La editorial del diario El País del pasado
domingo decía lo siguiente: "A medida que van conociéndose los detalles
de la supuesta estafa de los sellos -350.000 afectados y un desfase
patrimonial de 3.500 millones de euros- resulta más incomprensible que
este merengue haya aguantado 26 años sin derrumbarse".
Si el
editorialista hubiera leído su propio periódico quizá no le resultara
tan sorprendente que se haya tardado tanto en descubrir “el merengue”.
Veamos.
El 26 de mayo de 2002, se publicaba en
El País
un artículo con el título -ya de por sí significativo- "Piezas de
colección muy rentables. La inversión en sellos alcanza rendimientos
anuales por encima del 10%".
Entre otras cosas, decía lo
siguiente: "El sello constituye la inversión en bienes físicos más
rentable. Los rendimientos pueden triplicar la inflación y sobrepasar
con amplitud el 10%... Las sociedades de asesoramiento filatélico
advierten que sólo ellas pueden ofrecer las garantías para culminar con
éxito una operación, ya que los términos de la inversión se recogen en
contrato, incluso los seguros sobre las piezas...Y es un valor refugio
en tiempos de crisis e incertidumbre. En ocasiones, una colección ha
salvado el destino de más de uno, al llevársela debajo del brazo en una
contienda".
No fue solo El País. El diario
El Mundo
escribía más o menos lo mismo en mayo de 1996: “Invertir en Sellos, una
Afición Rentable”. En el artículo se informaba de la forma específica
de inversión que realizaban las empresas que ahora tienen problemas:
“... La otra forma de invertir, más reciente, es la inversión dirigida.
Se realiza a través de sociedades filatélicas, empresas de reconocido
prestigio, con las que hay que firmar contratos legales muy claros, que
trabajan con el mismo fin: para que alguien que no es experto, o que no
quiera hacerse experto, pueda disfrutar de las ventajas del sello como
inversión”. Al final, se decía que el reportaje había sido realizado
con la colaboración de dos miembros de las empresas Forum Filatélico y
AFINSA, las dos cuyos directivos han sido ahora acusados de estafa. El
periódico El Correo también publicó en su día un publi-reportaje (es
decir, pagado) pero “casualmente” ha desaparecido de su web, en donde
estaba hasta hace unas horas (estaba exactamente aquí:
http://servicios.elcorreodigital.com/especiales/especiales_comerciales/inversion05/ahorro.htm). (Addenda: puede obtenerse de la memoria de Google
aquí)
¿Qué
ciudadano iba a pensar entonces que ese negocio podía ser lo que en
realidad era? ¿Quién iba a darse cuenta, si los medios más reputados le
daban esa consideración de buena inversión, que lo que había detrás era
una pirámide que no creaba renta, y que, por lo tanto, no podía generar
"intereses", sino que se iba pagando a los viejos inversores con el
dinero de los nuevos?
¿Cómo se pueden sorprender ahora los
medios de que no se descubriese antes la estafa si ellos mismos la
publicitaban y le daban marchamo de inversión seria y rentable?
Y
lo que es más importante: ¿cómo es que al escribir sobre ese negocio no
se daban cuenta de que se estaban vendiendo sellos casi trece veces por
encima de su valor sin que hubiera ninguna circunstancia que explicara
esa subida?, ¿cómo no se percataban al investigar (¿investigar?) para
escribir esos artículos que lo que vendían como sellos valiosos no lo
eran ni por asomo en la inmensa mayoría de las circunstancias?
Lo
que ha ocurrido durante esos 26 años es que todo el mundo hacía la
vista gorda y, en particular, que los medios se dejaban llevar por la
inercia o quizá por los ingresos publicitarios, en lugar de investigar
y tratar de descubrir lo que había detrás de algo que obviamente debía
ser irregular, pues era incomprensible que se pudieran pagar
"intereses" (en realidad no lo eran) tan elevados.
Ahora se solicita
que el Estado ampare a los inversionistas (por cierto, son eso,
inversionistas y no ahorradores, puesto que lo que hacían era comprar
bienes con la idea de que su precio subiría).
Sería injusto,
sin embargo, que con los impuestos de quienes no han podido disponer de
recursos ahorrados para invertir, o de quienes han sido más prudentes a
la hora de hacerlo, se financie el descuido, el afán de ganancia
extraordinaria y la falta de diligencia financiera de otros.
Es
verdad que se trata de un problema social importante. De un gran engaño
a muchas personas modestas que se habían ganado honestamente sus
ahorros y que ahora no tendrán (en el mejor de los casos) nada más que
unos cuantos sellos con mucho menos valor que el que ellos pensaron que
tendrían.
Pero lo que debe hacer la administración es ayudar a
los afectados a que pleiteen contra los directivos de las empresas que
idearon la estafa, o incluso reconocer y hacer frente a la falta de
regulación de este "negocio". Nada más.
Por cierto, es curioso
que quienes siempre se oponen a la “injerencia” del Estado, ahora pidan
que intervenga y se quejan de que no lo hubiera hecho antes. ¿Qué
hubieran dicho si antes, para limitar el riesgo que se contraía,
hubiera limitado su sacrosanta libertad para contratar?
La
triste paradoja que se da ahora es que las empresas filatélicas en
realidad timaban sobre el precio de los sellos pero, muy probablemente,
los sellos estén todos a disposición de los inversionistas, de modo que
en principio no debería haber problema en que estos puedan recuperar lo
que compraron: los sellos. De hecho, eso es lo que dicen las empresas
afectadas en sus páginas web, que los sellos están en sus cámaras
acorazadas y que pueden hacer frente a sus obligaciones con los
inversionistas. Lo que no dicen es que valen muchísimo menos porque
inflaron artificialmente los precios para atraer a los incautos... ¡y
sin que casi ningún medio de comunicación ni la propia administración
se diera cuenta!
Sé que decir que ahora el Estado no compense
las pérdidas patrimoniales de esos inverionistas pudiera parecer
injusto en un país cuyos gobiernos han gastado millones y millones para
tapar los agujeros que han dejado en otras ocasiones banqueros ladrones
(algunos, por cierto, andando todavía a sus anchas sin que nadie les
moleste). Pero el que se cometiera esa inmoralidad antes no justifica
que se vuelva a actuar igual ahora. Ayudar generosamente a resolver el
problema sí, pero dar por sentado que el conjunto de los ciudadanos
sirve de garantía a la imprudencia financiera de unos no parece que sea
un principio muy razonable.
Otra cosa, en fin, es que cuando
todo esto ocurre, uno no tenga más remedio que hacerse la pregunta
de las viejas películas de crímenes: ¿quién se beneficia de todo esto?
Entonces, y una vez más, aparecen los banqueros. Deben estar más
tranquilos porque, al fin y al cabo, el dinero y las inversiones
siempre termina yendo a su redil y ahora los bancos pueden seguir
apareciendo como los inversores buenos y legales. Como decía Eduardo
Haro Tecglen en el título de unos de sus libros:
¡Qué estafa!
Juan Torres López es catedrático de Economía de la Universidad de
Málaga (España) y colaborador habitual de Rebelión. Su página web:
www.juantorreslopez.com