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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 22-02-2006

Socialismo para Asturies

Carlos X. Blanco
Rebelin


La cuestin es como sigue: qu plan econmico puede hacerse Asturias de cara al futuro? Se habla de planes econmico-sociales, esto es, de intervencin poltica democrtica, luego se entiende que formulamos cuestiones en el mbito del socialismo. Escribimos sobre Asturias, luego damos por supuesto que sta es (o debe ser) una unidad soberana de planificacin de la economa. Tambin hay mencin (redundante, pues ya va implcita al hablar de planes) a un futuro. Para comprender cmo se ha de construir el futuro de Asturias, hemos de revisar su historia.

La historia (econmica) de Asturias se puede resumir como un largo ciclo secular con dos tiempos o fases, con la peculiaridad de que slo en los ltimos 150 aos ambas fases se yuxtapusieron. A partir de la revolucin industrial asturiana, tarda en el contexto europeo, pero de vanguardia en el contexto del estado espaol, y pasada la segunda mitad del siglo XIX hasta el desmantelamiento industrial (lase tambin cultural e incluso tnico) de hoy, estos dos tiempos o modos de produccin- deben centrar nuestros anlisis.

1. Primera fase del ciclo asturiano. Esta es la propia de una economa agropecuaria de corte tradicional. El principio normativo bsico de esta cultura tradicional en nuestro pas fue la autosuficiencia: tener de todo para que no falte de nada. Los testimonios del pasado aluden a periodos de gran caresta de bienes de primera necesidad, hambrunas y epidemias en el medio rural asturiano a lo lardo de todo el Antiguo Rgimen. La unidad productiva y convivencial, esto es, la unidad cultural en el ms amplio sentido de la palabra, era la casera. Este modelo de habitacin-produccin hunde sus races en la noche de los tiempos. Acaso, en la Edad de Hierro habra primitivas explotaciones rurales con no pocos elementos que perduraron hasta hoy, como saben los etngrafos. Las aportaciones de la romanizacin y aquellas otras que vinieron tras la romanizacin-cristianizacin larga e infructuosa, continuada en la baja edad media, conforman la unidad poltica-cultural del reino astur (luego leons), que tuvo su fundamento social y productivo en los ancestros de estas explotaciones familiares, de todo punto homlogas a las granjas campesinas que en Centro-Europa y en la ribera atlntica, hasta Escandinavia, van floreciendo a medida que cierta tcnica y prctica racional de la romanidad mediterrnea se va fundiendo con los usos indgenas previos, ya de por s muy evolucionados por obra de la celtizacin. Esta simbiosis tcnico-productiva ira elevando la productividad a lo largo de la edad media, al margen del influjo superestructural que las distintas regiones de Europa sufrieron.

La casera o quintana comparte rasgos homlogos con otras variedades de granja europea y de la zona nrdica de la pennsula ibrica. En parte, ello se debe a una adaptacin comn a un clima templado y hmedo, pero quiz haya que tener e cuenta tambin un fundo tnico comn, de tipo indoeuropeo o indogermnico, que hizo que los modos de subsistencia de los pueblos clticos y celtizados se adaptasen a las nuevas estrategias productivas que la cultura clsica, desde muy tempranos tiempos, impulsara al norte del Mediterrneo.

Asturias, desde sus ms remotos orgenes tnicos, pertenece de lleno a este crculo de influencias, y est, mucho ms cerca del mundo cultural celta y germano que de la civilizacin semita y mediterrnea. Con todo, la morfologa de la casera, tal y como la conocemos hasta ahora, es el resultado de una evolucin secular y, al igual que acontece con la evolucin biolgica de las especies, aun ms relevante que el fondo primigenio de su oscuro origen es aun ms la secuencia de desarrollos y modificaciones que obedecen al impacto o presin de otras culturas, civilizaciones o avatares histricos. En este sentido, las superestructuras (formas polticas de dominacin, formas jurdicas relativas a la propiedad, moldes y pautas de relacin social) cobran todo su protagonismo y alteran sobremanera el material recibido. La proto-casera medieval, con todas sus caractersticas propias, autnomas, nos es desconocida en lo fundamental. Solo tenemos datos seguros en la edad moderna, donde esta unidad se expresa con todos sus rasgos morfolgicos y etnogrficos plenos, directamente vinculados a los que nuestros antepasados nos legaron hasta el da de hoy. Esa unidad que fue nuestra casera estaba inserta en otro contexto superestructural que hoy resulta lejano. Es el contexto del Antiguo Rgimen, en donde la distribucin de la propiedad y el rgimen jurdico de la tierra difera notablemente del de tiempos ms recientes. Hasta el XIX, la propiedad seorial sobre la tierra era dominante. Asturias era un pas donde la concentracin de tierras en manos de los seoros laicos y eclesisticos era muy notable. Las desamortizaciones del estado liberal espaol en este siglo, sin embargo, no alteraron en lo fundamental el paisaje y las relaciones sociales rurales, como s aconteciera en regiones meridionales. Ello se debe a varios factores diferenciales a tener en cuenta: a) los seores (nobles, Iglesia) siendo, como eran, grandes terratenientes, no era latifundistas sino ms bien multifundistas, b) las unidades productivas, las caseras, eran tambin unidades convivenciales y etnolgicas, de todo punto autnomas con respecto a quienes fueran sus propietarios; era unidades asturianas de ndole cultural y, en trminos marxistas, infraestructural, lo cual quiere decir que los aldeanos vivan y se reproducan bsicamente en ellas, al margen de si eran propietarios de las tierras o lo que era muy frecuente en el Antiguo Rgimen- si eran arrendatarios, colonos, foreros. Valga decir, de paso, que el esquema marxista que consiste en distinguir como estratos relativamente autnomos la base y la superestructura de una formacin social nos viene como anillo al dedo a la hora de entender la divisin de trabajo que se ha de dar entre un anlisis morfolgico (cultural, etnogrfico) de esa forma de granja astur, y un anlisis jurdico de las formas de propiedad de la tierra, inserto este en las relaciones sociales de produccin y las ideologas propias de la Europa del Antiguo Rgimen o del Capitalismo subsiguiente. Las desamortizaciones en Asturias afectaron sobremanera a la Iglesia, y no tanto sobre la nobleza, que adems accedi, junto con la burguesa y los indianos, a las antiguas tierras comunales. Con respecto al campesinado, ste fue lentamente accediendo a la propiedad, y fueron completando aquellas caseras parciales que la desposesin anterior haba engendrado, porque s es cierto que una superestructura inadecuada mutila el desarrollo pleno de una cultura o de una forma cultural. Aqu, como en otros trabajos nuestros, se combina la distincin spengleriana entre cultura y civilizacin, con la marxista, que habla de base y superestructura. La primera tiene una naturaleza ms histrico-dinmica y difusionista. La ltima, ms econmica, ecolgica y esttica. Una cultura es fundamentalmente un modo de vida en forma, una expresin plena de un modo de ser, que puede verse mutilada o impulsada por elementos ajenos, normalmente culturas hipertrofiadas y expansivas, viejas, que Spengler denomin civilizaciones. La influencia difundida por lo forneo, se refracta en un anlisis ecolgico y econmico, como determinacin superestructural en el lenguaje marxista. Esta, no tuvo el poder absoluto de aniquilar la cultura afectada en el caso asturiano. En lo que hace a nuestro patrimonio rural y/o etnogrfico bsico, se ha traducido en un recorte econmico de las posibilidades y del nivel de vida del campesinado asturiano, en comparacin, pongamos por caso, con el de otras culturas de nuestro entorno geogrfico, como el vasco. Por trmino medio, el tardo y difcil paso de la condicin jurdica de colonos y foreros a la de propietarios, fue un obstculo superestructural de mayor peso que otros factores comnmente sealados en las explicaciones pseudonaturalistas (la pobreza del suelo, la terrible orografa). La casera asturiana slo experiment los esplendores homologables al rico casero vasco, en aquellas familias en las que el patrimonio heredado era notable, y la cantidad de tierras daba garantas para una autosuficiencia cmoda. Pero en nuestro pas predominaba el minifundismo, y peor que la falta de buenas tierras abundantes, era la dispersin de las mismas restndole racionalidad en su aprovechamiento particular. Tambin eran solventes las explotaciones bien situadas geogrficamente en feraces valles o rasas costeras, en zonas dominadas por villas agraciadas por un cierto comercio y unas posibilidades de embarque o comercializacin del excedente, cuando ste exista. Pero esta situacin favorable fue minoritaria en nuestro pas. El maz y la patata americanas dieron buenas rachas a la sociedad rural asturiana, permitiendo a grandes masas humanas sostenerse sin hambrunas, pero la factura de esta buena coyuntura nutricional hubo de pagarse con la superpoblacin y su efecto inmediato, la emigracin ultramarina.

2. Transformaciones en la sociedad tradicional asturiana. Estas tienen su tiempo en el siglo XIX. El estado espaol liberal y centralista de aquella poca ejerce un influjo que no puede ser considerado como positivo para la sociedad asturiana en un balance general. En trminos de autogobierno, el centralismo liberal supone un atentado definitivo contra la realidad poltica de Asturias, como comunidad nacional diferenciada. El estado, en su afn de crear una burguesa espaola capitalizada, arranca las tierras comunales de manos de los concejos, del pueblo campesino. No deja de favorecer, adems, a la nobleza acaudalada que abdica de sus responsabilidades como inversionistas en industria y actividad productiva y expande, en no pocos casos, su dominio como terratenientes. La burguesa nativa de los tiempos pre-industriales, e incluso despus de ellos, no est a la altura de la misin histrica que debera tener asignada, y solo se afana por gozar de una posicin de terrazgueros, imitando en todo el comportamiento la nobleza improductiva. Los primeros grandes capitales enviados por los indianos, pese a su colocacin en obras benfico-sociales y suntuarias, se coloca al margen de la productividad y tambin conoce una plasmacin como capital paralizado en los terrazgos. Ante esta falta de capital productivo nativo, es lgico que la procedencia de ste proceda del extranjero, principalemente paises europeos, y en segundo lugar vendr de Catalua, Euskadi o Madrid, entre otras zonas del estado. Tal dato ilumina lo que habr de ser una tnica general de la industrializacin asturiana desde los orgenes hasta su reciente desmantelamiento. El capital productivo vino hasta nuestro pas movido por unos recursos naturales y unas condiciones brutas que pareca adecuado valorizar. El comportamiento de la industria de nuestro pas fue de siempre, y mayoritariamente, pasivo en lo que hace a la recepcin de capital forneo y, consiguientemente, en lo que se refiere a la expulsin de las plusvalas a resultas de la actividad productiva. Tal pasividad equivale punto por punto a la situacin de una colonia. Tanto da que a nivel jurdico-formal la nacin goce de soberana, como en el caso de las jvenes repblicas sudamericanas, o que su autogobierno haya sido anulado por el estado liberal-centralista, como era el caso asturiano, si la realidad material o econmica es la que se corresponde con una dependencia de capitales productivos forneos y una plusvala fugitiva en consecuencia. Esto hizo que el aumento subsiguiente de la clase obrera asturiana se correspondiera, de manera colonial con una persistencia de la burguesa a la manera del Antiguo Rgimen, parasitaria en grado sumo, o clientelar con respecto a las grandes iniciativas empresariales y financieras forneas. El curso de las dcadas demostrara que esta manera de industrializar Asturias hara de ella una nacin particularmente dbil ante los manejos de quien detentara el control o la propiedad del capital. Si en un principio se trataba de capital de titularidad privada, el siglo XX conocer la puesta en marcha de una poltica patronal a cargo del estado, ante la dejadez, huida o inoperancia del primero. La colonia de los grandes prceres de la hulla o la siderurgia, pas a ser la colonia del estado espaol que, bajo criterios bien opacos, pero en todo caso criterios geoestratgicos y militares, persisti en hacer de Asturias una regin poco diversificada en lo que hace a su tejido productivo industrial. El franquismo, con su poltica de inversiones marcadamente centralista, aprovech la tradicin industrial asturiana para mantener unos sectores productivos que en ningn caso estaban pensados para satisfacer las necesidades del pas nuestro, sino las propias de una autarqua propia de una dictadura aislada del concierto internacional. Cuando el rgimen dictatorial espaol pudo abrirse a los mercados mundiales, la competencia de sus estructuras productivas comenz a ser evaluada a la baja, y solo la inercia y una cierta geoestrategia a nivel peninsular (intra-estatal), por ejemplo la ubicacin de industrias similares en Euskadi, pas que amenazaba con su emancipacin respecto del Estado Espaol, pudo explicar la continuidad de una poltica estatalista ajena a la racionalidad capitalista en Asturias.

3. Sin embargo, que Asturias fuera un pas industrializado en grado elevado con relacin a otras regiones del estado, produjo en nuestra sociedad unas coyunturas revolucionarias cuyo peso es necesario valorar.

a) La creacin de una clase obrera numerosa, y con el tiempo, fuerte, combativa, organizada.

Este pasado obrero es hoy an un factor diferencial con respecto a buena parte de lo que se entiende por Espaa, especialmente ambas Castillas, Extremadura y extensas regiones del resto del estado que an dormitan en una economa agraria subvencionada, rpidamente transformada ahora en agro-business esclavista, por mor del trabajo de emigrantes extranjeros, o en un sector servicios que, hasta ayer, era casi inexistente en la Piel de Toro. Este pasado obrero es el que todava explica sociolgicamente la abundancia de movimientos sociales y respuestas sociales y culturales, aunque corre riesgo de dormirse para siempre tras el desmantelamiento que, manu militari, los gobiernos del PSOE (especialmente) nos trajeron. Tambin explica el coto al que tradicionalmente ha estado sometida la ultraderecha ms caverncola y la Iglesia ms ultramontana en tiempos de democracia formal, si bien tras nuestro desmantelamiento, estas fuerzas reaccionarias estn volviendo bravuconamente a la palestra asturiana al sentirse menos obstaculizadas en este cementerio industrial.

b) La formacin de una clase obrera no fue tarea fcil en nuestro pas. Los primeros patronos se encontraron con un proletariado que no se ajustaba a los moldes clsicos, que tan bien describe Marx en El Capital. Lejos de encontrarse con una clase obrera absolutamente desposeda de sus medios de produccin, tras una Acumulacin Primitiva que diera nacimiento a los grandes capitales, por un lado, y a los poseedores de fuerza de trabajo lista para ser vendida, por otra, el encuentro que las dos clases encargadas de la produccin tuvo lugar aqu fue bien distinto. Los primeros mineros, y secundariamente, obreros fabriles, eran con mucha frecuencia, propietarios agrcolas. Estos obreros-aldeanos constituan una fuerza de trabajo indeseable para los patronos bajo muchos puntos de vista. La facilidad con que se les poda disciplinar y explotar no era grande y la mina/fbrica era, en ciertas pocas del ao, un complemento asalariado de una economa autrquica en el seno de la casera. La importacin de obreros ajenos al pas, p.e. andaluces, extremeos, etc., contribuy a la creacin de una clase obrera clsica, vale decir, desarraigada del medio rural y de cualesquiera medios de produccin propios o autogestionados que pudiera darle fuerza a esta clase en su dialctica con el capital. Solo avanzado el siglo XX puede darse ya esta clase trabajadora desarraigada de la aldea, proletariado clsico. Pero si exceptuamos Gijn, Avils, y algunos otros ncleos urbanos cien por cien, el perfil de muchos pueblos mineros o minero-industriales, revela an hoy su peculiar mixtura con la arquitectura y el urbanismo rural, seal inequvoca de la doble naturaleza trabajadora del pueblo asturiano contemporneo, como campesino y como asalariado minero-fabril.

b) Esta clase obrera, con todas las peculiaridades que antes hemos sealado, ha sido protagonista histrica de unos procesos de lucha de clase y de reivindicacin soberana ante el fascismo que se encuentran entre los ms interesantes de la historia europea. A pesar de la censura educativa y acadmica que se impuso en la llamada transicin, se ha de resear que la afirmacin nacional del pueblo trabajador asturiano en el Octubre de 1934 sigue an presente en muchas conciencias, y exige una explicacin histrica seria, que marcar, en todo caso, una divergencia con respecto a la dinmica de otras zonas del estado. Por qu esta reaccin organizada pese a su escasez de medios armados ante un ejrcito profesional? Como mnimo cabe decir que la evolucin hacia una conciencia de clase (hacia la ideologa revolucionaria) haba sido rpida en los ltimos 50 aos. En 1934, Asturias, el pueblo trabajador de nuestro pas estaba a la altura de las circunstancias ante las amenazas del fascismo europeo y del fascismo espaol. El diagnstico de socialistas, comunistas y libertarios no pudo ser ms certero, a la luz de lo que vendra despus: el alzamiento reaccionario de 1936, la peligrosidad de los regmenes de Hitler y Mussolini, la segunda guerra mundial etc. El hecho de que las fuerzas obreras, y en especial, sus dirigentes, de fuera de Asturias, no estuvieran a la altura de las circunstancias y no siguieran a los trabajadores asturianos en su revolucin, contribuy de forma decisiva para que Franco y sus rebeldes se impusieran finalmente en los campos de batalla. En la Repblica de Espaa, durante la contienda de 1936-1939, no se volvi a alcanzar nunca esa unidad obrera y la visin de futuro revolucionarias de 1934, las del octubre asturiano.

c) Cualesquiera que fuesen las peculiaridades sociolgicas e ideolgicas del proletariado asturiano, desde sus inicios hbridos en el XIX (campesino-minero, por ejemplo), con su fuerte ligazn a la tierra y a una cultura tradicional que la burguesa capitalista le quera arrebatar, lo cierto es que ste se convirti en vanguardia de las reivindicaciones sociales y laborales, de la conciencia de clase y del afn ilustrado por elevar el nivel de instruccin de sus miembros. Es de notar que, ante la dejadez con que el Estado Espaol cumpla sus deberes educacionales, ya fuere con monarquas borbnicas, ya fuere con la dictadura franquista, el pueblo trabajador asturiano, tomando como precedente la labor de algunos benefactores indianos, organiz ateneos, casinos y academias de raz y cuestacin popular, que lograron no poco difundir la cultura entre las masas, desligndolas de las elites burguesas y de los academicismos oficiales, separndose as buena parte del pueblo del caciquismo sempiterno que permiti la fcil gobernacin de los pueblos Espaa, pero no del pueblo asturiano.

d) La simbiosis entre aldea e industria es otro aspecto que merece anlisis profundos. Nuestro pas, a tenor de su industrializacin a fines del siglo XIX, experiment fuertes cambios en la sociedad rural tradicional que, sin dejar de serlo en cuanto a ciertos valores esenciales, optimiz ciertos recursos, especializ su produccin y hall mercados de excedentes en la creciente poblacin obrera de las barriadas urbanas, de las cuencas mineras, de los poblados fabriles. La especializacin ganadera, en detrimento del policultivo, data de esta poca y no har sino profundizarse a lo largo de una centuria hasta la crisis de los 70 del siglo XX. Y dentro de una mayor extensin y productividad de la produccin ganadera, fue la especializacin del vacuno la que marcar el rumbo. Se abasteci a la poblacin creciente con carne y leche en abundancia, e incluso se export en grandes cantidades hacia Espaa. La casera asturiana, en ciertos sectores pujantes, y sin abandonar del todo su polifuncionalidad cont con grandes bazas a su favor con esta especializacin.

Otro aspecto de la sinergia aldea-industria hace referencia a la interpenetracin cultural. Cuando en Espaa se habla de campo, o de la vida en el pueblo estas ideas no estn connotadas de la misma manera en que lo estn en Asturias. En el rea mediterrnea y castellana, especialmente, se vive de manera secular un dualismo casi antagnico entre campo y ciudad. La civilizacin (en el sentido spengleriano) latina, y por ende, imperial, agot hasta el mximo la autonoma cultural, el fermento antropolgico de la vida rural en esas regiones. En la cornisa cantbrica, sin embargo, Asturias comparte con Euskadi la peculiar forma de simbiosis entre aldea y casero rural disperso, por un lado, y el poblamiento urbano y semiurbano de distinto tamao y con infinitas combinaciones de integracin con la aldea tradicional. El tejido industrial deja, sin duda, cicatrices, prdidas paisajsticas, disfunciones en el paisaje natural, pero a su vez se va creando con ello una segunda naturaleza- de ndole netamente humana y nacional donde es (o ms bien era hasta hace poco) perfectamente admisible, por ejemplo, ver hrreos, varas de hierba y caseras en activo, en verdes intersticios que las grandes instalaciones fabriles dejaban libres. Donde no es de extraar que el acerado urbano y la carretera flanqueada de castilletes o chimeneas gigantes, la cual prolongaba la calle de una villa, se meta directamente en pocos metros, con las curvas y pendientes necesarias, en lo ms profundo y telrico de una aldea tradicional. Lo que revela el paisaje, tambin se refleja en la mentalidad de los habitantes (en especial de la Asturias Central). No hay solucin de continuidad campo-ciudad entre muchos de nosotros, frente a lo que se observa en Espaa, sobremanera en Castilla y Levante: all la ciudad es la sede (la Roma en pequeo) de los rentistas y los funcionarios, una sede de servicios, vale decir, improductiva, que en parte es parasitaria del campo circundante, explotado y discriminado al estilo imperial por estas capitales urbanas.

Ni qu decir tiene que el actual desmantelamiento industrial de Asturias y su forzada reconversin en regin destinada a la economa del turismo y dems servicios har que esta idiosincrasia (que algunos consideran estticamente fea, pero que es real) se perder, y al ya tradicional papel parasitario ejercido por Oviedo, como capital eclesistico-administrativa, se le suman Gijn, Llanes y muchas otras villas, todas ellas en proceso de ruina urbanstica, siguiendo la gida de Castilla y Levante, propia de una economa centralista y dirigida desde Madrid. De esta manera, la desconexin entre lo urbano y lo rural, que incluso con las revoluciones industriales del pasado, pareca un fenmeno imposible, anti-orgnico, podr ser una realidad a la vuelta de la esquina si se mantienen estas tendencias. De esta manera, la historia nos parece la mejor gua, una vez ms, para comprender el presente y barruntar el porvenir.

4. La economa asturiana a la luz de la composicin orgnica del capital. Como es sabido, Marx representa en una sencilla frmula la llamada composicin orgnica del capital en su obra fundamental Das Kapital. La frmula es: K (Capital)= c (capital constante) + v (capital variable) + p (plusvala). La lectura adecuada de esta frmula exige entenderla bajo los presupuestos del anlisis dialctico que inaugura Marx en la historia del pensamiento y de la ciencia social, y que el autor de estas lneas ha comentado en sucesivos trabajos publicados en la revista Nmadas. Revista de ciencias sociales y jurdicas. Aunque me remito a ellos para su inteligencia, se dir al menos aqu que Marx trata de analizar las totalidades sociales partiendo de su presentacin como tales totalidades, esto es, fenmenos globales y unitarios. Mas por otro lado, se practica un anlisis no mecnico (como es uso en la ciencia natural) sino dialctico, uno que parte de la consideracin del todo de partida en cada momento en que se despliega la investigacin, es el que este filosofo propone para los fenmenos complejos de la sociedad que, por supuesto, son fenmenos histricos. El encuentro entre un mtodo analtico (no mecnico, sino que acude al todo, dialcticamente en cada fase), y un enfoque gentico, que acude hasta la raz histrica de un fenmeno y sus sucesivos momentos de despliegue, que tambin forman parte de la estructura explicativa del mismo, es la clave de bveda de esta metodologa. Y Marx la aplica al Capital en general.

En estas lneas, mantenemos por ahora un propsito muy modesto. Se trata de dar unas indicaciones someras sobre el peso relativo que los elementos de la frmula han guardado en la historia reciente de nuestro pas, tomando como elemento de partida una unidad morfolgica-cultural llamada casera o quintana, hasta desembocar en una sociedad capitalista-industrial, evolucin de cuyas consecuencias todos los asturianos somos testigos e hijos. El proyecto de trazar ese decurso es inmenso. Ni siquiera un equipo amplio e interdisciplinar de estudiosos diversas ciencias sociales podra dar cuenta de esta secuencia, aun guiados por la transparente frmula marxiana de K=c+v+p .

Tan solo un intento forzado y por ende, errado- podra aplicar dicha frmula al estudio de la casera tradicional pre-capitalista. Por definicin, carece de sentido hablar de la creacin de capital en una unidad productiva que careca de dicha finalidad por ser autrquica. No existe trabajo asalariado (v), del que obtener plus-trabajo y, por consiguiente, plusvalor (p) y por tanto, no se crea capital (K) en ningn sentido. Pero es sabido que desde la baja edad media la casera est inserta parcialmente en una economa capitalista comercial incipiente, como muchas granjas europeas de esta poca. La proximidad a villas y puertos de embarque, a rutas de largo recorrido, a ferias y cortes, son ejemplos de factores que mejoran la posibilidad de comercializar excedentes y acumular capital por medio de la autoexplotacin familiar. Entendemos por tal la economa domstica que se sale de los limites de la reproduccin simple y de la reproduccin ampliada con vistas a cubrir aumentos de natalidad, y que, en ausencia de jornaleros se expande gracias a una explotacin interna de los miembros de una familia. Estos se explotan los unos a los otros, aunque el patriarcado, el mayorazgo y la mera minora de edad suponen una concentracin de autoridad y poder en algunas personas privilegiadas dentro de la explotacin intra-familiar. Es notable consignar que en el antiguo rgimen, la posibilidad de producir excedentes y por, ende, convertirlos algn da en capital que mejorara la unidad productiva, deba destinarse al pago de foros, rentas y tributos eclesisticos, reales, seoriales, etc. de muy diversa naturaleza. La ausencia de privilegios de buena parte del campesinado asturiano hizo que muchas de sus caseras no adquiriesen una morfologa completa y una seguridad econmica suficientes. Ello hizo que su carcter msero en no pocas comarcas y fases de la historia fuera una tnica secular. Pues siglos dur el hambre, la emigracin, la falta de salud y de tiempo para la cultura en la mayora de los lugares. Nuevamente invocamos aqu el perjuicio que una superestructura seorial y eclesistica ejerci sobre el pueblo, autosuficiente y creador verdadero de la riqueza, dotado de unidades propias de convivencia y aprovechamiento de la tierra, por lo menos desde la edad del hierro.

Apenas en las caseras nobles y ricas se dio el trabajo asalariado en el campo, a diferencia de las regiones del centro y sur de Espaa. Este tipo de empleo debi menguar aun ms cuando la irrupcin de la mina, y despus la industria atrajo a las manos libres o desocupadas. Cuando se produjeron las desamortizaciones y todava ms cuando las primeras instalaciones industriales hicieron acto de presencia, el campesinado fue accediendo a la propiedad de la tierra, bien entrado el siglo XIX, hasta llegar a adquirir un carcter casi universal. Con todo, el minifundismo, la dispersin de las parcelas, la divisin de las caseras por mor de las herencias y el raquitismo creciente de la propiedad rural fueron lacras que sufri el campo astur, bien distintas de la desposesin y el carcter jornalero de muchos brazos del sur.

En las relaciones capital-trabajo en el capitalismo incipiente de nuestro pas, la ausencia de una verdadera clase proletaria, por un lado, y de una verdadera burguesa nativa, por el otro, fueron factores genticamente determinantes, cuyas consecuencias casi se dejan sentir hasta hoy, para lo bueno y para lo malo. La inversin en la parte variable de capital v era alta, en ausencia de manos muertas de jornaleros desposedos o campesinos indigentes que pudieran sentirse atrados por el trabajo asalariado. La escasez de los jornales, y la inseguridad del puesto de trabajo, fueron mantenida de manera rutinaria u obstinada por los primeros patronos capitalistas, quienes sin duda no haba aclimatado a Asturias sus mtodos de explotacin. Encontrarse con unos semiproletarios, altamente conservadores, en el sentido (no necesariamente negativo) de tener un pie puesto en la casera, encajaba mal en su cosmovisin capitalista, mucho ms dada a la estabulacin de los obreros en poblados diseados artificialmente por ellos o para ellos, donde alojar a los ms esquiroles, a los ms productivos y a los ms seguidistas de la poltica patronal. Slo la emigracin de trabajadores no asturianos, y la reproduccin siempre creciente de una clase obrera cada vez ms urbanizada y socializada al margen de la aldea, pudo crear un autentico proletariado. Un pauprrimo capital variable v no se corresponda con el hecho social de una clase trabajadora slo parcialmente desposeda de sus medios de produccin y reproduccin.

En contra del progresismo casi endmico de buena parte de la izquierda y del marxismo, debemos sostener en estas lneas que el supuesto carcter conservador del pueblo asturiano, incluidas sus clases trabajadoras, no constituye un rasgo psicolgico innato, racial o esencial de su comportamiento, sino un producto circunstanciado histricamente, que en s mismo considerado no debe entraar ninguna valoracin negativa. En el siglo XIX, resistirse a abandonar unas menguadas pertenencias que permitan el sustento propio del trabajador y de la familia, frente a la arbitrariedad e inseguridad de los primeros jornales mineros y fabriles constituye un comportamiento plenamente racional desde los mismos puntos de vista del clculo individual y del coste de oportunidad. La milenaria vinculacin del pueblo astur con su tierra podra entenderse en los trminos ms fros y economicistas, como va segura de mantenimiento de una cultura ante el reto de su desaparicin por inanicin o destruccin por parte del enemigo. La frmula de convivencia y explotacin de la naturaleza que han empleado nuestros antepasados hasta ahora, esa que ahora se suele rubricar con el trmino tradicin, es racional por todos los costados, habida cuenta de los factores habidos y por haber (grado de desarrollo de las fuerzas productivas, clima, orografa, calidad del suelo, tcnica acumulada) as como de las alternativas posibles y que, por motivos precisos que la ciencia ideolgica de la historia habr de esclarecer, no fueron tomadas en consideracin y resultaron excluidas. Quin habla de tradicin en un sentido irracional, instintivo, patolgico en lo que tiene de falta de adaptacin a un medio? Slo como sistemas de pautas aprendidas y exitosas, pautas asumidas racionalmente es posible hablar de tradiciones en el sentido etnolgico o antropolgico.

Teniendo estas consideraciones en cuenta, la unidad productiva y convivencia que llamamos casera en nuestro pas, lejos de poder ser tratada como una suerte de empresa en la que se dan inversiones de capital, o adelantos del mismo para una obtencin de plusvala, etc., debe entenderse como un complejo sistema de produccin y reproduccin de valores de uso. En eso estriba toda la llamada economa autrquica, que lejos de todo prejuicio progresista no impone necesariamente unos niveles srdidos e indignos de vida. Puede haber unidades autrquicas que, en ausencia de graves intromisiones de la economa capitalista del entorno lejano, reproduzca de forma solvente un buen nivel de vida (valores de uso). En Asturias, no fue frecuente tal cosa precisamente por factores superestructurales, ajenos a la funcionalidad misma de la unidad de la casera y ajenos igualmente a los factores humanos y naturales que le dieron su ser. Esos factores negativos de orden superestructural, vale decir, de tipo envolvente con respecto a un ncleo tradicional en s mismo funcional y eficaz, fueron.

1. La gradual subordinacin y rebajamiento del primitivo Reino de Asturias, primero a Principado y luego incluso a simple provincia perifrica y cuasi colonial de la administracin cortesana de Madrid, que todava hoy padecemos. La desaparicin de la Junta del Principado y de todo resquicio de autogobierno y foro que protegiera nuestros usos y costumbres dio la ltima estocada a una secular marginacin de nuestros intereses y modos de ser. El reino castellano, despus el reino de Espaa, evit el normal despliegue de nuestra democracia concejil emanada desde el medievo y ampar la estructura seorial, altamente colaboradora con la Corte de Madrid, y enemiga de clase del pueblo asturiano, gravado por tributos, foros, diezmos y toda clase de sangras que llevaban fuera de sus tierras el producto excedentario de sus esfuerzos.

2. A remolque de estas sangras, hay que hablar de la dependencia forzada del pas a tratar en trminos de intercambio desigual con una Meseta que, tradicionalmente estaba mal comunicada con Asturias y un trfico difcil que encareca los productos. En medio de tanto jovellanista que, para desgracia de su buen nombre, prolifera tanto en nuestro pas por mil y un foros, fundaciones y pesebres, hay que subrayar que los proyectos progresistas de comunicacin rpida y eficaz con la Meseta, a punto de culminarse en el siglo XXI, no son sino las armas de doble filo del nacionalismo espaol y centralista. Pues, aunque no tiene sentido ya una marcha atrs ni es deseable un aislamiento geogrfico en el mundo de hoy, detrs del nombre de Jovellanos y de la variante de Pajares o la Alta Velocidad, etc., est el proyecto desnaturalizador de convertir a Asturias en el brazo marino de Castilla, junto con Santander. Rincn donde Castilla se asoma al mar cantbrico, y donde tambin se asoman los turistas espaoles en verano, al tiempo que unas buenas comunicaciones permiten la definitiva castellanizacin de nuestra sociedad y una bolsa de consumidores de productos forneos.

3. Una planificacin socialista del pas asturiano, acorde con su base y fermento social que es la casera, y las dems supraorganizaciones (parroquia, conceyu), ha de pasar por una estrategia de desarrollo sostenible en el que el campo y la ciudad se complementen y se atiendan recprocamente, garantizando mercados autctonos e identitarios que, sin vivir necesariamente en aislamiento respecto a mercados externos, abastezcan de manera satisfactoria a los propios ciudadanos de Asturias, y eleven el nivel de vida de una poblacin autoorganizada y que sabe poner diques a las influencias globalizadoras marcadas por el exterior. El adecuado cierre y proteccin de las mercancas autctonas, aun dable en un principio dentro de un contexto de capitalismo planificado, es la condicin indispensable para la correccin de los perversos efectos que el neoliberalismo y la globalizacin estn colocando en nuestro pas, en clara situacin de dependencia colonial ante los poderosos agentes de decisin forneos. Es imprescindible, desde un socialismo nacionalista, proteger y promover a las pequea y mediana empresa, as como al cooperativismo y a la agricultura particular y familiar de la casera, con la mayor optimizacin tecnolgica y gestora a cargo del poder pblico, con vistas a la reconstruccin de una amplia red de pequeos capitales constantes capaces de quedar adheridos a la fuerza laboral que aporten sus propietarios, familiares y empleados, especialmente jvenes, tan proclives a la emigracin. Como fase previa a un estado nacional planificado de forma socialista, es crucial partir de las tradicionales races y bases sociales de nuestra cultura, como plataforma para un relanzamiento de Asturias, para su reconstruccin nacional. No slo nos estamos quedando sin gente (emigrando, envejeciendo, limitando la procreacin), sino que nos estamos quedando sin un capital constante mnimo que pudiera servir de placa de adhesin para fijar esas unidades un capital variable, es decir, para volver a crear una clase trabajadora, esta vez no amparada en unas pocas grandes unidades productivas dirigidas y creadas por el estado espaol (cuyo fin desastroso estamos conociendo hoy), sino en un tejido de numerosas unidades minicapitalistas que, apoyadas por un poder pblico verdaderamente asturiano, que aportara los medios tecnolgicos y cientficos ms inasequibles a los particulares, pudieran aumentar el nivel de autosuficiencia individual y social de los asturianos productores. En contra del socialismo trasnochado de quienes slo pueden sentir nostalgia por una empresa pblica ciclpea, y por una utpica funcionarizacin del obrero, la tarea revolucionaria para Asturias consiste hoy en la conquista de un poder poltico con sentido de estado, vale decir, con sentido de un estado nacional soberano de Asturias, que arranque de una vez por todas las telaraas de la mafia sindical y de la izquierda oficial anclada en la cultura del subsidio y del colonialismo ejercido desde Madrid.



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