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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 09-06-2006

La pedagogia del milln de muertos

Santiago Alba Rico
Rebelin

Prlogo al libro "Comprender Venezuela, pensar la democracia. El colapso moral de los intelectuales occidentales" de Carlos Fernndez Liria y Luis Alegre Zahonero


Hace unos das tuve ocasin de ver una vieja y extraordinaria pelcula, Sierra de Teruel, rodada durante la guerra civil espaola en los escenarios mismos de las batallas que una parte del mundo segua entonces con la respiracin suspendida. Basada en una novela de Andr Malraux y dirigida por l mismo, narra en un tono casi documental las dificultades de una escuadrilla de aviadores internacionalistas llegados a Espaa desde todos los rincones de la tierra y la muerte heroica de algunos de ellos en una ltima accin que logra detener provisionalmente el avance fascista. Hay tres escenas particularmente elocuentes y conmovedoras. En la primera, las mujeres y viejitos de Teruel, ante la falta de armas de fuego para defender la ciudad, acarrean enseres domsticos cisternas, botellas, cajas y latas- que puedan ser rellenados de dinamita y convertidos en bombas. En la segunda, un campesino republicano que ha localizado la base area del enemigo y que no sabe interpretar un mapa, decide acompaar en el avin al comandante de la escuadrilla para sealarle desde el aire su ubicacin; atnito y un poco mareado, esa visin desde lo alto de los campos en los que siempre ha vivido se le presenta como un jeroglifo o un enigma, de manera que, cuando el comandante le indica en un tono casi filosfico a travs de la ventanilla sa es la tierra, el campesino no acaba de crerselo: la nuestra?, perplejidad apoyada en un pronombre ambiguo que saca de pronto al aviador de su ensoacin metafsica y le devuelve al solar de la confrontacin poltica: no, la suya, responde refirindose ahora, no ya a la casa un poco abstracta de la Humanidad, sino a las tierras concretas que los fascistas se quieren apropiar. En la tercera escena, homenaje pico a la solidaridad internacionalista, cientos y cientos de campesinos acuden a la vera del camino por el que trasladan montaa abajo, en atades o en parihuelas, a los aviadores cados en combate; las viejitas quieren saber de dnde son esos hombres que han venido desde tan lejos a defenderlas (un rabe, un italiano, un alemn) y los serranos, cocidos al sol, se quitan la boina y levantan el puo cerrado al paso de la comitiva. Rodada en 1939, cuando las ltimas esperanzas espaolas adelgazaban rpidamente, Sierra de Teruel se estren en Francia en 1945, cuando las esperanzas de victoria mundial sobre el fascismo parecan mejor fundadas, y quizs por eso la pelcula de Malraux recibi el ttulo con el que desde entonces se la conoce, el mismo que la famosa novela que la inspir, Lespoir, la esperanza, un nombre que, sesenta aos despus, slo sirve para agravar la melancola del que la contempla y la insatisfaccin del que no se contenta.

He dicho muchas veces que lo que llamamos transicin democrtica en Espaa es en realidad el paradjico y obsceno proceso en virtud del cual, tras un golpe de Estado fascista, una guerra civil que rest brutalmente un milln de vivos y una dictadura de cuarenta aos con sus cadveres enterrados en las cunetas, sus desaparecidos, sus represaliados, sus miles de exiliados y torturados- los vencedores condescendieron por fin a perdonar a los vencidos, los verdugos se avinieron a ser generosos con sus vctimas. Por contraste con otras latitudes, donde las vctimas son obligadas a perdonar a los verdugos, el caso de Espaa es particularmente ejemplar y quizs por eso se propone una y otra vez como artculo de exportacin: los espaoles aceptamos mansa y alborozadamente el perdn de Franco y su sucesores y, a cambio, se nos permiti tener la vida nocturna ms alocada de Europa, hacer el cine ms irreverente y comprar el mayor nmero de automviles. No digo esto contra m mismo y mis compatriotas o no slo- sino para iluminar la violencia terrible que los pueblos de Espaa soportaron durante cuarenta aos, una cifra que tiene algo al mismo tiempo simblico y reglamentario. Durante cuarenta aos vagaron los judos por el desierto tras su salida de Egipto y el gran historiador rabe Ibn Jaldn, muerto a principios del siglo XV, atribua esta concreta duracin a una estrategia de Dios, el cual habra querido eliminar de esta forma la generacin ms vieja a fin de que en la tierra nueva entrase tambin un pueblo enteramente nuevo, liberado del recuerdo de la esclavitud. En Espaa, de la misma manera pero al contrario, fueron necesarios cuarenta aos de dictadura para que los sucesores de Franco gobernasen un pueblo enteramente nuevo que haba olvidado o aprendido a temer- la libertad. Hubo que matar a los viejitos de Teruel que acarreaban sus latas de aceite y enterrar a sus hijos valientes en las cunetas de los caminos y expulsar, encarcelar y aterrorizar a sus nietos para que finalmente, tras hacer de Espaa un desierto, los sucesores de Franco pudiesen permitirse convocar elecciones, a sabiendas de que los espaoles haban aprendido ya a votar correctamente; y legalizar incluso al Partido Comunista, con la certeza de que la pluralidad de partidos no iba a poner en peligro la soberana natural del capitalismo y la gestin del imperialismo estadounidense.

Porque lo que no se explica en nuestras escuelas es que la transicin democrtica comenz en Espaa el 18 de julio de 1936, cinco meses despus de la victoria electoral del Frente Popular, y que la guerra civil espaola no fue, como se dice, un ensayo de la Segunda Guerra Mundial sino ms bien un episodio ms, dificultado por la resistencia democrtica de los pueblos, en la colosal e inescrupulosa obra ortopdica del capitalismo, en su minuciosa, verstil y finalmente sangrienta iniciativa pedaggica destinada a ensear a votar juiciosamente; es decir, destinada a ajustar la voluntad de los ciudadanos a la reproduccin automtica de los grandes intereses econmicos. Es comprensible, y desgraciadamente inevitable, que en un mundo en el que la Democracia invade pases, bombardea ciudades y construye campos de concentracin, el sistema mismo de elecciones nos parezca solamente una trampa concebida y fabricada por los poderosos. Pero olvidamos que el derecho al voto, extendido muy recientemente a las mujeres, fue una conquista popular duramente arrancada a los gobernantes; y que la democracia, incluso en su modelo representativo y sufragista, fue ganada en una lucha a muerte con un altsimo coste en vidas humanas; y que el capitalismo, como demuestra el helenista italiano Luciano Canfora, se limita a manejarla mediante una estrategia pedaggica que no excluye ningn mtodo, segn las circunstancias y los pases: manipulacin legal, propaganda, soborno y, llegado el caso, fascismo. Si de algo fue un ensayo la guerra civil espaola fue de las intervenciones estadounidenses en Latinoamrica a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, segn un principio que ya he enunciado en otras ocasiones: cada treinta aos se mata a casi todo el mundo y despus se deja votar a los supervivientes. Cien aos de levantamientos y revoluciones en Francia acabaron en 1871 con el establecimiento de una repblica democrtica: los 30.000 fusilados de la Comuna de Pars constituyen el modelo democratizador que sesenta aos ms tarde dar al traste con la Repblica espaola y que todava hoy se sigue aplicando en muchas regiones del globo.

La guerra civil espaola, pues, no fue sino una manifestacin ms de esa pedagoga del voto capitalista que la recurrencia estadstica ha acabado por asociar a Amrica Latina. No est de ms, por tanto, recordar algunos datos de todos conocidos.

En Argentina, entre 1976 y 1983, la dictadura militar produce 30,000 muertos y desaparecidos, como consecuencia del principio establecido en 1977 por el general de brigada Manuel Saint Jean, gobernador de Buenos Aires: Primero vamos a matar a todos los subversivos, despus a sus colaboradores; despus a los simpatizantes; despus a los indiferentes, y por ltimo, a los tmidos.

En Chile, entre 1973 y 1988, Pinochet hace desaparecer al menos a 3197 personas y tortura a ms de 35.000. Los propsitos pedaggicos del dictador, y los lmites de la democracia restaurada por l mismo, fueron explcitamente expresados en una famosa declaracin en vsperas de las elecciones de 1989: Estoy dispuesto a aceptar el resultado de las elecciones, con tal de que no gane ninguna opcin de izquierdas.

En El Salvador, entre 1980 y 1991, la guerra civil ocasiona 75.000 muertos y desaparecidos.

Al rgimen del general Strossner, que zapate Paraguay entre 1954 y 1989, se le imputan alrededor de 11 mil desaparecidos y asesinados, adems de centenares de presos polticos y exilios forzados.

Segn el informe de la Comisin por la Verdad y la Reconciliacin, entre 1980 y el ao 2000 el balance en Per es de 70.000 muertos y 4.000 desaparecidos. El general Luis Cisneros Vizquerra, presidente del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas declara en octubre de 1983: "Para que las Fuerzas policiales puedan tener xito, tienen que comenzar a matar senderistas y no senderistas. Matan a 60 personas y a lo mejor entre ellos hay tres senderistas. Esta es la nica forma de ganar a la subversin".

En Guatemala, entre 1960 y 1996 se registran 50.000 desaparecidos y 200.000 muertos, segn la comisin de Esclarecimiento Histrico de 1999, que atribuye el 93% de las vctimas a los militares.

En Uruguay, entre Junio de 1973 a Febrero de 1985, uno de cada cinco ciudadanos pas por las crcel; uno de cada diez fue torturado; una quinta parte de la poblacion (unas 600.000 personas) se vio obligada a emigrar, cientos desaparecieron; otros sencillamente fueron asesinados.

En Hait, bajo la dinasta de los Duvalier entre 1957 y 1986, son asesinadas ms de 200.000 personas, a las que hay que aadir las miles de vctimas del golpe de Estado de Raoul Cedras contra Aristide y las que se han producido en los dos ltimos aos tras el nuevo derrocamiento violento del presidente electo y antes de la victoria electoral de Ren Preval.

En Nicaragua, la dictadura de los Somoza produce al menos 50.000 muertos, a los que hay que sumar otras 38.000 vctimas mortales como consecuencia de la guerra de baja intensidad sostenida en la dcada de los 80, con el apoyo y financiamiento estadounidense, contra el gobierno democrtico sandinista.

El caso de Colombia adquiere dimensiones casi dantescas. La magnitud del exterminio es tal que no hay cifras totales, ni siquiera aproximadas, para los ltimos 40 aos de pedagoga del voto capitalista. A partir de los aos 80 se calcula en torno a los 20.000 muertos todos los aos, 4.000 de ellos relacionados con la violencia poltica (lo que, extrapolando abusivamente los datos, dara un cmputo global de unos 200.000 muertos desde 1965). Slo en los ltimos aos, las Asociaciones de Familiares Desaparecidos han denunciado 7.000 desapariciones; el nmero de desplazados internos en los ltimos 20 aos es de 3.500.000. Colombia registra el nico caso conocido de un verdadero y sistemtico genocidio poltico ejecutado contra una fuerza legal, la Unin Patritica, 5.000 de cuyos miembros diputados, senadores, afiliados- fueron asesinados en 10 aos, haciendo ciertas las declaraciones de un miembro del ELN, segn el cual en Colombia es mucho ms peligroso hacer poltica que luchar en la guerrilla.

A los muertos de la pedagoga del voto capitalista en los pases mencionados, habra que aadir las miles de vctimas en la Repblica Dominicana, Honduras, Brasil, Mxico, Bolivia o la propia Venezuela, ortopdicamente dirigida durante dcadas por las dos tenazas del cangrejo adeco-copeyano y cuyo ltimo episodio sangriento fue el llamado caracazo de 1989 con sus entre 400 y 2000 civiles asesinados, segn las fuentes.

La pedagoga del voto capitalista, con sus millones de muertos, ha pretendido que los latinoamericanos supervivientes acudiesen a las urnas, cuando eso se les ha permitido, bajo la amenaza oligrquica de esta alternativa terrible: el voto o la vida. Pero precisamente Venezuela ha demostrado que se puede votar libremente y, del mismo modo que el miedo es contagioso, tambin lo es la audacia. Los latinoamericanos, a pesar de los muertos, los torturados y los desaparecidos, a pesar del desierto inducido en el que slo crecen el olvido y el terror, ha perdido el miedo a votar incorrectamente. Es decir, democrticamente. La nueva democracia latinoamericana, como nos lo recuerdan las jornadas de abril del 2002 en Venezuela, expone a un peligro adicional a sus pueblos: cuanto ms incorrectamente voten ms recurrirn los EEUU (y sus aliados europeos) a pedagogas clsicas y extremas. Cuanto ms aislados estn sus pueblos, ms tentados se sentirn los EEUU (y sus aliados europeos) de recurrir a la violencia educativa. Por eso la defensa de Venezuela debe ser epidmica; es decir, bolivariana; es decir, depende del contagio irresistible de la audacia que ya se anuncia- al mayor nmero de pases, de manera que, como quera Bolvar, una vasta confederacin latinoamericana sea capaz, mediante ALBAS o auroras, de disuadir de momento (a la espera del despertar de su propio pueblo) al imperialismo estadounidense y a las fuerzas que lo apoyan.

Pero la pedagoga del voto capitalista, con sus horribles cifras de cadveres, debe ser evocada tambin a favor de Cuba, obstinada anomala que se sustrajo al siniestro balance de la educacin para el capitalismo. El pueblo de Cuba se autodetermin mediante una revolucin armada y desde entonces se ha defendido sola, con las dificultades y deformaciones que de un milagro semejante se derivan. En comparacin con lo que ha sido la situacin del resto de Latinoamrica, podemos no tener en cuenta, si despreciamos la humanidad, las vidas que ha salvado la revolucin gracias a su medicina pblica, la eliminacin de la desnutricin o la desaparicin de la marginalidad y la violencia mafiosa por citar apenas tres factores de letal eficacia en todo el mundo. De hecho, estos logros inapreciables son habitualmente silenciados o menospreciados, desde los medios de comunicacin, por los que consideran que el riesgo (para los otros) es inseparable de la (propia) libertad; y que ms vale que se mueran de hambre (o de gripe o baleados) los dems a morir uno mismo de aburrimiento. Pero lo que no se puede de ninguna manera menospreciar, y sin embargo nunca lo mencionamos, ni siquiera desde la izquierda, es que la revolucin cubana, durante ms de cuarenta aos, ha mantenido al pueblo cubano protegido de la pedagoga del voto capitalista que ha devastado, con la regularidad de una marea y la precisin de un esquema, uno por uno y todos a la vez, todos los pases de Amrica Latina. Si nos atenemos a los datos citados y hacemos una media ajustada hacia abajo, podemos concluir muy prudentemente que, cuarenta aos despus, la revolucin cubana ha salvado por lo menos a 30.000 personas de morir brutalmente asesinadas. En este mismo perodo, digmoslo as, en Cuba no slo se ha vivido mejor que en el resto de Latinoamrica sino que han vivido muchas ms personas, todos esos miles de ciudadanos que habran sido torturados y asesinados por ejrcitos, paramilitares, escuadrones de la muerte, dictadores y demcratas afascistados a fin de que los supervivientes votasen al candidato de los EEUU en las intermitencias electorales. Cuba se ha ahorrado 30.000 muertos y slo por esto valdra la pena apoyarse en su revolucin y seguir su ejemplo; y porque este incalculable ahorro de violencia y de cadveres, despus de cuarenta aos, ha constituido para los cubanos una verdadera pedagoga cotidiana que, despus de cuarenta aos y con un resultado exactamente contrario al de Espaa, ha fecundado un pueblo nuevo liberado de la esclavitud mental y material. Por eso Cuba es, al mismo tiempo, fuerte e ingenua; por eso Cuba no ha cedido y difcilmente ceder. Fidel Castro adverta recientemente sobre los peligros de un fracaso endgeno de la revolucin; pero entre la reversibilidad desde dentro de la revolucin cubana y la irreversibilidad desde dentro del capitalismo espaol, la diferencia sigue siendo enorme y es la diferencia de dos pedagogas y dos pueblos diferentes, productos respectivamente de una victoria y una derrota: la victoria de la Cuba socialista, con sus lmites y sus deformaciones, y la derrota de la Espaa republicana, con sus viejitos firmes, sus campesinos valientes y sus intelectuales despiertos enterrados en las cunetas.

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(http://www.rebelion.org/noticia.php?id=37475)




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