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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 02-06-2006

Humanidad reclusa, el horrendo rcord de Estados Unidos

Danilo Zolo
Il Manifesto

Traducido del italiano para Rebelin y Tlaxcala por Gorka Larrabeiti


Los estados occidentales ensean sus msculos cuando se trata de imponer a los ciudadanos las reglas de un orden pblico cada vez ms rgido. Lo hacen bajo el estandarte de la ideologa penal de la Tolerancia cero, que se ha afirmado en los EE.UU., y que despus se ha difundido rpidamente en muchos pases occidentales por la deriva de la globalizacin. Como objeto de un minucioso control del territorio y de una represin inflexible se toman comportamientos marginales, an los de ms leve entidad, de personas que no se adecuan a los modelos del conformismo social. Esta es la tesis que sostiene y documenta Lucia Re en Carcere e globalizzazione. Il boom penitenziario negli Stati Uniti e in Europa [Laterza, p. 212, 18]. Gran Bretaa y sucesivamente otros pases europeos estn abrazando la ideologa de la tolerancia cero segn una tendencia de rpido aumento de la poblacin carcelaria: en Italia, en pocos aos, se ha pasado de una media estable de 40-45.000 detenidos a los 56.000 de principios de 2005; en Gran Bretaa, en 10 aos, de 50.000 a 76.000.

EE.UU. goza hoy de una primaca planetaria: desde 1980, la poblacin penitenciaria se ha triplicado con creces, hasta llegar a 2.130.000 detenidos a mediados de 2004. El porcentaje de detenciones es el ms alto del mundo: 726 encarcelados por cada 100.000 ciudadanos, 7 veces ms que en Italia. Datos an ms relevantes si se considera que en EE.UU. los detenidos son slo un tercio de la poblacin sujeta a sanciones penales: ms de 4 millones estn sometidos a medidas cautelares como la libertad condicional y la libertad vigilada, lo que eleva a unos 6 millones y medio el nmero de personas que sufren alguna forma de tratamiento penal.

Estas cifras muestran como al proceso de globalizacin le corresponde, en EEUU, as como en la mayora de pases occidentales, una transformacin no slo de la poltica penal sino de las propias funciones del Estado. El control social se ha convertido en la funcin principal asignada por los procesos de globalizacin a las autoridades polticas de los Estados, y dicho control se practica como represin policial hacia quienes pertenecen a categoras sociales consideradas estadsticamente marginales. Cabe subrayar el hecho de que no existe ningn vnculo demostrable entre expansin de la poblacin carcelaria y aumento de la criminalidad. En EE.UU., en concreto, la comparacin entre porcentajes de criminalidad y aplicacin de medidas penales inspiradas en la tolerancia cero no ofrece ningn resultado persuasivo.

En realidad, la administracin penitenciaria tiende a ocupar el espacio que ha dejado la desmovilizacin de amplios sectores polticos y socioeconmicos del Estado del Bienestar. Con un drstico pasaje de una concepcin positiva de la seguridad como prevencin colectiva de los riesgos y como solidaridad social- a una concepcin negativa de la seguridad, entendida como tutela policial de la incolumidad individual.

Para Loc Wacquant, desregulacin econmica e hiperregulacin penal proceden juntas: la desinversin social supone y provoca la super-inversin carcelaria, nico instrumento capaz de hacer frente a a los conflictos causados por la demolicin del estado social y la inseguridad material que se difunde en los estratos inferiores de la pirmide social.

Adase a todo ello la tendencia en EE.UU. a la privatizacin de las crceles, el as llamado correctional business, cuyo volumen de negocio ha registrado un crecimiento exponencial y cuya estructura ha adoptado las caractersticas de una multinacional de las rejas, al difundirse por Gran Bretaa, Australia, Israel y Chile. En los institutos penitenciarios privados de EE.UU. -cuyo nmero crece, muchos de los cuales cotizan en bolsa- hay 300.000 detenidos entre rejas, alrededor de un quinto de la poblacin carcelaria global. La lgica de esta empresa econmica es obviamente la ganancia, lo que incide en buena medida en la calidad del tratamiento: se puede considerar prcticamente abandonado el modelo de crcel en cuanto lugar de reeducacin y socializacin, ya no slo de segregacin y limitacin de las libertades. Y es que este modelo est en crisis actualmente en todo el mundo occidental. Las razones principales son la masificacin, la congestin, la aglomeracin, la escasez de recursos para las actividades de socializacin y la parlisis de la actividad laboral. En Italia, por ejemplo, los reclusos, hacinados en celdas ruinosas, sin calefaccin y mal iluminadas, disponen de una media de no ms de 2 o 3 metros cuadrados por cabeza. Suelen tener que conservar indumentaria y objetos personales dentro de cajas de cartn en el suelo, donde ponen tambin los colchones. Las actividades colectivas son escasas, las relaciones con el exterior dificultosas, la comunicacin entre el personal penitenciario y los detenidos extranjeros resulta impedida por la ausencia de intrpretes o de conocimiento lingstico. Son especialmente duras las condiciones de vida de los enfermos de SIDA, toxicmanos y extranjeros extracomunitarios. Un componente aflictivo que no se ha de pasar por alto es la abstinencia sexual, fuente de violencia y distorsiones psico-sexuales. Si se aaden la degradacin del ambiente, la mala calidad de la comida y lo difcil que es curarse, se entiende por qu en las crceles italianas (y europeas) crece constantemente el porcentaje de autolesionismo, intentos de suicidio y suicidio.

Tanto en EE.UU. como en Europa se puede imputar a la institucin penitenciaria una doble irracionalidad: es irracional no slo respecto al fin reeducativo, sino tambin al control de la marginalidad y de la garanta del orden pblico. La crcel es simplemente un lugar de afliccin algunas veces de pura y dura tortura fsica y psquica- y de violacin de los derechos de los reclusos. Funciona como un lugar de autoidentificacin referencial y profesionalizacin del detenido. Alimenta subculturas marginales, asigna identidades imborrables a quien atraviesa sus umbrales por poco tiempo que sea. A todo ello se le aada su carcter inicuo, pues, hoy como ayer, no ha cambiado y sigue siendo un lugar reservado esencialmente para las capas ms dbiles y pobres de la sociedad.

El difuso fervor justicialista que hoy exalta las virtudes teraputicas de la crcel ( hasta las de la pena de muerte) y aplaude la poltica represiva de la tolerancia cero no corresponde en absoluto a una solicitud de racionalizacin del tratamiento de la marginalidad. Al contrario, en el fondo, lo que hay es una nueva inseguridad, y una nueva demanda acuciante de proteccin. Junto a extensos procesos de marginacin social, discriminacin racial y empobrecimiento colectivo, crecen miedos irracionales que emergen de nuevo en un mundo menos simplificado por las ideologas y por las creencias religiosas, y, al tiempo, ms complejo, turbulento y dividido: el mundo de Guantnamo, Abu Ghraib y la globalizacin carcelaria.

Fuente: Il Manifesto (http://www.ilmanifesto.it/Quotidiano-archivio/30-Maggio-2006/art93.html).

Gorka Larrabeiti es miembro de los colectivos de Rebelin y Tlaxcala (www.tlaxcala.es), la red de traductores por la diversidad lingstica. Esta traduccin es copyleft.



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