Portada :: Otro mundo es posible :: IV Encuentro en Defensa de la Humanidad (Anzotegui, junio de 2006)
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 10-06-2006

Una exigencia de responsabilidad

Isaac Rosa
Rebelin


Ayer, cuando volaba desde Espaa, camino de este Encuentro, vena pensando en el mismo, considerando cul poda ser mi aportacin a estos paneles, si realmente yo tena algo que aportar a este Encuentro. Porque uno, por experiencias anteriores, sabe que en este tipo de reuniones acaba recibiendo mucho ms de lo que da, que por mucha y buena intencin que uno tenga de contribuir, de dar, de aportar algo, el saldo siempre acaba siendo positivo para m y negativo para ustedes, y uno se lleva mucho ms de lo que trajo.

Vena, adems, con la extraeza todava caliente con que me desped en Espaa. Extraeza, en primer lugar, por el destino del viaje: Venezuela, tal vez el pas sobre el que hoy se aplica con mayor ferocidad la maquinaria de intoxicacin desinformativa, propagandstica e ideolgica, de tal manera que en Espaa decir hoy que vas a Venezuela provoca estupor, sobre todo si aclaras que no vas como turista.

Si adems dices que tambin participarn cubanos, el estupor se convierte en pnico entre los tuyos, que creen que acabars secuestrado por la CIA cualquier da de stos. Y si encima completas la despedida diciendo que acudes a un Encuentro en Defensa de la Humanidad, la extraeza, el estupor y el pnico dejan hueco a la incredulidad, no porque mi gente crea que la Humanidad no est en peligro y necesita ser defendida, sino por la sensacin de que, si esa defensa est en manos de tipos como yo, aviada est la Humanidad, est todo perdido.

Y es que aqu estamos, reunidos en Defensa de la Humanidad, como si fusemos unos conjurados salidos de una novela de Chesterton, en lo que sin embargo es expresin de un movimiento internacional cada vez mayor, de toma de conciencia y de paso a la accin.

No somos, en efecto, un grupo de iluminados ni una avanzadilla de nada, sino que es la propia Humanidad la que se est rearmando, reorganizando, y nosotros somos una pieza ms de ese conjunto, sin que podamos presumir de ninguna representacin ni autoridad. Porque a los intelectuales, como recuerda Eduardo Galeano, nos gusta creer que estamos aqu para dar voz a los que no tienen voz, como si los marginados, los hundidos, los nadie, no tuviesen acaso voz propia, slo que les callan, les amordazan, y nos hacen creer que no tienen voz.

Y la tienen, claro que la tienen, y muchos la estn usando ya, desde hace aos, desde siempre incluso. Muchos estn defendiendo la Humanidad sin proponrselo, sin intencin tan elevada, actuando localmente, en sus barrios, en su entorno, en sus centros de trabajo, en su alcance, pero defendiendo a toda la Humanidad, no porque crea, a la manera de los liberales clsicos, que la suma de decisiones individuales, de comportamientos egostas, acaba favoreciendo a la colectividad; sino porque realmente se extiende una conciencia ms amplia, internacionalmente.

Mientras vena de camino a este Encuentro, en el vuelo desde Espaa, consideraba cul poda ser mi aportacin al mismo, reflexionaba sobre qu tipo de peligros son aquellos de los que, siguiendo el lema que nos agrupa, debe defenderse la Humanidad, y qu podemos aportar a ellos los trabajadores intelectuales.

Hojeaba en el viaje un peridico espaol, y prcticamente no haba una pgina que no me remitiese a las razones para un encuentro como ste, que no me ilustrase el momento crtico que vivimos hoy en el mundo, hasta qu nivel de inmoralidad, de injusticia, de obscenidad, de corrupcin hemos llegado, con qu impudor, con qu naturalidad nos la presentan los fabricantes de noticias y de opinin, que hace tiempo dejaron de sealar o disimular la mentira, la desfachatez, la barbarie, la brutalidad, la impunidad, la opulencia, el terror.

Me encuentro, por ejemplo, una noticia que cuenta que la revista Forbes, de todos bien conocida por el rigor con que realiza su listado de hombres ms ricos del planeta, publica ahora el listado de los automviles ms caros del mercado. Y nos informa, no con escndalo sino con gracia, que varios cientos de personas en todo el mundo han comprado un modelo que cuesta 1.242.700 dlares. O dicho con la frmula de calcular del novelista espaol Miguel Espinosa, un automvil que cuesta el sueldo de 2.000 obreros espaoles, o los recursos de subsistencia de ms de un milln de las mujeres y hombres que viven con menos de un dlar al da. A este modelo le siguen en la clasificacin otros seis vehculos que no bajan del medio milln de dlares, y de los cuales hay igualmente varios centenares circulando en el mundo.

En el mismo peridico, en otra pgina, leo una informacin sobre las elecciones presidenciales que se celebraban ayer en Per, y sobre las que, por si acaso ganaba Humala, ya llevaba varios meses actuando el frente meditico, para tener ya parte del trabajo hecho. En Per, me dice el peridico, se enfrentan el socialdemcrata Alan Garca y el populista Ollanta Humala. As dicho. Socialdemocracia frente a populismo.

Ya sabemos que socialdemocracia es una palabra templada, serena, nrdica, blanca, que suena a Estado de Bienestar, a pensiones para los viejitos y guarderas pblicas. Populismo en cambio es una palabra caliente, excitada, tropical, que suena a inestabilidad, a arbitrariedad. El populista Humala, el populista Chvez.

Varias pginas ms all, otra noticia informa de que el reelegido presidente colombiano lvaro Uribe marca como una de sus mximas prioridades la firma del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos. Lo que no suelen contarnos los medios es que Uribe tiene desde hace tiempo un programa de televisin con el que recorre el pas reunindose en directo con vecinos, escuchando sus quejas, ofreciendo soluciones, amonestando en pblico a sus ministros y colaboradores. Pero nunca leemos ni omos que le nombren como el populista Uribe.

Supongo que sobre este uso intencionado del lenguaje tenemos algo que decir los trabajadores intelectuales. Pero termino primero mi lectura de peridico. Me encuentro, en la revista dominical, una publicidad a pgina entera de una entidad financiera espaola que proclama como lema de su campaa publicitaria: El dinero nos hace libres. La frase solemne se inscribe sobre un icono simplista: la fotografa de una playa ideal, desierta, virgen, de agua turquesa y arena fina. En la orilla, un baista despreocupado, con baador estampado, chancletas en la mano, deja que la primera olita roce los dedos de sus pies. El clich de la felicidad, de la vida muelle. Podan haber dicho El dinero nos da la felicidad, o El dinero nos da la vida ociosa, o nos da tranquilidad. Pero no basta con eso: el dinero nos hace libres. La libertad.

Algo que no deja de ocultar una verdad, lo que hace ms indecente su proclamacin: la realidad de que en la sociedad de libre mercado, como recuerda entre otros Jos Luis Sampedro, slo es libre para acudir al mismo quien tiene dinero. La libertad en el mercado la dan los dlares en el bolsillo.

Pero el anuncio de este banco no va por ah. Tiene que ver con una de las responsabilidades de los trabajadores intelectuales: el lenguaje, el secuestro del mismo, la apropiacin de las grandes palabras, hoy degeneradas para uso publicitario: libertad, revolucin, derechos humanos, grandes palabras hoy vaciadas de contenido, pronunciadas en vano, para vender un detergente que promete la revolucin contra las manchas.

O, hace unos aos, una empresa de esttica y tratamientos de belleza, que a toda pgina proclamaba una, con maysculas, Declaracin de los Derechos del Hombre, a la manera de la de 1948, pero que actualizada se converta en el derecho de todo hombre a tener un cabello sano y bonito, a eliminar el vello de torso y piernas, a no tener acn ni varices, el derecho de todo hombre a eliminar arrugas y papada, a retocar la nariz, orejas, pecho, abdomen...

Pero este tipo de perversiones del lenguaje no escandalizan a nadie, porque su uso publicitario es una broma en comparacin a la manipulacin que otros hacen de esas mismas palabras, libertad, democracia, derechos humanos; quienes usan la palabra libertad para bautizar operaciones militares imperialistas, y evocan la democracia para bombardear poblaciones, ejecutar familias enteras, ocupar pases, derribar gobiernos, promover golpes de Estado... O devalan los derechos humanos abanderndolos desde un fundamentalismo que al final conduce a las prisiones secretas, al uso de la tortura, a los desaparecidos en la terrorista guerra contra el terrorismo.

Los trabajadores intelectuales tenemos ah un primer trabajo que realizar, con el lenguaje que es nuestra herramienta, en la recuperacin de las palabras. No debemos conformarnos con la derrota y admitir que nos han robado las palabras, y dedicarnos a buscar un nuevo lenguaje, nada de eso, porque se trata de palabras que siguen siendo vlidas para designar las mismas realidades inamovibles, y que conservan su fuerza, su sentido, su capacidad movilizadora.

Sobre todo cuando esas palabras que nos haban dicho (y habamos aceptado) que ya no servan, que estaban viejas, que haban caducado, se siguen utilizando en lugares donde se dice, no que el dinero nos hace libres, sino que la educacin nos hace libres, la erradicacin del analfabetismo, la formacin de los ciudadanos, la participacin popular en la cultura... Porque la educacin nos hace libres, nos permite ganar la libertad y nos a recursos para defenderla cuando peligra. En un mundo tecnologizado, hay que formarse hasta para empuar un arma, o sobre todo para eso, puesto que para conducir un tanque o volar un avin hay que ser poco menos que ingeniero, ya no basta con prender una mecha y empujar un can.

Hay que exigir responsabilidad a los trabajadores intelectuales, a los escritores, a los creadores, en este terreno, el del lenguaje, pero tambin en otros.

Hay que exigir a los creadores responsabilidad en su labor creadora, no dejar en manos del autor que decida o no su compromiso, y en qu sentido, sino recordarle que l no elige, que la creacin, la literatura, el cine y otras formas, son agentes ideolgicos de primer orden, transmisores de valores, de una representacin del mundo, capaces de blindar conceptos y ocultar realidades, o por el contrario transparentarlas.

El potencial de la creacin, de la ficcin, es enorme, y eso parecen haberlo entendido mejor los grandes estudios cinematogrficos, los programadores televisivos, los fabricantes de bestsellers, la industria cultural, que han dado muestras sobradas de que, mientras los derrotistas dicen que la literatura, que la ficcin, no sirve para cambiar el mundo, ellos demuestran que es muy eficaz para conservar ese mundo, para hacerlo digerible, soportable, presentar ese mundo como inmutable, necesario, bueno incluso.

Por eso tenemos que exigir a los creadores un uso responsable de su creacin, por el potencial que sta tiene, por el dao que puede ocasionar con un uso irresponsable que deja cerebros arrasados, que puede convertirse en un arma de destruccin masiva, de destruccin intelectual masiva.

Debemos exigir responsabilidades a los creadores, porque no son intocables, son falibles, muy falibles, y tambin hacen mucho dao, y tambin pueden hacer mucho bien.

Parece que podemos pedir responsabilidades a otros trabajadores y no a los creadores. Parece que podemos exigir responsabilidad a un constructor para que las casas que levanta sean slidas y no se derrumben en la tormenta, y podemos exigir responsabilidad al conductor del autobs para que no estrelle su vehculo, o al cirujano para que no se le muera el enfermo sobre la mesa de operaciones, pero no podemos apelar a los creadores por muchos destrozos que hagan, como si sus trabajos no hiciesen daos iguales, o peores, como si sus palabras no pudiesen derribar casas u ocultar el derribo. O al revs, exigirles responsabilidad por la disipacin de recursos tan aprovechables.

Que nadie piense que estoy hablando en trminos de censura, nada de eso. Por supuesto que el creador es libre, pero eso no quiere decir que sea irresponsable ante la sociedad sobre la que acta. Como deca, todos proponemos una interpretacin del mundo con nuestras creaciones, hasta las obras ms aparentemente evasivas tienen su carga ideolgica, o incluso es mayor en esos casos.

Por eso hay que llamar la atencin a esos escritores que, sabiendo construir casas, teniendo las herramientas y los recursos para levantar lugares habitables, se dedican slo a jugar con maquetas preciosas, o alicatan las mansiones del poder. Esos escritores que, siguiendo el paralelismo con otros oficios, colocados al volante, atropellan al que no se aparta, o se dedican a echar carreras y circular de forma temeraria con sus vehculos tan necesarios para el transporte. O esos creadores que, con el paciente abierto en canal sobre la mesa de operaciones, prefieren jugar con l, o hacerle una viviseccin o una autopsia por adelantado, o se mudan a otro quirfano para operar unos pechos o unos arrugas mejor pagadas, siguiendo aquella peculiar declaracin de los derechos del hombre.



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