Portada :: Otro mundo es posible :: IV Encuentro en Defensa de la Humanidad (Anzotegui, junio de 2006)
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 11-06-2006

La responsabilidad del escritor en los relatos de victoria y derrota

Beln Gopegui
Rebelin


El catorce de agosto de 1943, Bertolt Brecht, exiliado en los Estados Unidos, hace una anotacin en su diario sobre un pequeo festival organizado en honor a Alfred Dblin, que cumple 65 aos. Escribe Brecht: Dblin comenz a explicar por qu l, como muchos otros escritores, tena parte de responsabilidad por la ascensin de los nazis (...) Por unos instantes, contina Brecht, tuve la pueril esperanza de que dijera: porque disimul los delitos de los poderosos, porque humill a los oprimidos, porque quise alimentar con cantos a los hambrientos, etctera. Pero l prosigui con empecinamiento, sin contricin, sin remordimientos: porque no busqu a dios.

Me propongo hablar aqu de la responsabilidad del escritor, del escritor como aquel que trabaja en la construccin de ficciones. No de su responsabilidad en cuanto ciudadano, o militante, o trabajador intelectual que tiene mayor acceso que otras personas a la palabra pblica. Hablar, en cambio, de la responsabilidad de la ficcin. Hablar de que es posible que los relatos disimulen los delitos de los poderosos, humillen a los oprimidos, quieran alimentar con cantos a los hambrientos.

S que la ficcin goza de un estatuto especial y que en cierto modo lo necesita. Podemos matar en la ficcin sin que nos salpique la sangre, es necesario conservar esta posibilidad igual que, en otro orden de cosas, es necesario que en un laboratorio se trabaje con grmenes mortferos pues conocerlos ayuda a encontrar el medicamento que pueda dominarlos. Por lo que se refiere a la ficcin, hasta dnde debemos llegar? El acuerdo vigente hoy en da parece ser que dice: hasta el infinito, si bien quiz existan dos o tres fronteras que hoy no se aceptaran, difcilmente se aceptara una ficcin no cmica sino dramtica que convirtiera a Hitler en un hroe, que negara exterminio de los judos o que pretendiera que la raza negra es inferior.

Siempre que se trata este tema surge el espectro de la censura y la discusin se encona o se cierra pues da la impresin de que quien la promueve est pensando en la conveniencia de prohibir ciertos libros o pelculas. Yo no tengo ninguna posibilidad de prohibir relatos y no hablo desde ah. Reivindico algo bastante ms humilde, la posibilidad de criticar la ficcin por lo que cuenta, por lo que propone, por haber analizado no slo las comas, las estrategias narrativas, la brillantez formal, sino haber analizado adems a quin salpica la sangre y de quin es la sangre que salpica o, dicho de otro modo, qu valores se articulan y dramatizan y por qu. Creo, dir, que en contra de lo que a menudo se afirma, ste es un juicio que se hace siempre, que no ha dejado de hacerse y que est ntimamente relacionado con la percepcin colectiva de lo bueno, de lo deseable, de lo intolerable.

Para mostrar esto acudir a los relatos de tres grandes victorias y derrotas colectivas, pues de lo que hoy quiero hablar no es de las ficciones de lo privado, sino de aquellas que se articulan en torno a la lectura de la historia vivida por los pueblos. Me referir por tanto a la guerra civil norteamericana, a la segunda guerra mundial y a la llamada guerra civil espaola.

Decir segunda repblica espaola es decir golpe de Estado, es decir guerra civil o ms exactamente guerra revolucionaria y decir victoria del fascismo. Decir segunda repblica es, a una escala menor, decir ausencia de modelos heroicos homologados, ausencia de mitologa republicana actualizada, ausencia de pica de la derrota. Porque unas fotos de Robert Capa y algunos relatos verdicos estremecedores no construyen una mitologa. Como argumentar a continuacin, para que pueda existir una mitologa de la derrota hace falta que ganen los buenos y por ms que hubiera atrocidades en los dos bandos y gestos de humana solidaridad, no es legtimo ni de sentido comn atribuir al fascismo el papel de los buenos.

Una cosa es recelar del maniquesmo y otra no ver que la historia se ha ido construyendo con conflictos en los cuales un bando tena la legitimidad y el otro slo tena la fuerza. La guerra civil norteamericana es un ejemplo claro. Los abolicionistas eran los buenos, y por ms que estuvieran tambin guiados por intereses econmicos, nadie dira que la causa de la esclavitud es tan buena y legtima como la causa de la libertad de los esclavos. Nadie dira: puesto que, sin duda, en ambos bandos se cometieron atrocidades y en ambos bandos hubo gestos de solidaridad, era indiferente a la bondad y al progreso el hecho que hubiera ganado uno u otro.

En la guerra civil norteamericana ganaron los buenos, y precisamente por eso se ha podido construir una cierta mitologa de la derrota con los Estados del Sur. Porque en cualquier bando hay dignidad y herosmo, y la dignidad y el herosmo adquieren un halo romntico, esto es, individualista, cuando no estn acompaados del empuje colectivo que arrastra la victoria.

Algo parecido ocurre con la Segunda Guerra Mundial. Como ganaron los, diremos, menos malos, se pueden realizar pelculas en las que algn alemn solitario y amante del arte y capaz de gestos de generosidad adquiera un cierto halo mtico y disfrute del aura romntica e individualista del perdedor. En el orden de lo afectivo, la pelcula Casablanca es, por su estrategia narrativa, un paradigma. La chica se va con el bueno, con el hroe, con quien defiende los valores que an nos conmueven en el himno de la marsellesa, y slo por ese motivo puede el relato elevar la figura de Rick, el perdedor, dotndole, una vez ms, de romanticismo.

No contamos, por el contrario, con relatos mitolgicos de los reprimidos por las dictaduras, es decir, contamos con algunos de esos relatos y nos hablan de la dignidad, del valor, nos hablan del horror y de la tortura, pero no conforman personajes con aura, con romanticismo, con potencia, sino que esos relatos se impregnan de la opresin que narran y les falta siempre aire y no son mitolgicos sino asfixiantes y tristes.

Hay sin duda ms valor y dignidad en las manos cortadas de Vctor Jara o en la crcel y la tuberculosis y la muerte de Miguel Hernndez que en cualquier lista de Schlinder o que en el miliciano de Salamina que perdona la vida a un fascista, huye y luego entra triunfador para liberar Pars. Pero Shlinder cuenta con el romanticismo del perdedor individualista que es, al parecer, capaz de prestar atencin a la voz de su conciencia, y el miliciano accede al romanticismo a travs de un destino privado que, dejando atrs a los vencidos, se impregna del triunfo de los aliados. En cambio Miguel Hernndez y Vctor Jara nos recuerdan que los buenos pueden perder, que pierden, que siguen perdiendo cada da en muchas ocasiones.

Y es que no es cierto, como suele decirse, que el perdedor sea una figura romntica en s misma, no es cierta esa queja de los triunfadores segn la cual ellos lo tienen todo pero no tienen el aura, el encanto, el atractivo de los perdedores. Hambrientos, explotados, hambrientas, explotadas, enfermos y enfermas sin atencin mdica, cada uno de ellos es un perdedor. Se cuentan por cientos de millones pero nadie parece tender a atribuirles encanto y romanticismo. Los relatos se centran en los perdedores malos o los no-buenos, a ser posible, ricos, nos conmueven los perdedores del bando de lo oscuro que misteriosamente supieron mantener all una cierta independencia.

Aquellas ocasiones en que el perdedor honesto, bueno, logra ingresar en el relato mitolgico suelen ser debidas a que en cierto momento logr la victoria y, por ese momento, los valores legtimos de generosidad, valenta y, tambin, de no explotacin, de no sacar provecho de la pobreza ajena o cualquier otra cosa que el perdedor represente, adquieren el empuje y la fuerza del triunfo. A mi modo de ver, los disparos con que se mata sin respeto a un Che ya herido en Bolivia no logran acabar con el valor no slo bueno sino mitolgico de su figura porque permanece unida a la legitimidad de una revolucin victoriosa.

Si tuviera que haber una clase de justicia para el mundo de los relatos tal como tendra que haberla para el mundo de los hechos, podramos pensar que el aura no est bien repartida, pues no es justo que falten mecanismos narrativos capaces de conferir potencia al personaje del derrotado cuando ste representa los valores de una vida mejor para la mayora. A no ser que lo veamos de otro modo.

A no ser que pensemos que hay en el perdedor romntico, y en el romntico de cierta estirpe, una suerte de complacencia en su propio destino. As se advierte en el suicidio del literato que cierra el libro de su existencia o, de un modo ms tenue, en el fracasado que se emborracha cada noche a la misma hora, en el mismo sitio, o en el detective divorciado que no ordena su apartamento porque sigue amando a la mujer que no volver, o en quien habita en una casa en ruinas y habla con sus fantasmas.

A no ser que pensemos, por tanto, que sera en realidad un error profundo para el gnero humano mitificar a los derrotados por el fascismo. Por el contrario, la nica posibilidad que tiene la literatura buena, y an la vida buena, es precisamente no mitificarlos. No hay leyenda, no hay mito, no hay redoble de tambores en el desaparecido chileno o argentino, no la hay en el miliciano espaol porque en ellos slo puede haber presente.

En 1937, con veintisiete aos, Miguel Hernndez escriba en Nuestra Bandera sobre su participacin en los combates librados en los alrededores de Madrid, Boadilla del Monte, Pozuelo. En una de las forzosas retiradas que tuvimos hacia Madrid, dice, en la primera en que me vi envuelto, me sucedi algo significativo. La artillera, la aviacin, los tanques enemigos se cebaban en nuestros batallones, sin ms armas que fusiles y algn que otro can, que no volva el alma al cuerpo al orlo de tarde en tarde. Nos retirbamos, por no decir que huamos, dentro del ms completo desorden. Las encinas de las lomas de Boadilla del Monte temblaban a nuestro paso enloquecido, y algunos troncos se precipitaban degollados bajo las explosiones de las granadas. En medio del fragor de la huida, de los cartuchos y los fusiles que los soldados arrojaban para correr con menor impedimento, me hiri de arriba abajo este grito: Me dejis solo, compaeros!. Se oan muchos ayes, muchos rumores sordos de cuerpos cayendo para siempre, y aquel grito desesperado, amargo: Me dejis solo, compaeros!. A m me falta y me sobra corazn para todo! En aquellos instantes sent que se me desbordaba el pecho; orient mis pasos hacia el grito y encontr a un herido que sangraba como si su cuerpo fuera una fuente generosa. Me dejis solo, compaeros!. Le ce mi pauelo, mis vendas, la mitad de mi ropa. Me dejis solo, compaeros!. Le abrac para que no se sintiera ms solo. Pasaban huyendo ante nosotros, sin vernos, sin querer vernos, hombres espantados. Me dejis solo, compaeros!. Le ech sobre mis espaldas: el calor de su sangre golpe mi piel como un martillo doloroso. No hay quien te deje solo!, le grit. Me arrastr con l hasta donde quisieron las pocas fuerzas que me quedaban. Cuando ya no pude ms le recost en la tierra, me arrodill a su lado y le repet muchas veces: No hay quien te deje solo, compaero! Y ahora, como entonces, me siento en disposicin de no dejar solo en sus desgracias a ningn hombre.

No queremos ninguna banda sonora sobre este relato, no queremos ningn hroe romntico y solitario declamndolo en la noche: lo nico que queremos es que suene como si hubiera sido escrito por una voz comn hace apenas unas horas. Y tal vez haya en ello escasa mitologa, tal vez no proporcione material para la novelstica y el cine. Si eso es un precio, lo pagaremos. Porque la causa de no dejar solo en sus desgracias a ningn hombre no ha sido derrotada, no ser derrotada y no la venderemos por un msero plato de romanticismo.

La corriente dominante en la literatura espaola de hoy parece, sin embargo, querer algo bien distinto. Citaba el ejemplo de Soldados de Salamina, novela que se ha convertido en detonante de una moda narrativa en Espaa consistente en recrear episodios de la guerra civil a travs, a mi juicio, de una apuesta fuerte por el romanticismo en su acepcin ms complaciente, y del relativismo en su acepcin ms mercantil, esto es: se suman culpas de todas partes, se mezclan, se dividen y se pretende anular unas con otras. A esto hay que aadir lo que podramos llamar pica de pastel, la voluntad de pintar con tonos picos lo que carece de una pica real, porque la pica real, insisto, lleva aparejada la necesidad de la victoria del bien, sea lo que sea lo que consideremos que es el bien. Por el contrario, en la derrota del bien no debe haber pica y pretender otra cosa es, de nuevo, querer alimentar con cantos a los hambrientos.

Con la derrota, cuando se trata de la derrota de lo justo, slo cabe hacer instrucciones para armar ya sea con armas, ya sea con principios, ya sea con organizacin. Si se implanta, como se est implantando, la idea de que la legitimidad sin victoria puede ser literaria, pica, bella, complaciente, se habr empezado a convertir lo insoportable en soportable. Se habr empezado a desarmar al hombre y a la mujer de lo que an les pertenece, ese instante en que la indignacin se convierte en acto.

No estimo que esta moda sea casual, ni que obedezca tampoco al tiempo transcurrido desde la guerra civil espaola. Creo que la desaparicin de la Unin Sovitica y la idea occidental de que ya no hay ninguna otra instancia capaz de crear legitimidades han propiciado este fenmeno. La mal llamada guerra contra el terrorismo emprendida por los Estados Unidos y secundada por Europa no se plantea hoy como una guerra entre dos legitimidades, pues el terrorismo como tal no es una ideologa ni un proyecto ni una imagen del futuro. Por el contrario, se da a entender que legitimidad slo hay una, la del imperio, y en torno a ella se producen agresiones violentas, terroristas. La legitimidad y, por tanto, el maana, parecen ser propiedad del Imperio y de los valores que ste difunde. Tras la cada de la Unin Sovitica esta visin se ha expandido en Europa, se ha diseminado por cada pas y est echando races en proyectos narrativos como el que afecta a la recreacin complaciente de la derrota de la repblica espaola.

El esclavismo de los Estados del Sur norteamericanos, o el nazismo de la segunda guerra mundial no tienen maana ni merecen tenerlo. Por eso cabe complacerse en una narrativa nostlgica como la de Faulkner o una cinematografa que de vez en cuando construya a melanclicos generales alemanes amantes del arte. Pero el proyecto revolucionario que sucumbi bajo el fascismo en la guerra revolucionaria espaola participa del maana. Fue demasiado fcil en Europa decir que la frase de Fukuyama sobre el fin de la historia estaba superada. Sin duda, revoluciones como la cubana, la bolivariana, la que se pueda emprender en Bolivia, tienen derecho a decirlo. En Latinoamrica se lucha por construir el maana. Sin embargo en Europa eso no est ocurriendo, de momento.

Por ms que algunos intelectuales hayan negado la frase del fin de la historia, por ms que el propio Fukuyama la haya puesto en duda, en Europa se acta como si la frase fuera cierta. En Europa sigue vigente la ideologa que consiste en combatir cualquier ideologa que no sea la dominante acusndola de dogmatismo; sigue vigente la tcnica que consiste en atribuir pretensiones totalitarias a cualquier proyecto distinto del imperialista que pretenda encauzar el futuro.

La historia se considera propiedad del imperio, el futuro es de su propiedad y por eso quienes se lo disputan, se dice, son dogmticos, pretenden apropiarse del individuo y de su capacidad de decisin, son totalitarios, son oscuros.

Yo s que quisiramos or que el imperio tiene los das contados, y tal vez los tenga. Tal vez sus movimientos no sean ms que la ltima sacudida violenta y furiosa de un animal herido. Pero esa violencia y esa furia se estn proyectando hoy en las ideas de los europeos. Internet, los medios alternativos, algunas pequeas organizaciones revolucionarias dan cuenta de una realidad distinta. Sin embargo, no podemos olvidar cul es la concepcin mayoritaria, cul es la ideologa dominante europea. En Espaa esa ideologa ha penetrado por smosis la ficcin para llevar a cabo una de las operaciones ideolgicas ms tristes y ms graves que se hayan producido nunca. Desactivar la causa revolucionaria por la va de despojarla de toda entidad colectiva. Contar que no fueron los humillados y las humilladas, los oprimidos y las oprimidas, los explotados y las explotadas quienes lucharon para defender a un gobierno legtimo. Contar que lo que sucedi en Espaa no fue una guerra de clases sino un conflicto entre individualidades. De este modo la afirmacin, real, sin duda, de que hubo vctimas y verdugos en ambos bandos, se convierte en la afirmacin, falsa, sin duda, de que luchaban dos ideologas erradas. Y es as como se componen las gestas de individuos heroicos, vctimas inocentes, personas que perdieron y a quienes cabe recordar con nostalgia, con la nostalgia terrorfica de lo que pudo ser y no ser, porque desde entonces, se dice, han cambiado mucho las cosas.

Una operacin narrativa de tal calibre ni siquiera es del todo deliberada, no se realiza conspirando sino simplemente interiorizando una supuesta ausencia de conflicto, un mundo libre y supuesto en donde slo queda la sicologa de los ganadores y de los perdedores.

Es hora, sin embargo, de afirmar que existieron los buenos principios y los malos principios, las buenas causas y las malas causas, las ideas malas y las ideas buenas en la guerra civil espaola como en la mayora de las luchas colectivas que tienen lugar en la tierra.

Nunca, nunca, se debe exaltar la derrota de esas causas buenas, de esas buenas ideas y esos principios buenos. Y creo que existe no slo el derecho sino la obligacin de decir a los escritores que construyen su obra en torno a esa exaltacin, que se estn convirtiendo en responsables de la voracidad del imperialismo, que estn disimulando los delitos de los poderosos, humillando a los oprimidos y queriendo contentar con cantos a los hambrientos.

Muchas gracias por su atencin.



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