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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 24-02-2006

Totalitarismo, triste historia de un no-concepto

Vladimiro Giacch
Espai Marx


Al igual que la guerra de Bush, tambin el lxico ideolgico contemporneo esta animado por la lucha entre el Bien y el Mal. Una lucha sangrienta que ve contrapuestos a nuestros aliados, el Mercado, la Democracia y la Seguridad, a dos enemigos mortales: el Terrorismo, y el Totalitarismo entre ellos cmplices-, y cada vez menos distinguibles el uno del otro. Como es lgico, la execracin general circunda estas dos tristes figuras. El apelativo de Totalitario, en particular, est decididamente entre los insultos ms en boga. De comportamiento totalitario ha sido recientemente acusado el ministro brasileo de cultura Gilberto Gil de Caetano Veloso, en el curso de una polmica sobre la distribucin de los fondos pblicos. Tpica de un estado totalitario es segn Vittorio Feltri la (sacrosanta) decisin de Rifondazione Comunista de expulsar a un concejal que primero ha defendido el derecho de Di Canio (futbolista del Lazio) a hacer el saludo fascista, y despus lo ha imitado a beneficio del fotgrafo de un peridico local. Y totalitario es, obviamente, tambin, todo opositor de Berlusconi que sea sorprendido pronunciando con tono de reproche las tres palabras conflicto de intereses. Se trata de usos grotescos del trmino, pero, a su modo, significativos.

An ms significativo es el uso del trmino por parte del ex director de la CIA, James Woolsey: el cual ha recientemente afirmado que una misma guerra, contrapone hoy a los Estados Unidos a tres movimientos totalitarios, un poco como ocurra en el segundo conflicto mundial. Los tres movimientos totalitarios estaran representados por el baasismo (sunnitas iraques y Siria), por los chiitas islamistas jihadistas (apoyados por Irn y ligados al Hezbollah libans) y por los islamistas jihadistas de matriz sunnita (o sea los grupos terroristas como Al Qaeda) (entrevista Borsa & Finanza, 05-11-2005). Una duda surge espontneamente: qu diablos tienen en comn hoy un nacionalista rabe laico, un fundamentalista islmico chiita y uno sunnita?.

Prcticamente nada. Excepto una cosa: el hecho de oponerse a los Estados Unidos.

Totalitario, en definitiva, es quin se opone a Occidente, y ms precisamente a los Estados Unidos de Amrica. Nada nuevo, realmente las cosas estn as desde hace ms de 50 aos. La fortuna del concepto de totalitarismo nace de hecho en la inmediata posguerra mundial, y se explica con la necesidad poltica de unir a los regmenes comunistas, que representaban entonces el nuevo Enemigo de Occidente, al rgimen nazi apenas derrotado. A posteriori, no podemos ms que constatar el pleno xito de esta operacin. Aunque, sin embargo, ha conocido diversas fases.

Fase 1: nazismo=estalinismo (H.Arendt)

La fortuna de esta identificacin se debe en buena parte al libro Los Orgenes del Totalitarismo (Einaudi, Torino 2004) de Hannah Arendt. En este libro, aparecido en primera edicin en 1951, la Arendt identifica los sistemas nazi y estaliniano como dos variaciones del mismo modelo poltico: un modelo que tiende al dominio total sobre las personas, y al dominio global a nivel planetario (cap. LXIV y LXI, 539,569). Los elementos esenciales del totalitarismo son la ideologa, entendida como una clave absoluta de comprensin de la historia (racista en el primer caso, clasista en el segundo), el terror (verdaderaesencia del poder totalitario, que golpea no solo a los opositores, sino tambin a los inocentes), y el partido nico (curiosamente, la Arendt no cita en cambio el poder absoluto de un jefe).

El texto de la Arendt tiene muchos lados dbiles. Es prolijo, pero tambin desequilibrado en su estructura. La documentacin es muy rica en lo que se refiere a la Alemania nazi y, por el contrario, extremadamente dbil por cuanto respecta a la URSS. Este hecho ya demuestra que el arquetipo del concepto arendtiano de totalitarismo es la Alemania nazi, a la que se intenta asimilar a la URSS.

Estableciendo paralelismos digamos un poco forzados, como la atribucin a la Rusia de Stalin de la misma tendencia al dominio global de la Alemania hitleriana: sobrevolando sobre el hecho de que durante todo el perodo estaliniano, la Unin Sovitica fue agredida y amenazada (en ltimo trmino por el rearme de los pases Occidentales y por el monopolio de las armas atmicas por parte de los USA) (ibid, pp. 539,569). Conectada a esta curiosa tesis est la verdadera absurdez segn la cual el bolchevismo debera ms al paneslavismo que a cualquier otra ideologa y movimiento (pp. 310,326).

De un modo ms general, los crticos de la Arendt han tenido el juego fcil para demostrar como la ideologa nazi (siempre que se quiera ennoblecer con el trmino de ideologa el delirante patchwork antisemita del Mein Kampf hitleriano) est distante aos luz de la comunista: reaccionario y tradicionalista el nazismo, revolucionario y heredero del iluminismo y de la Revolucin Francesa el comunismo; irracionalista el primero, racionalista el segundo; racista el primero, internacionalista y universalista el segundo; defensor de la existencia de una jerarqua natural (entre razas e individuos) el primero, igualitario y nivelador el segundo; explcitamente antidemocrtico el primero, defensor de una democracia real que fuese ms all de la solamente formal el segundo. Se dir que una cosa son los principios y otra su traduccin prctica.

Pero el punto clave es propiamente este: se puede reducir a un nico concepto una ideologa y prctica de gobierno explcitamente basada sobre el terror y sobre la violencia y una teora (y praxis) de emancipacin que se convierte en una praxis contraria a sus propios principios? Porqu una cosa es cierta: en el nazismo la correspondencia entre teora y praxis es perfecta, tambin y sobre todo bajo el perfil del terror y del dominio total. La apesadumbrada constatacin de la desvergonzada franqueza del Mein Kampf es obligatoria para cualquiera que examine el fenmeno nazi. El nazismo exalta explcitamente los conceptos de organicidad, de organizacin total, el principio totalitario. Y lo pone cientficamente en prctica. La prueba ms elocuente de ello esta representada en la lengua alemana, que fue a diferencia de la rusa- completamente reestructurada y modificada a fin de legitimar y expresar la realizacin total el dominio nazi (vase el n.110).

Tambin a la luz de esto ltimo, es cuanto menos singular que la Arendt se muestre poco segura para determinar en que aos haba en Alemania un verdadero rgimen totalitario: a veces sostiene que la Alemania de Hitler se convierte en un rgimen abiertamente totalitario solamente desde el estallido de la Segunda Guerra Mundial (despus de 1939); otras veces afirma que fue solamente durante la guerra y, precisamente despus de las conquistas en el este europeo. (desde 1941 y despus), cuando Alemania estuvo en condiciones de instaurar un rgimen verdaderamente totalitario; pero llega tambin a sostener que solo si Alemania hubiese ganado la guerra habra conocido un dominio totalitario completo (H.Arendt, La banalidad del mal, Feltrinelli, Milano, 2005, p.76; Los orgenes..., cit.,p.430). Si se llevan a sus ltimas consecuencias estas palabras , se puede concluir que no existi nunca un verdadero rgimen totalitario en la Alemania nazi!. Bonito resultado: la Arendt crea la categora de una forma de gobierno especfica e irreducible a cualquier otra, la aplica a dos regmenes, para despus descubrir que en el que representa el arquetipo de ella, tal categora no ser nunca realmente aplicable de modo pleno!.

La desaparicin de la economa en el totalitarismo de la Arendt

Tanto ruido para nada, podramos decir. Pero lo de la Arendt no fue trabajo perdido. Al menos en un sentido: con todos sus fallos e incongruencias. Los Orgenes del Totalitarismo fue un potente instrumento de propaganda anticomunista en los primeros aos cincuenta (no por casualidad la CIA subvencion generosamente la traduccin en varias lenguas). La categora del totalitarismo, de hecho, permita- y permite- conseguir varios importantes objetivos ideolgicos.

Uniendo nazismo y estalinismo se pierde la especificidad de la barbarie nazi, relativizndola y contrabalancendola con una barbarie, por as decirlo, igual y contraria a la vez (en los casos ms extremos, como el revisionismo histrico de Ernst Nolte, hasta nada menos verse tentado de hacer al totalitarismo comunista el culpable del surgimiento del nazi- justificando este ltimo en cuanto reaccin fisiolgica al primero). No es este, sin embargo, el ms importante servicio prestado por el concepto del totalitarismo. Lo es por el contrario representado por el considerar y clasificar al rgimen nazi en base a su forma poltica en vez de por su contenido econmico. De tal modo se olvida que el nazismo comparte con las democracias liberales (pre y post-nazis) el hecho de ser una economa capitalista. Este olvido vuelve casi inexplicable un fenmeno embarazoso como es la absoluta continuidad de las clases dirigentes econmicas (y en casos no marginales tambin polticas) entre la Alemania totalitaria y la democrtica Alemania occidental. Cosa que sera fcil de explicar, si se admitiese que la dictadura nazi era funcional al mantenimiento del orden econmico vigente (entonces y hoy) contra el peligro revolucionario. Incluso si la Arendt busca exorcizarlo, la relacin orgnica entre el gran capital alemn y el nazismo representa el verdadero hilo rojo de la parbola histrica de la Alemania hitleriana, desde sus albores hasta los campos de exterminio: como demuestran, entre otras cosas, las decenas de miles de prisioneros que trabajaban hasta la muerte para la I.G. Farben, para la Krupp, la Siemens, etc. El tema ha vuelto a los honores de las crnicas recientemente, en relacin a la causa presentada contra la BMW por algunos de los supervivientes de los campos de concentracin. No se trata de casos aislados. Cuando, hace algunos aos, se impide a la Degussa participar en los trabajos de construccin del monumento erigido en Berln en memoria del exterminio de los hebreos con motivo de su compromiso con el nazismo, hubo quin sugiri que, si este criterio se aplicase de forma inflexible, habran debido ser excluidas todas las empresas alemanas. Incluso insistir sobre la novedad radical del totalitarismo como forma de gobierno consiente olvidar o de cualquier modo poner decididamente en segundo plano- la continuidad econmica entre el rgimen nazi y las precedentes democracias liberales. Pero estas lneas de continuidad no son solamente econmicas. La misma Arendt individua en la edad del imperialismo un importante factor de incubacin del totalitarismo. Y documenta como ya los gobiernos democrticos de los Pases imperialistas justificaron con el racismo sus propias conquistas coloniales y realizaron, tambin, masacres masivas de las poblaciones indgenas. Recuerda que un funcionario britnico propone usar masacres administrativas para la solucin del problema en la India, y que en frica otros diligentes funcionarios (diligentes como Eichmann) declaraban que no se permitir que consideraciones ticas como los derechos humanos obstaculicen el dominio blanco. Y concluye: delante de las narices de todos estaban ya muchos de los elementos, que, mezclados, habran podido crear un gobierno totalitario sobre bases racistas.

Estaban incluso all sus instrumentos ms feroces: tampoco los campos de concentracin son una invencin totalitaria. Aparecieron por primera vez durante la guerra de los Bers, a principios del siglo XX, y continuaron siendo usados tanto en Sudfrica como en la India para los elementos indeseables; aqu encontramos por primera vez el trmino custodia protectora, que es en seguida adoptado por el Tercer Reich. Si esto es cierto, cul es la novedad del totalitarismo? En opinin de la Arendt, estara en el modo de utilizacin de los campos de concentracin esta novedad que consistira en el abandono de los motivos utilitarios y de los intereses de los gobernantes para entrar en el campo del todo es posible. Ausencia de medida, absolutismo: segn esta impostacin el totalitarismo es un novum propio en cuanto al mal radical, el mal absoluto, impune e imperdonable. De este modo, obviamente, cualquier investigacin de las causas, cualquier elemento de continuidad histrica con las democracias liberales pasa a un segundo plano: el totalitarismo nazi es comparable solo con si mismo o con su presunto doble representado por la Rusia estaliniana. De este modo se pierde simplemente la posibilidad de meter la nariz en la que ha sido definida como la fbrica europea del Holocausto. (cfr. Conversacin E.Traverso-I.Vantaggiato, Il Manifesto, 11.11.2005).

Absoluto, misterio, locura: en el mismo momento en el que hacemos uso de estas categoras, renunciamos a comprender. Cuando, en agosto pasado, Ratzinger defini el exterminio nazi de los hebreos como mysterium iniquitatis, con esto excluy la posibilidad de comprender cuanto ocurri, y de nombrar tanto a los cmplices como los motivos del exterminio. Al mismo resultado se llega cuando como hace la Arendt- se emplea la categora de locura como clave de lectura de cuanto sucedi (Los Orgenes del Totalitarismo cit...,pp 564-5).

Fase 2: nazismo=comunismo (Friedrich/Brzezinsky y otros)

A pesar de sus mritos ideolgicos, el totalitarismo arendtiano se convierte rpidamente en inservible. Despus de la muerte de Stalin, de hecho, en la Unin Sovitica se atenu y rpidamente vino a menos aquel terror que para la Arendt era la esencia del poder totalitario. Y, en efecto, la misma Arendt afirm sin medias tintas; despus de la muerte de Stalin no se puede definir a la URSS como totalitaria. Este anlisis estaba basado tambin en la ideologa, pero la idea de un dominio total fundado solamente sobre ella era ms bien poco plausible. Adems, en el texto de la Arendt haban otros elementos que se conciliaban mal con un anticomunismo absoluto: comenzando por la contraposicin entre Lenin y Stalin y por la afirmacin segn la cual una posible alternativa a Stalin hubiera sido la prosecucin de la Nueva Poltica Econmica (NEP) lanzada por Lenin (ibid, cap. LXXIII y 441-3). Servira cualquier cosa ms fuerte. Y lleg: en 1956, Carl J. Friedrich y Zbigniew Brzezinski ( si, el mismo) enviaron a la imprenta un nuevo libro sobre el tema, titulado Dictadura totalitaria y autocracia. En este volumen se agregaba, junto a los trazos caractersticos del totalitarismo, tambin el control y la direccin centralizada de la economa. Se consegua as el objetivo de incluir en el mbito de los regmenes totalitarios a la Rusia post-estaliniana, a la China comunista y a todos los pases del este europeo. (Esto, por otra parte, complicaba las cosas por cuanto respecta a la identificacin del rgimen nazi como totalitario, pero, obviamente, no era esta la principal preocupacin de los autores).

An as, el problema de la objetiva desaparicin del terror totalitario de la misma Unin Sovitica no era un problema de poco calado. A esto se puso remedio de un modo muy simple: atenuando la importancia del terror para el concepto de totalitarismo o sea cambiando las cartas sobre la mesa-. As, en la segunda edicin del volumen citado, a cargo en 1965 de Friedrich nicamente, se puede leer que en el totalitarismo maduro el terror que primero haba sido definido como el nervio vital del totalitarismo- est presente nicamente en la forma de un terror psquico y de un consenso general (sic!). y Brzezinski, que al principio consideraba el terror la caracterstica ms universal del totalitarismo, en un nuevo libro de 1962 llega a hablar de un totalitarismo voluntario (sic!) ( Ideologa y poder en la Unin Sovitica).

Contemporneamente, otros autores se encargaron de apretar el acelerador sobre el concepto de ideologa totalitaria, ampliando su alcance. As, Talmon, en su Los orgenes de la democracia totalitaria, denuncia como totalitaria la misma idea de un sistema autnomo del cual haya sido eliminado cualquier mal y cualquier infelicidad; dicho en trminos sencillos: la idea misma de una sociedad sin clases es una aspiracin totalitaria. Ya la Arendt haba confirmado que el mal radical nace cuando se espera un bien radical. Otro politlogo americano, W.H. Morris Jones, en 1954 escribe un ensayo En defensa de la apata, en el que sostiene que la apata ejercita un efecto benfico sobre el tono de la vida poltica; por el contrario, muchas de las ideas conectadas con el tema general del deber del voto pertenecen propiamente al campo totalitario () y estn fuera de lugar en el vocabulario de una democracia liberal.

Si estas posiciones aparecen explcitamente inspiradas desde posiciones polticas de derecha, lo mismo no se puede decir de un variado y sucesivo filn de cazadores de los totalitarismos: se trata de tericos del post-modernismo. Los cuales, a partir de Jean-Francois Lyotard, han puesto bajo tiro los grandes relatos, o sea, las teoras de la historia, y en particular de la historia como emancipacin progresiva de la humanidad. En este caso el sueo totalitario estara representado por la idea misma de poder dar una lectura racional y global de los eventos histricos: cosa que desembocara en un modelo totalizante y en sus efectos totalitarios, bajo el nombre mismo del marxismo, en los pases comunistas.

Fase 3: totalitarismo=comunismo

Con el colapso de la URSS y la cada del Muro de Berln sucede lo increble: el Totalitarismo sovitico, este horrible Leviatn del siglo XX, implosiona sin el ms mnimo derramamiento de sangre (bastante ms cruentos fueron poco despus los conflictos tnicos que estallaron en todo el este europeo en disgregacin). La presunta terribilidad demonaca del totalitarismo comunista muta en una pattica farsa, bien simbolizada en el golpe de estado-farsa del verano de 1991 en Rusia (el democrtico Yeltsin, por el contrario, muy pronto, no dudar en tomar a caonazos el parlamento). Si esperbamos reflexiones equilibradas sobre estos argumentos. Sucede lo contrario. Ahora no solo la historia entera de los pases comunistas esta comprendida bajo la categora de totalitarismo, sino que el campo semntico de este concepto se amplia sin ningn respeto no digamos del sentido histrico, sino incluso del sentido del ridculo. Esto se concreta incluyendo literalmente a todo: al movimiento comunista al completo, a la misma Revolucin Francesa (el Terror, caramba!); a los estados sobrevivientes del difunto bloque socialista, a los movimientos de liberacin del Tercer Mundo que luchan contra la privatizacin de los recursos bsicos de sus respectivos pases, y a muchos ms.

Segn esta concepcin ampliada del concepto, tendencias totalitarias nutren incluso inconscientemente a cualquiera que luche por formas de regulacin de la economa distintas del modelo liberal de la zorra libre en el gallinero libre; el mismo modelo europeo de welfare (a partir de la llamada economa social de mercado inventada por la CDU alemana) se convierte en sospechoso; nada que hacer, la peste del azufre bolchevique tambin le afecta. Y sueos totalitarios cultiva tambin cualquiera que crea posible comprender las dinmicas histricas con el auxilio de la razn, quin estudia la filosofa sistemtica sin aburrirle, quin defiende los progresos de la ciencia y de la razn (ya el hecho de adoptar este ltimo trmino en singular, denuncia sin equvoco la mentalidad intolerante y policial de quin no la usa). Con un singular vuelco de perspectiva, aquel irracionalismo que haba representado el frtil humus del nazismo, es el que hoy se quiere repintar como denuncia de los lmites de la razn, y es, adems, considerado expresin de una mentalidad post-moderna, abierta y tolerante. Con ello vuelven a encontrarse, malamente embellecidos, todos los elementos de la ideologa nazi; racismo (conciencia de la propia identidad tnica), xenofobia (orgullo y autodefensa de Occidente), mitos de sangre y territorio (apego a las races propias); y, sobre todo, el anticomunismo visceral: que hoy asume precisamente el rostro democrtico de la firme denuncia de la ideologa totalitaria.

Estamos en la tercera fase de la poco edificante historia del concepto de totalitarismo: ahora este designa en primer lugar, si no exclusivamente, el comunismo. Se intenta hacer tomar al comunismo el puesto ocupado en el imaginario colectivo por el nazismo como arquetipo del poder totalitario. La misma denuncia, aparentemente salomnica, de los totalitarismos del siglo XX, sirve en realidad para golpear al comunismo, mientras que la execracin que circunda el nazismo se hace cada vez ms genrica y ritual. Y para distinguir netamente entre ambos al fascismo italiano (adems de al hngaro, al rumano, al estonio, al letn, al lituano, al portugus, al espaol, al griego..), es benvolamente considerado como un banal autoritarismo, no se sabe si ms bondadoso o chapucero. Singular irona de la historia, si se piensa que Mussolini vea la novedad histrica del fascismo en la capacidad de guiar totalitariamente la nacin y adoptaba con mucho gusto la expresin de estado totalitario adems del gas en Africa, y el tribunal especial y las leyes raciales en Italia......(cfr. Gentile, B.Mussolini, Fascismo, en Enciclopedia Italiana (1932)).

El documento ms significativo de esta fase es el proyecto de resolucin sobre la Necesidad de una condena internacional de los crmenes del comunismo presentado en el 2005 al Consejo de Europa. En este singular documento el termino comunista es acompaado regularmente del apelativo de totalitario (la formulacin preferida es regmenes comunistas totalitarios, que en la citada mocin aparece 24 veces); el nazismo es presentado, de pasada, como otro rgimen totalitario del siglo XX. En este texto digamos un poco confuso- se afirma, a propsito del mismo Consejo de Europa, que la tutela de los derechos del hombre y el Estado de derecho son los valores fundamentales que defiende este organismo; y como confirmacin de esto, se deplora que los partidos comunistas sean legales y an activos en algunos pases. Se espera que la propia posicin anime a los historiadores del mundo entero a establecer y verificar objetivamente el desarrollo de los hechos; luego, para animar la libertad de investigacin y de enseanza, se pide, la revisin de los manuales escolares. Pero que motiva la necesidad de este pronunciamiento?. Junto a los motivos declarados (decididamente paradjico aquel de favorecer la reconciliacin) se revelan alguno de los verdaderos: parecera que un cierto tipo de nostalgia del comunismo est todava presente en algunos pases, por lo que existe el peligro de que los comunistas retomen el poder en uno u otro de estos pases; y, sobre todo: elementos de la ideologa comunista, como la igualdad o la justicia social, continan seduciendo a numerosos miembros de la clase poltica. Henos aqu ante la respuesta: insatisfaccin por el presente estado de cosas y aspiracin a la igualdad y a la justicia social. Los verdaderos enemigos de los cazadores de comunistas totalitarios son estos. Hoy igual que ayer. Ayer con la excusa de los regmenes comunistas existentes, hoy con la excusa de que los regmenes comunistas ya no existen.

Un concepto sin objeto y el Enemigo entre nosotros.

Pero obviamente, el hecho de que el sistema de los regmenes comunistas no exista no es irrelevante tampoco para el fin de la suerte del concepto de totalitarismo. El hecho de haber perdido el propio objeto no es cosa balad: ahora al concepto de totalitarismo le falta un referente. Para un concepto sin objeto la vida no es fcil. Para no quedar desocupado est obligado a buscrselo. Es tambin cierto que la ampliacin semntica del trmino, en su tiempo efectuada en funcin de la necesidad anticomunista, facilita la bsqueda de objetos sustitutivos. Ahora totalitario es todo y lo contrario de todo: vivimos bajo el yugo del totalitarismo publicitario, pero es totalitaria, tambin, la prohibicin de la publicidad del tabaco. Es totalitaria la represin sexual de los islmicos wahabbitas, pero no es menos insidioso el totalitarismo del gozo impuesto por las sociedades capitalistas occidentales a los individuos atomizados. Aqu, sin embargo, surge un problema: cuando un concepto significa todo, no significa en realidad nada. La perdida de cualquier anclaje semntico significa la muerte de un concepto. Y esta es probablemente la suerte que tarde o temprano esperar al totalitarismo.

De momento, sin embargo, un residuo de significado le queda adherido, es el incubo del dominio total. El incubo del poder sin obstculos, de la violencia salvaje pero organizada, del lenguaje al servicio del poder que altera y vuelve del revs la realidad, cancelando cualquier distincin entre verdadero y falso. Aqu reside la perdurable eficacia propagandstica del concepto. Pero aqu, irnicamente, el totalitarismo puede rendir un importante servicio: el de ayudar a nombrar a los sntomas del dominio total de nuestro mundo. Veamos.

La violencia salvaje pero organizada tpica del poder totalitario deja sus huellas inconfundibles en el actual lenguaje de los Seores de la Guerra estadounidenses. Que encuentran una expresin emblemtica en las palabras de aquel neoconservador norteamericano que en la vspera del ataque lanzado por las tropas estadounidenses contra Fallujah_ colocaba el objetivo de Destrozar Fallujah en el primer puesto de un programa poltico; el hecho de que lo hiciese en un artculo titulado: Valores para todo el mundo no es solo un tributo al humor negro, sino un indicador: que seala la adopcin de un lenguaje que, como ya hizo el de los nazis, invierte sistemticamente el significado de los trminos (cfr. F.Gaffney, artculo de la National Review, noviembre 2004). Cuando ms tarde a toro pasado- el general de los marines John Sattler afirm que la ofensiva contra Fallujah ha partido los riones a los insurrectos, no de modo casual utiliz exactamente las mismas palabras pronunciadas por Mussolini a propsito de Grecia: He aqu un buen ejemplo de invariante totalitaria ( que no auspicia nada nuevo).

Vayamos pues, al lenguaje sometido al poder. El texto clsico a este propsito es el violento panfleto anticomunista 1984, (Mondadori, Miln 2005) escrito por el periodista ingls George Orwell y publicado en 1949 (tambin en este caso con conspicua financiacin de la CIA; por lo dems, el mismo Orwell era un espa ingls). Como ha puesto de relieve Mara Turchetto, si releemos 1984 hoy, la encontraremos de sorprendente actualidad. Cierto, hoy no existe un Ministerio de la Verdad como el de la Oceana de Orwell. Podemos, sin embargo, consolarnos con el Subsecretariado para la democracia y los asuntos globales del Departamento de Estado de los Estados Unidos. En Oceana el enemigo contingente encarnaba siempre el mal absoluto: consegua que cualquier acuerdo con el fuera imposible, tanto en el pasado como en el futuro. Y eso es lo que ha acontecido con Bin Laden y despus con Saddam: ambos al principio ptimos aliados y despus Enemigos Absolutos de Occidente. Fue esta circunstancia la que hizo que las pasadas alianzas con ellos fueran ocultadas, negadas y desmentidas. Desde este punto de vista, tambin la mutabilidad del pasado de Orwell est ya entre nosotros. No menos presente est el doble pensar: el slogan orweliano segn el cual la guerra es la paz este es uno de los eslganes fundamentales de Bush a propsito de la agresin a Iraq; en su pequeo papel, tambin Fini, cuando ha afirmado que los soldados italianos en Iraq han muerto por la paz, ha dado muestras de haberlo asimilado bien. Adems: en Orwell el slogan del partido recita textualmente: quin controla el pasado, controla el futuro. Quin controla el presente controla el pasado. Quin albergase dudas sobre la aplicabilidad de este slogan a nuestro presente puede ser calurosamente reenviado a las polmicas revisionistas sobre la Resistencia.

Ciertamente, se ha dicho tambin, que las masas en el libro de Orwell eran controladas con instrumentos muy distintos de los que se usan en nuestros das. Baste pensar que en el Ministerio de la Verdad una cadena completa de departamentos autnomos se ocupaba de la literatura, msica, teatro, y diversiones de todo gnero para el proletariado. All se producan peridicos-basura que contenan solo deporte, sucesos de crnica negra, horscopos, novelitas rosa, pelculas llenas de sexo y cancioncillas sentimentales todas iguales- compuestas por una especie de caleidoscopio llamado versificador. No faltaba una subseccin entera, dedicada a la produccin de material pornogrfico de la especie ms nfima. En lneas generales, los proletarios descritos por Orwell no lo pasaban mucho peor que los nuestros: de hecho el trabajo pesado, el cuidado de la casa y de los nios, las ftiles disputas con los vecinos, el cine, el ftbol, la cerveza y sobre todo las apuestas, limitaban su horizonte. Adems los proletarios a los cuales la poltica no interesaba gran cosa, caan peridicamente a merced de ataques de patriotismo, generados por las bombas que caan sobre la ciudad; tampoco faltaba quin consideraba aunque se trataba de una obvia absurdez- que era el mismo gobierno el que lanzaba esta bombas para mantener a la gente en el miedo (pp. 29,37, 46-7, 76,156, 160).

El tema de la mentira del enemigo externo es una clsico de la literatura antitotalitaria, de Orwell en adelante. El bigrafo de Hitler, Joachim Fest., ha afirmado recientemente ( a cerca de la Rusia de Stalin) que un rgimen totalitario necesita siempre de un enemigo. Sobre el uso de imaginarias conjuras mundiales como instrumento de movilizacin y de consenso para los regmenes totalitarios haba insistido tambin Hannah Arendt. De un modo ms general, el tema de la mentira en poltica la continu interesando tambin despus de su obra sobre el totalitarismo. Y la impuls hacia un ulterior paso, de el cual quizs no entendi lo que implicaba. En Los Orgenes del Totalitarismo haba examinado como los regmenes totalitarios se arriesgan a sustituir, a travs de la mentira sistemtica, un verdadero y propio mundo ficticio por el real. En obras sucesivas examin el papel de la poltica de imgenes, con referencia en particular a la de los Estados Unidos en relacin a la guerra de Vietnam: la imagen, construida arteramente por los mass media, es devuelta a la opinin pblica de un pas y opera como un sustituto de la realidad; gracias a la potencia de los medios de comunicacin de masas, esa imagen puede recibir ms legitimidad, por resultar mucho ms visible, (o sea ms real) que la realidad a la que pretende sustituir. (cfr. Los orgenes....,cit..., pp. 519-520, 597ss.; Poltica y mentira, Sugarco, Miln 1985, p.98).

Ahora, es evidente que entre esta sustitucin de la realidad y la que tiene lugar en los regmenes totalitarios no subsiste ninguna diferencia estructural (se trata, como mximo, de una diferencia de grado: si el control de los medios de comunicacin no es completo la operacin de sustitucin puede fracasar, o no ser conseguida completamente). Tambin por esta va, por tanto, salta el esquema de la irreductibilidad de los fenmenos totalitarios.

En este punto, cualquiera que piense en la cortina de humo de mentiras y despistes levantadascon la activa complicidad de los medias- por los Estados Unidos y por sus voluntariosos aliados antes y durante la agresin a Iraq, difcilmente se podr rechazar con desdeo la mordaz definicin que el socilogo americano Sheldon Wolin ha dado de los Estados Unidos: Totalitarismo invertido un totalitarismo de hecho, cubierto con un lenguaje democrtico. A esta definicin se podra si acaso objetar que, estrictamente, el lenguaje de cobertura democrtica representa una ulterior caracterstica totalitaria. Con todo esto, estara fuera de juego quin indentificase en un estado aunque sea un sper-estado en plena deriva autoritaria como los Estados Unidos- el nuevo sujeto del dominio total. El poder sin obstculos hoy reside en otro lugar. Sobre esto es tiempo de romper decididamente con las elaboraciones del siglo XX sobre el poder (incluida la de Foucault), todas ellas hipnotizadas por el estado. El poder sin obstculos, al menos tendencialmente, y el ms denso ahora de hecho, es hoy el de las grandes empresas monopolistas transnacionales: las corporaciones. Son ellas las que representan hoy la institucin totalitaria por excelencia. Tanto hacia el interior como hacia el exterior. En el interior la tendencia al dominio total se expresa en el autoritarismo, en el control cada vez ms total sobre los tiempos y los procesos del trabajo. En lo externo se traduce ahora no tanto en la persuasin publicitaria, sino directamente en la construccin del individuo-consumidor (en las tiendas de una cadena de supermercados norteamericana que vende juguetes los nios empujan minsculos carritos con el siguiente cartel: Cliente de ToysR Us en adiestramiento); y tambin en la ms completa subordinacin de cualquier instancia social, cultural y ambiental al beneficio de la empresa. Son especialmente las empresas transnacionales las que evidencian con claridad todas juntas estas caractersticas totalitarias. Tomemos Wal-Mart, la cadena mundial de supermercados radicada en los Estados Unidos.

Solamente en los ltimos meses, en el frente interno, ha emergido lo sigue: prohibicin de la actividad sindical en los supermercados del grupo, miles de infracciones a la normativa del trabajo, discriminaciones en los conflictos con las mujeres trabajadoras, explotacin de los inmigrantes clandestinos, explotacin de las minoras (y borrn y cuenta nueva sobre el asunto gracias a un acuerdo secreto con el ministerio de trabajo de Estados Unidos), horas extraordinarias no pagadas, propuesta de introducir pruebas fsicas tambin para los cajeros (para seleccionar empleados con buena salud), prohibicin del flirteo en el lugar de trabajo. En el frente externo, el poder del monopolio de Wal-Mart, que puede, por medio de este, fijar los precios pagados a los proveedores, y que es la causa del hundimiento de numerosas empresas proveedoras, y tambin causa de los bajos salarios en China (el 10% de las importaciones Chinas en USA, igual a 12 millardos de dlares, estn dirigidas a sus supermercados); por cuanto se refiere al respeto de las tradiciones culturales, ha desatado escndalo la construccin de un supermercado en el mismo centro de la zona arqueolgica de Teotihuacan en Mjico (donde Wal-Mart tiene ya 657 supermercados).

Las grandes corporaciones son hoy el verdadero lugar de origen, y el verdadero sujeto del dominio total. En espera de que los cazadores de totalitarismos se den cuenta de ello, muchos escritores ya lo han hecho. En los ltimos aos han aparecido diversas obras sobre este tema: entre otras 99 Francos de F.Beigbeder, Profit de R.Morgan, Globalia de J.C. Rufin, Logoland de M.Barry, o El Capital de S.Osmont. En una recensin colectiva de algunos de estos libros, aparecida en el por encima de toda sospechos Handelsblatt, se lee entre otras cosas: Estos libros estn unidos por una visin horripilante de la realidad. La poltica ha abdicado. El puesto del estado ha sido sustituido por el de las grandes multinacionales, tan inexorable como totalitario.

Y en las grandes corporaciones es donde hoy se encarna ese poder total del capital del cual Horkheimer y Adorno hablaban en una famosa pgina de la Dialctica del Iluminismo (Einaudi, Turn 1966, p.126). La criminalizacin, con la acusacin de totalitarismo, de las posiciones de crtica social y de las relaciones de propiedad sirve justamente para reforzar y perpetuar este poder.

Traduccin de Carlos Gutirrez.



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