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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 20-03-2006

Nacin y clase

Diego Guerrero
Revista Laberinto


Desde luego ya no est de moda el anlisis de clase de los fenmenos sociales, pero sorprende que nunca se haya hecho uso de l, que yo recuerde, para analizar un fenmeno tan actual y relevante como el del nacionalismo moderno en Espaa. Muchos pensarn que un anlisis de este tipo ya no tiene lugar porque pertenece a un pasado intelectual que ha sido desechado por la historia, pero podra ser que este punto de vista ganara relevancia en un futuro no lejano. Acaso piensa alguien en serio que la cada del Muro de Berln, de la que tanto se usa y abusa en los ltimos tiempos, ha supuesto ya el fin definitivo del pensamiento comunista y socialista de tipo transformador, es decir el que aspira a contribuir a la superacin del capitalismo?

Nadie duda de que los partidos socialistas y comunistas, se entiendan o no como puras reminiscencias histricas, se han adaptado a una convivencia complaciente con el sistema capitalista actual. Nadie duda de que son ellos en muchos casos los primeros que han renunciado al anlisis de clase, como tampoco se puede dudar de que el lector de cualquier peridico serio de nuestro pas pueda sorprenderse con el uso de una supuesta antigualla intelectual como la que aqu se propone. Pero quizs no se trate de una herramienta tan anticuada como parece, al menos para entender algunas de las claves ocultas en el debate actual espaol sobre cuestiones, llammoslas, nacionales.

Los antiguos internacionalistas histricos (socialistas, anarquistas, comunistas) tenan claro que los contenidos eran ms importantes que las formas. Por eso, siguiendo a Marx o a Bakunin, consideraban que en el fondo daba poco ms o menos lo mismo (aunque no desconocan otras diferencias menores) tener una monarqua como sistema de gobierno que una repblica. O que el Estado que, junto al capital, contribua a oprimirlos llevara a cabo una poltica econmica y social ms o menos avanzada, siempre que estuvieran dentro de los lmites, para ellos insuperables, que restringan su capacidad de maniobra dentro del sistema. Ellos hablaban de que la forma de gobierno no afectaba al contenido esencial de las relaciones econmicas y sociales, porque, mientras stas siguieran siendo capitalistas, no satisfaran nunca sus aspiraciones ltimas de transformacin social. Y cosas de este tipo, lo mismo pueden leerse en los escritos de Pablo Iglesias que en los de Federica Montseny o Andreu Nin.

Y cabe preguntarse: Es que acaso ya no quedan internacionalistas en Espaa? Parece que no. Los internacionalistas hablaban de que los trabajadores no tienen patria, o de que su patria eran sus intereses de clase, irremediablemente opuestos a los intereses de la patria enemiga, que era la patria del capital. Hoy en da, los polticos que en ltimo trmino son los herederos lejanos de esa tradicin internacionalista han renunciado por completo a ese punto de vista, y al parecer reclaman la misma concepcin nacionalista o comprensiva con el nacionalismo que siempre ha tenido la tradicin poltica que se alimentaba del nutriente social proporcionado por las clases medias y altas.

Y es que la concepcin burguesa y pequeoburguesa (como se deca antes) de los problemas polticos, concepcin que tanto inters tenan los polticos de izquierda de entonces en combatir, por representar al sector obrero de la poblacin, parece no preocuparles ya en absoluto. Algn analista a la vieja usanza podra interpretar que lo que ha ocurrido para que este cambio haya tenido lugar no es ms, en ltimo trmino, que la derrota ideolgica de esas capas sociales y polticas frente a la ideologa nacionalista, ideologa que en un principio los internacionalistas combatan con todas sus fuerzas, pero que ahora parecen haber asumido con todas sus consecuencias.

Pongamos algunos ejemplos de cul era el tipo de anlisis que hacan otrora los antinacionalistas, y cmo se ha transformado ahora en algo muy parecido a su opuesto. Al analizar la suerte econmica relativa experimentada por regiones como el Pas Vasco, o Catalua, o Madrid, en el periodo transcurrido en los siglos XIX y XX, la izquierda social habra reclamado un anlisis centrado, por ejemplo, en la contraposicin entre la suerte disfrutada por los patronos y la suerte sufrida por los trabajadores. Estos analistas, hoy tan pocos y aislados, aadiran que esa forma de ver las cosas es materialista, perspectiva que consideraran muy superior al enfoque opuesto, que bautizaran como idealista.

Consideraran que a unas regiones que representaban un porcentaje modesto de la riqueza y la produccin nacionales en 1800, habiendo pasado a acaparar una fraccin muy superior en la actualidad, difcilmente podra corresponderle la consideracin de haber sido maltratadas por la historia capitalista de nuestro pas y por su representante poltico principal: el Estado central. Afirmaran con buenos argumentos hasta qu punto los representantes polticos de ese Estado central, miembros tan activos de su aparato institucional, procedan de aquellas regiones, que a menudo tanto se han quejado de marginalidad poltica cuando slo pretendan reclamar privilegios materiales. Y aadiran que no podra ser de otra manera, teniendo en cuenta la preeminencia de los representantes econmicos de esos territorios en el seno de la patronal y de la clase burguesa de nuestro pas. Si se les respondiera que son estos sectores los que tradicionalmente ms se han quejado pblicamente de su situacin, replicaran que no siempre quien ms protesta es quien ms razn tiene para ello, sino quien ms medios tiene a su alcance para difundir sus planteamientos.

Posiblemente, si quedara algn intrprete contemporneo adepto al discurso internacionalista, dira que lo que ha ocurrido en Espaa es que la ideologa que hoy domina entre los nacionalistas del sector obrero y trabajador de nuestro tejido social no es en realidad la que le corresponde, sino la que antes se llamaba ideologa dominante, aquella que tiene su origen econmico y social en los intereses del enemigo de clase, la burguesa, pero que, por haber vencido a la ideologa opuesta, ha pasado a predominar en el anlisis de los tericos representantes de la ideologa dominada.

Un ejemplo de que esto es as diran es cmo y hasta qu punto el discurso pblico y meditico contemporneo ha logrado hacer pasar por nacionalistas espaoles a todos los crticos espaoles del nacionalismo, por muy internacionalistas que stos sean. Siendo Espaa uno de los pases menos nacionalistas de todo el mundo occidental, y uno de los ms de izquierdas, han conseguido presentar a quienes no comparten el ansia descubridora de nuevas naciones como aliados del franquismo o de la derecha ms reaccionaria y ultramontana. Por eso, cualquiera que se declare opuesto al nacionalismo perifrico espaol de nuestros das es tachado inmediatamente de nacionalista espaol, cuando no de submarino del PP.

Otro ejemplo de lo anterior podra ser la ideologa que encierra el ya famoso eslogan de la Espaa plural. Espaa es de hecho uno de los pases ms plurales del mundo y tambin una de las naciones con registros ms altos de pasado relativamente revolucionario. Es una sociedad tanto ms plural cuanto que esta nacin incluye a un gran nmero de ciudadanos (mucho mayor que en otros pases) que creen pertenecer a una nacin distinta, y pueden defender ese punto de vista con plena libertad (y hasta con alguna ventaja). Ahora bien, que haya pluralidad poltica, o pluralidad de tantas otras cosas: lenguas, culturas, tradiciones, sensibilidades, etc., nada supone sobre la existencia o no de una nacin. Por eso los internacionalistas reclamaran toda la pluralidad del mundo, sin dar derecho a ninguno de los plurales a usar un sombrero que a otros estara vedado.

La nacin no es una ideologa ni una meta poltica. Es un hecho. Y Espaa es una nacin porque as lo ha definido la historia, nos guste o no, y as lo reconoce todo el mundo fuera de nuestras fronteras. Y esto no presupone ninguna valoracin, positiva o negativa, sobre el carcter y comportamiento del Estado espaol o sobre la infraestructura social que lo sostiene. El que algunos espaoles se sientan parte de otra nacin es una ideologa ms que cualquiera puede defender, como cualquier otra. Pero la ideologa no da derecho a tener privilegios, razn por la cual un anticuado internacionalista, opuesto por tradicin a cualquier clase de privilegios, sin duda se declarara contrario a su concesin.

Cuando los supuestos defensores del pluralismo identifican pluralismo poltico con pluralidad de naciones sencillamente estn expresando, con o sin artimaa, un puro deseo. Un deseo que pueden expresar libremente, por supuesto, as como tambin la patronal es libre de expresar permanentemente su deseo de que los salarios bajen ms o suban menos de lo que lo hacen. Pero adems de un deseo, estn expresando una forma especfica de lo que no es sino una de las ambiciones polticas ms antiguas que anhela el poder econmico capitalista: la divisin del enemigo en provecho propio. Al parecer, la estrategia del divide et impera, en este terreno de la discusin nacional, ha llegado en Espaa ms lejos que en ningn otro sitio.

La pluralidad de lenguas no hace naciones: vase el caso suizo o el belga. La diversidad cultural, tampoco: ah est esa misma pluralidad regional en casi todos los pases del mundo. La pluralidad histrica, mucho menos aun. Pretenden quienes afirman lo contrario que hay que volver al fraccionamiento estatal de la edad media europea? Si Catalua o el Pas Vasco fueran naciones, con mayor razn lo seran Baviera, Sajonia, Sicilia, Borgoa, Tirol, Galitzia; en realidad, docena y media de lander alemanes, docenas de regiones y regioncitas francesas, italianas, polacas, procedentes de la histrica multitud de condados, ducados, principados y reinos formados por conquista, amalgamas dinsticas o matrimonios de conveniencia. O, por qu no? No cabra dividir en 50 los Estados que forman hoy la nacin ms poderosa de la tierra?

Cuando, por ejemplo, la ideologa pequeoburguesa (primero en Catalua, despus en toda la Espaa progresista) critica a Felipe V por haber aplastado las antiguas libertades histricas catalanas, nuestro internacionalista dira que no est haciendo otra cosa que reclamar las libertades medievales a las que puso fin la marcha moderna hacia el progreso centralizador y expansivo que se estaba dando en toda Europa. Y de paso aadira que esa misma ideologa reproduce los argumentos que siempre dieron los reaccionarios antirrepublicanos franceses y europeos para defender el Antiguo Rgimen que tan bien serva a sus intereses.

Aqu se ha dado, dira, una confluencia curiosa, pero explicable, entre intereses en principio incompatibles. Los sectores capitalistas que en estas regiones se suman al empuje nacionalista actual lo hacen porque saben que ms les vale tener enfrente a una poblacin trabajadora dividida que a una clase obrera unida en torno a la defensa de sus intereses como trabajadores. Mientras que los sectores de la izquierda poltica reconvertidos en nacionalistas, lo hacen porque, habindose transformado todos los partidos en aparatos cuasiempresariales operantes principalmente en el submercado electoral, han aprendido que entre el pblico votante vende ms esa ideologa que no la contraria, en parte porque, como ya afirmara Gellner, probablemente permita un reparto de cargos y prebendas en la nueva y reforzada Administracin resultante ms al gusto de ese creciente pblico que por esa va camina hacia la fidelidad ms absoluta.

Se argumenta y se argumentar, por ejemplo, para defender la posicin opuesta a este internacionalismo trasnochado del que estamos hablando, que ms del 80% del parlamento cataln ha votado, y por tanto cree, que Catalua es una nacin. Se olvida que un porcentaje similar haba votado en el parlamento francs a favor de la nueva Constitucin europea, y sin embargo la ciudadana le dio la espalda. Como sealaba hace poco Fernando Savater, si hubiera habido elecciones en Espaa meses despus de la muerte de Franco, sera Arias Navarro quien las habra ganado. Por la misma razn, cabe esperar que la ideologa nacionalista catalana, vasca, etc., que tanto terreno ha ganado en importantes sectores populares bien representados en el gobierno espaol actual, siga siendo, mal que le pese a nuestro internacionalista, claramente mayoritaria entre la clase poltica de nuestra nacin, adems de para un porcentaje muy importante de ciudadanos que observan la poltica desde el punto de vista que le transmiten los polticos.

Esto es ciertamente as. Pero nadie debera desdear la posibilidad de que en el futuro las tornas cambien y esa clase obrera que difcilmente desaparezca empiece a pensar de otra manera, quizs tras arrepentirse muy mucho, por la mala cuenta que le trajo, de haber pensado de forma tan contraria a su internacionalismo histrico original, y haber credo durante tanto tiempo lo que a sus enemigos de clase tanto les convino que creyeran.


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Diego Guerrero es Profesor de Economa Aplicada en la Universidad Complutense de Madrid

http://laberinto.uma.es
 


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