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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 15-03-2006

Adis a Milosevic?

Carlos Taibo
El Pas


Aunque casi todos marcados por el repudio, pocos personajes de la historia contempornea han suscitado tantas controversias como Slobodan Milosevic. Nada en los primeros decenios de la vida de nuestro hombre lo preparaba, sin embargo, para tal condicin: no olvidemos que, al cabo, y dejadas atrs algunas insorteables tragedias familiares, Milosevic creci como un oscuro y srdido tecncrata que medr poco a poco en el sistema bancario de la yugoslava repblica de Serbia.

Segn todos los relatos, fue una visita azarosa a Kosovo lo que imprimi, en 1986, un giro radical a la vida de Milosevic. Al escuchar los gritos enardecidos de los serbios locales, inmersos ya en una tormentosa y redentora cruzada, nuestro hombre vislumbr, como Pablo camino de Damasco, lo que estaba a punto de enderezar su vida. De manera fulgurante, ascendi los peldaos que le quedaban en la Liga de los Comunistas de Serbia y abraz un discurso nacionalista cuyo sentido de fondo no era difcil perfilar: con innegable talento estratgico, Milosevic se percat de que la preservacin de la condicin de privilegio del grupo humano dirigente en Serbia reclamaba tirar por la borda la mercanca que hasta entonces aqul haba intentado malvender -un comunismo trufado de prosaicas realidades-, en provecho de una buena nueva nacionalista que pronto deba abrirse paso a los ojos de la poblacin. Agreguemos, eso s, que pese a lo que rezan algunas interpretaciones simplotas, en el Milosevic que naca no se vislumbraba ninguna huella de un Tito que haba fallecido unos aos antes: el hombre fuerte que emerga en Serbia era, antes bien, y por antonomasia, un anti-Tito que no ocultaba su designio de contestar agriamente la construccin federal ideada por el mariscal en 1945. La idea de que, a partir de 1986, Milosevic pele denodadamente por preservar el maltrecho Estado yugoslavo es, por cierto, una candorosa supersticin.

No nos engaemos, con todo, en lo que respecta a la sinceridad de la adhesin nacionalista de Milosevic, quien abraz el credo correspondiente en virtud de un coyuntural e interesado giro encaminado -como acabamos de sugerir- a volcar un puado de monsergas en provecho de los intereses del grupo humano dirigente en Serbia. Tampoco gustaba Milosevic de ocultar su desdn hacia quienes, a su alrededor, s que beban en el manantial de un nacionalismo esencialista. Cuentan las crnicas que, cuando se negoci el Acuerdo de Dayton, en el otoo de 1995, en la base norteamericana no faltaron las disputas entre Milosevic y el primer ministro bosnio, Haris Silajdzic, granado defensor de la multietnicidad en su repblica. Sabedor el primero del deseo del segundo en el sentido de trazar por determinado lugar la lnea de frontera entre las dos entidades que deba determinar el acuerdo, al conocer que el motivo de fondo del bosnio no era otro que dejar de su lado una localidad en la que se hallaba una antiqusima mezquita, irrumpi en risas no exentas de sarcasmo y explic que con toda certeza el templo en cuestin haba sido dinamitado por Karadzic y compaa, esos salvajes serbios a los que, a buen seguro, despreciaba. No hay motivo para dudar de que, cuando el propio Milosevic escuchaba, a finales del decenio de 1990, las letanas que remitan al ensimo aniversario de la batalla de Kosovo Polje -la derrota militar de la que surgi en 1389, segn la vulgata al uso, Serbia-, aqullas le entraban por un odo y le salan por el otro.

En su condicin de adherente provisional, e interesado, a un discurso nacionalista, Milosevic fue muy diferente de quien, por lo dems, acab siendo su hermano gemelo, en tantos terrenos, en la vecina Croacia: Franjo Tudjman. Pese a la impresentable morosidad con que actu el Tribunal de La Haya cuando se trat de examinar las responsabilidades del croata -y cuando lleg el momento de hacer otro tanto con los bombardeos realizados por la OTAN en 1999-, ni en el caso de Milosevic ni en el de Tudjman hay mayores motivos para dudar del papel central que desempearon en la ejecucin de un sinfn de crmenes de guerra. De poco consuelo es al respecto que el derrotero espacial y cronolgico de la desintegracin de Yugoslavia colocase de cajn a Milosevic, un irrepetible maestro del regate corto mil veces legitimado por los pases occidentales, en un papel prominente: al fin y al cabo, fue el recin fallecido quien, entre 1986 y 1991, acometi un decidido y planificado proceso de dinamitado del Estado federal, al que pronto siguieron una franca opcin en provecho del empleo de la fuerza en todos los rdenes e interesados movimientos del lado de las potencias forneas. Apenas pueden rebajarse sus culpas de resultas del hecho incontestable de que no siempre los aliados de Milosevic en Croacia y en Bosnia operaron en estricta subordinacin a las rdenes que llegaban, por lo que parece con enorme frialdad y asepsia, de Belgrado. Tampoco es de excesivo consuelo la certificacin de que el dirigente serbio, imbuido de un irrefrenable egocentrismo, en modo alguno se sintiese consternado por los pasos dados en las dos repblicas mencionadas y, ms tarde, en Kosovo.

Si alguien se pregunta, en suma, cul fue, una vez podadas las ramas que impiden la visin del fondo, la querencia mayor de Slobodan Milosevic -aqulla a la que se supedit un puado de espasmos criminales-, habr que responder que no fue otra que la preservacin de un feudo de capitalismo mafioso en la Serbia de finales del siglo XX. En la construccin del chiringuito correspondiente no falt, dicho sea de paso, y aunque a menudo se olvide, una inmoral privatizacin de la economa pblica en provecho de algunos de los familiares ms cercanos de nuestro hombre. Para bien o para mal -ms para lo segundo que para lo primero-, sta es la imagen principal que Milosevic deja a los ojos de la mayora de sus compatriotas. Y es que, cuando uno pregunta en Belgrado al respecto, lo comn es que las gentes muestren un sonoro desprecio por un dirigente al que tildan de corrupto e inmoral, fro y distante. Si en algn caso excepcional se escucha la concesiva aseveracin de que emplaz a Serbia en guerras poco afortunadas -todos los contendientes se habran comportado en ellas de la misma manera-, es muy raro, rarsimo, que el ciudadano de a pie se avenga a reconocer la responsabilidad decisiva de Milosevic en atroces hechos de sangre verificados en los pases vecinos. Aun en estas horas, hemos tenido que escuchar cmo el ministro de Asuntos Exteriores de Serbia y Montenegro, el inefable Vuk Draskovic, ha tenido a bien glosar lo criminal que Milosevic result ser con sus propios conciudadanos... Para qu prestar odos a lo que ocurri en Croacia primero, en Bosnia despus y en Kosovo ms tarde?

El legado ms ttrico que nuestro hombre ha venido a dejar no es sino se: el de una sociedad que, al calificar de corrupto a quien, por encima de todo, fue un criminal, prefiere seguir viviendo con sus fantasmas. A Milosevic lo aorarn, entre nosotros, algunas gentes que tres lustros atrs prefirieron cerrar los ojos ante lo que ocurra en Yugoslavia; poco importa. Ms debera inquietarnos que menudeen en Belgrado, en Zagreb y en tantos otros lugares de los Balcanes occidentales quienes, detractores o amigos, esencialistas o espabilados, siguen bebiendo en las fuentes -parafernalias victimistas, salvajes capitalismos y pulqurrimos intereses forneos- en las que bebi, en los 15 ltimos aos del siglo XX, Slobodan Milosevic.

 



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