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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 16-06-2006

Nueva sere de Koldo Sagaseta y Jos Mercader en el que acabarn con los todos nuestros malvados contemporneos
Diario ntimo de Jack el Destripador/1

Koldo/Jos Mercader
Rebelin


Jack el destripadorNunca, en mi larga carrera profesional, he aceptado trabajos por encargo y es que no soy un vulgar y simple matarife que se cotice en Bolsa y se exponga a las fluctuaciones del mercado, pero despus de recibir miles de cartas solicitndome el mismo favor y tras estudiar convenientemente el caso, me pareci oportuno hacer una excepcin. Al fin y al cabo yo tambin comparta la benemrita causa.

Santiago de Chile segua siendo la misma catica ciudad que conociera meses atrs, durante unas pasadas vacaciones que tambin me llevaron a Buenos Aires, antes de establecerme en Santo Domingo. No me resultaba nada grato tener que volver a una capital tan ruidosa y contaminada como la chilena pero slo as iba a poder llevar a cabo mi humanitaria misin.

El problema, al margen de que slo dispona de un da, era que los aduaneros chilenos me haban incautado el juego de punzones y cuchillos con los que opero y todava no saba cmo administrara justicia cuando tuviera delante al nauseabundo, pero siempre he confiado en mi capacidad de improvisar, as que, ubicada la lujosa residencia en que mi objetivo rumiaba su fracaso, salt las rejas, amparado en las sombras de la noche y, sigilosamente, me introduje por una ventana del primer piso que haba quedado entreabierta.

Dos guardaespaldas dorman en el saln, ajenos a mi presencia. Imagin sus caras cuando al da siguiente fueran cancelados y, con sumo cuidado, gan las escaleras hasta alcanzar la tercera planta. Saba cual era su habitacin porque era la nica iluminada. Desde haca muchos aos, nunca apagaba la luz para dormir, por temor, supongo, a los fantasmas que gustan de las sombras, claro que hay pesadillas a las que no les importan semejantes temores. Yo era una de ellas.

La puerta de su habitacin estaba cerrada con llave pero ninguna cerradura se ha resistido nunca a mi llave maestra. Segundos ms tarde y tras girar lentamente la manija, me introduje dentro de la habitacin. El hedor era insoportable, incluso para m. Supuse que era un presagio o la inevitable consecuencia de su vida. Un uniforme de gala colgaba de un perchero, justo al lado de la cama sobre la que dorma el decrpito. Lentamente me acerqu a la cabecera, hasta or su respiracin entrecortada y observar en su rostro el desasosiego de la falta de vergenza.

Entonces, lentamente, acerqu mi boca hasta su odo y le deslic tmpano abajo, en un largo susurro, la palabra mgica; " Allendeeeee ".

Despus me fui.

Por la maana, camino del aeropuerto en que tomara el avin para Santo Domingo, le en El Mercurio, a grandes titulares, la noticia; "Muere Pinochet , mientras dorma, de un ataque al corazn".




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