaron a los derechos civiles y polticos. Surgi entonces cierta disociacin entre los defensores de la prioridad de los derechos civiles y polticos sobre los dems (corriente liberal), y los defensores de la prioridad de los derechos econmicos y sociales o de la indivisibilidad de los derechos humanos (corriente socialista o socialdemcrata).

La cada del Muro de Berln en 1989 fue vista como la victoria incondicional de los derechos humanos. Pero la verdad es que la poltica internacional posterior revel que, con la cada del bloque socialista, cayeron tambin los derechos humanos. Desde ese momento, el tipo de capitalismo global que se impuso desde la dcada de 1980 (el neoliberalismo y el capital financiero global) fue promoviendo una narrativa cada vez ms restringida de derechos humanos. Comenz por suscitar una lucha contra los derechos sociales y econmicos. Y hoy, con la prioridad total de la libertad econmica sobre todas las otras libertades, y con el ascenso de la extrema derecha, los propios derechos civiles y polticos, y con ellos la propia democracia liberal, son puestos en cuestin como obstculos al crecimiento capitalista. Todo esto confirma la relacin entre la concepcin hegemnica de los derechos humanos y la guerra fra. Ante este escenario, se imponen dos conclusiones paradjicas e inquietantes, y un desafo exigente. La aparente victoria histrica de los derechos humanos est derivando en una degradacin sin precedentes de las expectativas de vida digna de la mayora de la poblacin mundial. Los derechos humanos dejaron de ser una condicionalidad en las relaciones internacionales. Cuando mucho, en vez de sujetos de derechos humanos, los individuos y los pueblos se ven reducidos a la condicin de objetos de discursos de derechos humanos. A su vez, el desafo puede formularse as:

Ser todava posible transformar los derechos humanos en una ruina viva, en un instrumento para transformar la desesperacin en esperanza? Estoy convencido que s. En la prxima crnica intentar rescatar las semillas de esperanza que habitan la ruina viva de los derechos humanos.

Fuente: http://www.jornada.com.mx/2020/01/26/opinion/018a1mun

* Traduccin de Antoni Aguil y Jos Luis Exeni Rodrguez



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