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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 29-04-2006

Resea del libro y entrevista al colectivo Todoazen
El ao que tampoco hicimos la revolucin... o el espejo en nuestras manos

Matas Escalera Cordero
Revista Youkali

El ao que tampoco hicimos la revolucin es una novela colectiva (del colectivo Todoazen) publicada en 2005 por la Editorial Caballo de Troya (368 pginas, 12,50 ). A continuacin de esta resea, y formando parte, de alguna manera, de ella, el colectivo Todoazen responde a un cuestionario del autor de la misma, acerca de la obra reseada y de la verdadera naturaleza y alcance de su proyecto.


Contra la opinin sostenida por Antonio Machado en Los Complementarios, acerca de una parte sustancial de su obra: documento s es arte Esta es, a mi juicio, la aportacin fundamental de El ao que tampoco hicimos la revolucin del colectivo Todoazen. S que sus autores estn convencidos de sus virtudes esencialmente -digamos- instrumentales (en sus respuestas al cuestionario que acompaa -y cierra- esta resea, as lo atestiguan); creen que el valor primordial de su obra -novela: la intitulan- es el de herramienta de conocimiento, presta para el uso y el combate poltico -e ideolgico-; y, sin embargo -repito-, no radica en ello sobre todo la fuerza -y la necesidad- de este atrevido envite -lanzado a esta timba literaria espaola-; su fuerza est en la naturaleza misma del objeto, en cuanto objeto artstico; es decir, su poder -como herramienta de cambio- est en la capacidad y potencia de interpelacin artstica que contiene su construccin narrativa documental.

En un mundo -en una literatura, en un arteconstruido a partir de la negacin -y de la elusin- de lo real; de la sustitucin -e impostacin- de los objetos reales por falsos dolos, por imgenes corrompidas de s mismos: las emociones y los sentimientos suplantados por una tosca y grosera sensiblera; la accin confundida con el espasmo; el pensamiento y la reflexin crtica reemplazados por el desparpajo y el acopio intil de datos dispersos, o por el runrn del cotorreoradiofnico y del charloteo televisivo; o el sufrimiento humano, por una histeria teatral y estrepitosa En un mundo en que los intentos de reconstruccin simblica y comunitaria de la experiencia total de las cosas -en un tiempo y en un espacio dados-, mediante mecanismos poticos y artsticos, han sido degradados y sometidos a cansinas repeticiones formularias de objetos sin vida, sin la menor conexin con lo real, con ningn espacio ni tiempo concretos En un mundo as, tratar de convertir el tiempo y el espacio reales en objeto literario, mediante el ensamblaje crtico e ilustrativo -esto es, iluminadorde una parte significativa de los acontecimientos ocurridos (?) a lo largo de un ao de nuestras vidas; poner sobre el tapete algo as es una provocacin, principalmente para los que llevan anunciando casi un siglo la muerte de la novela y de la literatura, y la extincin irremediable del arte entero -y vero-, slo por no enfrentarse con la novela, con la literatura y con el arte al mundo real, incapaces de asumir el compromiso -en trminos sartreanos- de la eleccin -tambin, de bando- y de sus consecuencias en el tiempo y el espacio reales.

El colectivo Todoazen lo ha hecho. No hace falta compartir al ciento por ciento la fundamentacin terica y crtica de su proyecto -o el resultado concreto en que este se ha plasmado, de momento-, para comprender el valor intrnseco de la herramienta -de la apuesta- que han puesto sobre la mesa. Un libro, un objeto -textual y materialmente- pleno, en el que nada sobra y todo significa; un texto cabal en el que no hay paratexto, pues todo en l, desde la portada a la contraportada, todo es novela (y novela realista de la buena, pues, si -como afirma Toms Llorens- las claves del realismo moderno son la construccin con fragmentos, y despus la introduccin de la subjetividad -esto es, de un plan rector que d sentido a la totalidad-, El ao que tampoco hicimos la revolucin, lo es por mritos propios; heredera de Dos Passos y de Krauss -y de Tensor, tambin- y de toda la novela realista crtica moderna, algo que no comprende -o s- Rafael Conte en su conmiserativa -y tpica, por otro lado- resea de Babelia del 21 de enero pasado). De principio a fin -del ttulo a la dedicatoria al presidente Zapatero-, todo es texto, todo significado, todo herramienta til e iluminadora

Pero y si no quisiramos ser iluminados?; si lo supisemos todo -o casi todo-, y no nos importase - realmente- el que los salarios se acompasen a los rditos del capital, o estar gobernados por ladrones y asesinos? Y si slo quisisemos cambiar de color la ciudad, no la ciudad, como pide Sandbourne, el personaje -un hastiado oficinista- de Manhattan Transfer? Y, en realidad, nos damos por satisfechos, con tal de que nos dejen las suficientes migajas del festn [una baja laboral, la jubilacin anticipada (Escolio sptimo), o que no nos echen del trabajo (Escolio segundo)] Ya que, a la postre -tratamos de convencernos-, lo otro, todo el esfuerzo necesario [la energa de la fuga de la que habla Elas Canetti (Escolio undcimo)] no cambiara gran cosa la correlacin de fuerzas, ni se derivara de ello -seguramente- ningn avance objetivo Y es que, si hacemos caso de la experiencia de los dos intentos probados de construccin de una alternativa: el del socialismo real, por un lado, y el del modelo socialdemcrata redistributivo escandinavo, por otro, de ninguno de los dos se han seguido transformaciones significativas y duraderas que pongan en cuestin los supuestos econmicos y polticos del capitalismo, la democracia parlamentaria y la economa de mercado [Espartaco no venci finalmente al Senado y al pueblo de Roma (Escolio cuarto), y ya no quedan en Berln espartaquistas que traicionar ni derrotar (Escolio noveno); ni siquiera quedan comuneros en Castilla (Escolios duodcimo); estamos solos, al borde del abismo, como Lothar Baier (Escolio tercero)]

Adems, estn los otros asalariados: esos trabajadores beneficiados -de modo inmediato- por la deslocalizacin de empresas, que pasan del paro endmico y generalizado -sin alternativa alguna, salvo la emigracin-, a unos ciertos niveles de confortabilidad y subsistencia -garantizados por una generacin, al menos-; y las otras mujeres [que defienden y mueren an en otros bulevares sin la gloria de los nuestros (Escolio octavo)] Las que alcanzan -con el desplazamiento de la actividad fabril a sus pases-, por primera vez en la historia de sus respectivas comunidades, la posibilidad de una cierta independencia econmica y existencial Qu pasa con ellos? Qu sucede con ellas? Y en el caso de las leyes que rigen los mercados financieros, qu hacer con los gigantescos fondos de inversin sindicales y sociales procedentes de las rentas y del ahorro de centenares de millones de asalariados occidentales? O qu pensar de las organizaciones sindicales agrarias europeas y norteamericanas, que tienen bloqueado el acceso de los productos agrcolas de los campesinos sudamericanos, africanos y asiticos? Es un ejemplo entre las decenas de ejemplos posibles. Desconocen las consecuencias de sus acciones?, o no? Quin gana o quin pierde en cada caso?

Cmo comprender mejor nuestra verdadera -real- posicin de clase -y de mundo- en el mundo; y los trminos exactos de la responsabilidad -y del compromiso- de nuestras conductas en la consolidacin o el debilitamiento del sistema capitalista? Qu ha sido de la vieja solidaridad internacionalista? Nos cabe una cuota de responsabilidad -real- en el asunto, o toda se la llevan Botn y los cincuenta y tantos mil -el uno por ciento, ms o menos- que controlan el veinticinco por ciento del total de los fondos? Qu pasa con el setenta y cinco por ciento restante, gestionado por los bancos en nombre de millones de asalariados? Alegamos desconocimiento, una vez ms? Hace tiempo que no deberamos.

Quizs no nos baste con tener en cuenta la cuota de responsabilidad -descontada ya- de la minora oligrquica que nos gobierna -cuyo funcionamiento es el de un banda de ladrones y de asesinos, que marcan las cartas e imponen las reglas del juego-, quizs haya que empezar a contar tambin la de los que jugamos (sin saberlo?) y aceptamos las cartas marcadas. La boda de Letizia y del Borbn es -as considerada- menos relevante que las decenas de miles de bodas de jvenes trabajadores que hipotecan -realmente- sus futuros para la celebracin de las suyas. La rapia y desvergenza de los Berlusconi o de los Botines o de los astutos concejales marbelles, madrileos o barceloneses [lase el portentoso e ilustrativo Escolio dcimo de Gregorio Morn] est ya descontada, hasta el ms tonto sabe a qu se dedican; la cosa est en que nosotros los votamos, nosotros los mantenemos y los justificamos (pues nosotros, tal vez, si pudisemos, haramos lo mismo: quin no ha dicho esto o algo parecido, o lo ha odo decir a alguien como l)

 No sabemos o no queremos saber?, es una de las preguntas que figuran en el cuestionario del colectivo Todoazen; algo que deberamos aclarar. el capitalismo es hoy en da el protagonista de una gran revolucin interna: se est reconvirtiendo revolucionariamente en neocapitalismo [ progresista y uniformador] Yo espero [] que ganen los pobres. Porque soy un hombre antiguo, que ha ledo a los clsicos, que ha recolectado las uvas en los viedos que ha vivido en pequeas ciudades Por lo tanto no me interesa para nada un mundo uniformado por el neocapitalismo, es decir por un internacionalismo engendrado, mediante la violencia, por la necesidad de la produccin y del consumo [aunque] los trabajadores estn cada vez ms cautivados por esta calidad de vida caracterstica de la industrializacin total y de la sociedad de consumo (con el mito de la tcnica) Esto lo escribi Pier Paolo Pasolini a principios de los aos setenta. Y lo que viene a continuacin, Gnter Grass, mediado los ochenta: antes de decidir si todava tenemos futuro, no se cuenta [no contamos] ya con el futuro Stendhal puso el espejo a la orilla del camino, esta generacin -nos vienen a recordar ahora- tiene desde hace tiempo el espejo en sus manos, depende de nosotros qu hagamos con l La mayora, me temo -hombres y mujeres que hemos olvidado ya, hace tiempo, a las mujeres y a los hombres antiguos-, lo hemos roto en medio del angustioso trajn de las hipotecas y de tantos traslados de ac para all, del piso pequeo -sin derecho piscina-, al piso ms grande -con derecho a piscina-; del piso ms grande con derecho a piscina, al adosado suburbano con mi propia piscina; y del adosado suburbano con mi propia piscina, al chalet playero sin piscina, pero con sombrilla -propia- y derecho a tumbona (etctera, etctera)

Habr que recomponerlo [con libre decisin, sabidura y paciencia: nos recomienda Robespierre (Escolio sexto)] la lectura de la novela armada por el colectivo Todoazen nos ayuda a pegar los trozos. La cosa es que no queramos hacerlo. Por si acaso, ah va el ltimo dato: todos conocemos el caso del doctor Hwang, el eminente cientfico surcoreano que falsific los datos experimentales sobre supuestas tcnicas de clonacin, que resultaron finalmente uno de los fraudes ms escandalosos de la ciencia oficial de las ltimas dcadas; pues bien - descontado el hecho de que la sociedad surcoreana actual, en su conjunto, es una sociedad cuyos parmetros socioeconmicos y culturales, entre ellos, el acceso a la informacin, son semejantes a los de las sociedades capitalistas occidentales ms avanzadas-, transcurridas las primeras semanas desde el descubrimiento del gran engao, quin ha tenido que dimitir de su puesto en el hospital donde se fragu el timo?; quines deben esconderse de los airados e indignados ciudadanos surcoreanos? El timador? Los directores de las revistas cientficas que publicaron sus trabajos sin contrastar? Los cientficos que se aprovecharon de sus datos manipulados, a pesar de las razonables sospechas que abrigaban al respecto? Los ejecutivos de las compaas farmacuticas, que financian cualquier aventura cientfica, si huelen beneficios a corto plazo? No!

Los nicos que han tenido que dimitir de sus puestos, o que se han visto sometidos a persecucin, son los mdicos y los periodistas del programa de televisin que se atrevieron a denunciar al villano, un hroe nacional y popular, al que la mayora del pueblo surcoreano sigue considerando -contra toda evidencia- la -verdadera- vctima. En fin, Marbella como metfora del mundo [los menesterosos saben ms de lo que parece, me temo] Y sin embargo alguien est llamando a la puerta [Noel Zanqun: Escolio primero]

CUESTIONARIO AL COLECTIVO TODOAZEN

P: Qu se consigue -qu se gana y qu se pierde- con la frmula del anonimato parcial que habis elegido? En qu relacin os encontrarais con respecto al colectivo Wu Ming?
R: Se gana imaginacin. La autora personal introduce inevitablemente, en cualquier accin pero ms en un campo como el literario donde la autora es hoy bsicamente una marca mercantil, un clculo que llamaramos marketing personal, trmino que encierra peligrosas tentaciones como pueden ser la necesaria visibilidad, estrategias de la vanidad mercantil, prudencias profesionales. Lo que antes se llamaban tentaciones egostas y hoy los profesionales de Recursos Humanos -los nuevos mandarines del siglo XXI- denominan exposicin del target individual. Es decir: el anonimato como autopreteccin: La cera en las orejas y la soga con que Ulises se at al mstil ante el canto de las sirenas. Adems el anonimato permite sentir lo colectivo, construirse como trabajador no autnomo. Y en todo caso el anonimato es tambin un contenido de nuestro libro porque permite deducir que los efectos de lo real no se producen a nivel psicolgico sino social. Y desde ah imaginamos con ms fuerza porque la imaginacin personal debe ms a lo conveniente que al gusto. Ni que decir tiene que desconfiamos del gusto personal.

P: Habis escrito una novela con documentos periodsticos fundamentalmente; creis que la realidad ideolgica se construye especialmente con la prensa?

R: No la realidad ideolgica se construye principalmente en el ncleo duro de la experiencia: en el trabajo, en la actividad. Los medios de comunicacin o la publicidad amplan o refuerzan ese ncleo de la experiencia. Uno lee desde una ideologa que ya habita dentro y fuera de uno.

P: Corresponde la forma narrativa elegida a lo que debe ser un relato crtico sobre nuestro tiempo?

R:Nosotros pensamos que s. La narracin actual se fundamenta en la lectura personal, silenciosa y egosta. En estos das hemos ledo unas declaraciones de una prestigiosa editora en las que defiende la lectura literaria porque es nica, exclusiva, omnipotente. Esa sensacin de que las novelas nos hablan de modo personal, de que lo escrito est escrito para uno porque cada uno lee de forma diferente, ese dialogo de intimidades del que habla Lled es una consecuencia de esa lectura en solitario. Efectivamente todos leemos diferente pero no porque tengamos intimidades distintas sino situaciones diferenciadas. Este tipo de lectura se ve reforzada por la presencia en la novela de lo que Lukcs llamaba un hroe problemtico y sobre ese tipo de protagonista el lector proyecta y sobrepone su propia narracin que es, mayoritariamente, la novela que realmente se lee. La forma que elegimos no permite o al menos no facilita esa proyeccin psicolgica y en parte al menos exige una lectura desde un yo social o claramente ideolgico sin las trampas de la vida interior, es decir, frente a la vida interior como punto de partida una estructura que reclama la vida anterior y, ojal, la vida posterior como elementos que participen en la lectura.

P: No creis que una obra tan transparentemente concebida pierde gran parte de su efecto? O dicho de otro modo, no tenis demasiada fe en la potencia del montaje?


R: La verdad es que desde el principio vimos el riesgo enorme de caer en el efecto, en que la propia originalidad se comiese todo. Precisamente por eso acabamos por incluir entre otras razones los Escolios, en cuanto textos no originales. Pero seguimos sospechando de ese efecto perverso que conlleva el riego de que el libro sea despachado como una mera ancdota. Buscando disminuir este riesgo tambin nos acabamos decidiendo por la densidad del libro: no aligerarlo, no buscar la agilidad, no eliminar repeticiones o reiteraciones, no tener miedo a su posible pesadez. Buscamos incluso que el libro tuviera un componente aburrido tratando de evitar la posible seduccin del montaje para no caer en las tentaciones de lo brillante. Pero el riesgo existe.

P: De cualquier modo, qu datos definen realmente la posicin real en lo real de un individuo o de un grupo de individuos con una posicin y un fin compartidos, como vosotros?, los que habis dado, o los que habis ocultado? El salario y la profesin, son suficientes? Por qu no, la educacin recibida, la cuenta bancaria, los orgenes familiares, el estado civil, la biografa poltica, el currculo profesional, etc.?

R: En una sociedad mercantilizada entendemos que todas esas circunstancias que mencionas: educacin, cuenta bancaria, posicin social de la familia, currculo profesional, etc., en palabras de Bouerdieu, el hbitus, se concretan en el salario. En ese sentido somos poco bourdieurianos. No creemos que el capital simblico tenga entidad propia. Si lo simblico no tiene traduccin monetaria no es capital. No existen capacidades fuera del esquema capital/trabajo. Una capacidad no contratada no es una capacidad o por mejor decir: es la relacin salarial la que define las capacidades. El ingeniero que trabaja de celador es un celador y esa es su posicin. Otra cosa claro esta es que esa posicin pueda variar en funcin de las variables existentes en el mercado. Pero si ese celador se cree que su capital simblico es la de un ingeniero se engaa del mismo modo que se engaa el que por comprar y tener en el bolsillo un boleto de lotera y saber que le puede tocar llega a verse como posible millonario. No creemos que ese boleto sea su capital simblico aunque la sociedad parare comportarse como si eso fuera cierto. Es algo semejante a la contabilidad editorial. Hasta hace poco los ejemplares en almacn se consideraban un activo, hoy los gerentes, ms marxistas que bourdieurianos, lo consideran o un pasivo o como valor cero.

P: Y para la realidad material (econmica, social, cultural o poltica) del capitalismo avanzado, los datos que habis seleccionado de entre todos los posibles se bastan a s mismos para definirla?

R: No, aunque hay en el libro apuntes en esa direccin, en esta narracin no hemos trabajado apenas el campo de la construccin del imaginario y del imaginar. El capitalismo avanzado fbrica o modela formas del imaginar o del no imaginar. Para definir esa realidad material habra que plantear tambin esa imaginacin o des-imaginacin. En el esquema aristotlico que compartimos, ya la realidad material es una construccin social frente a lo existente que es real pero que por si slo no es realidad. Para que se nos entienda: un universo del que hubiera desaparecido la persona humana existira pero no tendra realidad.

P: Es Zapatero -lo que representa- un interlocutor vlido; un potencial receptor del mensaje que habis lanzado?

R: No, precisamente por eso se lo dedicamos. Para poner en claro esa evidencia.

P: Los datos con los que habis elaborado vuestra novela estn al alcance de muchos, en realidad, nunca los asalariados, los menesterosos del mundo han tenido tantos datos para comprender el injusto y desigual funcionamiento del sistema mercantil globalizado capitalista; sin embargo por qu este exhaustivo conocimiento no lleva a la accin revolucionaria generalizada, ni siquiera a la revuelta social pasajera? Y todo queda, como mucho, en explosiones de rabia nacionalista, racial o religiosa Es que Fukuyama tena finalmente razn?

R: No, los menesterosos no tienen esos datos. Los datos estn ah pero no los tienen porque no los necesitan de igual modo que uno no necesita saber la gama de automviles que ofrece el mercado hasta que se plantea tener o cambiar de coche. Mientras el que tengas funcione (y funcionar no es un simple problema de mecnica) no sabes, no tienes datos. Dicho en lenguaje clsico: mientras el menesteroso no devenga sujeto revolucionario esos datos no se sentir implicado por esos datos. Y no basta con mostrrselos. El trabajo revolucionario no consiste en educar, en ensear datos. Es necesario colocar al menesteroso en una narracin distinta. El revolucionario se hace revolucionario haciendo revolucin y para eso es necesario sacarlo de la narracin dominante. Creemos que en momento de reflujo o derrota como los que hoy vivimos lo ms importante del trabajo poltico es facilitar otra imaginacin narrativa y para eso es necesario aprovechar aquellos momentos o situaciones en las que la narracin dominante se cruza con la posible narracin revolucionaria. Un ejemplo: lo conveniente sera que cuando un menesteroso es humillado en su trabajo la organizacin poltica le ponga delante una narracin en el que la humillacin no sea humillacin sino explotacin, porque sigue siendo el espacio de la relacin capital/trabajo el lugar donde hay que trabajar polticamente y no tanto o no slo en los llamados movimientos sociales donde los menesterosos actan ms como ciudadanos que como explotados. Es necesario volver a entender que el lugar de la accin poltica es el trabajo entendiendo por tal el momento de esa relacin y no meramente el lugar fsico del trabajo. La fbrica habr perdido peso pero el espacio de trabajo, de su expropiacin, no ha dejado de crecer. Ningn trabajador autnomo deja de pasar y sentir ese espacio. Otra cosa es que haga con esa vivencia. No hay que renunciar a la la inteligencia del explotado, hay que favorecer que esa inteligencia se coloque en otra narracin donde su explosin pueda cobrar sentido. Hay que construir un espacio donde el no, la rebelin, la rabia, el rencor, se sienta cobijado. Hay que destruir la narracin dominante pero para eso no es suficiente ni mucho menos denunciarla, es necesario, construir la otra, otra imaginacin. Deca Juan Blanco que el hambre es la verdadera inteligencia y eso explica las revueltas, pero esa revuelta para no quedarse en desahogo tiene que vehiculares hacia un lugar, la organizacin revolucionaria, donde el conocer sea hacer, donde el rencor se convierta en condicin subjetiva y no en mera subjetividad.

P: El hecho de que uno de los componentes del engranaje de esta maquinaria infernal que se relata (a s misma) en El ao que tampoco hicimos la Revolucin, financie la edicin del libro y pague su publicacin y su distribucin; y que algunos de los dientes ms duros de la rueda motriz que mantiene la mquina en funcionamiento -en Espaa, al menos-, alabe el esfuerzo (tan necesario) de su editor, no os resulta un poco desalentador? No temis ser absorbidos por la propia idea de que vuestra publicacin les justifica?

R: Creemos que afortunadamente tanto nosotros como nuestro editor somos bastante conscientes del alcance y lmites de nuestro trabajo. El libro tiene vocacin de herramienta y de poco ms. Es herramienta pero se presenta como discurso y como tal discurso puede ser perfectamente deglutido por el sistema. Que se convierta en herramienta es una cuestin que ya depende de otras variables. Por ejemplo el escritor Flix de Aza escribi (en su blog, que no deja de ser un espacio poco comprometido en cuanto que es un espacio ms cercano a lo privado que a lo pblico) que su aparicin era un acontecimiento editorial y algunas crticas han sido literariamente elogiosas, pero ms relevante o lo nico relevante al menos para nosotros, ha sido que una organizacin revolucionaria como Corriente Roja ha promovido la lectura-discusin del libro. En ese sentido es alentador comprobar que an en este horizonte de lectura como consumo el libro puede devenir en herramienta de lectura como trabajo. Evidentemente la publicacin del libro ayuda a la legitimacin del aparato cultural-editorial-empresarial y al respecto era fundamental que en el propio libro se diera cuenta, como se hace, del conglomerado empresarial en el que el libro aparece. Ese es su valor de cambio y sobre ese valor no se puede apenas actuar (aunque la eleccin de la editorial se ha hecho tomando en consideracin ese valor: no es el mismo cambio el que se establece publicando en Anagrama que en Caballo de Troya). Como ya hemos dicho: cabe con todo confiar en su valor de uso, si lo tiene, y nosotros pensamos que s lo tiene.


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