Palabras de Eduardo Galeano en el velatorio de Ubagessner Chávez Sosa (primer detenido-desaparecido aparecido)
Abracadabra
"Aquí no hay desaparecidos" fue, durante treinta años, la versión oficial en el Uruguay.
Ahora
empiezan a aparecer. Muertos en la tortura, enterrados en los
cuarteles. En el sepelio del primero de ellos, que el 14 de marzo
congregó a una multitud en las calles de Montevideo, habló Eduardo
Galeano.
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Cada 14 de marzo, las uruguayas y los uruguayos que fueron presas y presos de la dictadura, celebran el Día del Liberado.
Es algo más que una coincidencia.
Los
desaparecidos que están empezando a aparecer, Ubagesner Chaves,
Fernando Miranda, nos llaman a luchar por la liberación de la memoria,
que sigue presa.
Nuestro país quiere dejar de ser un santuario
de la impunidad, impunidad de los asesinos, impunidad de los ladrones,
impunidad de los mentirosos, y en esa dirección estamos dando, por fin,
después de tantos años, los primeros pasos.
Éste no es un fin
de camino. Es un inicio. Mucho costó, pero estamos empezando el duro y
necesario recorrido de la liberación de la memoria en un país que
parecía condenado a pena de amnesia perpetua.
Todos los que
aquí estamos, compartimos la esperanza de que más temprano que tarde
habrá memoria y habrá justicia, porque la historia enseña que la
memoria puede sobrevivir porfiadamente a todas sus prisiones y enseña
que la justicia puede ser más fuerte que el miedo, cuando la gente la
ayuda.
Dignidad de la memoria, memoria de la dignidad.
En
el desigual combate contra el miedo, en ese combate que cada uno libra
cada día, ¿qué sería de nosotros sin la memoria de la dignidad?
El
mundo está sufriendo un alarmante desprestigio de la dignidad. Los
indignos, que son los que en el mundo mandan, dicen que los indignados
somos prehistóricos, nostalgiosos, románticos, negadores de la
realidad.
Todos los días, en todas partes, escuchamos el
elogio del oportunismo y la identificación del realismo con el cinismo,
el realismo que obliga al codazo y prohíbe el abrazo, el realismo del
vale todo y del arreglate como puedas y si no podés jodete.
El
realismo, también, del fatalismo. El más jodido de los muchos fantasmas
que acechan, hoy por hoy, a nuestro gobierno progresista, aquí en el
Uruguay, y a otros nuevos gobiernos progresistas de América Latina. El
fatalismo, perversa herencia colonial, que nos obliga a creer que la
realidad puede ser repetida pero no puede ser cambiada, que lo que fue
es y será, que mañana no es más que otro nombre de hoy. P
ero,
¿acaso no fueron reales, acaso no son reales, las mujeres y los hombres
que han luchado y luchan por cambiar la realidad, los que han creído y
creen que la realidad no exige obediencia? ¿No son reales Ubagesner
Chaves y Fernando Miranda y todos los que están llegando, desde el
fondo de la tierra y del tiempo, a dar testimonio de otra realidad
posible? Y todas y todos los que con ellos creyeron y quisieron, ¿no
fueron, no siguen siendo reales? ¿Fueron irreales los verdugos,
irreales las víctimas, irreales los sacrificios de tanta gente en este
país que la dictadura convirtió en la mayor cámara de torturas del
mundo?
La realidad es un desafío.
No estamos condenados a elegir entre lo mismo y lo mismo.
La
realidad es real porque nos invita a cambiarla y no porque nos obliga a
aceptarla. Ella abre espacios de libertad y no necesariamente nos
encierra en las jaulas de la fatalidad.
Bien decía el poeta que un gallo solo no teje la mañana.
No
estuvo solo en la vida, y en la muerte no está solo, este criollo
Ubagesner, de nombre tan raro, que hoy es un símbolo de nuestra tierra
y nuestra gente.
Este militante obrero encarna el sacrificio
de muchas compañeras y de muchos compañeros que creyeron en nuestro
país y en nuestra gente, y que por creer se jugaron la vida.
Hemos venido a decirles que valió la pena. Hemos venido a decirles que no se murieron por morir nomás.
Aquí
estamos hoy, reunidos, para decirles que razón tienen los tangos en eso
de que la vida es un ratito, pero hay vidas que duran asombrosamente
mucho, porque duran en los demás, en los que vienen.
Tarde o
temprano nosotros, caminantes, seremos caminados, caminados por los
pasos de después, así como nuestros pasos caminan, ahora, sobre las
huellas que otros pasos dejaron.
Ahora que los dueños del
mundo nos están obligando a arrepentirnos de toda pasión, ahora que tan
de moda se ha puesto la vida frígida y mezquina, no viene nada mal
recordar aquella palabrita que todos aprendimos en los cuentos de la
infancia,
abracadabra,
la palabra mágica que
abría todas las puertas, y recordar que abracadabra significa, en
hebreo antiguo: "Envía tu fuego hasta el final".
Esta jornada,
más que sepelio, es una celebración. Estamos celebrando la memoria viva
de Ubagesner y de todas y de todos las mujeres y los hombres generosos
que en este país enviaron su fuego hasta el final,
los que nos siguen ayudando a no perder el rumbo,
y a no aceptar lo inaceptable,
y a no resignarnos nunca,
y a nunca bajarnos del caballito lindo de la dignidad.
Porque en las horas más difíciles,
en aquellos tiempos enemigos,
en los años de mugre y miedo de la dictadura militar,
ellos supieron vivir para darse y se dieron enteros,
se dieron sin pedir nada a cambio,
como si viviendo cantaran aquella antigua copla andaluza que decía,
y dice todavía, por siempre dice:
Tengo las manos vacías,
pero las manos son mías.