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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 22-06-2006

Naranjas amargas

Carlos Taibo
Rojoynegro


Sabido es que Georgia, Ucrania y Kirguizistn, tres repblicas que formaron parte de la Unin Sovitica, protagonizaron entre noviembre de 2003 y marzo de 2005 lo que hemos dado en llamar revoluciones naranja. Resulta llamativo que el inters que los procesos en cuestin suscitaron en sus manifestaciones iniciales no se haya visto acompaado de un seguimiento puntilloso de lo ocurrido despus. Semejante carencia se ha convertido en explicacin principal de por qu entre nosotros se ha instalado una percepcin de los hechos que idealiza visiblemente a las revoluciones naranja y prefiere ignorar lo que por momentos se hace evidente: sobran los motivos para concluir que aqullas son un dramtico fracaso que obliga a revisar muchos lugares comunes.

Y es que ninguno de los datos que en su momento se invocaron para dar cuenta de las presuntas bondades de los procesos que nos ocupan parece conservar hoy mayor consistencia. En la Georgia de Saakachvili los problemas econmicos han ido a ms, la oposicin se nutre de antiguos colaboradores del presidente que no dudan en expresar su descontento y ningn progreso visible se ha realizado en materia de restauracin de la maltrecha unidad territorial del pas. No es mejor el registro de la Ucrania de Yshenko: el deterioro econmico est a la orden del da, la corrupcin campa por sus respetos, la confrontacin dentro de la elite naranja lo impregna casi todo y, en suma, y a los ojos de muchos, el pas no est dividido en dos partes el oriente ruso y el resto, sino, antes en bien, en tres feudos claramente enfrentados: Nuestra Ucrania de Yshenko, el Bloque de Timoshenko y el Partido de las Regiones de Yanukvich. Tampoco soplan buenos vientos, en fin, en el Kirguizistn de Bakev, donde unos clanes han sustituido a otros, las mafias parecen en ascenso, las desigualdades no han dejado de acrecentarse y, de nuevo, el pas se halla al borde la particin entre el norte industrializado y el sur agrcola; poco ms de un ao despus de la revolucin correspondiente, no hay ningn motivo para concluir que Bakev ha convertido a Kirguizistn en el escaparate de la democracia en el Asia central.

Ms all de todo lo anterior, el entusiasmo que suscitaron las revoluciones naranja ha desaparecido, anegado por doquier en un magma de corrupcin, capitalismo de ribetes mafiosos, fracasos econmicos, espasmos autoritarios y divergencias en los tres casos dentro de las elites dirigentes. A todo ello se ha sumado, bien es cierto, el deterioro de las relaciones con Rusia, que ha tenido consecuencias econmicas palpables recurdese el contencioso ruso-ucraniano, en enero pasado, sobre el gas natural y ha acelerado acaso los ejercicios de desestabilizacin asumidos por Mosc sin que, a cambio, las potencias occidentales como por lo dems caba esperar hayan acudido en socorro generoso de sus nuevos aliados en la regin.

Si hay que aislar un elemento principal de entre cuantos vienen a dar cuenta de tanto desatino, se no es otro que el que proporciona la naturaleza, singularsima, de las elites que protagonizaron las revoluciones naranja. Poca atencin se nos prest en su momento a quienes, al calor de los cambios que nos interesan, subrayamos que esas elites a duras penas podan antojrsenos genuinamente rupturistas. Sin excepcin, los mximos responsables de las revoluciones naranja haban desempeado papeles prominentes en los regmenes que haban contribuido a la postre a desplazar, circunstancia que por s sola obligaba a recelar de autodeclaradas purezas y radicales proyectos de cambio. No hay mejor retrato de las secuelas de esa condicin que la disputa que cobr cuerpo en Ucrania al amparo de las recientes elecciones generales. Qu curioso resultaba que se manejase seriamente la posibilidad de que el partido del presidente Yshenko, lejos de buscar el acercamiento a la fuerza liderada por la tambin anaranjada Timoshenko, coquetease con la perspectiva de forjar pactos con quien, Yanukvich, a finales de 2004 se haba visto desplazado por el propio Yshenko y su aparente revolucin. Para explicar semejantes aproximaciones, sobre el papel anti natura, no haba que ir muy lejos: por detrs se apreciaba el aliento de los oligarcas, rusos como ucranianos, y con l de la miseria que acarrea el idolatrado mercado en la Europa central y oriental contempornea.

No extraiga el lector ninguna conclusin precipitada de lo que acabo de contar: el fracaso, a mi entender evidente, de las revoluciones naranja en modo alguno debe conducir a una consideracin benvola de lo que hubo antes de stas. Lo nico que se antoja claro es que en Georgia, en Ucrania y en Kirguizistn la ciudadana de a pie tendr que aguardar para liberarse de viejos y de nuevos dirigentes. Porque acaso ya se ha liberado de las ilusiones que deposit en unas potencias, las occidentales, cuya interesada mezquindad ha quedado en evidencia una vez ms.



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