Portada :: Argentina :: 30 aos por la verdad y la justicia
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 23-03-2006

30 aos

Mara Jos Snchez
Rebelin


y al llegar

a la Plaza de Mayo me dio,

por llorar

y me puse a gritar dnde ests.

Joaqun Sabina.

La memoria es el cementerio ms grande del mundo. Cada cruz un recuerdo. Cada recuerdo una cruz que llevar, en mucho de los casos. De eso se trata, as ha sido siempre: amplias extensiones de tierra aptas para el entierro.

Y a veces alguien dice no. A veces alguien se envuelve la cabeza en un pauelo blanco y dice fuerte, no. Mientras otros -muchos- mueren, hay algunas personas que se oponen a ese fcil entierro y gritan, con la voz de todos los que ahora se llaman hurfanos, porque as se les dice a los que han perdido a sus padres; con la voz de todos los que ahora se los llama viudos, as los nombran porque se han llevado a sus esposas o maridos. Gritan con esa voz, que en realidad es la voz de aquellos que ya no podrn hacerse escuchar, gritan con esas voces que otros enmudecieron, que son las de sus propios hijos. Antes perder un hijo no tena nombre, nadie saba como llamarlos, ahora a las que no se resignan a perderlo y reclaman esa vida, las llaman locas.

Fueron las primeras, nadie duda eso. Madre hay una sola, es cierto. Excepto en Argentina, donde Madres, hay miles.

Despus se supo, en esas pocas todo tenda a saberse despus. Gran cantidad de muchachas secuestradas estaban embarazas. Cargaban en sus vientres semillas de subversin, como decan esos verdugos perversos, enfermos de muerte, condenados por la memoria. Cargaban en sus vientres hijos, nietos, como lloraban esas Madres, ahora tambin Abuelas.

Desaparecidos. Todos ellos. En este pas se redefini la etimologa del trmino Desaparecido: triste adjudicacin.

Cuando los encargados de protegerte te buscan para secuestrarte, torturarte y matarte, hay muchas cosas que cambian. Cuando opinar diferente se vuelve delito, cuando caminar por la calle cargando un libro bajo el brazo, pone en peligro el seguir respirando. Cuando la libertad se convierte en una gran fuente de sangre, donde todos los asesinos corren a lavarse sus manos sucias para siempre. Cuando tu forma de pensar, tu necesidad de intentar impedir que adormezcan a una generacin y desde un avin militar, la tiren atada de pies y manos, viva, dolorosamente viva, a un ro, se transforma en tu propia sentencia de muerte, ah es cuando las lgrimas no alcanzan. Ni todas las splicas y lamentos juntos lograban conmoverlos.

Esos das, esos aos, son la gua mas completa que existe sobre las vctimas de una plan de sumisa domesticacin o exterminio, propsito asombrosamente detallado y llevado a cabo con un xito que abruma.

Despus de 30 largos aos de lucha, la gran mayora de esos padres, madres e hijos, todava siguen esperando ese da diferente, ese da en que alguien les diga donde estn, que fue lo que hicieron con ellos, donde los escondieron, donde los enterraron. La gran mayora de esas abuelas o abuelos envejecieron la esperanza junto a cada arruga de sus caras, buscando a sus nietos; buscando a esas familias que guardan el terrible secreto de haber criado un hijo arrancado de las entraas de su madre, en las tinieblas de un centro clandestino de detencin, arrebatndole as su verdadera identidad.

En esta parte del mundo, la historia se derrumb con el estrpito de las balas. La violencia, el terrorismo de Estado, eran la pesadilla diaria, el infierno. Ms de 30.000 se quedaron a apagarlo, y murieron en el intento. Otros se fueron, para poder intentar apagarlo algn da: los obligados al exilio, al desarraigo, los que tuvieron que dejar su propia tierra para sobrevivir. No los desterrados, el destierro es otra cosa. El destierro es el olvido, es el vaco. Es morirse por querer cambiar la realidad, por querer evitar que el hambre, la ignorancia, el miedo y la desolacin maten, bajo el nombre de Junta Militar y nadie te recuerde; el destierro es la muerte annima, la batalla ignorada.

Hasta una guerra inventaron, todo para demostrarnos las incontables formas que puede adquirir la muerte. Cuando empezaban la vida, los mandaron all lejos, a unas islas del sur. Solos, en el frio inmenso, con el miedo como compaero. Despus, tanto a los que pudieron volver, como a los que se quedaron para siempre bajo unas maderas blancas, a ellos s los alcanzara el olvido, un olvido oscuro, terrible, el olvido del Estado y del pueblo combinados, un olvido que durante ms de 20 aos llev a casi 400 veteranos al suicidio. Morir all, morir ac: morir.

Memoria, verdad, justicia. Ni perdn ni olvido. Es imposible reconciliarse con aquellos que se robaron tantas vidas, con aquellos que fusilaron la historia, con aquellos que hicieron naufragar la posibilidad de un verdadero cambio.

Otro mundo, otra vida es posible. Ellos lo saban, de la misma forma que nosotros lo sabemos ahora. De ese infierno nos qued este fuego. Tenemos esta llama, protegida: la memoria es la nica revolucin que nos queda. Sigamos luchando, nunca olvidemos estos ideales que mueven los gastados engranajes del recuerdo. El legado de los militantes desaparecidos es la rebelin que slo se completa imitando su empeo, llevando en alto las banderas socialistas que ellos flameaban con la fuerza que slo da la verdad ms pura, esas banderas que no han desaparecido, ni desaparecern jams.


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