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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 31-07-2004

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Osvaldo Bayer
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S, fue un verano europeo como el que se est viviendo ahora: lluvia fresca todos los das en el imparable verde que crece. Y el sol de a ratos para que no lo olvidemos. Bien, s, as fue en 1914, el da que comenz la Primera Guerra europea; bien, s, as fue el da de 1939 en que comenz la Segunda Guerra europea, apenas veinte aos despus de terminada aqulla, en 1918. Las interpretaciones de hoy de filsofos, de historiadores, de politlogos no es otra que: inexplicable. La humanidad se volvi loca? O el ser humano es loco de por s al llenarse la cabeza con trminos como herosmo, la sagrada patria, el honor del pueblo? Y marcharon hacia la muerte.

Hoy ya es totalmente incomprensible. No hay ninguna ciencia que lo pueda explicar. Ni todas las variedades de la psicologa, ni todas las ilusiones de la literatura. Basta esta muestra que no tiene explicacin ninguna: en el osario comn del cementerio de Verdn se hallan los huesos de 128.000 o 130.000 (es lo mismo) soldados muertos en esa batalla que nunca pudieron ser reconocidos. Vamos a repetir: 128.000. Vamos a contarlos uno por uno. Son los no reconocidos. Es decir, que salieron cantando desde sus ciudades, contentos con sus uniformes, con flores que les daban sus mujeres y llegaron hasta Verdn y ah despus de ser despanzurrados por los bayonetazos, o por las bombas o por las balas de ametralladora murieron en las trincheras llenas de mierda, es el ltimo perfume que sintieron pese a que los campos estaban llenos de flores silvestres. Millones de mujeres tuvieron hijos para que despus los mandaran al lugar donde moriran y jams se los reconocera. Hasta perdieron el nombre. Los borraron por completo. Mientras las iglesias repicaban campanas, los intelectuales lean poesas encendidas de patriotismo, las mujeres trabajaban todo el da en las fbricas de armas y tenan nuevos hijos para nuevas guerras.

Los intelectuales! En toda Europa fueron de pronto los patriotas ms encendidos. En Alemania llamaron a la guerra nada menos que Hermann Hesse, Thomas Mann, Rainer Mara Rilke, Hugo von Hoffmannstal, Arnold Zweig, Oskar Kokoschka, Franz Marc, Otto Dix, Alfred Dblin, Gerhard Hauptmann. Mientras tanto iban a morir en esa batalla de Verdn 335.000 alemanes y 350.000 franceses. Lo repetimos? Ni uno ms ni uno menos. Por qu? Porque como dice Hermann Hesse en su poesa El poeta a los guerreros: Vosotros, los que estis all en el frente, en las batallas, sois mis hermanos, amados por m. S, Hermann Hesse, el que lemos todos. Y Thomas Mann exiga que en la guerra, los deberes del intelectual en la guerra son: La explicacin, la santificacin y la profundizacin de los sucesos guerreros. Todo para que los soldados murieran en la mierda. Pero donde ya se llega al disparate: 93 intelectuales, cientficos, artistas, entre ellos Max Planck, Max Reinhardt, Wilhelm Rntgen, Gerhard Hauptmann, etc., escribieron el Llamado al mundo de la cultura: creednos, creed que nosotros llevaremos esta lucha hasta el final como un pueblo cultural, para el cual es tan santa la herencia de un Goe- the, un Beethoven, y un Kant como respeto al hogar y al paisaje patrio. Aqu estamos nosotros con nuestro nombre y nuestro honor.

El historiador Michael Jrgs ha descrito en su trabajo Los poetas y la guerra la posicin de Ernst Jnger (llamado por algunos el Borges alemn, mientras que otros sealaban que Borges era el Jnger argentino). En su libro Tormenta de acero, Jnger describe su posicin en esa guerra: Nosotros habamos abandonado los claustros, las aulas y los talleres y nos habamos fundido en un cuerpo grande, entusiasta. Crecimos en una poca de seguridad, sentimos de pronto la necesidad de lo extraordinario, del gran peligro. Nos haba abrazado la guerra como un xtasis. La guerra deba brindarnos la grandeza, la fuerza, lo solemne. Nos pareci un hecho varonil, una especie de fiesta de caza en un prado con flores regadas con roco de sangre. Ninguna muerte es ms hermosa en este mundo.

S, pero al recibir el bayonetazo en el vientre, el joven soldado de 18 aos no reciba ninguna flor ni ningn roco. Slo la diarrea que brotaba de sus intestinos destrozados. Tampoco el fabricante de caones, fusiles y ametralladoras reciba ni roco ni flores pero s una buena suma de billetes en su banco preferido. Poesa y ganancias; muerte y negocio; herosmo y las bajezas ms irrisorias de la vida de polticos, y militares e industriales blicos.

Pero lo ms pattico es que veinte aos despus de los millones de jvenes asesinados en los campos de batalla comenzaba una nueva guerra, aun ms perversa, con bombardeos que borraban las ciudades. Ahora s, el fuego y la sangre y la mierda llegaban a la casa de cada hogar, tambin en la de Ernst Jnger, sin margaritas ni rocos.

Europa, en silencio, y con horror recuerda en agosto los noventa aos de la iniciacin de esa guerra sucia, perversa, cobarde, cruel: el que tiene mejor arma, gana. Cuando hoy se habla del tema hay vergenza, no hay explicacin posible. Los que ganaron y los que perdieron. Las que siempre han perdido son las mujeres: esas marchas con los nios sedientos y hambrientos, esas ciudades con todo en el suelo, esas ciudades que debieron reconstruirlas ellas. La brutalidad, la violacin, la vergenza hasta el hartazgo. Nada se aprendi. Vino la terrible representacin de Hitler. Ahora empez el Otro a imitar. Primero esa figura histrinica del Kaiser con el penacho de plumas y 155 medallas en el pecho y ahora este cowboy de saln de lustrar bombardeando ciudades y matando cada vez ms nios.

Y la pregunta que cabe y alguien tiene que hacerla: y qu hicieron las mujeres, por qu aguantaron toda la estupidez y estolidez de los hombres. Ms todava, ahora ya se las empieza a usar vistindolas de soldados y ensendoles tambin a torturar.

Tal vez ellas hubieran hecho posible o todava pueden hacer posible aquel sueo de la paz eterna. Formando unas Naciones Unidas de Mujeres que se opusieran a toda accin blica. En peligro de guerra, las bases se prepararan para decir no en las calles, sin grandes dificultades, en especial cuando comienza el llamado a los hijos a la movilizacin.
Esas Naciones Unidas de Mujeres seran convocadas por obligacin por las Naciones Unidas actuantes. Y ah se vera quin tiene ms fuerza. Lo hemos visto ltimamente en Europa cmo reaccion la poblacin de diversos pases que sali a la calle y cubri el cemento. Esa gente en la calle decidi la neutralidad de Alemania y de Francia. Ante el cuatrero internacional no hay otro mtodo. Hay que cortarle la mano larga.

La sociloga alemana Ulrike Brunotte ha investigado en su libro Entre Eros y Guerra. Las uniones de hombres y su ritual el porqu del atractivo que ejerce la guerra y el llamado al combate entre los hombres. Presenta a la guerra como una experiencia deseada por la comunidad masculina de las ligas de la sociedad de hombres. Es para ellos un acontecimiento delirante, como un ritual mortuorio mstico sin regreso. E investiga toda la literatura que conceba la guerra como la experiencia mxima de la masculinidad... La literatura y todas las asociaciones que enseaban la vida dura, la aventura, los cnticos hacia la nada. Comentando este libro, Angela Gutzeit se pregunta por qu al comenzar el siglo veinte se desarroll una imagen del Hombre que en una reflexin propia rechazaba con asco, con disgusto todo lo femenino, todo lo que fuera mezcla y democrtico; para presentarse como ideal todo aquello claro como el cristal, el hroe masculino. Y dice la autora del libro que en la actualidad ha comenzado lo estlido propio de la masculinidad que est ganando en estabilidad en la poltica y en las actividades militares. Es justamente la prdida de la Primera Guerra Mundial y el movimiento nazi que haba unido entonces este culto de la amistad masculina que har despreciar profundamente la democracia, el judasmo y el feminismo. Con la prdida de la segunda guerra se perdi todo eso, pero ahora con la autoescenificacin de George W. Bush est comenzando a penetrar algo de la unin masculina ante el terrorismo de otra religin y la guerra no definida con el mundo rabe.

Es importante el estudio que hacen mujeres sobre este aspecto insoslayable del hombre y el tratar de explicarse el porqu lo atractivo irracional de la marcha indefinida del ser militar. Pero claro, pese a ese tratar de dejar al desnudo la agresin y la misin hay que seguir de cerca tambin el otro aspecto que ha movido siempre profundamente a todas las guerras: los intereses econmicos y la agresividad de los grandes pases dispuestos siempre a ensear su moral a los pases sometidos por el sistema mundial del comercio.

Los huesos de ciento treinta mil soldados de la Primera Guerra muertos en Verdn se amontonan sin nombre en ese cementerio. No pudieron ser reconocidos. Son huesos humanos annimos. Se tendra que crear el da del soldado muerto no reconocido y respetarlo en todo el mundo. Ese es siempre el resultado final de la guerra. Tendra que marchar una columna por las calles de Washington para que le recuerden a Bush que todava no se sabe el nombre de los soldados muertos en Verdn. Y l sigue tirando cohetes. El olvido total, la humillacin eterna del ser humano. Los soldados muertos que mataron la estupidez humana y la avaricia de los del poder no estn registrados.



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